miércoles, 27 de agosto de 2003

Inmigración y literatura: los asturianos

  1. Los motivos
  2. Somao
  3. En el mundo
  4. En la Argentina
  5. Testimonios
  6. Novelas
  7. Cuentos
  8. Notas
En esta monografía cito a Luciano Méndez Muslera, quien explica los motivos por los que los asturianos dejaron su tierra, y me refiero a los testimonios, biografías y obras literarias de la Argentina y del extranjero, en los que aparece la inmigración de ese origen que llegó a América entre 1850 y 1950.
Los motivos
En el sitio "Asturias en la emigración", Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los "ganchos" o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (1).
"Según aumentaba el movimiento emigrador - explica Méndez Muslera-, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América’ ".
"La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada".
"Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de  para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (la de Asturias se hallaba en Gijón), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente".
Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: "el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)".
Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: "El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc". Como en todo reglamento, siempre había excepciones: "el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar". Además, "en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos".
El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: "En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la  en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva". Y se agrega una nueva alternativa: "También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas". Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: "Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar".
No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: "Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo). Esta emigración llegó a ser tan alta que en el sorteo de quintos de 1892 había un 78% de ausentes en el municipio de Soto del Barco. En el período de 1915 a 1920 en Asturias se llegó al mayor número de prófugos (exceptuando Canarias) llegando a ser más del doble de la media nacional. El emigrante no manifestaba que su viaje era una forma de evadirse de la ‘quinta’ (ni en el momento de la partida ni tampoco después, para no ser tachado de mal patriota)".
"Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. El periódico ‘El Carbayón’ el 13 de enero de 1881 escribía ‘Dénles (a los labradores) tierra fértil que cultivar y arrendamientos ventajosos, más estimación y menos desdén, alívienlos de los impuestos y disminuyan el precio de arriendo; entonces la emigración disminuirá, porque nadie va a buscar lejos lo que puede hallar en su hogar’ ".
"También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración".
Somao
El puerto de Somao fue durante el siglo XIX el "lugar por donde salieron de Asturias con rumbo a América los que hoy conocemos como ‘indianos’; Somao a una distancia de unos 10 km de este puerto del concejo de Muros del Nalón; envió a muchos de sus parroquianos a la emigración que durante esa época partía hacia México y Cuba principalmente".
"Después muchos de ellos regresaron a su tierra con mayor o menor fortuna, algunos enviaban desde el otro lado del charco dinero para aumentar el nivel de vida de su pueblo, incitando también la formación de nuevos indianos. Todo esto fomentó la prosperidad del pueblo, consiguiendo nuevas escuelas (pagadas por estos) y grandes casas (algunas con panteones en su interior) y hasta hoteles, según nos cuenta Aurelio de Llano Roza de Ampudia en su libro ¿Bellezas de Asturias, de Oriente a Occidente’ (Año 1928): ‘Alrededor de muros se extienden huertas pobladas de árboles frutales y tierras bien cultivadas. Luego de pasar Somao, sitio donde hay bonitos hoteles y la vista alcanza extensos paisajes, el terreno que se ve a una y otra mano del camino, poco productivo’. Lo que nos da la idea del por qué este pueblo tuvo tanta emigración" (2).
En el mundo
"Valentín Andrés Alvarez en el libro ‘Asturias’ de editorial Nebrija (1978) dice: ‘Para hablar con exactitud de Asturias, hay que combatir, previamente, un error. Asturias no termina en los límites que se señalan dentro del mapa de España; es muchísimo más, porque nos pertenece; es Asturias un gran trozo de Madrid, donde hay más de setenta mil asturianos, y una gran parte de Cuba, de la Argentina y de Méjico, un barrio de Nueva York, casi toda la ciudad de Tampa, y etc,. etc. Si pensamos en el número de asturianos que hay por el Mundo y en la riqueza que poseen, nos damos cuenta de que Asturias tiene, fuera de sus límites, acaso tanto como dentro de ellos. Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica" (3).
En la Argentina
Refiriéndose al siglo XIX, Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti señalan que "la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes" (4). "Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste de nuestro país" (5).
Los españoles trajeron a la Argentina su tradición culinaria, en la que se destacan los aportes de las diferentes regiones: "Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la  argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. (...) los asturianos (aportan) la fabada (alubias de gran tamaño acompañadas en la olla por morcillas, chorizos, cebollas y tocino)" (6).
Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: "Encienden carbón en la  de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda" (7).
Testimonios
Pedro Fernández, asturiano de diecinueve años embarcado ilegalmente en La Coruña hacia la Argentina en 1899, escribe en su diario: "dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de  que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida. Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armados cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto salvé la situación".
"Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse" (8).
El asturiano Modesto Montoto escribe en su diario, el viernes 14 de octubre de 1927: "a las cinco zarpó el ‘Alfonso XIII’. A causa de la lluvia y niebla consiguiente no me fue posible admirar nuestras costas. Con el corazón lanzo un adiós a los míos, a la Santina de Covadonga y a Asturias" (9).
Por evadir el reclutamiento vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos. Nicanor Fernández Montes viajó en barco a la Patagonia, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: "en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba" (10).
Fue asturiana la madre de Jorge y Aída Luz, acerca de quien dice el hijo: "Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente".
Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: "Nin... –que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes".
Volvieron décadas después: "Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela" (11).
Un famoso café porteño fue comprado por un asturiano. En "El café Izmir", Carlos Szwarcer relata: "El Café Izmir, conocido por la intelectualidad argentina a partir de la publicación de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal en 1948, era ya famoso en los años ’30 como centro inevitable de reunión de las oleadas inmigratorias y verdadera institución en el barrio. El local del lzmir fue construido a fines de 1932 sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato de la calle Gurruchaga 432-436; su primer dueño habría sido Jaim Danón, quien le daría ese nombre en recuerdo de lzmir, su ciudad natal. En 1940, Rafael Alboger se hace cargo del fondo de comercio y comienza su larga trayectoria de veinticinco años detrás de su mostrador. (...) En noviembre de 1969, el asturiano Jesús Rodríguez se hizo cargo del fondo de comercio y los años setenta serían testigos de la lenta desaparición de los viejos "turcos". "...Alboger tenía imán... mientras vivió el café estuvo a full..." aseguran con añoranza sus viejos clientes. El "espíritu oriental" ya no existía, y los habitués, a excepción de un pequeño grupo, eran otros: los empleados y albañiles de la zona. Los motivos de tal metamorfosis fueron varios: el cambio de dueño, de estilo, de sociedad, etc. Y lejos de las madrugadas, los discos de pasta, las orquestas con odaliscas, los refranes y los dichos en ‘ladino’, comenzó a languidecer y a cerrar sus oxidadas cortinas metálicas a las 18 horas y los sábados al mediodía. Sus paredes se descascararon perdiendo el color y la vida. El lugar de reunión e inspiración, y parte del alma y de la cultura porteña, cerró definitivamente sus persianas el 9 de octubre de 2000. El lzmir figura entre los 39 cafés citados en el libro Los cafés de Buenos Aires, publicado por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares y Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires y entre los 21 citados como ‘emblemas porteños’ en La Guía Total de Buenos Aires, de Diciembre 2000" (12).
Biografías
En la biografía Los dones del tiempo (13), Benìtez relata la historia de la asturiana Cecilia Caramallo. En esa obra, el escritor vuelve al tema abordado diez años antes en La pradera de los asfódelos (14): la inmigraciòn y, màs especìficamente, la vida de los inmigrantes en Bahìa Blanca, sus expectativas cumplidas y fallidas, sus recuerdos, sus abnegaciones.
La historia no es relatada linealmente, desde los primeros dìas de la anciana, sino que ella, a los ochenta y dos años, mientras pule el bronce de la tumba de su marido, dialoga con èl y se retrotrae a su infancia asturiana. Asì se inicia un racconto que nos hace saber cuàl fue la formaciòn espiritual que recibiò de niña, y en què àmbito.
Su primera maestra fue su abuela. La figura de la abuela como depositaria de una tradiciòn aparece frecuentemente en la literatura de inmigraciòn, quizàs porque los padres y las madres de esos chicos estàn ocupados en otros quehaceres, o han emigrado. La abuela de la protagonista de Benìtez custodia una tradiciòn cuando todo parece perder sentido.
Otro de los personajes que forma a esta niña es el pastor que le cuenta la historia del mendigo que apareciò y desapareciò misteriosamente y que transformò en generosa a una persona miserable. Este pastor, don Higinio, enseña a partir de los hechos cotidianos el orden de un cosmos regido por leyes que a menudo podemos comprender.
Es importante tambièn en Los dones del tiempo el "extraño oficio" –así lo denominó Syria Poletti (15)-, que consiste en escribir cartas, de parte de los analfabetos, para quienes han emigrado. En la novela, es el cura de la aldea quien escribe las cartas de la madre de la protagonista y le agradece sus periòdicos envìos de dinero. Las caracterìsticas de las cartas estàn relacionadas con la situaciòn peculiar en la que son escritas; en una de ellas, la madre señala que no puede seguir contando porque el cura tiene otras cosas que hacer y no puede seguir escribiendo.
Amèrica aparece –al igual que en todas las obras de emigraciòn- como el destino soñado, que desconcierta a los extranjeros con su forma de entender la vida y las distancias. Para un portuguès, para una asturiana, las tierras son enormes, la cantidad de ganado es tal que debe dormir a la intemperie. Son realidades difìciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a lo exiguo, a lo mìnimo. Recuèrdese al respecto la sensaciòn de la protagonista cuando ve que tiran comida. Piensa què hubieran hecho en su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.
Pero, aunque el libro de Benìtez tiene puntos en comùn con otras obras de inmigraciòn –sobre todo en lo que se refiere a la vida en Europa y el viaje-, brilla con propios destellos porque èl, que comparte con muchos descendientes de inmigrantes una historia similar, sabe darle a cada uno de sus libros una originalidad que lo diferencia de otros escritores y que hace que reconozcamos su pluma.
Es original en la asociaciòn de la inmigraciòn a los viajes griegos, a la tradiciòn latina. Eso ya lo habìamos visto en La pradera... y aquì se reitera sabiamente. Vincula a su tierra con un tiempo remoto e ilustre, y nos hace pensar que, màs allà de la distancia o de la situaciòn social y econòmica, hay muchas coincidencias entre el presente y el pasado, entre Europa y Amèrica. Muchas màs que las que uno podrìa percibir.
Otro aporte original del autor bahiense es la relaciòn de los hechos narrados con su lugar de residencia. En Bahìa Blanca, en Pelicurà, se desarrolla la acciòn y esta circunstancia la vuelve de especial interès para quienes habitan la ciudad y para quienes, desde cualquier parte del mundo, quieran saber sobre la forma de vida de los inmigrantes en ese punto de la Argentina. Aporta datos sobre la vida de portugueses, asturianos, escoceses e ingleses en la provincia de Buenos Aires, a partir de fines del siglo pasado y hasta nuestros dìas, en que la anciana transita con su coche causando espanto a los transeùntes y a los otros automovilistas.
La historia, vista desde los intereses de los pioneros, tiene cabida en esta obra. La zona de la frontera aparece como el escenario de una gesta heroica que tuvo por objeto expulsar al indìgena, cuya crueldad Benítez destaca. Los malones y sus terribles consecuencias son evocados por el escritor quien, relatando la historia de la Iglesia del Carmen, pinta un cuadro patètico de esas tenebrosas èpocas, en las que sólo los huincas parecían sufrir. El relato dentro del relato ya habìa aparecido cuando la protagonista evoca su infancia; aparece tambièn en la adultez, siempre relacionado con la religiòn y la caridad.
Y aunque la biografìa nos deja adivinar un exahustivo trabajo de documentaciòn, un paciente estudio de fuentes històricas, no serìa lo que es sin el estilo con que ha sido escrita. Quizàs porque compartimos una misma nostalgia, una misma herencia de sueños, los descendientes de inmigrantes comprendemos con mayor intensidad aquello que Benìtez describe. Puede ser. Pero su estilo es tan logrado que no hace falta estar relacionado con lo que narra para vibrar; episodios como la despedida de la protagonista de su pequeño amo minusvàlido, o como el acercamiento entre ella y su futuro esposo nos transmiten la tristeza, la alegrìa, todos los sentimientos, con fuerza y autenticidad. Ademàs de conocer mucho el alma humana y saber describirla, conoce mucho el idioma. Su riqueza de vocabulario es llamativa y hace que la historia atraiga aùn màs, hacièndonos pensar que lo moderno y lo històrico no tienen por què estar reñidos con la elegancia y el buen gusto.
La vida de su madre es el tema que Jorge Fernández Díaz eligió para su libro. Mamá (16). La asturiana Carmen Díaz, nacida en 1932, empezó a trabajar siendo muy pequeña: "cumplía con su rutina de hierro. Aprendió a ordeñar, llena de prevenciones, en la edad de las primeras muecas. Su madre, que no andaba para remilgos, la obligó de mala manera a perderlerespeto a la vaca, ese monstruo gigantesco e imprevisible. Cada madrugada, Carmina andaba a pie cuatro kilómetros hasta una cabaña, ordeñaba la pinta y bajaba con la leche para sus hermanos. Luego regresaba para limpiar la boñiga y cuidar que las vacas de Teresa no pastaran en los sembradíos, hasta que los tábanos del mediodía las picaban y ponían nerviosas, y entonces mamá las metía de nuevo en la cuadra y llenaba de pasto el pesebre. La mayoría de los días madre e hija araban la tierra descalzas. Muy de vez en cuando su tío Rogelio les regalaba un par de alpargatas".
Carmina y sus hermanos "comían polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían en platos esmaltados día tras día el mismo menú: cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina, sólo conocían el pan por referencias. María, cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos, que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago, hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces y castañas, y comían las moras que crecían entre espinos al borde de los senderos".
El padre de los niños, esposo de María, "a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos". Durante la Guerra Civil, los franquistas "entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas".
A los quince años viaja hacia América. La pasó mal en el viaje. En el barco, a ella, "como al resto, le daban de comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas".
Aquí la esperaban sus tíos, con los que vivió haciendo las veces de hija adoptiva y criada. Sus tíos "importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar". Al llegar la asturiana, la tía le dice: "Aquí no volverás a pasar hambre, querida". "Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería". También al médico: "Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio".
Pero todo tiene su precio. "Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López". Para colmo, "semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón".
Luego vendrá la discriminación en la escuela, y el honor de llevar la bandera a pesar de todo: "En esas aulas mamá sintió por primera vez los dardos de la discriminación. Todos preguntaban en la escuela, con morbosa curiosidad, quién era esa ‘galleguita’, y sus compañeras, grandulonas y maliciosas, se divertían burlándose de su ignorancia y haciéndole la vida imposible". Entonces intervenía la maestra: "La señorita Valenzuela, una maestra cabal y de buen corazón, las retaba con el puntero en la mano y trataba por todos los medios que la campesina se integrara. Pero no era tarea fácil". El esfuerzo de la protagonista tuvo su premio: "Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad".
Con los tíos y la adolescente vivía un asturiano, que tocaba la gaita a escondidas, en el sótano de su casa porteña, por temor al hermano que le había prohibido ejecutar ese instrumento, evidencia de su condición de inmigrantes. El anciano "cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas".
Estos asturianos despreciaban a los provincianos. Cuando muere Evita, Carmina "llevó crespón y fue conducida en ómnibus escolar hasta el Congreso, subió las escaleras y vio de cerca el ataúd con aquella fantástica muñeca dormida. No entendía mucho, pero veía llorar a los cabecitas negras y, a pesar de los desdeñosos comentarios que se pronunciaban en el living de su casa, Carmen asociaba a esa mujer con el esplendor, y supuso que si los pobres morían de pena, ella debía acompañarlos en el sentimiento. No siempre fue así: los españoles desarrapados despreciaron a los ‘negros’ del interior en cuanto pudieron hacer pie, y los españoles que se quedaron en la madre patria despreciaron a los sudacas que osaban regresar en cuanto la economía rescató a España del quebranto. Todo es hijo del miedo, la estupidez humana también".
El padre del narrador, asturiano como su esposa, "odiaba a los argentinos, quienes trataban despectivamente a los españoles, y también a la República Argentina, culpable de no ser Asturias. (...) Durante décadas, (...) los argentinos eran los mejores del mundo y los españoles unos muertos de hambre. Ese rencor se cocinó a fuego lento y mi padre lo tomó como un veneno homeopático. Conozco muchísimos ‘argeñoles’ envenenados por esa misma sustancia sin antídotos".
A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica su libro con estas palabras: "Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires". Sobre su madre escribe: "Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro".
Fernández Díaz evoca el Centro Asturiano de Buenos Aires: "esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria". Su padre encontraba allí la felicidad perdida: "Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos".
Pero "no había tentaciones, ni desavenencias ni educación ni esplendores peronistas ni calores humanos que lograran domesticar la nostalgia de aquella emigrante constitutiva que seguía pensando en una sola cosas: volver". Marcial, quien luego sería su marido "permitía que, como la mar, el destino tomara decisiones en su nombre, sabiendo de ante mano que es ilusoria la autodeterminación de los individuos, y se dejaba llevar así por las corrientes marinas. A ese fatalismo se debe la mansedumbre con que aceptó trasplantarse, huir frívolamente de su tierra y padecer cincuenta años de añoranzas".
Con los años, llega la tristeza de ver partir a una paisana de vuelta a España, y comprobar que esa mujer –así como de joven sintió nostalgia de la tierra que dejaba-, a los setenta y dos años, siente nostalgia de la Argentina.
Agobiados por los problemas económicos, después de cincuenta y dos años, Mimí y Jesús, dos hermanos asturianos, regresan a su tierra, donde "canjean los pesares de la segunda morriña". Desde allí, la mujer, nostalgiosa de la Argentina, escribe a su amiga: "Tengo setenta y dos años y no aguanto los pies fríos. Quiero estar en mi casa. (...) Si no me voy de acá me muero en pocas semanas. Me muero de pena, Carmina". Pocos meses después, "se hizo la luz". La mujer escribe, entonces: El Estado español nos garantiza los remedios gratis de por vida, y cuando nos pagaron el retroactivo de un año, unas 600 mil pesetas, creímos tocar el cielo con las manos. Jesús está haciendo algunos amigos, ya no tengo los pies fríos, Carmina. Pero no podemos sacarnos de la cabeza el barrio, la calle, los sonidos. Nunca vamos a poder sacarnos de adentro ese sentimiento, nunca vamos a poder".
La narración, estructurada en capítulos con nombres de los personajes, surge del reportaje que Jorge Fernández Díaz, director de la revista Noticias, efectuó a su madre durante más de cincuenta horas; "Comencé a garabatear frases e ideas sobre su azarosa biografía en un cuaderno Rivadavia de tapa dura cuando me contó que hacía lagrimear a su psiquiatra", escribe el hijo.
Ese dolor de la inmigrante, y su fe en el futuro, que la hizo salir adelante en un mundo en el que poco apoyo tenía, son homenajeados por Fernández Díaz en una obra que nos hace sentir admiración por esta mujer que logró tanto contando sólo con su tenacidad.
Novelas
De 1891 es Su único hijo, segunda y última novela larga de Leopoldo Alas Clarín. En ella aparece un indiano, es decir, un asturiano que regresa enriquecido de América. Alas relata lo que siente la esposa de este hombre, al ver en el teatro a una mujer lujosamente vestida: "Tal vez la que más envidiaba a la de Valcárcel era la mujer del americano Sariegos, el más rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas; pero Sariegos no permitía tales despilfarros, que en él no lo serían, y su señora tenía que contentarse con un lujo muy mediano. Por eso rabiaba ella".
Pero también rabiaba él, aunque por otro motivo: "se puso de pronto a aborrecer a Emma, porque tenía la culpa de lo que en aquel momento su esposa estaría maldiciéndole y detestándole a él por avaro; y además, aunque parezca raro, también miraba con envidia el aderezo de la abogaducha. Mas luego se hizo superior a sentimientos tan humillantes para él" (17).
En Santo Oficio de la Memoria, Mempo Giardinelli habla de un oficio que desempeñaban los asturianos. En 1886, "Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas" (18).
Cuentos
María del Carmen García es autora de los "cuentos de gringos" que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (19). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos: "Algún tiempo atrás habían llegado a Buenos Aires como otros tantos inmigrantes, esperanzados en un futuro sin miseria ni guerras. Primero llegó él; un año después ella. Ela era joven y bonita, pequeña y ágil en sus movimientos, alegre de carácter. El era alto y hosco, de hablar poco y trabajar mucho. Se habían conocido de niños en la aldea de Asturias en la que nacieron y se encontraron en Buenos Aires gracias a los oficios del padrino Manuel y como era de suponer se casaron en un septiembre lluvioso de 1910".
Los recién casados "Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio. El trabajaba duro en el puerto y ella esperaba ansiosa la llegada del primer hijo que iniciaría la larga serie de descendencia que aspiraba a tener. Muchos hijos deseaba ella; creía que así debía sercasi como un principio de supervivencia de la especie. Había visto en su aldea a muchas madres enterrando a sus hijos, algunos recién nacidos, otros ya en la infancia y ella no quería que le sucediera lo mismo".
La asturiana "por las mañanas lavaba la ropa compartiendo los piletones del patio con las demás pensionistas. Allí las mujeres daban rienda suelta a sus comentarios mientras soñaban con el día feliz en que tuvieran su propia casa. (...) Para la primavera de 1914 ella supo que otro hijo estaba en camino y se llenó de alegría; recuperó el gusto por cantar las coplas de su infancia, agradeciendo a Dios por vivir en esta tierra de paz tan lejos del terror de la guerra que se derramaba sobre Europa".
Una decisión equivocada de la mujer hará que esa felicidad dure poco.
.....
Dejaron su tierra en busca de un futuro mejor, la añoraron y algunos regresaron a ella. Otros viven en América. Son los asturianos, los que han quedado eternizados en obras literarias, y en testimonios de inmigrantes y sus descendientes.
Notas
  1. Méndez Muslera, Luciano: "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos.
  2. Méndez Muslera, Luciano: "Somao, el pueblo indiano de Pravia", en "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos.
  3. Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Nebrija, 1978. Citado por Méndez Muslera, Luciano en "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos.
  4. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo 2000.
  5. S/F: "Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". Buenos Aires, Clarín.
  6. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit..
  7. Estrada, citado por Páez, Jorge, en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
  8. Méndez Muslera, Luciano: "Salida del emigrante", en "Asturias en la emigración", en www.telepolis.com/indianos.
  9. Méndez Muslera, Luciano: op. cit
  10. Ceratto, Virginia: "Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
  11. Guerriero, Leila: en La Nación Revista.
  12. Szwarcer, Carlos: "El café Izmir", en SEFARaires, N° 14 y 15.
  13. Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL, 1998.
  14. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
  15. Poletti, Syria: Extraño oficio. Buenos Aires, Losada.
  16. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
  17. Alas, Leopoldo: Su único hijo. Barcelona, Bruguera, 1984.
  18. Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
  19. García, María del Carmen: "Ojos gitanos", en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.

miércoles, 20 de agosto de 2003

ITALIANOS Colectividades Argentinas


libro digital que incluye:

Inmigración y literatura: los italianos
Italianos en la Argentina

Inmigración en Argentina: gallegos

  1. Inmigrantes
  2. Exiliados
  3. El Hotel de Inmigrantes
  4. En el conventillo
  5. En las provincias
  6. En memorias
  7. En novelas y cuentos
  8. En poesía
  9. En periodismo
  10. En cine
  11. Música y danza
  12. Notas
En esta monografía me refiero a los gallegos que llegaron a la Argentina entre 1850 y 1950, a su forma de vida y a algunas de las obras en las que se los evoca. Tomo como fuente textos de historiadores, escritores y periodistas, y testimonios de gallegos y sus descendientes. Menciono, asimismo, a algunos intérpretes de música gallega.
Alberto Sarramone, quien ha escrito varios libros sobre la historia de la inmigración en nuestro país –algunos de ellos traducidos al francés-, afirma que "La noción exacta y actual de emigración, en general, tiene dos referentes direccionales: emigración en un sentido estricto, cuando se busca significar la salida de personas o grupos de un país o región.Inmigración, noción relacionada con la recepción de población externa en un país o región determinado", y señala que "ambas tienen su origen en el régimen de libertad instaurado a  de la revolución francesa, con el reconocimiento de los derechos del hombre y del ciudadano y entre ellos el de emigrar, consagrados en la constitución del 31 de octubre de 1791. Con anterioridad, no se podía hablar de las formas modernas de emigración, que requieren como notas definitorias para la existencia plena del fenómeno, estar en un marco aunque sea imperfecto de libertad" (1).
Marcelo Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de inmigrante. Distingue "entre los inmigrantes ‘sensu stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios" (2).
"Desde la época de Rosas se anota una constante pero limitada inmigración española, procedente del País Vasco, Galicia y las Islas Canarias –afirman Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti. Recién la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes" (3). Diversas causas contribuyeron al aumento de la emigración. Andrés Solla las enumera: la introducción de la navegación a vapor, las políticas de las repúblicas americanas que favorecen la  de emigrantes, la irrupción de fuertes compañías navieras inglesas, francesas y alemanas en el negocio, y la comunicación epistolar con los que ya emigraron (4).
"A lo largo de la historia de la humanidad –escribe Solla- hubo múltiples causas ‘próximas’ (guerras, persecuciones religiosas o políticas, huidas de los reclutamientos militares, pestes, etc.) que dieron lugar a las migraciones humanas, pero detrás de todas ellas subyace siempre el factor económico. (...) los gallegos emigraron forzados por la situación económica y porque no se conformaban con seguir siempre lo mismo; querían mejorar y les sobraba voluntad para hacerlo" (5).
Gran parte de los gallegos establecidos en nuestro país, sólo pensó en hacerlo por un tiempo. "Galicia es casi sinónimo de inmigración –agrega Solla-, porque de Galicia, por emigrar, emigraron: trabajadores, intelectuales, energía eléctrica y capitales. El gallego emigraba bajo dos signos: uno, que lo empujaba fuera de su tierra en procura de una mejor situación económica y otro que lo hacía volver. Así tenemos que, siendo el país que da mayor porcentaje de emigración, también somos, curiosamente, el que mayor índice de retornados tiene por número de emigrantes. En el fenómeno migratorio puede establecerse una correlación: padres y mujer quedaban en Galicia, hijos y marido en la emigración. Esta constante quizás sea el factor más importante que favoreció tan elevado número de retornados, además del apego que los gallegos tenemos a nuestra tierra" (6).
Otros jamás podrán regresar, y morirán añorando el retorno.
Aurora Alonso de Rocha destaca que "La voz del pueblo –voz del cielo- llamó gallegos a todos los españoles inmigrantes y gringos a los otros extranjeros. De ese modo dejaba dos mensajes para el futuro: primero, que los españoles no eran extranjeros comunes; eran, sí, los ‘otros’, pero los otros del idioma común y la tradición que ya formaba parte y sustento de lo criollo, y segundo, que los gallegos habían sido, entre los españoles, los más en número y los más conspicuos. ¿Qué nos mueve a hacer el esfuerzo de reconstruir pueblo por pueblo, grupo por grupo, el fenómeno inmigratorio? Porque fue el más significativo del siglo pasado y determinante del presente siglo, porque vivimos en comunidades migratorias, porque nos reconocemos en nuestras singularidades  y en la amalgama irrepetible que somos los argentinos. También porque buscamos, racionalmente, las raíces que sentimos en el corazón" (7).
Inmigrantes
Para los gallegos había dos destinos: Buenos Aires y Cuba. Una novela del cubano Barnet se titula precisamente Gallego (8). Los inmigrantes "Venían a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían" (9).
A ellos, "de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el equipaje que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un  mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba" (10).
En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los gallegos realizaban el viaje hacia América: "El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos" (11).
El viaje era insalubre y riesgoso. Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela "con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)" (12). Sin una  que lo proteja, solo, viaja a los diez años, el padre del poeta González Carbalho; de su profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica (13).
Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: "los gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en viajes’ y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna" (14).
Los gallegos –afirma Solla- "se dedicaban preferentemente al sector servicioscomercio y profesiones liberales, recibiendo el sector agrario un porcentaje muy bajo" (15). "Hacia la época del Centenario –destacan Alvarez y Pinotti- cuando la ola española supera a la italiana, los ‘gallegos’ (y especialmente los auténticos hijos de Galicia), asomarán tras los mostradores de almaceneshoteles, restaurantes, bares y confiterías" (16).
Habrá uno trabajando en la universidad. En la novela En la sangre, de Eugenio Cambaceres, el protagonista y su madre "se detuvieron frente a la Universidad en cuya , mostrando un grueso manojo de llaves colgado de la , estaba de pie el portero, un gallego ñato de nariz y cuadrado de cabeza". Teresita Fritzsche, responsable de la edición, afirma que el gentilicio es un argentinismo o americanismo utilizado con el significado de español (17). "A los españoles se los llamará unánimemente ‘gallegos’ –afirman Alvarez y Pinotti- (...). Este uso de rótulo sirve para homogeneizar la diversidad apabullante y de paso descalificar al ‘Otro’ " (18).
Guillermo Saccomano relató en un reportaje: "Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos" (19). De Galicia vino Jovita Iglesias, quien fue ama de llaves de los Bioy durante casi cincuenta años (20). En casa de los Villafañe trabajó "una señora española", de la que dice Javier, el titiritero: "tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles –aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: "La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos,poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora" (21).
La "gallega" –afirman Elguera y Boaglio- era "una institución de la época que aspiraba a tener cada familia de la clase media. La ‘gallega’ era una moza robusta, trabajadora, honesta, leal, sensata, frecuentemente analfabeta, que permanecía con la misma familia hasta casarse con su Manuel (que así se llamaba su prometido) o volverse a su pueblo galaico, acosada por la morriña, la morrinha da minha terra" (22). Al presentar una doméstica gallega, Fray Mocho desliza una crítica social, ya que a esta mujer un personaje le dice que la patrona "se aprovecha de que sos d’España para sacarte el jugo por unos cuantos centavos" (23).
Hablaban su idioma. Gladys Onega escribe que "los que habían venido de allá" "hablaban esa fala melosa, que a nosotros no nos enseñaron por vergüenza de aldeanos" (24). Casi todos aprendían el idioma por las suyas, ayudándose algunos con el diccionario, el cual "También es parte de la cultura inmigrante. El diccionario les solucionaba las crisis que podían tener con su segunda lengua. Está muy conectado con los autodidactas" (25).
Tenían su religión y sus tradiciones. Emilio González López analiza la figura de Santiago relacionada con los gemelos Castor y Pólux y con la diosa Venus. También se refiere a la Virgen de la Barca y a la inmensa fe que los gallegos tienen a esa ‘barca’, piedra movediza que se mueve el día de la fiesta del Santo (26). Santiago tuvo gran importancia en la historia de España. Américo Castro considera que "Sin tal fermento de vida, la Península hubiera seguido el destino del Norte de Africa o hubiera sido ocupada por Europeos del Norte" (27). Santiago Apóstol es la fiesta de todos los gallegos: "Este mes –dice el editorial de julio de 1996- Viajero Celta hace un alto en el camino. El descanso de este peregrino lo hace en Galicia. Porque julio es el mes del Apóstol de España y duerme su sueño eterno en Santiago de Compostela. Desde estas páginas rendimos nuestro homenaje a todos los gallegos celtas" (28).
Junto al culto de Santiago, perviven en Galicia creencias anteriores al catolicismo, como la que niega la separación de la vida terrena y el más allá. El muerto descansa en el cementerio durante el día y de noche vuelve a visitar su casa, su tierra, vela el sueño de los suyos, pero esta posibilidad le es dada sólo si muere en su lugar de origen: "Sólo los que mueren en su tierra gallega alcanzan el privilegio de no dejar este mundo, de seguir viviendo en él cerca de los suyos, de su casa y de su tierra. El que tiene la dicha de morir en Galicia se queda entre deudos y amigos a los que puede ver todas las noches a su voluntad" (29).
Trajeron su tradición culinaria: "Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. Los gallegos aportan sus potajes, empanadas, tortillas y la perdiz en pepitoria" (30).
Fundaron su escuela. Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago Apóstol, llegó a la Argentina a los catorce años: "Fui un autodidacta –dijo-, me formé en la calle, y como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda" (31).
Exiliados
A América llegaron asimismo los exiliados gallegos. Escribe Rodolfo Alonso: "si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo" (32).
Viajaron sacrificadamente los intelectuales españoles -entre los que se contaba el gallego Moures- que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia apareció al día siguiente en el diario Noticias Gráficas: "Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados" (33).
Arturo Cuadrado Moures recuerda: "En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América" (34).
Sobre su padre, exiliado gallego, escribe María Rosa Lojo: "El auto exiliado abandona un mundo donde cree que ya no podrà crecer humanamente, donde la violencia ha cambiado todas las reglas del juego para instalar un nuevo orden al que se siente ajeno. No lo sabe aùn, pero de todas formas quedarà cautivo de la tierra que deja. Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para èl ya habìa pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la càrcel, la ‘redenciòn de penas por el trabajo’. Sin embargo, se despidiò de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cediò a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa-, hizo las valijas y cruzò el ocèano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que habìa iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la Repùblica. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba tambièn (aunque de eso me enterè despuès de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputaciòn juvenil de ‘mala cabeza’, y de playboy coruñès, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos habìa retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabìa la dimensiòn de su deseo. El futuro estaba afuera. Habìa resuelto que en las nuevas tierras harìa otra cosa, y serìa, casi, otra persona" (35).
Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: "El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes".
Cuando se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, "El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte" (36).
El Hotel de Inmigrantes
La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores. Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren "las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino" (37). Días después, desde allí unos se trasladarán a un conventillo; otros, a una vivienda más digna, y pocos viajarán hacia las colonias.
Quienes llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel, sólo si observaban el reglamento de la institución. El mismo establecía, por ejemplo que "Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel" (38).
"La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes" (39)
En el Hotel de Inmigrantes, los recién llegados se agrupaban de acuerdo a su procedencia. Comenta el profesor Jorge Ochoa de Eguileor: "Aquí había inmigrantes de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana en el jardín, en los grandes jardines" (40).
Gloria Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes gallegos: "Lo que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo que tienen en común es que lejos de la tierra, ‘da mía terra’, como dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el corazón, van a buscarse entre ellos" (41)
Esa unión de los primeros tiempos dio origen a asociaciones importantes, a muchas de las cuales se refiere Rosa Majián en su guía (42). Surgieron los medios de las colectividades, estudiados por la antropóloga Viviane Oteiza Gruss (43). Una publicación tuvo que ver con el origen del Centro Gallego: "El Eco de Galicia fue fundado por José María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892. Este fue el órgano de los residentes gallegos en la Argentina desde ese momento y uno de los antecedentes de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires" (44).
"La llegada del migrante siempre está cargada de esperanzas e incertidumbres. Y la asociación con sus connacionales es una de sus estrategias para cubrir sus necesidades culturales y recreativas –opina Lelio Mármora, director de la Organización Internacional para las Migraciones. Así surgieron entidades que dieron a los recién llegados espacios solidarios en un medio extraño, y varias resultaron centro de excelencia para los argentinos" (45).
En el conventillo
"Los gallegos (...) se radicaron, en general, en la ciudad" (46). Algunos vivieron en los conventillos. Los conventillos más famosos fueron Las Catorce Provincias, El Universo y el Conventillo de la Paloma. En ellos "se compartían los baños, los lavatorios, las letrinas, la cocina y los lavaderos. En las piezas vivían familias enteras, a veces con seis o siete hijos, lo que provocaba hacinamiento y promiscuidad. (...) Para dormir, los más pobres tenían dos opciones: el sistema de "cama caliente", en el que se alquilaba un lecho por turnos rotativos para descansar un par de horas, o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura de los hombros. Quien optaba por ese método debía pasase las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso del cuerpo y dormir parado" (47). Esto nos da una idea del enorme sacrificio que debieron hacer muchos de los que venían en busca de un futuro mejor.
Los conventillos fueron escenario del sainete, lo afirma Vacarezza en un conocido soneto: "La escena representa un conventillo./ Personajes: un grébano amarrete,/ un gallego que en todo se entromete,/ dos guapos, una paica y un vivillo."(48). En Mustafá, sainete de Armando Discépolo y Rafael De Rosa, don Gaetano destaca el clima amistoso del conventillo, en el que también viven gallegos: "E lo lindo ese que en medio de esto batifondo nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndano: ruso co japonese; francese con tedesco; italiano co africano; gallego co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño, napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este e no paraíso. Ese ne jauja. ¡Ne queremo todo! (49).
La tranquilidad desaparece en oportunidades como la que describe Bartolomé R. Aprile, en "El espiante": "Se junaban con bronca las viejabas –gaitas tolas cabreras por un cuento- y se fajaban a lo potro biabas al lado ‘e la pileta del convento" (50). O como la que evoca Manuel Gálvez, en Nacha Regules: "Monsalvat imaginó que sus palabras engendrarían entusiasmo y agradecimiento. Pero no fue así. Unos torcieron el rostro, otros cuchichearon. Una vieja se puso a hacer pucheros, y un gallego protestó contra el abuso de querer echarles de la casa para después subir los alquileres". El gallego decía que "Si ellos se encontraban bien, ¿por qué obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Qué vivían como los cuerpos? ¡Bah! Acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el patrón: la higiene y el aire, era bueno para los ricos. ¡Los pobres estaban tan conformes sin aire! Y respecto de la higiene, maldita la falta que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no correspondía a los ricos pretender mejorarla. Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados, porque no lo creerían. Ya conocían demasiado a los ricos. Todos iguales. Si a veces cedían por un lado, era para reventarlos por otro. Podía, pues, el patrón marcharse con sus rebajas de alquiler y la reforma del conventillo. No aceptaban la rebaja, no. ¡Ellos no se moverían de allí!" (51).
En un conventillo reúne a sus discípulos José Luna, personaje de Marechal en Megafón: "En la sala única del púgil se juntaban sin armonizar el comedor, el dormitorio y una cocina de leña, cuyo tiraje pésimo fue un manantial de humo que, sin embargo, nunca molestó en adelante ni a José Luna ni a sus tres discípulos, en las discusiones que mantuvieron sobre las metáforas del Apocalipsis. Los tres discípulos eran Juan Souto, llamado ‘el gaita’, Vicente Leone, o ‘el tano’, y Antenor Funes, conocido por ‘el salteño’ " (52).
Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: "Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda" (53).
El aluvión inmigratorio tuvo que ver con las nuevas ideas sobre edificación. Lo afirma Andrés Carretero: "‘En 1887 la población total era de 404.173 habitantes, con una densidad de 89 habitantes por hectárea’, computó Carretero, pero ya el cambio comenzaba a operarse con la afluencia de la inmigración, ‘que modificó los amplios patios de las casas porteñas, que se dividieron para facilitar dos o tres pisos a las casas de bajo y aprovechar así mejor los terrenos’" (54).
En las provincias
A Entre Ríos se traslada el gallego Francisco Izquierdo, quien escribe en 1882: "Los primeros días que pisamos la playa de Colón formado en ese entonces por un verdadero bosque salvaje, sin más habitantes que los nativos de semejantes sitios, sin entrar en los detalles de las especies porque creemos que el lector se dará cuenta de la clase de habitantes, y puede imaginarse cuál sería la primera impresión después de un viaje terrible en el mar, y los trasbordos cuando se navegaba puramente en buques de vela, teniendo para calmar nuestra primera mala impresión que recurrir al librito o contrato lleno de ofertas por el General Urquiza, en vista de los cuales nos resignábamos en parte pues el tiempo pasaba y nos encontrábamos como tribus salvajes, apiñados bajo los árboles, con nuestros hijos, sin más techo que el de la naturaleza, y ni una visión de simples ranchos en una estancia de algunas leguas a nuestro alrededor, teniendo de voz solo cuando la visita de uno que otro poblador de los alejados contornos (...) Así pasamos los primeros meses hasta que nos empezaron a indicar los terrenos limpios donde debíamos edificar nuestras chozas pues los materiales de construcción nos eran completamente desconocidos . (...) teníamos que luchar contra elementos formados por la naturaleza, que son más formidables que los fraguados por el hombre" (55).
Otros gallegos viajaban a Ushuaia. " ’El Gallego Penitenciario’ ocupó un rol tan destacado en la historia de los primeros penales que fue honrado días atrás con una estatua recordatoria, ubicada en un lugar central del Museo del S.P.F. ‘A principios de siglo los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traidos a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de Inmigrantes y eran destinados a unidades de acá’, recuerda el alcaide mayor retirado Horacio Benegas, asesor del museo y jefe de visitas de la Unidad 16 en los 60" (56).
En memorias
Gladys Onega escribió Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa (57) convencida de que "todos tenemos derecho a escribir nuestra historia", como ella expresó en un reportaje (58).
Su historia se inicia en Acebal, provincia de Santa Fe, donde nace en 1930, y continúa en Rosario, ciudad a la que se mudan en 1939. Sus primeros años transcurren en el seno de una familia integrada por un gallego tan esforzado y ahorrativo como autoritario; una criolla apasionada por la hija mayor, la lectura y la costura; y dos hermanos, que acaparan la atenciónque la pequeña reclamará para sí. Junto a ellos encontramos la familia de la casa da pena –los gallegos que quedaron en su tierra-, los parientes gallegos que emigraron y los parientes criollos de la madre, y los inmigrantes –en su mayoría italianos- que viven en el pueblo.
Los días de la infancia son descriptos con nostalgia y visión crítica. Las peleas entre los padres, los accesos de tos convulsa, las comidas inmigrantes y nativas, el aprendizaje de las primeras letras, los internados católicos para varones y mujeres, la tolerancia ante la conducta infantil y los castigos que imponía cada uno de los progenitores, son recordados en el marco que proporcionan a esta familia los avatares de la vida en la Argentina y en Europa; la Guerra Civil en España y el fraude político en Santa Fe son episodios evocados detenidamente por esta narradora.
En "Mínima autobiografía de la exiliada hija", trabajo que integrarà un volumen sobre el exilio español republicano de 1939, a publicar por la Universidad de Lèrida, Marìa Rosa Lojo se refiere a su vida como hija de un gallego y una madrileña exiliados en la Argentina (59).
En novelas y cuentos
Marìa Rosa Lojo define a su novela, Canciòn perdida en Buenos Aires al oeste, como "la historia de una familia narrada a travès de siete personajes, de siete voces: la voz central es la de Irene, que en sus treinta años rescata ese nudo de vidas que conforma sus propios orìgenes, como quien canta una canciòn. Una canciòn perdida porque es la de la infancia y laadolescencia, la de la vida tramada por el amor, la dicha, la desdicha, la enfermedad, la muerte, los extravìos y las recuperaciones que constituyen el tiempo irrestañable e incorruptible, como el agua fluyente, que la palabra, por un momento, crea la ilusiòn de retener" (60).
Despuès de muchos años de exiliados, los padres de Irene sufrìan el mismo desarraigo que los acompañarìa hasta el final de sus dìas. En su hogar del oeste, "era el sol de la casa nativa que iluminaba sus rostros. Los rasgos de mi madre, silenciosos y bellos, como una estampa antigua; los ojos de mi padre, tristes de mar, empañados de tiempo recorrido. La mesa del domingo, cuando comíamos callados y mi padre, sólo mi padre recitaba, tácitamente, como para sí: ‘Donde yo me he criado...’ Y ya no escuchábamos; lo demás se perdía en la bruma nebulosa de un mito siempre repetido, desesperado y patético como una plegaria inútil. La única plegaria que papá se permitía decir" (61).
En Frontera Sur, del hispano argentino Horacio Vázquez-Rial. "Prostitutas, fantasmas, jugadores, gallos de riña, socialistas primitivos, héroes del trabajo, anarcosindicalistas o músicos que se cruzan en la vida de tres generaciones de emigrantes gallegos, van tejiendo la trama de Frontera Sur y la historia de Buenos Aires, entre 1880 y 1935. Roque Díaz Ouro, que llega viudo y con un hijo a la capital argentina, que se enamora de una prostituta de alto vuelo y que recibe en su carrera ascendente la ayuda del espectro de un compadrito degollado, es protagonista de este relato épico, junto al alemán Hermann Frisch, portador de un bandoneón y de los principios de la organización obrera. Pero también aparecen en él figuras legendarias como Yrigoyen, Durruti o el propio Gardel, que definieron el espíritu de una época y de una ciudad apasionantes" (62)
Guillermo Saccomano recuerda en El buen dolor (63), a su abuela gallega, la que le contaba cuentos de su tierra: "Aunque la abuela era madrugadora y de acostarse temprano, sufría de insomnio. Por la noche ella y vos, acostados en su pieza, en la oscuridad, escuchaban Radio Porteña, que transmitía desde los teatros. La obra predilecta de la abuela era La Malquerida, interpretada por Lola Membrives. Ay, esa madre, se desgarraba la Membrives en la oscuridad de la pieza. Ay, repetía la abuela. Apenas terminaba la obra, la abuela apagaba la radio. Y como no podía dormir, te contaba un cuento". Narrador él mismo, Saccomano fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura correspondiente al año 2000 por esa novela.
Gloria Pampillo es la autora de Los gallegos (64), una novela inédita en la que evoca la inmigraciòn de sus mayores. El abuelo de Gloria Pampillo era comerciante, y había elegido el mismo nombre para todos sus negocios: "Celta, como el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de los bienes que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros. Un toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante, como tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en la panadería: La flor de Galicia".
Guadalupe Henestrosa ganó en 2002 el V Premio Clarín de novela, con Las ingratas (65), novela en la que evoca la inmigración de cinco hermanas españolas y la hija de una de ellas. Seis gallegas, recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: "Esa noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas. Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre, Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro olor?".
Sobre esa obra escribió Vicente Battista: "En inverosimilitud y perfil de personajes, Las Ingratas cumple con las normas del folletín. Su escritura, por el contrario, nada tiene de folletinesca. A la hora de narrar, Guadalupe Henestrosa prescinde de adjetivos estridentes y obvia las descripciones ampulosas, maneja los diálogos con soltura y gentilmente evita el cocoliche; la época en que se desarrolla su historia y los actores que la protagonizan bien podrían haberle hecho cometer ese traspié. Guadalupe Henestrosa asombra con el cruce de géneros que ofrece: mezcla hábilmente la pompa del folletín con la sequedad de una escritura que no precisa de aditamentos" (66).
Cuando "Doña Conce", la gallega del cuento de Jorge Dietsch, ve que se acerca su fin, pide sus zapatos, "e incorporándose en la cama, comenzó a bailar. Bailaba para adentro, se veía en la mirada y la sonrisa, con una gracia joven y movimientos que debían ser de tal agilidad que en la habitación entró un viento fresco de montañas, con olores de campo y de menta. Tarareaba al mismo tiempo una música tan extraña y bella que quienes escuchaban, a pesar de la gravedad de las circunstancias, no pudieron evitar acompañarla con movimientos de pies. Luego, agotada de tanta danza, apoyó la cabeza en la almohada, respiró profundo varias veces, y cerró los ojos sin dejar la sonrisa, como soñando un buen sueño" (67).
En poesía
En el poema "Cuando mi padre habló de su infancia", José González Carbalho enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta: "Ay, el dueño de valles/ y misteriosos bosques/ por el que andaba yo/ mi perro y mis canciones./ Mis canciones que vuelven sólo para que llore/. Mi perro ya olvidado/ de obedecer al nombre./ Yo, que perdí mis cielos, / ¡y soy tan pobre!" (68).
En "Tríptico a Galicia", Enrique Urbina García canta la nostalgia del inmigrante de esa región: "Y aquel que por Vigo, apabulló su sombra;/ en su misterio –pompas de luna- ocultará olvido/ y por las vides de Galicia como raíz sangrante/ tendrá su mente endulzando retornos válidos. (...) Todo el que con un gallego trata, alcanza/ sólo un poco lo que el corazón de ese hombre/ desparrama, porque el amor, vive en su España" (69).
A sus abuelas, inhumadas en tierra americana, canta Ricardo Adúriz: "Dulces abuelas trashumadas/ desde estos cielos/ a aquellos cementerios./ Que vuestros nombres, en medio del océano/ de sombra, sajados vivos de la noche larga,/ os devuelvan la luz de un tiempo suave/ en Freas de Eiras –tierra de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.// Vuestras son estas últimas luciérnagas,/ fragmentos puros de un espejo roto,/ donde brillan los rostros del olvido" (70).
El protagonista de una canción de Alberto Cortez conoció Galicia cumpliendo la promesa que hiciera a su abuelo: "Y el abuelo un día cuando era muy viejo/ allende Galicia/ me tomó la mano y yo me di cuenta/ que ya se moría/ Y entonces me dijo, con muy pocas fuerzas/ y con menos prisa: ‘Prométeme hijo que a la vieja aldea/ irás algún día/ Y al viento del Norte dirás que su amigo/ a una nueva tierra, le entregó la vida’ " (71).
Carlos Penelas es el autor del poema "Los trasterrados", que dedica a sus abuelos Pedro Penelas y Tomás Abad. En él dice: "Se ocupaban de las cosas comunes:/ del trabajo, del pan, de los hijos./ No expresaron fatiga ni dolor. Morían en silencio./ Llevaban en la sangre/ el honor, la palabra, la brisca./ Bebían vino tinto. No reclamaron nada./ Caminaban el tiempo de otro tiempo" (72).
En periodismo
Roberto Arlt viajó a Europa en 1935, enviado por el diario El Mundo, y remitió desde allí sus "Aguafuertes gallegas" (73), serie de notas sobre los gallegos y su relación con América, en las que tiene gran importancia el tema de la inmigración a la Argentina. Las "Aguafuertes gallegas" aparecieron en 1997, por primera vez quizás, reunidas en un libro.
Sobre aquellos que emigraron reflexiona Arlt en tierra gallega: "-Cómo se les ha de encoger el corazón cuando, en un momento de soledad, se acuerdan de estas aldeas tan bonitas, tan envueltas en cortinados verdes, y cuando se acuerdan de la caída de la tarde, del sol en el río, y de las voces de las gaitas, y de los bailes en los calveros, y de las vacas que atadas con una cuerda llevaban a beber a un río, y de los viñedos tan tupidos, y de sus casonas suspendidas sobre los abismos..." Comprende cabalmente la morriña que agobia a estos hombres de dos continentes, y la comprensión hace que se vuelvan para él más dignos de encomio.
Los vínculos entre las dos patrias se patentizan una vez más para Arlt en Betanzos, donde observa que "Si se conversa con la gente os sorprende de hallaros en una de las ciudades más argentinizadas de Galicia. Se habla aquí de Buenos Aires como si fuera el pueblo de enfrente –afirma. Circulan modismos argentinos: ‘no seas globero’, ‘macaneador’, ‘ché’. El tangopara sorpresa mía, además de bailarse se canta con la letra. No en balde, cerca de tres mil habitantes de Betanzos trabajan en la República Argentina"
González Carbalho, periodista y poeta, se refirió en varios artículos al viaje a la tierra de sus padres que realizara en abril de 1955. En "Temas de la patria anterior" (74), el viajero escribe: "Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo volví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior".
En cine
Algunos cineastas evocaron la inmigración gallega que llegó a tierra americana. en films en los que se evoca esa etapa de nuestro pasado y se pone al alcance del público testimonios de quienes protagonizaron un fenómeno social que dejó indelebles huellas.
Así es la vida, realizada por Francisco Mugica en 1939, proviene de una obra teatral Nicolás de las Llanderas. Claudio España señala que en ese film, "con Enrique Muiño y Elías Alippi, el sainete pervive sólo en dos amigos de la familia, un gallego y el italiano –los de afuera; los de casa son porteños. Por su peso, gana forma la comedia familiar, apoyada en el sentido aglutinador de la mesa del comedor, blanca en extremo por la luz simbólica que le arrojan los directores de fotografía. Temporalmente, esta comedia se inicia en el patio y prosigue en la sala con piano y con una mesa amplia donde caben todos. Los inmigrantes mantienen el decir cocoliche; los otros son porteños y los novios, en sus encuentros, se hablan de tú" (75).
Niní Marshall creó, entre otros inolvidables personajes, a Cándida Loureiro Ramallada, "la gallega bruta y charlatana", que fue su primera caracterización en Radio Municipal, en 1934. "En el film Cándida (1939, Bayón Herrera), sobre un barco y con sus ropas de campesina recién llegada, la gallega hace su jocosa presentación: ‘Vengo a este país a ganar cuarenta pesos, casa y comida. Salida, los domingos’. (...) "La voz de Niní es testigo del movimiento de los estratos sociales medios argentinos y de los desplazamientos culturales y de la flexibilidad de los grupos y colectividades, en el paso de los años treinta a cuarenta" (76).
En abril de 1998, anuncia una noticia de la agencia Télam: "La novela de Horacio Vázquez Rial, ‘Frontera sur’, finalmente fue elegida –después de cantidad de lecturas- por el cineasta español Gerardo Herrero para dar vida a una historia de inmigrantes. ‘La filmación se hará enteramente en la Argentina; hay muchas locaciones en Luján, donde el 27 de este mes empieza el rodaje, que durará ocho semanas’, confirmó el autor de ‘El soldado de porcelana’ a Télam. Entre los actores contratados figuran Federico Luppi, el alemán Peter Lomaier (conocido por su trabajo en ‘El enigma de Kaspar Hauser’, de Werner Herzog) y Maribel Verdú en los papeles principales. ‘Pero habrá varias sorpresas más’, dice el escritor, que prefiere no hacer adelantos. También dice que el guión de ‘Frontera...’ le pertenece: ‘Es una experiencia muy enriquecedora e intensa. Y es curioso, porque el director tiene un respeto por la novela mucho mayor que el autor’. ‘Me traiciona cada tres líneas, pero el resultado me gusta. Y, aunque no participo en el proceso (de producción, filmación, montaje, etc.), no iría nunca enplan Javier Marías quejándome porque me cambiaron la novela’, agrega. ‘Es un trabajo de ida y vuelta. Yo despojé la novela. Gerardo la devolvió. Después hicimos un trabajo de poda. En fin, agregamos cosas por indicación de los actores. El cine, en ese sentido, no tiene nada que ver con la literatura: es un trabajo en común’, dijo el escritor" (77).
Música y danza
Entre los gallegos emigrantes, la gaita era un instrumento muy difundido. El gaitero Carlos Núñez, de paso por nuestro país, dijo en un reportaje que "los mejores gaiteros no permanecieron en Galicia sino que la mayoría vino a Buenos Aires, muchas veces exiliada". En la Argentina y en Cuba, entraron en contacto con otros ritmos, al punto que "La música gallega se benefició de estas influencias, de estas tradiciones más abiertas" (78).
José Cameán Parcero cuenta que su padre "como buen gallego, era músico, tocaba la gaita y le enseñó a él a tocar la caja. Como esto resultó ser de su gusto tocó con Los Celtas de Vigo y con los Chavales de España. En estos conjuntos tocaba la tumbadora. Estos instrumentos todavía los conserva en su taller de autos antiguos" (79).
Manuel Castro, descendiente de gallegos, "es fanático de la música celta. En sus viajes por Europa aprendió la historia y las costumbres de este pueblo europeo y ahora difunde sus conocimientos en la Argentina. (...) Fiel a las tradiciones, Manuel se calza la pollerita kilt y el zaragüelle –vestuario típico que usaban los gallegos en el siglo XVIII- para interpretar los temas musicales. (...) Con el grupo Potim (nombre de una bebida irlandesa ilegal) ya grabó un CD y ahora va por el segundo. ‘Soy un coleccionista de gaitas’, dice Castro y cuenta orgulloso que tiene 7 de esos instrumentos. ‘La primera gaita me la compré en un viaje que hice a Londres. Aprendí a tocar con parientes y gaiteros escoceses. La cultura celta me fascina" (80)
El Conjunto de Música Folk-Celta del Centro Galicia de Buenos Aires "Maestro Pazos", ha presentado Abrego, "el primer CD de este conjunto de jóvenes intérpretes. Son hijos y nietos de gallegos y su mayor ilusión es transmitir con autenticidad y humildad la magia y sensibilidad que guardan las melodías gallegas" (81).
"Sete Netos son, como su nombre lo indica, siete nietos de inmigrantes españoles que, puestos a hacer música, decidieron retomar los sonidos de sus ancestros –explica Adriana Franco. Así, Gabriel Ponte, Alberto López, Juan Martín Rodríguez, Juan Martín Pociello, Jorge Sisto, Hugo Reverdito y Hernán Giménez Zapiola, impulsados por gaitas, flautas, guitarras y bandurrias, logran un interesante trabajo en la combinación de instrumentos tradicionales con los más contemporáneos. En el camino de su búsqueda, los Sete Netos encontraron las conexiones de lo que, en los últimos tiempos, se conoció como universo celta. Así, a las composiciones gallegas se sumaron temas asturianos, escoceses e irlandeses, y el toque latino que los inmigrantes llevaron y trajeron en sus viajes" (82).
Algunos descendientes de inmigrantes se dedicaron al tango. No es muy amable la impresión que tenía Carlos Gardel sobre el tango ejecutado por españoles, ya que le dijo a Astor Piazzolla: "Mirá pibe, el ‘fueye’ lo tocás fenómeno, pero al tango lo tocás como un gallego" (83).
Victor Hugo Ghitta evoca el baile en el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda "las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas" (84).
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Así vivieron los gallegos en la Argentina, trabajando, reuniéndose, cultivando las tradiciones de su tierra y transmitiéndolas de generación en generación.
Notas
  1. Sarramone, Alberto: Historia y sociología de la inmigración. Internet.
  2. Bazán Lazcano, Marcelo: "Carta de Lectores", en La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1999.
  3. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
  4. Solla, Andrés: "A emigración galega a América", en Internet. Trad. de MGR.
  5. ibídem
  6. ibídem
  7. Alonso de Rocha, Aurora: "Los gallegos en Olavarría", en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
  8. Barnet; Miguel: Gallego. Alfaguara, 1986.
  9. Riestra, Jorge: Las voces de la ciudad.htm.
  10. Fesquet, Silvia: "La tierra de uno", en Clarín Viva, Buenos Aires 8 de julio de 2001.
  11. Mansilla, Lucio V.: Mis memorias
  12. Carballeda, Elsa: "El altillo de Elsa", en Floresta y su mundo. Año 9, N° 106. Febrero de 1999.
  13. González Carbalho, José: "Cuando mi padre habló de su infancia", en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
  14. La Voz del Interior on line, 24 de julio de 2002.
  15. Solla, Andrés: op. cit.
  16. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit.
  17. Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
  18. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit.
  19. Chiaravalli, Verónica: op. cit.
  20. Hendler, Ariel: "Jovita Iglesias. Una vida con los Bioy", en Clarín, 2 de septiembre de 2002.
  21. Medina, Pablo: "Historias de ida y vuelta", en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
  22. Elguera, Alberto y Boaglio, Carlos: La vida porteña en los años Veinte. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
  23. Fray Mocho: Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
  24. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
  25. S/F: "De generación en generación", en Clarín, Buenos Aires, 19 de marzo de 2000.
  26. González López, Emilio: Galicia, su alma y su cultura. Ediciones Galicia. Centro Gallego de Buenos Aires, Instituto Argentino de Cultura Gallega, 1978.
  27. Castro, Américo: citado por González López.
  28. S/F: "Editorial", en Viajero Celta. Año I, N° 9. Buenos Aires, julio de 1996.
  29. González López, Emilio: op. cit.
  30. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit
  31. Beltrán, Mónica: "La primera escuela gallega que enseña a chicos argentinos", en Clarín, Buenos Aires, 25 de abril de 1999.
  32. Alonso, Rodolfo: "La Galicia del Plata", en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 2002.
  33. Schwarzstein, Dora: "La llegada de los republicanos españoles a la Argentina", en Estudios Migratorios Latinoamericanos, 37. CEMLA. Buenos Aires, 1997.
  34. S/F: "Esa magnífica legión de viejos", en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
  35. Lojo, María Rosa: "Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ ", en Sitio Al Margen Revista Digital. Noviembre de 2002.
  36. ABC: "El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida", en La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1999.
  37. Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
  38. Armus, Diego: Manual del emigrante italiano. Colección Historia testimonial argentina. Documentos vivos de nuestro pasado. Buenos Aires, CEAL, 1983.
  39. Cracogna, Manuel I.: Primera fundación de Avellaneda.htm
  40. Markic, Mario: "En el camino: Hotel de sueños", en TN, 12 de septiembre de 2002.
  41. Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita.
  42. Majián, Rosa: Guía de las colectividades extranjeras en la República Argentina. Buenos Aires, Ediciones Culturales Buenos Aires, 1988.
  43. Iglesias, Jorge: "Una Babel de tinta", en La Nación, Buenos Aires, 24 de noviembre de 2002.
  44. S/F: "José María Cao Luaces: el padre de la caricatura argentina", en GaliciaOXE, , 2002.
  45. S/F: "Un pedacito de la tierra natal", en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
  46. S/F: "Para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino". Buenos Aires, Clarín.
  47. S/F: "Todo comenzó en los conventillos", en La Nación, Buenos Aires, 14 de mayo de 2000.
  48. Vacarezza, : "Un sainete en un soneto", en Cantos de la vida y de la tierra. 1944.
  49. Discépolo, Armando y La Rosa, Rafael: Mustafá. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
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