martes, 25 de noviembre de 2008

Mi abuelo


 

Dos patrias
tuvo mi abuelo.
Una,
la de la cuna.
Otra,
la de la tumba.

Una,
la de la infancia y la mocedad,
la de los sueños y la esperanza.
Otra,
la de la madurez y la enfermedad,
la del desengaño y la añoranza.

Allá,
fue joven y valiente.
Aquí,
fue mayor y resignado.

Fue gallego y argentino.
Y -como dice el poeta*-
“quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa”

* Mario Benedetti


Tercer Premio del Concurso Literario del Consejo Profesional de Ciencias Económicas (familiares de matriculados).
Jurado: Paula Margules, Horacio Semeraro y Fernando Sánchez Sorondo.
Buenos Aires, noviembre de 2008.

leer todos los poemas: http://volveragalicia.galeon.com/

miércoles, 12 de noviembre de 2008

RETRATOS

por Carlos Penelas. Bs. As., Centro Betanzos Ediciones/Xunta de Galicia, 2008. Ilustración de tapa: “Retrato de Rocío”, por Juan Manuel Sánchez.

Hace años, leí “Los trasterrados”. Me impactó, por su sencillez y su belleza. Porque sabía decir todo con las palabras exactas. Hoy, esa misma cualidad la encuentro en el nuevo libro de Carlos Penelas, un escritor al que sigo y admiro. 
En su Retratos, evoca a inmigrantes y argentinos, a personalidades y a gente común. Todos ellos merecen su lugar en esta galería que está ubicada temporalmente, en su mayoría, en la adolescencia y la juventud del escritor. Es en esa época en la que pudo atesorar los testimonios que prodiga en estas páginas.
Hay inmigrantes –dije- gallegos y de otras nacionalidades. Entre los gallegos, el mozo que lo atendía en el bar Astral (“Alegre y generoso, un corazón que todo lo ocupaba”); el gallego que regresa a la aldea, después de treinta años, con zapatos nuevos, porque allá siempre había andado descalzo; Dionisia López Almada, fundadora y ex presidente de la Comisión de Familiares de Desaparecidos en la Argentina; la encargada del edificio (nacida en Trasparga, la tierra de mi abuelo), a la que lloró como a su madre. Entre los que no eran gallegos, merece comentarse especialmente la semblanza de Boleslao Lewin, el historiador venido de lejos, de una nación que vivía un presente aciago, al que reconoce muchos méritos, entre ellos, el de ser tan generoso como para ofrecer al joven Penelas el abrigo del que el autor carecía en invierno. 
Si de argentinos se trata, destacamos la semblanza de Alejandra Boero (“Jubilosa, rebelde, apasionada”), Enrique Palazzo, Roberto Santoro, Jorge Brandi, y Juan Bautista Bioy Lanusse, entre otros. También en este orden de evocaciones, nos encontramos con las espléndidas páginas acerca de Max Dickman, retratado en todas sus facetas con comprensiva pluma.
La lectura de estos retratos nos hace reflexionar acerca de diversos temas. El primero -y el más obvio-, la capacidad del escritor para rodearse, en sus años mozos, de gente valiosa, una capacidad que nuestra juventud –y no es por ser negativa- no cultiva demasiado. Luego, pienso en qué importante ha sido para él esa impronta, que puede evocarla con tal lujo de detalles en la madurez. Y, por último, disfruto de su talento al escribir, que lo hace capaz de trazar una emotiva semblanza, o una irónica caricatura digna del mismísimo Mujica Láinez, pero más severa.