domingo, 27 de agosto de 2006

Inmigración a la Argentina: Asturianos



Indice

1. Los motivos
2. Somao
3. En el mundo
4. En la Argentina
5. Testimonios
6. Biografías
7. Novelas
8. Cuentos
9. Poemas
10. Televisión

En esta monografía cito a Luciano Méndez Muslera, quien explica los motivos por los que los asturianos dejaron su tierra, y me refiero a los testimonios, biografías y obras literarias de la Argentina y del extranjero, en los que aparece la inmigración de ese origen que llegó a América entre 1850 y 1950. 

Los Motivos 

En el sitio "Asturias en la emigración", Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los "ganchos" o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (1).
"Según aumentaba el movimiento emigrador - explica Méndez Muslera-, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América’ ".
"La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada".
"Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (la de Asturias se hallaba en Gijón), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente".
Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: "el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)".
Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: "El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc". Como en todo reglamento, siempre había excepciones: "el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar". Además, "en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos".
El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: "En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva". Y se agrega una nueva alternativa: "También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas". Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: "Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar".
No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: "Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo). Esta emigración llegó a ser tan alta que en el sorteo de quintos de 1892 había un 78% de ausentes en el municipio de Soto del Barco. En el período de 1915 a 1920 en Asturias se llegó al mayor número de prófugos (exceptuando Canarias) llegando a ser más del doble de la media nacional. El emigrante no manifestaba que su viaje era una forma de evadirse de la ‘quinta’ (ni en el momento de la partida ni tampoco después, para no ser tachado de mal patriota)".
"Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. El periódico ‘El Carbayón’ el 13 de enero de 1881 escribía ‘Dénles (a los labradores) tierra fértil que cultivar y arrendamientos ventajosos, más estimación y menos desdén, alívienlos de los impuestos y disminuyan el precio de arriendo; entonces la emigración disminuirá, porque nadie va a buscar lejos lo que puede hallar en su hogar’ ".
"También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración".

Notas
1. Méndez Muslera, Luciano: "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos. 


Somao 

El puerto de Somao fue durante el siglo XIX el "lugar por donde salieron de Asturias con rumbo a América los que hoy conocemos como ‘indianos’; Somao a una distancia de unos 10 km de este puerto del concejo de Muros del Nalón; envió a muchos de sus parroquianos a la emigración que durante esa época partía hacia México y Cuba principalmente".
"Después muchos de ellos regresaron a su tierra con mayor o menor fortuna, algunos enviaban desde el otro lado del charco dinero para aumentar el nivel de vida de su pueblo, incitando también la formación de nuevos indianos. Todo esto fomentó la prosperidad del pueblo, consiguiendo nuevas escuelas (pagadas por estos) y grandes casas (algunas con panteones en su interior) y hasta hoteles, según nos cuenta Aurelio de Llano Roza de Ampudia en su libro ¿Bellezas de Asturias, de Oriente a Occidente’ (Año 1928): ‘Alrededor de muros se extienden huertas pobladas de árboles frutales y tierras bien cultivadas. Luego de pasar Somao, sitio donde hay bonitos hoteles y la vista alcanza extensos paisajes, el terreno que se ve a una y otra mano del camino, poco productivo’. Lo que nos da la idea del por qué este pueblo tuvo tanta emigración" (1).

Notas
1. Méndez Muslera, Luciano: "Somao, el pueblo indiano de Pravia", en "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos. 


En el mundo 

"Valentín Andrés Alvarez en el libro ‘Asturias’ de editorial Nebrija (1978) dice: ‘Para hablar con exactitud de Asturias, hay que combatir, previamente, un error. Asturias no termina en los límites que se señalan dentro del mapa de España; es muchísimo más, porque nos pertenece; es Asturias un gran trozo de Madrid, donde hay más de setenta mil asturianos, y una gran parte de Cuba, de la Argentina y de Méjico, un barrio de Nueva York, casi toda la ciudad de Tampa, y etc,. etc. Si pensamos en el número de asturianos que hay por el Mundo y en la riqueza que poseen, nos damos cuenta de que Asturias tiene, fuera de sus límites, acaso tanto como dentro de ellos. Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica" (1).

Notas
1. Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Nebrija, 1978. Citado por Méndez Muslera, Luciano en "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos. 


En la Argentina 

Refiriéndose al siglo XIX, Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti señalan que "la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes" (1). "Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste de nuestro país" (2).
Los españoles trajeron a la Argentina su tradición culinaria, en la que se destacan los aportes de las diferentes regiones: "Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. (...) los asturianos (aportan) la fabada (alubias de gran tamaño acompañadas en la olla por morcillas, chorizos, cebollas y tocino)" (3).
Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: "Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda" (4).

Notas
1. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo 2000.
2. S/F: "Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". Buenos Aires, Clarín.
3. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit..
4. Estrada, citado por Páez, Jorge, en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970. 


Testimonios 

Pedro Fernández, asturiano de diecinueve años embarcado ilegalmente en La Coruña hacia la Argentina en 1899, escribe en su diario: "dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida. Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armados cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto salvé la situación".
"Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse" (1).
Por evadir el reclutamiento vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos. Nicanor Fernández Montes viajó en barco a la Patagonia, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: "en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba" (2).
Fue asturiana la madre de Jorge y Aída Luz, acerca de quien dice el hijo: "Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente".
Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: "Nin... –que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes".
Volvieron décadas después: "Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela" (3).
Un famoso café porteño fue comprado por un asturiano. En "El café Izmir", Carlos Szwarcer relata: "El Café Izmir, conocido por la intelectualidad argentina a partir de la publicación de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal en 1948, era ya famoso en los años ’30 como centro inevitable de reunión de las oleadas inmigratorias y verdadera institución en el barrio. El local del lzmir fue construido a fines de 1932 sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato de la calle Gurruchaga 432-436; su primer dueño habría sido Jaim Danón, quien le daría ese nombre en recuerdo de lzmir, su ciudad natal. En 1940, Rafael Alboger se hace cargo del fondo de comercio y comienza su larga trayectoria de veinticinco años detrás de su mostrador. (...) En noviembre de 1969, el asturiano Jesús Rodríguez se hizo cargo del fondo de comercio y los años setenta serían testigos de la lenta desaparición de los viejos "turcos". "...Alboger tenía imán... mientras vivió el café estuvo a full..." aseguran con añoranza sus viejos clientes. El "espíritu oriental" ya no existía, y los habitués, a excepción de un pequeño grupo, eran otros: los empleados y albañiles de la zona. Los motivos de tal metamorfosis fueron varios: el cambio de dueño, de estilo, de sociedad, etc. Y lejos de las madrugadas, los discos de pasta, las orquestas con odaliscas, los refranes y los dichos en ‘ladino’, comenzó a languidecer y a cerrar sus oxidadas cortinas metálicas a las 18 horas y los sábados al mediodía. Sus paredes se descascararon perdiendo el color y la vida. El lugar de reunión e inspiración, y parte del alma y de la cultura porteña, cerró definitivamente sus persianas el 9 de octubre de 2000. El lzmir figura entre los 39 cafés citados en el libro Los cafés de Buenos Aires, publicado por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares y Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires y entre los 21 citados como ‘emblemas porteños’ en La Guía Total de Buenos Aires, de Diciembre 2000" (4).

Notas
1. Méndez Muslera, Luciano: "Salida del emigrante", en "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos.
2. Ceratto, Virginia: "Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
3. Guerriero, Leila: en La Nación Revista.
4. Szwarcer, Carlos: "El café Izmir", en SEFARaires, N° 14 y 15. 


Biografías 

En la biografía Los dones del tiempo (1), Benìtez relata la historia de la asturiana Cecilia Caramallo. En esa obra, el escritor vuelve al tema abordado diez años antes en La pradera de los asfódelos (2): la inmigraciòn y, màs especìficamente, la vida de los inmigrantes en Bahìa Blanca, sus expectativas cumplidas y fallidas, sus recuerdos, sus abnegaciones.
La historia no es relatada linealmente, desde los primeros dìas de la anciana, sino que ella, a los ochenta y dos años, mientras pule el bronce de la tumba de su marido, dialoga con èl y se retrotrae a su infancia asturiana. Asì se inicia un racconto que nos hace saber cuàl fue la formaciòn espiritual que recibiò de niña, y en què àmbito.
Su primera maestra fue su abuela. La figura de la abuela como depositaria de una tradiciòn aparece frecuentemente en la literatura de inmigraciòn, quizàs porque los padres y las madres de esos chicos estàn ocupados en otros quehaceres, o han emigrado. La abuela de la protagonista de Benìtez custodia una tradiciòn cuando todo parece perder sentido.
Otro de los personajes que forma a esta niña es el pastor que le cuenta la historia del mendigo que apareciò y desapareciò misteriosamente y que transformò en generosa a una persona miserable. Este pastor, don Higinio, enseña a partir de los hechos cotidianos el orden de un cosmos regido por leyes que a menudo podemos comprender.
Es importante tambièn en Los dones del tiempo el "extraño oficio" –así lo denominó Syria Poletti (3)-, que consiste en escribir cartas, de parte de los analfabetos, para quienes han emigrado. En la novela, es el cura de la aldea quien escribe las cartas de la madre de la protagonista y le agradece sus periòdicos envìos de dinero. Las caracterìsticas de las cartas estàn relacionadas con la situaciòn peculiar en la que son escritas; en una de ellas, la madre señala que no puede seguir contando porque el cura tiene otras cosas que hacer y no puede seguir escribiendo.
Amèrica aparece –al igual que en todas las obras de emigraciòn- como el destino soñado, que desconcierta a los extranjeros con su forma de entender la vida y las distancias. Para un portuguès, para una asturiana, las tierras son enormes, la cantidad de ganado es tal que debe dormir a la intemperie. Son realidades difìciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a lo exiguo, a lo mìnimo. Recuèrdese al respecto la sensaciòn de la protagonista cuando ve que tiran comida. Piensa què hubieran hecho en su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.
Pero, aunque el libro de Benìtez tiene puntos en comùn con otras obras de inmigraciòn –sobre todo en lo que se refiere a la vida en Europa y el viaje-, brilla con propios destellos porque èl, que comparte con muchos descendientes de inmigrantes una historia similar, sabe darle a cada uno de sus libros una originalidad que lo diferencia de otros escritores y que hace que reconozcamos su pluma.
Es original en la asociaciòn de la inmigraciòn a los viajes griegos, a la tradiciòn latina. Eso ya lo habìamos visto en La pradera... y aquì se reitera sabiamente. Vincula a su tierra con un tiempo remoto e ilustre, y nos hace pensar que, màs allà de la distancia o de la situaciòn social y econòmica, hay muchas coincidencias entre el presente y el pasado, entre Europa y Amèrica. Muchas màs que las que uno podrìa percibir.
Otro aporte original del autor bahiense es la relaciòn de los hechos narrados con su lugar de residencia. En Bahìa Blanca, en Pelicurà, se desarrolla la acciòn y esta circunstancia la vuelve de especial interès para quienes habitan la ciudad y para quienes, desde cualquier parte del mundo, quieran saber sobre la forma de vida de los inmigrantes en ese punto de la Argentina. Aporta datos sobre la vida de portugueses, asturianos, escoceses e ingleses en la provincia de Buenos Aires, a partir de fines del siglo pasado y hasta nuestros dìas, en que la anciana transita con su coche causando espanto a los transeùntes y a los otros automovilistas.
La historia, vista desde los intereses de los pioneros, tiene cabida en esta obra. La zona de la frontera aparece como el escenario de una gesta heroica que tuvo por objeto expulsar al indìgena, cuya crueldad Benítez destaca. Los malones y sus terribles consecuencias son evocados por el escritor quien, relatando la historia de la Iglesia del Carmen, pinta un cuadro patètico de esas tenebrosas èpocas, en las que sólo los huincas parecían sufrir. El relato dentro del relato ya habìa aparecido cuando la protagonista evoca su infancia; aparece tambièn en la adultez, siempre relacionado con la religiòn y la caridad.
Y aunque la biografìa nos deja adivinar un exahustivo trabajo de documentaciòn, un paciente estudio de fuentes històricas, no serìa lo que es sin el estilo con que ha sido escrita. Quizàs porque compartimos una misma nostalgia, una misma herencia de sueños, los descendientes de inmigrantes comprendemos con mayor intensidad aquello que Benìtez describe. Puede ser. Pero su estilo es tan logrado que no hace falta estar relacionado con lo que narra para vibrar; episodios como la despedida de la protagonista de su pequeño amo minusvàlido, o como el acercamiento entre ella y su futuro esposo nos transmiten la tristeza, la alegrìa, todos los sentimientos, con fuerza y autenticidad. Ademàs de conocer mucho el alma humana y saber describirla, conoce mucho el idioma. Su riqueza de vocabulario es llamativa y hace que la historia atraiga aùn màs, hacièndonos pensar que lo moderno y lo històrico no tienen por què estar reñidos con la elegancia y el buen gusto.
La vida de su madre es el tema que Jorge Fernández Díaz eligió para su libro. Mamá (4). La asturiana Carmen Díaz, nacida en 1932, empezó a trabajar siendo muy pequeña: "cumplía con su rutina de hierro. Aprendió a ordeñar, llena de prevenciones, en la edad de las primeras muecas. Su madre, que no andaba para remilgos, la obligó de mala manera a perderle respeto a la vaca, ese monstruo gigantesco e imprevisible. Cada madrugada, Carmina andaba a pie cuatro kilómetros hasta una cabaña, ordeñaba la pinta y bajaba con la leche para sus hermanos. Luego regresaba para limpiar la boñiga y cuidar que las vacas de Teresa no pastaran en los sembradíos, hasta que los tábanos del mediodía las picaban y ponían nerviosas, y entonces mamá las metía de nuevo en la cuadra y llenaba de pasto el pesebre. La mayoría de los días madre e hija araban la tierra descalzas. Muy de vez en cuando su tío Rogelio les regalaba un par de alpargatas".
Carmina y sus hermanos "comían polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían en platos esmaltados día tras día el mismo menú: cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina, sólo conocían el pan por referencias. María, cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos, que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago, hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces y castañas, y comían las moras que crecían entre espinos al borde de los senderos".
El padre de los niños, esposo de María, "a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos". Durante la Guerra Civil, los franquistas "entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas".
A los quince años viaja hacia América. La pasó mal en el viaje. En el barco, a ella, "como al resto, le daban de comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas".
Aquí la esperaban sus tíos, con los que vivió haciendo las veces de hija adoptiva y criada. Sus tíos "importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar". Al llegar la asturiana, la tía le dice: "Aquí no volverás a pasar hambre, querida". "Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería". También al médico: "Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio".
Pero todo tiene su precio. "Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López". Para colmo, "semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón".
Luego vendrá la discriminación en la escuela, y el honor de llevar la bandera a pesar de todo: "En esas aulas mamá sintió por primera vez los dardos de la discriminación. Todos preguntaban en la escuela, con morbosa curiosidad, quién era esa ‘galleguita’, y sus compañeras, grandulonas y maliciosas, se divertían burlándose de su ignorancia y haciéndole la vida imposible". Entonces intervenía la maestra: "La señorita Valenzuela, una maestra cabal y de buen corazón, las retaba con el puntero en la mano y trataba por todos los medios que la campesina se integrara. Pero no era tarea fácil". El esfuerzo de la protagonista tuvo su premio: "Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad".
Con los tíos y la adolescente vivía un asturiano, que tocaba la gaita a escondidas, en el sótano de su casa porteña, por temor al hermano que le había prohibido ejecutar ese instrumento, evidencia de su condición de inmigrantes. El anciano "cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas".
Estos asturianos despreciaban a los provincianos. Cuando muere Evita, Carmina "llevó crespón y fue conducida en ómnibus escolar hasta el Congreso, subió las escaleras y vio de cerca el ataúd con aquella fantástica muñeca dormida. No entendía mucho, pero veía llorar a los cabecitas negras y, a pesar de los desdeñosos comentarios que se pronunciaban en el living de su casa, Carmen asociaba a esa mujer con el esplendor, y supuso que si los pobres morían de pena, ella debía acompañarlos en el sentimiento. No siempre fue así: los españoles desarrapados despreciaron a los ‘negros’ del interior en cuanto pudieron hacer pie, y los españoles que se quedaron en la madre patria despreciaron a los sudacas que osaban regresar en cuanto la economía rescató a España del quebranto. Todo es hijo del miedo, la estupidez humana también".
El padre del narrador, asturiano como su esposa, "odiaba a los argentinos, quienes trataban despectivamente a los españoles, y también a la República Argentina, culpable de no ser Asturias. (...) Durante décadas, (...) los argentinos eran los mejores del mundo y los españoles unos muertos de hambre. Ese rencor se cocinó a fuego lento y mi padre lo tomó como un veneno homeopático. Conozco muchísimos ‘argeñoles’ envenenados por esa misma sustancia sin antídotos".
A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica su libro con estas palabras: "Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires". Sobre su madre escribe: "Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro".
Fernández Díaz evoca el Centro Asturiano de Buenos Aires: "esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria". Su padre encontraba allí la felicidad perdida: "Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos".
Pero "no había tentaciones, ni desavenencias ni educación ni esplendores peronistas ni calores humanos que lograran domesticar la nostalgia de aquella emigrante constitutiva que seguía pensando en una sola cosas: volver". Marcial, quien luego sería su marido "permitía que, como la mar, el destino tomara decisiones en su nombre, sabiendo de ante mano que es ilusoria la autodeterminación de los individuos, y se dejaba llevar así por las corrientes marinas. A ese fatalismo se debe la mansedumbre con que aceptó trasplantarse, huir frívolamente de su tierra y padecer cincuenta años de añoranzas".
Con los años, llega la tristeza de ver partir a una paisana de vuelta a España, y comprobar que esa mujer –así como de joven sintió nostalgia de la tierra que dejaba-, a los setenta y dos años, siente nostalgia de la Argentina.
Agobiados por los problemas económicos, después de cincuenta y dos años, Mimí y Jesús, dos hermanos asturianos, regresan a su tierra, donde "canjean los pesares de la segunda morriña". Desde allí, la mujer, nostalgiosa de la Argentina, escribe a su amiga: "Tengo setenta y dos años y no aguanto los pies fríos. Quiero estar en mi casa. (...) Si no me voy de acá me muero en pocas semanas. Me muero de pena, Carmina". Pocos meses después, "se hizo la luz". La mujer escribe, entonces: El Estado español nos garantiza los remedios gratis de por vida, y cuando nos pagaron el retroactivo de un año, unas 600 mil pesetas, creímos tocar el cielo con las manos. Jesús está haciendo algunos amigos, ya no tengo los pies fríos, Carmina. Pero no podemos sacarnos de la cabeza el barrio, la calle, los sonidos. Nunca vamos a poder sacarnos de adentro ese sentimiento, nunca vamos a poder".
La narración, estructurada en capítulos con nombres de los personajes, surge del reportaje que Jorge Fernández Díaz, director de la revista Noticias, efectuó a su madre durante más de cincuenta horas; "Comencé a garabatear frases e ideas sobre su azarosa biografía en un cuaderno Rivadavia de tapa dura cuando me contó que hacía lagrimear a su psiquiatra", escribe el hijo.
Ese dolor de la inmigrante, y su fe en el futuro, que la hizo salir adelante en un mundo en el que poco apoyo tenía, son homenajeados por Fernández Díaz en una obra que nos hace sentir admiración por esta mujer que logró tanto contando sólo con su tenacidad.

Notas
1. Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL, 1998.
2. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
3. Poletti, Syria: Extraño oficio. Buenos Aires, Losada.
4. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 


Novelas 

De 1891 es Su único hijo, segunda y última novela larga de Leopoldo Alas Clarín. En ella aparece un indiano, es decir, un asturiano que regresa enriquecido de América. Alas relata lo que siente la esposa de este hombre, al ver en el teatro a una mujer lujosamente vestida: "Tal vez la que más envidiaba a la de Valcárcel era la mujer del americano Sariegos, el más rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas; pero Sariegos no permitía tales despilfarros, que en él no lo serían, y su señora tenía que contentarse con un lujo muy mediano. Por eso rabiaba ella".
Pero también rabiaba él, aunque por otro motivo: "se puso de pronto a aborrecer a Emma, porque tenía la culpa de lo que en aquel momento su esposa estaría maldiciéndole y detestándole a él por avaro; y además, aunque parezca raro, también miraba con envidia el aderezo de la abogaducha. Mas luego se hizo superior a sentimientos tan humillantes para él" (1).
En Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, aparece una sirvienta asturiana. Narra el protagonista, un niño hijo de rusos: "Otra clase de confidencias inició una tarde, al referirse al reciente casamiento de Rosario quien seguía sirviendo allí y compartía ahora con su marido la misma habitación que antes ocupaba sola, pegada a la de él, que aplicaba el oído a la puerta que las separaba. Creyó al principio que se divertiría con lo que imaginó sólo podían ser cómicas parodias de amor, pero lo que oía no lo hizo reír precisamente sino que lo indujo a inevitables y manuales desahogos, terminando por sentir miedo a la propia actuación de excitado testigo invisible, que lo perturbaba intensamente, y aún más allá de su papel de escucha pues ahora, le confesó, miraba con otros ojos las piernas blancas como la leche de la asturiana" (2).
En Santo Oficio de la Memoria, Mempo Giardinelli habla de un oficio que desempeñaban los asturianos. En 1886, "Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas" (3).
En Las libres del Sur, de María Rosa Lojo, dice Victoria Ocampo, refiriéndose a Fani, la empleada nacida en Oviedo: "me trata como a una menor de edad. Pero como su tiranía es útil, protesto un poco y la dejo hacer su voluntad. Igual que los pueblos cómodos, como el nuestro" (4).

Notas
1 Alas, Leopoldo: Su único hijo. Barcelona, Bruguera, 1984.
2 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
3 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
4 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 


Cuentos 

En "Carroza y reina", cuento que da título al libro de Isidoro Blaisten premiado en el Concurso Literario de la Fundación Fortabat, aparece el asturiano Alvarez, mozo del café y bar El Aeroplano: "Los parroquianos empujan para llegar hasta las mesas del privilegio y arrastran al mozo, Alvarez el asturiano, el de los enormes pies, que se escurre entre los cuerpos con la bandeja en alto cargada de choppes, express y especiales de matambre que son la especialidad de la casa" (1).
María del Carmen García es autora de los "cuentos de gringos" que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (2). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos: "Algún tiempo atrás habían llegado a Buenos Aires como otros tantos inmigrantes, esperanzados en un futuro sin miseria ni guerras. Primero llegó él; un año después ella. Ela era joven y bonita, pequeña y ágil en sus movimientos, alegre de carácter. El era alto y hosco, de hablar poco y trabajar mucho. Se habían conocido de niños en la aldea de Asturias en la que nacieron y se encontraron en Buenos Aires gracias a los oficios del padrino Manuel y como era de suponer se casaron en un septiembre lluvioso de 1910".
Los recién casados "Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio. El trabajaba duro en el puerto y ella esperaba ansiosa la llegada del primer hijo que iniciaría la larga serie de descendencia que aspiraba a tener. Muchos hijos deseaba ella; creía que así debía sercasi como un principio de supervivencia de la especie. Había visto en su aldea a muchas madres enterrando a sus hijos, algunos recién nacidos, otros ya en la infancia y ella no quería que le sucediera lo mismo".
La asturiana "por las mañanas lavaba la ropa compartiendo los piletones del patio con las demás pensionistas. Allí las mujeres daban rienda suelta a sus comentarios mientras soñaban con el día feliz en que tuvieran su propia casa. (...) Para la primavera de 1914 ella supo que otro hijo estaba en camino y se llenó de alegría; recuperó el gusto por cantar las coplas de su infancia, agradeciendo a Dios por vivir en esta tierra de paz tan lejos del terror de la guerra que se derramaba sobre Europa".
Una decisión equivocada de la mujer hará que esa felicidad dure poco.
Es asturiano un personaje de uno de los relatos de Hilel Resnizky: "En 1870 su abuelo, José Molinas, era el propietario de grandes estancias, de casas de comercio, e incluso de buqyes y astilleros en la Patagonia. En 1870 apareció un judío ruso, Jacobo Alter Grun, quien se convirtió y casó a su hijo Marcos con la hija de Molinas (...) -El viejo José Molinas era testarudo y, para decirte la verdad, tacaño. Por muchos años alejó de sí a su yerno judío, enfrentándose con el rencor de su hija. Al final se rindió y lo hizo socio. Molinas & Grun. ‘San Jacobo’. Así llamó Marcos Grun a la estancia que compró en Santa Cruz, en recuerdo de su padre" (3).
En "Entre humanos" (4), Claudia Rodríguez evoca al asturiano Narciso Ibáñez Menta, "el rey del terror por la tele".

Notas
1. Blaisten, Isidoro: "Carroza y reina", en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986.
2. García, María del Carmen: "Ojos gitanos", en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
3. Resnizky, Hilel: Puentes de papel. Buenos Aires, Milá, 2004.
4. Rodríguez, Claudia: "Entre humanos", en Varios autores: Cuentos de la Abadía de Carfax - Historias contemporáneas de horror y fantasía. Comentado, recopilado y seleccionado por Nomi Pendzik. Buenos Aires, Pasoborgo, 2006. 188 pp. 


Poemas 

En "Los pájaros ciegos" (1), escribe José Portogalo:


Junto a un charco de sangre estaba yo,
Juan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
el corazón del mundo en mi garganta
y una copla en mi pecho.
La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.

Notas
1 Portogalo, José: "Los pájaros ciegos" (Fragmento), en Portogalo, José: Los pájaros ciegos y otros poemas. Selección: José Portogalo. Prólogo: Josefina Mercado Longhi. Buenos Aires, CEAL, 1982. Pág. 72. (Capítulo, Vol. 132). 


Televisión 

En 2006 se vio en la Argentina la miniserie Vientos de agua, una coproducción del canal Telecinco de España, Pol-Ka y Cien bares (la sociedad de Campanella y el autor Eduardo Blanco. La dirigen Juan José Campanella, Sebastián Pivotto, Paula Hernández y Bruno Stagnaro (1).
Sandra Russo entrevistó a Campanella: "La coproducción argentino-española, una historia de exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo XX y los argentinos que huyeron en el 2001 admite, según Campanella, una clara connotación: "Tenemos la fantasía de ser ‘apolíticos’, pero hacemos política permanentemente, hasta cuando miramos televisión".(...) Cuenta Campanella que para los trece capítulos de Vientos de agua trabajaron dos años y medio. "Escribimos los dos primeros guiones cuatro autores juntos: Aída (Bortnik), Juan Pablo (Domenech), Aurea (Martínez) y yo. Fueron ocho meses. No sólo había que recrear la génesis de los personajes, sino el modelo de estructura sobre el que descansaría la historia. Mucho ida y vuelta, mucha reescritura. El resto de los guiones se llevó adelante desde marzo de 2004." La idea de entrecruzar a un inmigrante asturiano analfabeto que abandona su tierra natal perseguido por la Guardia Civil con la de su propio hijo, un arquitecto que en 2001 cruza el Atlántico hacia España buscando cómo rearmar su vida y mantener a su familia, se le ocurrió al director mientras vivía en EE.UU., donde residió 18 años. "Un día, en Nueva York, me desperté a las cinco de la mañana para leer todos los diarios argentinos antes de ir a filmar, y pensé ‘pobre el abuelo, que no podía hacer esto’, pero después, destruido por la realidad argentina, me dije: ‘bueno, qué suerte que el abuelo pudo olvidarse de todo y empezar de cero’. O sea, el desarraigo, antes y ahora, es tremendo." Y sobre el desarraigo cabalga Vientos de agua, porque tanto en el barco "Aquitaine", que trae al asturiano Andrés Olalla a la Argentina, como en el piso madrileño en el que se hospeda muchas décadas más tarde su hijo, hay cubanos, húngaros, franceses, italianos, gente que por un motivo u otro tuvo que dejar su tierra y se hace mutuamente una compañía precaria pero al mismo tiempo férrea: la compañía que se hacen los desesperados. Allí nacen esas amistades que se mantendrán de por vida y los roces inevitables de los que intentan permanentemente mantener algún tipo de equilibrio" (2).

Notas
1 Lamazares, Silvina: "DETRÁS DE ESCENA DE LA GRABACION DE ‘VIENTOS DE AGUA’ Una historia de inmigrantes en dos tiempos", en Clarín, Buenos Aires, 2 de setiembre de 2005.
2 Russo, Sandra: "Vientos de agua", la miniserie dirigida por Juan Jose Campanella "Antes y ahora, el desarraigo es tremendo", en www.pagina12.com.ar, 11 de Junio de 2006. 

***** 

Dejaron su tierra en busca de un futuro mejor, la añoraron y algunos regresaron a ella. Otros viven en América. Son los asturianos, los que han quedado eternizados en obras literarias, y en testimonios de inmigrantes y sus descendientes.

Buenos Aires, 27 de agosto de 2003

Actualizado en 2006

jueves, 24 de agosto de 2006

LITERATOS Y EXCÉNTRICOS

Los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges, por Martín Hadis. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 512 páginas. (Biografías y testimonios). 

Martín Hadis, nacido en 1971, es docente, escritor e investigador universitario. Se recibió de licenciado en Sistemas y de master en Tecnología de Medios en el Media Laboratory del Massachussets Institute of Technology (MIT) y realizó estudios de literaturas germánicas y filología en la Universidad de Harvard. Sus áreas de interés abarcan el diseño de interfaces, la inteligencia artificial y la lingüística. Especialista en la obra de Jorge Luis Borges, se dedica a analizarla en su contexto histórico y cultural. Sus últimos trabajos vinculan las narraciones de Borges con las literaturas del medioevo anglosajón y escandinavo. Ha publicado artículos en medios de distintos países, entre ellos The Buenos Aires Herald (de Argentina) y El País (de España). Es asimismo coautor del libro Borges profesor, que recopila el curso completo de literatura inglesa dictado por el autor de El aleph en la Universidad de Buenos Aires. 
Hadis considera que “la historia del clan de intelectuales ingleses del que nuestro escritor desciende había caído hasta ahora en un total olvido y era –hasta para el mismo Borges- completamente desconocida. Esa omisión determinó asimismo que la enorme influencia intelectual que los mismos ancestros tuvieron sobre su obra y su formación no hubiera podido ser estudiada jamás en detalle. De igual manera, y por múltiples razones, los rasgos ingleses del temperamento de Borges, o bien han pasado inadvertidos, o bien han sido, en muchos casos, mal comprendidos. El énfasis de este libro está puesto, por lo tanto, en explorar esos territorios ignotos y llenar esos vacíos. (...) El objetivo de mi investigación fue, sin embargo, develar los orígenes literarios de Borges, y éstos proceden –como el lector podrá comprobar a continuación- de sus ancestros ingleses”. 
“El lector estará tal vez bajo la impresión de que una de las tesis de este libro es afirmar que la obra literaria de Borges resulta únicamente de su lado inglés –agrega Hadis-. Esto no es así. Afirmo, eso sí, que la vocación de escritor de Borges, así como su formación literaria en un sentido intelectual y erudito, y su cosmovisión ética y religiosa, proceden principalmente de sus ancestros Haslam. Pero la originalidad y la potencia de su obra no proceden exclusivamente de sus ancestros ingleses, sino de la confluencia de dos legados, de las múltiples perspectivas que éstos permiten, y del cosmopolitismo que fomentan, lo cual convierte a Borges en un verdadero ciudadano del mundo. En este sentido, el aporte de su linaje criollo dista de ser menor. Lejos de ello, constituye una parte fundamental de su esencia”. 
En esta obra, expone el cuantioso material que reunió en sus viajes por varios países. Partiendo de las alusiones que hizo Borges acerca de sus mayores, remonta el árbol genealógico del autor hasta llegar al siglo XVIII. Desde allí, comparando y deduciendo, explicando e invitando a comprobar lo expuesto, llega a este descendiente de ingleses y criollos que vio la luz en el Río de la Plata, sesenta años después de que su tatarabuelo dejara este mundo. Es con William Haslam, precisamente, con quien Hadis realiza la extensa comparación de la que resultan las coincidencias y las diferencias entre ambos. 
No se limita a los datos biográficos de los antepasados –lo cual ya sería fruto de un esfuerzo ingente-, sino que además analiza obras que ellos escribieron –sermones metodistas, un tratado de puericultura, una guía para el tratamiento de insanos, disertaciones, artículos periodísticos, obras literarias -, en busca de la mayor cantidad de información posible. 
Para demostrar cómo pueden aplicarse los conocimientos que expone en este libro, realiza él mismo el análisis de dos cuentos –“El jardín de senderos que se bifurcan” y “El libro de arena”-, los cuales, vistos desde esta nueva óptica, revisten otra significación. No es que la literatura necesite de la biografía para encontrar su razón de ser, sino que, sin duda, conocer datos de la vida del escritor ayuda a interpretar mejor su obra. 
“Comprendí que lo que Borges sabía acerca de su propio pasado inglés y las raíces de su vocación literaria era muy poco –afirma-, e intuí a la vez que esa poca información debía ser la punta de un largo ovillo. Decidí entonces comenzar una investigación histórica y genealógica en archivos, capillas, iglesias, museos y bibliotecas de Inglaterra. Con el tiempo, la búsqueda se extendió a otros países: Alemania, Hungría, Francia, la Argentina y los Estados Unidos. (...) éstas demandaron más de cinco años de esfuerzos, el uso de todos los recursos disponibles para el investigador, y las técnicas más avanzadas de búsqueda, indexación y análisis; todo ello sumado a una buena dosis de persistencia y –por qué no decirlo- de suerte”. 
Llama la atención al leer este libro la cantidad de material, y la prolijidad con que el mismo es expuesto, enriquecido con información acerca de la época y las circunstancias sociales, políticas y económicas. Cabe destacar asimismo el estilo del autor: la profusión de datos que vuelca en estas páginas no impide que el texto sea entretenido y atrapante. Cada uno de los antepasados es protagonista de una biografía que se lee con placer, ya que está escrita como un relato en el que confluyen la historia y los propios conceptos del biógrafo, dando amenidad a lo narrado. Varios apéndices, numerosas fotografías y la bibliografía consultada completan este volumen insoslayable. 
Es difícil ser original al referirse a Borges. Hadis lo logró. Y con creces.

sábado, 19 de agosto de 2006

LA RABINA

por Silvia Plager. Buenos Aires, Planeta, 2006. 376 pp. (Narrativa argentina) 

Un día de 1968, Esther Fainberg conoce la historia de Regina Jonas. Poco después, anuncia a su familia que va a iniciar los estudios para ser rabina. La noticia causa revuelo entre sus parientes, que la toman de diversa manera. El marido, con sarcasmo, ya que aleja a la mujer de cuanto él busca para ella: una pose adolescente, sumisión, sociedad en el estudio jurídico. “¿Otra de tus estúpidas extravagancias, Esther?”, le preguntó. El padre le dijo: “Esther, sólo lograrás hacer daño a tu comunidad, a tu familia, a tu matrimonio. Y lo que es peor, arruinarás tu vida. Ninguno de los tuyos tuvo que ser rabino para saber quién era. Les bastaban sus muertos, sus costumbres, sus comidas...”. Tampoco es bien recibida la noticia por algunos amigos y por una parte de la comunidad judía, que piensa que no está permitido que las mujeres accedan al rabinato. 
¿Qué puede llevar a Esther a tomar esa decisión? Es joven, atractiva, está casada con el heredero de un estudio jurídico de renombre, tiene dinero y la posición social que muchas envidiarían. Sin embargo, cree que su vida no tiene sentido. Ha llegado a ella la revelación; hay algo mucho más importante que lo que está viviendo. 
Esa revelación, y su aceptación, la lleva a viajar desde Nueva York, donde se encuentra radicada, hacia Israel, donde estudiará con una importante especialista en Biblia. En Israel conocerá también a su segundo marido, agobiado por una tragedia conyugal, y junto a él, iniciará una nueva vida. La tercera edad los encuentra tan enamorados como antes. 
La novela abarca décadas de la existencia de esta mujer valiente, que toma como ejemplo a la rabina Jonas, quien asistió a los fieles en un campo de concentración. Como ella, quiere consolar y confortar, y se pregunta si será capaz de hacerlo. Tiempo después, “A Regina Jonas, ordenada en Alemania cuando comenzaba el nazismo, y asesinada en Auschwitz, le dedicaba su prédica. También a sus padres, a su hermana, familiares, amigos, maestros... Pero en especial, a James Steiner, sin su amor y el de sus hijos Lucy y Dan, no habría podido llegar a ese momento. En el inicio ya había traído la presencia de los ausentes. Señaló la vela: ésta se iba a apagar, no la que llevaba encendida en su corazón”. 
Los escenarios se suceden en la obra. Desde la Argentina, los Fainberg -padre, madre, una hermana y Esther- viajan a Israel, donde vivirán poco tiempo. Desde allí, se trasladan a Nueva York, donde se establecen definitivamente. En Nueva York nace el hijo que Esther tiene con Jaim, uruguayo, y allí llevan asimismo a la hijita de él, que ha quedado huérfana de madre. 
Aunque centrada en las circunstancias por las que atraviesa Esther, la obra alude continuamente a la historia de Israel y el mundo en general. En esa historia se destacan dolorosamente las guerras, la situación en la Argentina y el Uruguay de la década del 70, el atentado a las Torres Gemelas. Plager los refleja con tristeza. 
En esta novela, que resultó finalista del Premio Planeta 2005, la escritora evoca la lucha de una joven que tuvo una meta, y que llegó a ella cuando miles de obstáculos podrían haberla disuadido; evoca, asimismo, el desarraigo de quienes ven, una y otra vez, que ya no son de esa tierra. 
Emotiva, bien documentada, escrita admirablemente, La rabina nos hace eco de las alegrías y los infortunios de los personajes, los presenta actuando coherentemente y deja en nosotros la certeza de que aún lo más difícil es posible, si realmente lo deseamos.

lunes, 14 de agosto de 2006

CARLOS SZWARCER: “UN CAMINO DIFÍCIL DE TRANSITAR”

Carlos Szwarcer es historiador y periodista. Nació en Buenos Aires, Argentina, ciudad en la que cursó la carrera de Historia en la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador y el Ciclo Pedagógico en la misma Facultad. Fue conductor y productor del programa "Esta es otra Historia" en FM.88.V. López, entre 1992 y 1994; columnista invitado del bloque de Historia en el programa "El Refugio de la Cultura", AM. Radio América, en 1994 y 1995. Realizó la cobertura periodística de eventos culturales, políticos y educativos; Investigó para guiones de espectáculos y documentales, y desarrolló y seleccionó Efemérides para la producción de programas radiales. Es investigador histórico de Barrios e Instituciones de Buenos Aires, autor de artículos, ensayos, narrativa, etc. publicados en su país y el exterior, integrante del Grupo APH (Área de Protección Histórica) de Villa Crespo durante 2003y 2004. Colabora en Todo es Historia (Bs. As. Argentina) Revista Cuadernos del Tortoni (Bs. As. Argentina), Buenos Aires Cultural (Bs. As. Argentina), Revista del CECAO (Centro de Estudios Culturales: Pcia. de Córdoba (Argentina), Letras-Uruguay (Montevideo. Uruguay), Raíces (Madrid, España) y Los Muestros (Bruselas, Bélgica/ B.Hills, USA), entre otros medios.
Dictó conferencias en entidades privadas e Instituciones dependientes del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Comisión de Preservación y Promoción de Cafés Notables de la Ciudad de Buenos Aires) sobre historia de Buenos Aires; la temática de dichas conferencias está relacionada con la inmigración, costumbres, tradiciones y diversidad cultural. Participó en el emprendimiento "Patrimonio de los Barrios", de la Dirección General de Patrimonio (Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) con textos e imágenes para la definición de los Hitos Históricos Barriales incorporados como material didáctico para entidades educativas y de divulgación general. Auspiciado por la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos). 2003-2005. Desde 2003, coordina diversas visitas a hitos históricos barriales en el marco del emprendimiento "Los Barrios Porteños… Abren sus Puertas", organizado por Dirección General de Patrimonio Secretaría de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (actual Ministerio de Cultura). 
Para conversar sobre la inmigración y otros temas, lo entrevistamos en Buenos Aires. 
-Como muchos investigadores argentinos te interesás por la inmigración a partir de una circunstancia personal, el hecho de que tu abuelo materno y tu padre hayan sido propietarios del Café Izmir ¿Cómo viviste esa situación en tu infancia? 
-En mi caso, aunque mis padres nacieron en la Argentina, mis cuatro abuelos llegaron de países muy lejanos, Ucrania y Turquía, sin duda esto debe haber marcado en mí cierta inclinación por los temas sobre inmigración. Mi abuelo fue el dueño del Café Izmir desde fines de los años ´30 hasta 1965, cuando falleció, y mi padre y un tío quedaron a cargo cuatro años, hasta 1969, momento en el que venden el fondo de comercio a una familia asturiana. Si bien el Café es todo un ícono de Villa Crespo y del Buenos Aires cosmopolita, un sitio renombrado a tal punto que fue designado Café Notable de la Ciudad de Buenos Aires, en mi infancia no tuvo el impacto que puede suponerse: mis recuerdos dentro del Izmir, de hecho muy agradables, son simplemente los de un pequeño que iba a visitar a su abuelo al lugar de trabajo; él me convidaba un yogurt o una gaseosa y yo me la pasaba jugando al fútbol entre las mesas y sillas con las chapitas de cerveza o gaseosas que estaban en el piso. Cosas de pibe que me hacían muy feliz. Pero las imágenes y vivencias del Café influyeron muchos años después cuando comencé a dedicarme a la investigación histórica y tomé conciencia de que ese sitio había sido mucho más importante de lo que suponía. 
-¿En qué momento te diste cuenta de esa importancia? 
-En la Facultad nos dieron para leer fragmentos de la novela Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal y quedé perplejo cuando me encontré, inesperadamente, con varios pasajes dedicados al Café, tomado como escenario de sorprendentes situaciones. Darme cuenta de que fue observado atentamente por este escritor que describió hechos y personajes tan particulares, me dio vuelta la cabeza, es decir, en ese momento sí comencé a tomar conciencia de que el Café Izmir, más allá de mis recuerdos de infancia, había sido algo más que el Café de mi abuelo, al que yo de tanto en tanto iba a visitar por las tardes. Vislumbré que en la gente, que en el barrio, había tenido más importancia de la que yo le había dado. A partir de ese momento comencé a indagar más detenidamente en la historia de mi familia y fue el motor para la búsqueda imperiosa de la verdadera historia de ese lugar, más allá de la ficción del Adán. 
-¿Es cierto que conservás muchos elementos del Café? 
-Sí, tal vez por ser el nieto mayor y dedicarme con pasión a la historia, mi madre me fue dando las fotos y elementos que pertenecieron al Café, vajilla, instrumentos musicales, los discos de pasta que allí se pasaban, montones de cosas. Además, antes de que lo demolieran, no sólo intenté evitar su desaparición sino que ante las topadoras, con gran esfuerzo, hice lo posible porque no se perdieran para siempre algunos restos materiales que hoy forman parte, con todo lo demás, de una colección que, seguramente, servirá para mostrar el material tangible de ese lugar tan particular y vinculado, muy especialmente, con la inmigración y la convivencia pacífica de la diversidad cultural. 
-¿Estudiaste historia para ahondar en el tema de la inmigración? 
-No, inicialmente en absoluto. Había estudiado un año de Medicina en La Plata y rápidamente percibí que aquello no era lo mío. Encontrar mi vocación me llevó a buscar información sobre arqueología, antropología. Al poco tiempo iniciaba la carrera de Historia, me orientaron a ella con el argumento de que en Argentina, con esta disciplina, tendría más perspectivas, y la encontré afín a mi tendencia humanística. Ya en las primeras clases comprendí que era lo mío. Mi impulso inicial fue entender el complejo presente y sabía que para éso tenía que conocer el pasado. Quería tener respuestas sobre los comienzos de la humanidad. Luego me encontré con las herramientas para indagar sobre los vericuetos de mis orígenes, es decir, sentí que estaba en el camino correcto para hallar el hilo conductor entre mis ancestros y el contexto en el que llegaron a la Argentina. Además, el haber vivido mi infancia en un inquilinato de la calle Padilla, en Villa Crespo, el contacto con tanos, gallegos, “rusos”, “turcos”…, la verdad que parecía un sainete, esas cosas te marcan. Recuerdo las fiestas de cada colectividad, nos reuníamos todos en el gran patio sin importar demasiado qué se festejaba, compartíamos. Era otra época, ni mejor ni peor, distinta. Aunque no podemos decir que no se armara alguna batalla, algún desaguisado entre tanta gente junta, claro, la perfección no existe ni existirá, pero siento un dejo de nostalgia por esa convivencia, por la solidaridad que existía… era un valor muy importante. 
-Entonces buscaste darle sustento científico a tus vivencias 
-Ciertamente, aquello inicial estaba presente embrionariamente, y después latente en los estudios en la Universidad, pero lo que me condujo a los temas relacionados con la inmigración, a ahondar en ellos, verdaderamente, fueron situaciones de comienzos de los años 90 cuando falleció mi padre y al poco tiempo una hermana de mi abuelo. Tal vez ésto me llevó a la puerta del Café Izmir. Hacía muchísimos años que no pasaba por allí. Vaya a saber qué fui a buscar, pero comencé a recopilar desesperadamente testimonios de vecinos, de habitués, de hijos de habitués. Seguramente quise, en parte, encontrarme otra vez con el Café Izmir de mi infancia y la realidad es que en cada informante encontré un mundo. La gente mayor que me abría sus puertas para contarme sobre el barrio y el Izmir me llevaba, inevitablemente, a la inmigración, eran relatos de inmigrantes. Fueron años de mucha investigación en fuentes y de dedicación a la historia oral. Fue el comienzo de mi pasión por esta temática. Las decenas de testimonios me dieron un material riquísimo en vivencias y anécdotas que suelen formar parte de mis artículos, ensayos y sobre todo de mi narrativa. 
-En las visitas que guiás para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, difundís estos temas. ¿Cuándo comenzaste con esta actividad? 
-En el año 2003 me convocó a dar una charla el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires y la Dirección de Patrimonio de la entonces Secretaría de Cultura para participar del asesoramiento sobre Hitos Históricos para los Desplegables Didácticos Barriales, primeramente sobre Villa Crespo y más tarde otros barrios. Luego, me invitaron como coordinador de algunas visitas en el Emprendimiento “Los Barrios Porteños Abren sus Puertas”, así participé desde entonces en Villa Crespo, Balvanera, Colegiales, San Nicolás. Ya van cuatro años. Generalmente las visitas se relacionan con lugares que de una u otra manera están vinculados a la inmigración: el Café Izmir, el recorrido por la Calle Gurruchaga, El Conventillo de la Paloma, el tango, teatros, templos, comunidades… 
-¿Qué significa para vos poder escribir sobre la inmigración argentina en medios del exterior? 
-Desde luego que mucho porque, como vos sabés, el investigador termina su prolongado y arduo trabajo recién cuando da a conocer el resultado del mismo. Pero que escribiendo sobre Argentina, particularmente sobre Buenos Aires, se interesen en mi material publicaciones importantes de España, Bélgica, Estados Unidos, etc., que divulguen estas historias tan nuestras en medios tan lejanos, indudablemente, me pone muy contento, aunque te diré que, a veces, uno se sorprende que le den más trascendencia afuera. 
-Otros de tus puntos de interés son el Café Tortoni y el Museo del Tango, también relacionados con la inmigración. ¿Desde qué punto de vista te aproximás a estos temas? 
-La revista “Todo es Historia”, en el 2002, publica mi artículo “El Café Izmir”. Menciono allí que Alejandro Rafael Alboger, mi abuelo materno, fue lustrabotas y luego mozo y mêtre del Café Tortoni hasta hacerse cargo del Izmir, dejándole el lugar a mi tío abuelo Yaco, el que con el tiempo termina siendo accionista del Café de Avda de Mayo. En el 2003 Roberto Fanego, uno de los dueños del Tortoni, leyó aquel artículo y decidió dedicar la Revista “Cuaderno del Tortoni” Nº 9 a los dos Cafés, solicitándome que la escribiera. Así surge “El Tortoni y el Izmir – un nexo para la historia”. Obviamente, además de Marechal, esos dos hermanos Alboger, judeo-sefaradíes, provenientes de Turquía, tienen que ver y mucho con la inmigración y con los dos Cafés. El material se presentó en Abril de 2003 en la Bodega del Café, la Sala Quinquela Martín, con el auspicio de la Secretaría de Cultura y la Comisión de Bares Notables de la Ciudad. En cuanto al Museo Mundial del Tango… cubrí su inauguración para un medio del interior y además ese día tan especial se entregaba al público presente un tríptico con fragmentos de mi artículo “Gardel y el Tortoni”, basado en mi investigación sobre la presentación en el Café del Morocho del Abasto en una recepción a Luigi Pirandello… 
-También Gardel en tus investigaciones… 
-¿Sabés qué pasa? el tango es parte de Buenos Aires y aunque soy de la época del rock el tango también me llega, lo escuchaban y bailaban mis viejos. Soy porteño hasta la médula y además me pusieron de nombre Carlos por Gardel, mi vieja era fanática de él. En el 2004, el 11 de diciembre, Día del Tango, se hizo una exposición en el Museo de la Casa de Carlos Gardel y allí un sector fue dedicado a la muestra Carlos Gardel y el Café Tortoni, con elementos del Café de principios del siglo XX y textos míos. Fue un momento muy emocionante. 
-¿Y el interés por el Teatro Maipo? Parece un tema muy distinto de los anteriormente mencionados. 
-En cierta forma, la inmigración también tuvo mucho que ver con el desarrollo del teatro en Buenos Aires. Pero lo del Maipo fue inesperado, un trabajo de investigación encargado. En Agosto de 1994 se produjo la reapertura del teatro por parte de Lino Patalano y Julio Boca. Un tiempo antes recibí el llamado telefónico de la productora de cine y televisión Clara Zappettini para ofrecerme la investigación sobre la historia de los inicios de esa sala de espectáculos. Dado el escaso tiempo formé un pequeño grupo y nos pusimos a trabajar a full. Fue una experiencia muy interesante porque gran parte de lo relevado no se conocía y sirvió para realizar un documental llamado “Raconto del Teatro Maipo” y para la base de los textos del guión del espectáculo en el que, el 22 de Agosto de ese año, participaron Sandro, Gasalla, Tania y otros. A partir de ese trabajo me interesé en el Scala y el Esmeralda, los dos teatros que estuvieron en el mismo predio que el Maipo, y profundicé aquellos primeros enfoques. En el año 2004 “Todo es Historia” publica “Prehistoria del Teatro Maipo”, donde recorro el camino desde la zarzuela en España, los orígenes del teatro de Revista, la actividad del Scala, del Esmeralda y llego a 1922, cuando comienza a funcionar el teatro, efectivamente, con el nombre actual. 
-¿En qué trabajás actualmente? 
-Soy bastante obsesivo y perfeccionista pero al mismo tiempo anárquico, mejor no mires mi escritorio, pero normalmente tengo un trabajo adelantado, digamos central, sobre el que me dedico a full mientras mantengo abiertas investigaciones laterales y escritos que sigo puliendo hasta terminarlos. Actualmente estoy redondeando relatos sobre los sefaradíes en Buenos Aires para publicar en próximos meses; una investigación sobre Milagros de la Vega y también comencé a tomar testimonios para relevar datos y dar a conocer historias y anécdotas sobre un par de cafés de Buenos Aires. En fin… quizás el tema que hace un par de años me desvela es la realización de una exposición sobre inmigración a partir de los materiales del Café Izmir. Me perturba mirar hacia atrás y ver que en los últimos diez años fallecieron más de la mitad de las personas de edad, de nuestros mayores, aquellos que me brindaron oportunamente su testimonio de vida, y que sus vivencias sirvieron para rescatar de un olvido seguro parte de sus tradiciones, de nuestros orígenes, de nuestra forma de ser. 
-Se te ve muy comprometido con la preservación… 
-Es que hay tanto para hacer, para sacar a la luz, historias todavía desconocidas que son parte de nuestra identidad y que se perderán si no tomamos testimonios, si no escuchamos esas voces, si no recuperamos esos recuerdos. Estos hechos de la realidad me movilizan para buscar una salida, una respuesta al problema de la preservación de nuestro patrimonio cultural, no es suficiente lo que se hace. Últimamente, algunos escollos me motivaron a poner en marcha la organización de una estructura que sea espacio de encuentro de interesados en proteger, contar, divulgar estos temas, alentar las iniciativas, tal vez por medio de una Fundación u otro mecanismo acorde a estas necesidades. Es importante lograr recursos que financien proyectos de investigación y publicación sobre inmigración y diversidad cultural. Es un camino difícil de transitar pero creo que vale la pena intentarlo. 

(LETRAS-URUGUAY, Montevideo, 2006)