jueves, 3 de marzo de 2005

Miguel Cané (padre)

En la historia de la literatura, como en todos los aspectos de la cultura humana, algunas figuras son exaltadas unánimemente por la crítica; otras, en cambio, son relegadas a un injusto olvido. Las razones que motivan esta discriminación son de muy diversa índole; pueden estar vinculadas al gusto de una determinada época, a la magnitud de la obra o, simplemente, a la fidelidad a una tradición que estipula -de una vez y para siempre- qué personalidades deben ser estudiadas.
Afortunadamente, muchos críticos, apartándose de estos lineamientos, se dedican a investigar la vida y la obra de autores menos conocidos, presentándole al lector facetas diferentes de una historia que consideraba concluida. Tal es lo que ha sucedido con Miguel Cané (padre), al que muchos de nosotros no conocíamos más que en su condición de progenitor de uno de los hombres del 80.
Transcribimos, en el presente trabajo, los conceptos vertidos por tres autores que se hallan, de una u otra forma, vinculados al periodista y literato exiliado; a través de sus evocaciones podremos formarnos una idea de la personalidad y la labor llevada a cabo por un hombre que protagonizó momentos difíciles de nuestro pasado.
Miguel Cané padre nació el 26 de abril de 1812 en una estancia que sus padres poseían en San Pedro; se educó en el Colegio de Ciencias Morales -el Colegio Nacional de Juvenilia-, en compañía de Alberdi, a quien lo unió una estrecha y prolongada amistad. En 1832 fundó en su casa de la calle Balcarce la "Asociación de Estudios Históricos y Sociales", que pronto atraería la ira de don Juan Manuel de Rosas.
En estas reuniones se hablaba de los nuevos autores franceses y se escuchaba a los noveles escritores nacionales. El reglamento de la asociación establecía que cada socio debía leer un trabajo y otro de los miembros lo comentaría; de esta manera, Miguel Cané aseguraba el desarrollo y difusión de las que luego se convertirían en obras capitales de nuestras letras.
EI 10 de mayo de 1835, el mismo día en que se había graduado de Doctor en Leyes, parte hacia Montevideo, donde se establecerá definitivamente. En el exilio contrajo enlace con Luciana Himonet y, fallecida su primera esposa, con quien seria la madre del autor de Juvenilia; fue allí también donde se destacó como periodista y como literato, fundando El Iniciador, colaborando en diversos medios y creando sus obras de ficción. Al morir su hijo predilecto, Jacinto Miguel, el periodista se retira al campo, ya en nuestro suelo, donde muere tres años después, el 5 de julio de 1863.
La evocación del hijo
"Debía entrar en el Colegio Nacional tres meses después de la muerte de mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales”; con este párrafo se abre Juvenlia, nostálgica remembranza de los años de adolescencia de Cané (hijo).
En un ensayo titulado "Mi padre", Miguel Cané describe a aquel a quien tanto debe, pero que tan poco recuerda, pues, en la fecha de su muerte, el hombre del 80 contaba sólo doce años de edad. Su padre fue –destaca el hijo- un hombre de gran inteligencia, a la que se sumaba una profunda afición a la cultura. Su vida no fue fácil, ya que, desorganizado en la administración de su capital, las penurias económicas ensombrecieron su existencia; sin embargo. su espíritu siempre se encontró abierto al diálogo, a la amistad fecunda.
Fue -afirma su hijo- un tenaz defensor de la cultura, con sus palabras de aliento y su fina sensibilidad, mostraba a los jóvenes artistas el camino a seguir. Cane amaba la belleza en todas sus manifestaciones: gustaba de contemplar bellos rostros femeninos, se entusiasmaba con la literatura francesa y con las obras italianas de todos los tiempos.
Sin embargo -lamenta el autor del ensayo-, su padre, desilusionado por los infortunios políticos y privados, no encontró la fuerza necesaria para reunir la obra diseminada en diversas publicaciones; el genio del autor de Mis visitas, irónico y sutil, se evidencia en páginas sueltas, en relatos, en articulos de costumbres, pero su producción literaria no goza de la organicidad que su sucesor anhelara.
"Un verdadero porteño"
Así lo define Belisario J. Montero: "Este primer Cané era un verdadero porteño; y al decir porteño de aquellos tiempos, me refiero, tanto en las apariencias físicas como en el carácter; a la mezcla del tipo francés y andaluz de que nos. habla Pablo Mantegazza. Relata Montero, citando a Mantegazza, que Cané era de estatura mediana, de ojos despiertos y negrísimos, delgado y agil en sus movimientos.
Había sufrido –afirma el evocador- la influencia de la revolución literaria y filosófica de Francia en 1830; en literatura, abrevó en la fuente del Romanticismo francés, interiorizándose en toda su ideología social y estética; a criterio de Montero, los artículos periodísticos, ensayos, notas de viajes y novelas de Cané forman el comentario de las tendencias, pasiones e ideales de su generación.
Al igual que Cané (hijo), evoca el profundo sentimiento de la belleza que caracterizaba al creador de Esther, belleza concebida, inclusive, como canon moral y ético, con el que fue coherente.
Una biografía de Mujica Láinez
Manuel Mujica Láinez escribió Miguel Cané (padre). El describe a su biografiado, indaga, revela facetas íntimas de su personalidad, siempre con gran cariño y admiración. Dice de él “Era un dilettante cuya conversación encerraba siempre un dato ignorado, algo imprevisto, que descubría perspectivas ante el interlocutor”.
Muestra al protagonista formando parte de una generación: “Los muchachos anhelosos que participan del movimiento renovador y que, con una saña que es fruto de la urgencia de destruir para construir, fustigan a la madre patria, no olvidan ni un segundo los lazos candentes que los unen a la España joven”. Junto a estos jóvenes pasa Miguel Cané las veladas en la casa de la calle Balcarce, sede de la Asociación de Estudios Históricos y Sociales, que fundara en 1832.
Para pintar una época crítica en la historia del país, Mujica Láinez evoca momentos de la existencia de su biografiado, realizando, por otra parte, breves reseñas de sus trabajos. Hay dos artículos de Cané muy importantes, en lo que concierne a reflejo de época: “Buenos Aires y sus alrededores” y el artículo sobre Agustina Rosas de Mansilla. Mediante el recurso de insertar en el relato pasajes de las obras de Cané, el autor logra una mayor verosimilitud en la narración, ya que no es él quien opina, quien juzga la tiranía de Rosas, sino un hombre inmerso en esa realidad.
La labor literaria del biografiado también es objeto del interés del académico. Al finalizar la recorrida a través de una literatura para muchos desconocida, nos deja esta reflexión: “antes del autor de Juvenilia, hemos tenido en su padre un sabroso precursor de su ingenio feliz”.
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Los testimonios de estos escritores nos permiten inferir la magnitud de esa personalidad que no ha gozado de una popularidad acorde a sus méritos. Miguel Cane (padre) fue mucho mas que el baluarte de la cultura europea; fue un hombre comprometido con su tiempo y sus ideales en los albores de nuestra historia como país independiente.

José González Carbalho: La “Patria anterior”

Aunque José González Carbalho fue un escritor notable, es muy difícil encontrar información sobre su vida y sobre su obra. La que transcribimos nos la ha proporcionado Antonio Requeni, autor de “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho(1). Leyendo este interesante trabajo nos enteramos de que el hijo de emigrantes gallegos nació en Buenos Aires en 1899. Huérfano de madre, fue criado por su padre, su hermana y una sirvienta gallega, a la que recuerda como “un ser que desbordó en ternura y que sacrificó todos sus afanes por el niño huérfano. Historias y leyendas que después hallé en los libros, salían de sus labios para dormirme. Su generoso amor, su entrega incondicional a mi educación para luego alejarse, sabiéndome criado, acreditaban la nobleza de un elegido”.
     
Dos experiencias lo marcarían en sus primeros años: la lectura de las Follas novas que le dio su padre –“Aquella criatura, arrullada en sus primeros años con canciones de cuna gallegas, entraba en un país mágico de palabras y ritmos de la mano de un hada también gallega: Rosalía de Castro”- y las reuniones del emigrante con sus amigos recién llegados de Galicia, “envuelta ya para el niño en líricas nieblas de leyenda. Aquellas demoradas conversaciones de sobremesa impregnaban su imaginación con fragancias campestres o marineras; acariciaban sus oídos con música de ese idioma como arrullo que lo adormeciera y que, años después, le abrió las puertas de la poesía, territorio mágico del que sería, para siempre, fervoroso habitante”.
     
“El niño se hizo hombre y, leal a su vocación y a sus sueños, escribió libros de poemas que encontraron eco auspicioso entre los más importantes escritores del momento: Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, Pedro Miguel Obligado... Sus temas eran el barrio, la casa, la hermana entrañable, los amigos, el amor, la ternura, y una franciscana religiosidad”.
     
El titiritero Javier Villafañe recuerda la amistad de Carbalho con Lorca: “Yo tenía entonces 24 años. Iba caminando por la Avenida de Mayo; esta vieja calle era muy transitada por escultores y poetas de la época. Seguí mi caminata, cuando me encuentro con Pepe González Carvalho –amigo de Kantor- y con la hija de otro amigo. Nos detenemos y me presenta a Federico García Lorca. A la altura de la Avenida de Mayo y Santiago del Estero, frente al Pasaje Barolo, entramos los cuatro en un bar. Pepe, que en ese entonces era periodista de Noticias Gráficas -periódico de la tarde- se hizo muy amigo de Federico. Conversamos mucho y Pepe, que conocía mi actividad con Juan Pedro Ramos, le habló de ella a Federico, quien escuchaba con mucha atención. (...) Luego de cinco largos meses de permanencia en Buenos Aires, Federico García Lorca regresa a España, y pasado un tiempo todavía envía correspondencia a González Carvalho”(2).
     
Fue asimismo profesor de literatura española en el Colegio Nacional Hipólito Yrigoyen, y autor de libros de poesía –Campanas en la tarde (1922),Cantados (1933.Premio Municipal), entre otros-, prosa –El libro de Angel Luis (cuentos, 1926), Vida, obra y muerte de Federico García Lorca(1938) y otros-, teatro –Arrabal de Carriego, Cornamusa- y ensayo -Idioma y poesía gallega, 1953.
     
Falleció en Buenos Aires, en 1958. “Mientras se vestía para dirigirse a la escuela nocturna donde era profesor de literatura -recuerda Requeni-, su corazón se detuvo. Yo llegué apenas una hora después y nunca se me borrará la imagen de aquel ser excepcional, pulcramente vestido y afeitado –como lo viera siempre- inmóvil, sobre la cama, (...) Yo no estaba en condiciones de pensar absolutamente nada en ese momento, pero al transcurrir el tiempo y recordar aquella escena estremecedora, tuve la misma reflexión de González Carbalho ante otras sugestivas imágenes: ‘parecía un tema de Rosalía’ ”.

El periodista

Escribió en diarios y revistas. En varios artículos se refirió al viaje a Galicia que realizara en abril de 1955. Escribe Antonio Requeni, a propósito de los mismos: “González Carbalho fue poeta y periodista. Esa doble actividad lo ayudó a comprender mejor la realidad gallega. En muchas de las páginas que dejó escritas resalta la observación sutil, el registro de detalles que contribuyen a una captación más profunda. Esa capacidad para detenerse a inventariar los elementos de la realidad debe ser don o virtud de periodista. Y González Carbalho lo fue, ininterrumpidamente, durante muchos años. Pero además era poeta y sus antenas sensibles estaban siempre prontas para sintonizar el alma de las cosas y traducir ese mensaje en palabras. Mallarmé dijo que todas las luchas del hombre, las victorias o las derrotas de la humanidad, terminan convertidas en palabras, existen para las palabras, son el pretexto y la justificación, tal vez, de un hermoso libro o de una página imperecedera. González Carbalho, periodista y poeta, acertó a ver y sentir Galicia. Y aquella realidad geográfica y humana justifica hoy unas palabras que, como las de todo poeta verdadero, nacidas del asombro o del fervor y acuñadas al calor de la ternura, se inscriben para siempre en el Tiempo”.
     
En “Temas de la patria anterior” (3), el viajero escribe: “Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo volví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior”.
     
“La emoción de su primera caminata por Santiago quedó documentada en otro artículo” (4): “Dejo mis maletas en el hotel y salgo, ansioso de caminar por Santiago de Compostela. La Rúa Nova me acoge con el monacal señorío de sus recias casas. Piedra, Severidad. Noble arquitectura neoclásica y barroca. Rúa donde el rumor de los pasos sobre las antiguas losas se apaga oscuramente y el paseante piensa que transcurre hacia dentro del tiempo. Ya estoy andando bajo soportales. Había hablado de ellos sin verlos. Son los mismos. Como también la lluvia es la misma que soñara. La capital religiosa de España –la ciudad que reza, como suele llamársela- es ciudad de lluvias. ¿Puede uno imaginarse a Santiago sin ese ámbito de recogimiento? ¿Quién no ha sentido, en algún instante, esa caricia menuda y tenaz que llaman calabobos? Esta lluvia no moja, bautiza. Es la bienvenida. Tiendo a ella las manos y la llevo a mi cuarto. Huele a aire, a nube. En mi interior, como una blanda hierbecita del campo, crece la sonrisa”.
     
En un artículo publicado en la revista El Hogar(5), manifiesta su impresión al visitar Padrón: “La primera evidencia de Rosalía la tuve al acercarme a la iglesia de Santa María la Mayor de Iria Flavia. A la vista de su aguja hubiera querida apaciguar la marcha del coche. Descendí despacio y fui andando hacia el templo, cuyo pórtico data del siglo XII, de modo que la presencia de la alondra fue tan real como cuando ella acudía a rezar por sus deudos y servidores. En el atrio, como es tradicional en toda Galicia, el cementerio. El de Adina tiene un valor emocional distinto: en él recibieron sepultura, por espacio de cinco años, los restos de la escritora. Al desenterrarlos para su traslado a la iglesia de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela, hallóse el cuerpo y las violetas que tenía en su pecho, como si la muerte no hubiera pasado para ellos”.
     
Fue crítico literario. Manuel Mujica Láinez guardaba en sus cuadernos(6) las reseñas que se hacían sobre su obra; entre ellas, encontramos el recorte de un comentario bibliográfico firmado por González Carbalho, acerca de Vida de Aniceto el Gallo. En ese texto, Carbalho destaca el sentimiento del autor hacia su biografiado; hay –a su entender- una evidente simpatía y una constante intención de resaltar las virtudes y justificar los defectos: “La simpatía que el autor del libro experimenta por su héroe es transportada a cada una de las palabras, con matices de piedad y ternura, de comprensión de las virtudes y los errores, de lirismo nacido de episodios memorables –el del sauce de la tumba de Musset, por ejemplo-, de delicada ironía ante el hoy incomprensible romanticismo de ciertos sucesos” (7).

Poema de inmigrante

Es difícil, también, acceder a sus poemas. Afortunadamente, esta separata incluye un poema en varios cantos: “Cuando mi padre me habló de su infancia” (8), “un tierno homenaje del poeta argentino a los inmigrantes gallegos”.
     
El texto lleva como epígrafe los versos de Rosalía de Castro que dicen: “Con malenconía/ miran para o mar/ os que n’ outras terras/ ten que buscar pan./ Miña terra, miña terra,/ terra donde m’eu criey...”.
     
Se inicia con la llegada del padre del poeta, a América: “Yo tenía diez años/ y la sonrisa fácil, /cuando dejé la sombra/ de aquellos robledales. /Pusiéronme en un barco/ que rodó por los mares,/ la armónica en los labios/ hice todo el viaje,/ y al llegar, que llegamos/ por fin, vi un puerto grande”. La naturaleza se hace eco de la desdicha del niño: ”El cielo gris lloraba/ por el niño emigrante./ Como ella estaba lejos/ el cielo era mi madre./ Bajas las nubes, eran/ robles, pinos gigantes./ Iba por leña al monte/ y oía manantiales./ Creíme regresando,/ oh coitado, a mis lares./ Mi nostalgia, Galicia,/ me hacía imaginarte./ Tras la brumosa lluvia/ se alzaba Buenos Aires./ Tenía yo diez años./ ¡Y ya sin nadie!”.
     
El poeta evoca la primera noche en América –“Y yo soñ esa noche/ desvelada de América,/ con una luna cálida/ como mi madre céltica”-, el primer día de trabajo –“Después fue la palabra/ bíblica: trabajar.”-  y la amargura de ese niño escondida a los demás -“No lloraba por penas,/ pero cuánto lloré./ Nadie pudo en mi cara/ más que sonrisa ver,/ aunque el niño sabía/ y eso su pena fue/ que la infancia había muerto/ y el hombre estaba en él”.
     
En “Nostalgia”, uno de los cantos de este poema, enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta: “Ay, el dueño de valles/ y misteriosos bosques/ por el que andaba yo/ mi perro y mis canciones./ Mis canciones que vuelven sólo para que llore/. Mi perro ya olvidado/ de obedecer al nombre./ Yo, que perdí mis cielos, / ¡y soy tan pobre!”.

Rosalía

“El encuentro con Rosalía, que para él no representó solamente el paradigma de la expresión de un pueblo si no también el maravilloso descubrimiento de la poesía, tenía forzosamente que impresionar su sensibilidad, como aquellas estampas familiares en las que el nombre de Galicia flotaba sobre seres y cosas. Y González Carbalho, en el momento de sumirse en el misterio de su condición humana, encontró en la literatura gallega, en su identificación sentimental con el alma gallega, algunas de las más profundas claves de su personalidad”.
     
Escribió ese bello poema que dice: “Te hallé en tus versos, Santa Rosalía,/ como si hallase en ellos a una hermana,/ y hoy por el grifo de mi pecho mana/ el agua gris de tu melancolía.// Y a la región he de llegar un día/ donde quedó en lamento de campana/ tu voz ungida en la tragedia humana/ cantando un largo canto de agonía.// He de cruzar los campos que cruzaste/ y en la vieja casona en que moraste/ pondré la flor de una oración cristiana.// Luego hallaré su espíritu vagando/ por los caminos; y al hallarlo, hermana,/ me iré impensadamente arrodillando.”(9).
     
El soneto a Rosalía es “inevitable testimonio de una nostalgia que alentaba en su corazón desde su edad más pura, pugnando por florecer en palabras. El poema, publicado originalmente en 1925 en Correo de Galicia, integraría su libro Palabras del retorno, de 1926”. Recordemos que Rosalía de Castro fue la figura más importante del renacer de la poesía en lengua gallega; la poeta que, desde Galicia, escribió sobre los emigrantes y sobre las mujeres que quedan en España, a las que llamó “viudas de los vivos”(10).
     
Entre 1953 y 1954, González Carbalho escribió su Libro de canciones para Rosalía de Castro. La muerte sorprendió al escritor antes de que pudiera publicar una nueva edición del libro, aumentada, como era su propósito, “pero en aquel que editó hace casi cuarenta años el Centro Gallego de Buenos Aires, hay poemas que garantizan la perdurabilidad de su nombre”.

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En prosa y en poesía evocó González Carbalho a Galicia, la “patria anterior” que pudo ver antes de morir.

Notas
(1) Requeni, Antonio: “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho”. Separata del Boletín Galego de Literatura. Traducción al gallego de Blanca-Ana Roig Rechou. (Traducción del gallego de los párrafos transcriptos en este trabajo: M. G. R.)
(2) Medina, Pablo: “Historias de ida y vuelta, en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
(3) González Carbalho, José: “Temas de la patria anterior”, en La Prensa, Buenos Aires, 21 de abril de 1957 (Citado por Requeni).
(4) González Carbalho, José: en La Prensa, Buenos Aires, 13 de mayo de 1956 (Citado por Requeni).
(5) González Carbalho, José: en El Hogar, Buenos Aires (Citado por Requeni).
(6) Los cuadernos pueden verse en el Museo de Motivos Argentinos José Hernández, de Buenos Aires.
(7) González Carbalho, José: “Libros y autores. Vida de Aniceto el Gallo”, en Crítica, Buenos Aires, 12 de marzo de 1944.
(8) González Carbalho, José: “Cuando mi padre habló de su infancia”, en Requeni, Antonio: “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho”, Separata del Boletín Galego de Literatura.
(9) González Carbalho, José: en Requeni, Antonio: “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho”, Separata del Boletín Galego de Literatura.
(10) Gonzalez Rouco, María: “Rosalía de Castro, poeta de los emigrantes”, en www.monografias.com.

El ciclo de la Bolsa

La literatura suele reflejar los acontecimientos que tienen lugar en la nación en que vive el creador. Esta clase de testimonios también se da en la literatura argentina, en la que encontramos referencias concretas a cuanto sucede en la época en que las páginas se gestan. Recuerde el lector, a modo de ejemplo, El matadero, de Esteban Echeverría. Larguísima sería la lista de títulos que puede agregarse al mencionado.
Entre estas obras testimoniales se encuentran las que reflejan la crisis de la Bolsa de Comercio y la revolución de 1890; son novelas que aparecieron como una manifestación de los creadores frente a una situación que sirvió como motivo para moralizar y demostrar los peligros que se corrían si no se cambiaba el rumbo.
Andrés Avellaneda escribe al respecto: “Hacia el 90, como una consecuencia de la crisis que vive el país y uno de cuyos síntomas más agudos es probablemente el crack financiero que se produce en la Bolsa para esa fecha, este naturalismo se hace social, recoge la temática de esa crisis, y documenta el fenómeno en una serie de novelas que, por ese mismo motivo, ha sido llamado ‘el ciclo de la Bolsa’ “.
La atmósfera de la época es descripta por el historiador Exequiel César Ortega, quien comenta: “Las medidas económicas y financieras oficiales, de todo tipo, se encaminaron hacia las soluciones desesperadas. El esfuerzo por reducir desniveles se reflejó hasta en los cambios de los ministros de Hacienda, emisiones monetarias clandestinas, proyecto de nuevas ventas, concesiones y empréstitos, circulación de emisiones derogadas ya... Hasta que llegó el llamado presidencial de Juárez Celman contra la fiebre especuladora y  que exhortaba en cambio a la cordura en inversiones, negocios, gastos y juego de Bolsa ‘a pase y diferencia’ ”.
Los autores
Irene Ferrari realiza una valoración de las obras a las que nos referimos. Ella escribe: “Varios de nuestros escritores buscaron comprender lo ocurrido y dejar constancia de ello. Las once novelas de esta etapa, de escaso valor literario, fueron llamadas posteriormente ‘el ciclo de la Bolsa’. Entre las más representativas están Horas de fiebre, de Segundo Villafañe, y Quilito, de Carlos María Ocantos. Pero la única reconocida por la posteridad es la de Martel”, titulada La Bolsa.
Diana Guerrero coincide con la ensayista en la valoración de las novelas: “Un año después de la revolución y de la caída de Juárez Celman aparecieron La Bolsa y Horas de fiebre de Segundo Villafañe, y en Paris Quilito, de Carlos María Ocantos. Cinco años más tarde Pedro Morante publica Grandezas. En las páginas de estas cuatro novelas se suceden escenas de los lugares más significativos en la vida porteña de ese momento: Palermo, el Hipódromo, Florida, el Club del Progreso, pero particularmente describen el edificio y la actividad de la Bolsa. Todos coinciden en censurar las costumbres y la moral de ese momento tan convulsionado de nuestra historia. Los ecos de la revolución y de los acontecimientos que la precedieron se prolongan en otra novela aparecida en 1898: La Maldonada, del periodista español Francisco Grandmontagne, incorporado a la vida argentina. Pero posiblemente el relato que pinta más acabadamente ese momento histórico sea La Bolsa”.
Andrés Avellaneda señala que “dos grandes grupos de novelas filiadas en mayor o menor grado al naturalismo, se refieren a los temas decisivos en el momento ochentista: el inmigrante y la fiebre financiera”. Entre las novelas protagonizadas por inmigrantes menciona En la sangre de Cambaceres, Inocentes o culpables de Argerich, Bianchetto de Adolfo Saldías y Teodoro Foronda de Francisco Grandmontagne, además de algunas de las Novelas argentinas de Carlos María Ocantos.
El otro grupo de novelas –el que tiene que ver con la Bolsa- aparece con celeridad: “El mismo año de la crisis se publica Abismos de Manuel Bahamonde; al año siguiente aparecen La Bolsa, de Julián Martel (José María Miró); Quilito, de Carlos M. Ocantos; y Horas de fiebre, de Segundo I. Villafañe”.
No termina aquí la producción al respecto: “El tema sigue interesando a los novelistas a partir de 1891 –agrega-: Grandezas (1896), de Pedro G. Morante; Quimera (1899), de José Luis Cantilo, prolongan una línea temática que llega hasta Roberto J. Payró, con Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1910)”.
Noe Jitrik considera que la obra fundamental de este ciclo –la de Martel- tiene importancia desde diversos puntos de vista, a pesar de su escaso valor literario: La Bolsa es una obra literariamente poco importante, inmadura, pero que así y todo expresa varias cosas de interés; en primer lugar hay, conscientemente o no, una tentativa por trascender la literatura del 80 en su fisonomía más exterior; en segundo lugar, muestra un escritor desclasado, emergente del periodismo y que anticipa, por esas razones, un nuevo tipo de escritor, el profesional; en tercer lugar, se trata de un libro inspirado en hechos contemporáneos, ubicado en una actualidad, comprometido polémicamente con sus interpretaciones”.
Intención moralizante
El propósito de educar mediante el arte aparece en las obras de este ciclo; lo hemos visto en las novelas de Martel y de Ocantos. En la primera, una mujer observa cómo su marido, estudiante brillante de otros tiempos, se ve envuelto en la fiebre especuladora. Le advierte cuáles serán las consecuencias de su actitud, pero “no logró convencerlo ni aquel día en que con sus dos hijos en brazos (dos preciosuras, frutos de sus amores)le preguntó si correría el peligro de verlos expuestos al deshonor o a la miseria”.
El narrador también advierte al personaje que, enceguecido, no puede escucharlo: “¡Come, come, insigne doctor, saborea despacio los manjares que te presentan, porque los bolsistas como tú, sábelo bien, no tienen nunca seguro el pan de mañana!...”. El narrador le habla asimismo al lector, a quien hace partícipe de sus funestos vaticinios: “Con su ancha cara bondadosa difuminada en una expresión de insana codicia, oyerais hablar a aquel ministro de emisiones clandestinas, de grandes negocios solapados que, al aumentar la fortuna de S. E., serán más tarde la ruina y el deshonor de la patria”.
Ocantos, por su parte, pone en boca de Quilito el ideal de muchos argentinos en el 90: “él trabajaba por echar los cimientos de la fortuna de la familia, y lo conseguiría en un dos por tres, porque además de sus operaciones de Bolsa, tentaba al demonio de la lotería, comprando un numerito en cada jugada”.
Quilito goza por anticipado con el supuesto resultado de sus especulaciones: “Ya verían cuando entrara por aquellas puertas, con la gran noticia ¡el número tantos, su número, con tantos miles y miles de premio! ¡o en tal venta de acciones, han resultado cuántos millones de ganancia! Todo así, de la noche a la mañana”.
El joven Aquiles Vargas da por tierra con las convicciones de los hombres de bien: “Hacerse rico de otro modo, no tiene gracia, se desloma uno sobre el yunque, suda el quilo, gasta su juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puede tenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo. ¿De qué le sirve entonces?¡Para pagarse el responso y hacer gozar a los demás! No se vería él en ese espejo”.
Lo guía una especie de carpe diem a su manera: “Mascar mientras haya dientes, porque a boca desportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a cumplir veinte años; pues antes, mucho antes de cumplirlos, sería rico o por lo menos estaría en vía de serlo”.
Y si el lector no comprendió cabalmente cuanto el escritor desea transmitirle, una última imagen será por demás elocuente: Quilito, abrumado por sus deudas y su deshonor, “A tientas y a gatas, perdiendo sangre, buscó el revólver, caído en la maleza, lo cogió de nuevo, y se disparó otro tiro, en la sien esta vez. Cayó de espaldas, los brazos en cruz y quedó inmóvil: del horrible agujero de la frente, el hilo de sangre corría, manchando sus cabellos rubios, y en el pecho, el líquido rojo se coagulaba sobre la blanca camisa”.
En su Teoría Literaria, los críticos Wellek y Warren afirman: “En la practica, la literatura puede sustituir evidentemente muchas cosas: a viajes, o a una estancia en países extranjeros, a la experiencia directa o sea como una vida vicariada; y puede ser utilizada por el historiador como documento social”. Las obras que nos ocupan evidencian esta condición de documento , de testimonio de unos pocos que ven cómo la sociedad se precipita a la sima y tratan de concientizar a sus compatriotas sobre un peligro que sólo algunos parecen ver”.