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EL EXILIO REPUBLICANO

En esta monografìa me refiero al exilio de algunos republicanos españoles que, en la dècada del 40, llegaron a Estados Unidos, México y la Argentina.

1. En Estados Unidos
2. En Mèxico
3. En la Argentina

Muchos españoles dejaron su tierra con el sueño de hacer la Amèrica, pero muchos, tambièn, vinieron como exiliados. Encontramos testimonios de esta dura realidad; nos referiremos a algunos de ellos.

En Estados Unidos

En el año 1948, Joaquín Maurín Juliá, aragonés exiliado en los Estados Unidos, fundó la organización denominada ALA –American Literary Agency. La idea surgió al comprobar que la mayoría de los diarios latinoamericanos y españoles tenían poco contenido de análisis; los artículos de este tenor que podían encontrarse estaban firmados por autores desconocidos. Estos dos factores diferenciaban a la prensa hispanoparlante de la norteamericana, que Maurín se propuso imitar.
Por falta de recursos –afirma Joaquín Roy-, Maurín Juliá instaló la agencia en su propio departamento, con vistas al Hudson; cerca de allí vivían importantes intelectuales relacionados con la Universidad de Columbia, como Federico de Onís y García Lorca. Desde el inicio de su labor, Maurín se “desdobló” en dos personas: él mismo, Joaquín Maurín, representante del director, y J.M. Juliá, su jefe. De ese modo, daba una apariencia de organización que distaba mucho de ser verdadera. Pero eso no era todo...
Relata Roy que Germán Arciniegas, primer colaborador de ALA, no tardó en advertir que la agencia contaba con sólo cinco columnistas: “un español, un gringo, un latino, un desconocido y yo”. Estos periodistas no eran otros que Maurín con seudónimo; a cada uno de estos personajes corresponden las firmas Maurín, Anderson, Mayo y Roy, respectivamente. Arciniegas fue, sin saberlo, cofundador de la empresa, ya que no se contaba con ninguna otra colaboración.
El aragonés deseaba un estilo definido para las publicaciones, testimonio de ello encontramos en la correspondencia que mantuvo con Juan Antonio Cabezas, periodista que comenzó a colaborar en ALA en 1954. En una carta fechada en julio de 1955, Maurín escribe a Cabezas estas líneas: “Es nuestro interés que usted siga colaborando con nosotros, y por eso, haciéndonos eco de nuestra experiencia, le invitamos a americanizar tanto como sea posible sus correspondencias, que a nosotros, personalmente, nos parecen admirables, pero que tienen que ser sometidas a la dura prueba de un público hecho a una manera especial de considerar el periodismo”.
Maurín buscaba que en cada artículo confluyeran tres características que consideraba básicas: “actualidad”, “basarse en hechos” y “dar la impresión al lector de estar ‘viajando’ a los lugares tratados por el autor”. Junto a este interés por el presente, por la vigencia del hecho, encontramos también la mirada hacia el pasado; en otra carta a su colaborador le aconseja lo siguiente: “De tanto en tanto, hay que buscar un pretexto –no falta nunca- para hacer revivir a las personas venerables del pasado: Galdós, Blasco Ibáñez, Palacio Valdés, Valle Inclán, etc”. En cuanto a los temas a tratar, Maurín rechazaba todos aquellos que parecieran parciales hacia un personaje o hacia una obra. Apreciaba, en cambio, notas sobre cuanto ocurriera en España de interés para el mundo y, especialmente, para Hispanoamérica.
Los colaboradores deseaban escribir para ALA, ya que esta participación les permitía ser más conocidos en el mundo hispánico y redondear sus ingresos. Entre los colaboradores más importantes de esta primera época de la agencia –que abarca hasta 1973, año en que muere su fundador-, encontramos a los españoles Ramón Gómez de la Serna, Salvador de Madariaga y Alejandro Casona y a los latinoamericanos Miguel Angel Asturias, Alfonso Reyes y Pablo Neruda.
Cuando Roy escribió su libro (1), la nómina de colaboradores incluía a personalidades de la talla de Julián Marías, Dardo Cúneo y Juan Goytisolo. Muchos de ellos no necesitaban la retribución pecuniaria, pero colaboraban con Maurín como una forma de contribuir a la ingente labor que llevaban a cabo. ALA funcionaba en ese entonces en Miami, luego de haber estado establecida en Puerto Rico, y su aporte a la comunicación de nuestro continente seguía siendo relevante; proveía de servicios a más de ciento cincuenta diarios y publicaciones periódicas de América y España.

En Mèxico

Leòn Felipe, nacido en Zamora en 1884, se dedicò desde muy joven al teatro, ocupaciòn que le permitiò recorrer toda España. En 1938, se exilia en Mèxico, donde muere treinta años màs tarde.
“En marzo de 1938, cuando los bombardeos arrecian sobre Barcelona, escribe su poema Oferta, leìdo tambièn pùblicamente. Lo completa con otras partes –escritas ya de camino a Mèxico- hasta formar El payaso de las bofetadas y el pescador de caña, del cual brinda una lectura en La Habana y otra en la capital mexicana, antes de aparecer el libro. Se incorpora a la casa de España, creaciòn del presidente Càrdenas, junto con otros intelectuales españoles exiliados. Y en Mèxico hace entonces la posada màs larga de su vida andariega: siete años. A lo largo de ellos Leòn Felipe se ahìnca en sì mismo, recoge las congojas del èxodo y vuelve a encontrar màs cercana que nunca la España esencial, de la que jamàs habìa desertado” (2).
Guillermo de Torre, autor de numerosos trabajos crìticos sobre el poeta, lo define como “nunista”. La poesìa nunista es una poesìa ìntimamente vinculada a la propia circunstancia vital y a sus infortunios. En Leòn Felipe –creemos- el motivo fundamental y recurrente es el del desarraigo, idea que se vincula a su particular condiciòn de desterrado, de exiliado en Amèrica.
La experiencia personales tan ùtil para el arte como las màs abstractas condiciones metafìsicas; asì nos lo dice en su “Poètica”: “Y todo lo que hay en el mundo es mìo y valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata”. Este fuego supremo de la creaciòn, esta hoguera prometeica y sublime tiene un propòsito: el de lograr que el poeta –que el hombre, en fin- no muera del todo, no desaparezca definitivamente. “La poesìa no es màs que un sistema luminoso de señales –afirma-, de luces que atraeràn la mirada de Dios hacia nuestra desprotegida existencia”.
Los tràgicos momentos vividos por un hombre obligado a ser espectador de luchas fratricidas lo llevan a la convicciòn de que lo ùnico importante –y a veces, la ùnica salida posible- es caminar, aunque tambièn el camino deje amargas huellas en el cuerpo y en el alma: “Hay saìn en la cinta de mi sombrero, / mi bastòn se ha doblado/ y en la suela de mis zapatos llevo sangre,/ llanto y tierra de muchos cementerios” (3).

En la Argentina

El 5 de noviembre de 1939, a bordo del Massilia, llegaron exiliados con destino a Chile, Paraguay y Bolivia. “ ‘No permiten ni asomarse a los ojos de buey a los intelectuales españoles en trànsito’, titulaba el diario local Noticias Gráficas la noticia del arribo del Massilia al puerto de Buenos Aires, ‘Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados’ ”.
Una exiliada española brinda su testimonio a Dora Schwarsztein: “En el Massilia iban muchos artistas, escritores y periodistas españoles. Con ellos viajaban numerosos refugiados judìos polacos e italianos. Juntos compartìan la tercera clase en condiciones deplorables de hacinamiento y promiscuidad. El viaje fue largo. Ver por ùltima vez las costas españolas fue muy triste, pero era la libertad. El grupo se integrò maravillosamente, no se conocìan de antes ni tenìan en definitiva nada en comùn, salvo la guerra. Todos sintieron un profundo odio hacia la tripulaciòn francesa que los trataba mal, y que tanto odiaban a los rojos como a los judìos. Fueron horribles las peripecias vividas a bordo ante la amenaza constante de los submarinos nazis. Finalmente, el Massilia atracò en Buenos Aires, desde donde seguirìan viaje a sus destinos finales en otros paìses. MC recuerda que, mientras los pasajeros esperaban a bordo el inicio de la nueva etapa de su viaje, se presentò en el puerto Natalio Botana, director del periòdico Crìtica, que, sorpresivamente, ofreciò a los españoles una suma importante de dinero para facilitar su asentamiento en la Argentina”. Consiguiò, ademàs, “del presidente Ortiz el permiso para que ese puñado de hombres, mujeres y niños pudieran afincarse legalmente en el paìs” (4).

Exiliados gallegos

El escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a los exiliados gallegos, que “si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (5).
Arturo Cuadrado Moure, quien llegò en el Massilia, evoca su juventud: “Tuve el capricho y la suerte de entregarme a la famosa generaciòn del 98 español. Fueron mis amigos y maestros don Ramòn Marìa del Valle Inclàn, don Miguel de Unamuno, don Pìo y Baroja, Ortega y Gasset. Con ellos he vivido, con ellos he aprendido a luchar y tambièn a vencer. Porque en mi generaciòn no sabemos de derrotas, no. Hemos sufrido persecuciòn, guerras, càrcel, exilio y todo se ha transformado en una canciòn”.
“Luchamos unidos por la Repùblica de España –rememora-, los gallegos, los vascos, los catalanes –no pedìamos la seperaciòn de España, no. Querìamos la incorporaciòn de España a Europa. Querìamos una España libre, feliz. Una España constructiva como aquella famosa generaciòn del ’98 habìa levantado en sus banderas para que España fuera grande, inmortal. Era muy difìcil, casi lo logramos. En 1936, en enero, yo era Secretario General de la Autonomìa de Galicia. Habìamos decidido por el 90% del voto popular que Galicia querìa ser libre, gobernarse por sì misma. Los pueblos, como los hombres tienen el derecho de dirigir su destino. Eran dìas felices, habìa que construir una nueva España. Una España alegre, viva, con grandes maestros. Nacìa la generaciòn del año 1927, donde un grupo de jòvenes poetas –Garcìa Lorca, aquel gran poeta de España, Rafael Alberti, Pedro Salinas- se embarcaban en la misiòn de cantar por los pueblos de España”.
“Pero el destino es implacable. En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América. Era nuestro guìa espiritual, nuestro àrbol intocable, profundo y alto, don Antonio Machado. (...) desde Mèxico a Buenos Aires realizamos todos nuestros sueños, todas nuestras esperanzas, todas nuestras ilusiones, con el convencimiento de que habìamos triunfado... Ortega y Gasset nos habìa enseñado el camino de amar màs que luchar”.
Manifiesta que no desea regresar; tiene una misión que cumplir en su nueva tierra: “Volver a España, ya... ¿para qué? Aquí tengo forjado mi corazón entre amigos. Creo que la República Argentina, como el resto de América, está en un despertar, tenemos una obligación con la gente joven: ¡Cuidarlos! ¡Vigilarlos! ¡Atenderlos! Para ellos están estos corazones que llegaron del exilio español” .
Y expresa su agradecimiento hacia la Argentina: “Aquì tuvimos gente importantìsima, sòlo queda Rafael Alberti. Cuando nos encontramos la ùltima vez por las calles de Madrid, los dos soñàbamos con Buenos Aires. Fue alto ejemplo para la vida espiritual que dos poetas ya viejos, de 90 años, recordemos con ardor que le debemos nuestro vida, que le debemos nuestra libertad a este maravilloso pueblo argentino, al cual tenemos que exigir, pedir, que obligar a que no se duerma, a que no frivolice. Un gran futuro nos espera, el mundo entra en el momento de una gran reconstrucciòn, tenemos que construir, que cantar, que vivir y para eso tenemos la historia, tenemos los libros y tenemos la gran puerta que es este cielo de la Cruz del Sur que acogiò a todos los poetas que habìan perdido su nacionalidad para hacerlos nuevos ciudadanos en un pueblo bello, justo, alegre y con un gran destino intelectual” (6).

También fue gallego Paco Porrua, acerca de quien escribe Tomás Eloy Martínez: “Le pregunté (a López Llausás) cómo hacía para no quedar mal con los escritores que aspiraban a su patrocinio y me contestó lo que les decía a todos: "Nunca publico nada sin la aprobación de mi lector desconocido". Cuando la gente quería saber quién era, López Llausás cambiaba de tema”.
“Durante mucho tiempo creí que el lector desconocido era un ardid, hasta que averigüé que se trataba de una persona de carne y hueso. Se llamaba Francisco Porrúa, y tenía tal vocación de anonimato que hizo falta el inmenso éxito de la literatura latinoamericana en los años 60, del que es uno de los responsables, para sacarlo de la cueva”. Porrúa era reservado hasta la mudez y lúcido hasta la extenuación. De los cientos de lectores que he conocido, pocos -o ninguno- tienen su olfato y su perspicacia. Llegó a la editorial en 1955 de la mano de Jorge López Llovet, hijo de don Antonio y subdirector de Sudamericana en aquellos años. A Jorge le había interesado el buen criterio con que Porrúa manejaba su pequeña editorial, Minotauro, y lo invitó a ser su asesor. Se quedó allí hasta 1971 y se marchó a Barcelona en 1977, porque ya no podía soportar -es lo que me dijo mucho después- tantas historias de muerte en la Argentina”.
“Porrúa fue sacando de la manga nombres como los de Cortázar, Italo Calvino, Ray Bradbury, Alejandra Pizarnik y Marechal, hasta que en 1967 atrajo también al entonces desconocido Gabriel García Márquez. Cuando murió López Llovet, en 1962, don Antonio dejó que Porrúa se encargara por completo de la selección de libros, reservando para sí sólo la relación con aquellos escritores a los que consideraba "de la casa". Después de Cien años de soledad , ser un autor de Sudamericana se convirtió casi en un sello de honor para cualquier creador de ficciones, tanto en Perú como en México y Venezuela”.

Exiliado catalán

En "Los sueños de un profeta", Tomás Eloy Martínez recuerda al editor López Llausás: A fines de la década del 50, cuando llegué a Buenos Aires, muy pocas personas leían a los grandes narradores latinoamericanos. Aunque en la Capital vivían algunos de los mayores, como Jorge Luis Borges y Miguel çngel Asturias, y casi todos publicaban sus relatos con asiduidad en el suplemento dominical de La Nación o en la revista Sur , sus libros pasaban inadvertidos fuera del círculo letrado. Algunos visitantes de Chile o de México llegaban a veces a leer sus cuentos en ceremonias secretas a las que asistían treinta devotos, pero en las conversaciones de los cafés no se discutía sino a Sartre, a Camus y a Aldous Huxley, cuyas experiencias con la mezcalina parecían rozar el umbral de mundos asombrosos”.
“De vez en cuando, como al pasar, alguien elogiaba las ficciones de un tal Julio Cortázar, que vivía en París, o el enrarecido mundo del uruguayo Felisberto Hernández, que había publicado en Buenos Aires, sin pena ni gloria, una colección de relatos con un título raro, Nadie encendía la lámparas . Vivíamos en el fin del mundo, a orillas de un río barroso, y tal vez por eso nunca nos mirábamos o, cuando lo hacíamos, era sólo para medirnos con lo que pasaba más allá del océano”.
“Una tarde de domingo conocí en la casa de Victoria Ocampo al primer editor profesional de mi vida. Yo suponía entonces que los editores debían parecerse a Victoria y hacer un poco de todo: escribir, traducir, publicar revistas y pasear por Buenos Aires a los grandes personajes de ultramar. Como buen provinciano de veinte años, vivía yo en un mundo de ideas fijas, donde las personas y las cosas debían parecerse a lo que me habían dicho que eran”.
“El editor me habló, en cambio, de una profesión que era tan azarosa como un juego de dados. Se llamaba Antonio López Llausás. Me contó que era catalán (ya lo advertía su acento, puntuado por elles rotundas) y que los fragores de la Guerra Civil Española lo habían expulsado a Francia, de donde lo rescataron Victoria Ocampo y Oliverio Girondo para que fuera gerente general de la empresa que acababan de fundar: Sudamericana. La nueva editorial se abriría como un afluente de Sur, el sello de Victoria”.
"Un editor no debe dejarse conmover por el éxito ni por el fracaso -me dijo aquella tarde-. Tiene que publicar sólo los libros en los que cree. Si no lo hace, más vale que se ocupe de otra cosa." Era un hombre calvo, afable, que parecía de otro siglo, aunque debía de tener poco más de cincuenta años. Semanas más tarde me llamaron de su parte para invitarme a conocer los enormes depósitos que Sudamericana tenía en la calle Humberto I de Buenos Aires. Entre las novelas rozagantes de Manuel Mujica Lainez y Salvador de Madariaga, descubrí, en un rincón del fondo, algunos tesoros”.
“En centenares de paquetes se acumulaban, abandonados por los lectores, libros que pocos años después serían clásicos: Bestiario , la primera colección de cuentos de Julio Cortázar; Adán Buenosayres , la caudalosa novela de Leopoldo Marechal; La vida breve, de Juan Carlos Onetti, y esa joya llamada Nadie encendía las lámparas . Me fui de allí con un ejemplar de cada uno de aquellos títulos y nunca me separé de ninguno: me han seguido como un talismán a todas partes, aun en los exilios menos hospitalarios. "Un editor a veces pierde y a veces gana -me dijo López Llausás en el depósito, mientras señalaba las altas columnas de despojos-. Pero nunca sabe si pierde cuando gana o si gana cuando pierde”.
“El catalán recién llegado en 1939 tardó un par de años en convertir su editorial en un negocio redondo. Como no podía conquistar a Jorge Luis Borges como autor de Sudamericana, llevó a su editorial dos de las novelas que Borges había traducido para Sur: Las palmeras salvajes , de William Faulkner, y Orlando , de Virginia Woolf. Sus primeros grandes éxitos fueron, casi siempre, libros de otras partes: Cuán verde era mi valle , de Richard Llewellyn; El bosque que llora , de Vicki Baum; La luna se ha puesto , de John Steinbeck; Llegaron las lluvias , de Louis Bromfield; Una hoja en la tormenta , de Lin Yutang, y el invencible precursor de los manuales de autoayuda: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas , de Dale Carnegie, que apareció en 1940, cuatro años después de su lanzamiento en inglés. Mientras fortalecía su catálogo con títulos seguros, López Llausás se obstinaba también en cobijar a la desventurada literatura latinoamericana. En 1948 se arriesgó a publicar Adán Buenosayres contra la recomendación de todos sus asesores, que detestaban las inclinaciones peronistas del autor. La novela fue recibida con un silencio de muerte, que sólo Julio Cortázar se atrevió a romper. Un año antes se había aventurado con Felisberto Hernández y seguiría haciéndolo con Cortázar, con Onetti o con autores que eran sus amigos del alma, como Eduardo Mallea y Salvador de Madariaga”.
“Cuando lo conocí, en 1959, era ya un editor de enorme prestigio, con varios premios Nobel en su catálogo (Thomas Mann, François Mauriac, Hermann Hesse, Steinbeck, Faulkner, Hemingway) y una oficina llena de manuscritos esperando turno. (...).
“El tiempo se fue llevando todas esas hazañas y trayendo otras nuevas. En 1979 murió López Llausás y la editorial quedó al mando de Gloria Rodrigué, su nieta mayor. Algunos grandes nombres del pasado se mantuvieron fieles y nunca publicaron en otra parte, como García Márquez. Y a la vez, ciertas famas inesperadas se sumaron a la lista de éxitos, como la de Isabel Allende”.
“Ahora que Sudamericana está por cumplir sesenta años y el reino de los libros se rige por códigos más complejos, quizá no sea inútil volver la mirada hacia atrás y redescubrir la osadía, el instinto y la locura que hacían falta para ser un editor latinoamericano en 1939, cuando empezó esta historia” (7).

Andaluces

El granadino Francisco Ayala “desde muy joven se destacó como novelista y cuentista. En 1939 se exilió a Argentina, donde fundó la revista Realidad. Después pasó a México, Puerto Rico y E:E:U:U. Fue profesor de sociología en varias universidades. En sus obras, Ayala plasma su experiencia e ideología personales, cierto tono irónico y escéptico y una fluida narración” (8). “Los rasgos fundamentales de su obra son el intelectualismo, la ironía, la deshumanización, próximo como está a los novelistas intelectuales del estilo de Thomas Mann, Aldous Huxley y Ramón Pérez de Ayala, y al realismo crítico” (9). Recibió el Premio Nacional de Narrativa en 1983, el Premio Nacional de Letras Españolas en 1988, el Premio Cervantes en 1991 y el Premio Príncipe de Asturias en 1998.
En la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, en abril de 1992, Su Majestad el Rey de España expresó lo siguiente: “tras la guerra civil vendrá el exilio, la continuidad de la vida y de la obra en la América de habla hispana que con tanta generosidad acogió a esa España peregrina de la que formaron parte tantos hombres y mujeres de nuestras artes y nuestras letras. Todo ello lo explica muy bien Francisco Ayala en sus memorias, que bajo el significativo título de Recuerdos y olvidos recogen una vida apasionante. (...) Nunca consideró el exilio Francisco Ayala como un destino cultural. Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechos históricos” (10).

El poeta Rafael Alberti y su esposa, la escritora María Teresa León, se exiliaron en la Argentina. Perla Rotzait relata que “la vida no era fácil económicamente para los Alberti. María Teresa no podía trabajar en la radio, la televisión, el teatro ni el cine, por ‘roja’, a pesar de su amistad con Delia Garcés, quien había interpretado una película con un guiòn escrito por María Teresa. Pese a todas esas prohibiciones, trataba de ganarse la vida con su ingenio y capacidad. En esos momentos difíciles, Luis Peralta Ramos le rogaba –así es la amistad- que le vendiera algún ícono u otro objeto que ellos habían traído de algún viaje” (11).
De esta època es la autobiografìa del gaditano, quien escribe: “Y ahora, esta afiebrada tarde del 18 de noviembre de 1954, en mi cercado jardinillo de la calle Las Heras, bajo dos florecientes estrellas federales, el mareante aroma de un magnolio vecino, cuatro pobres rosales, martirizados por las hormigas, y el apretado verde de una enamorada del muro, doy comienzo a este segundo libro de mis memorias”.
En julio de 1959, Rafael Alberti se ilusionó con el regreso a su tierra. Escribió en La arboleda perdida: “no sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno” (12). Dejarìa la Argentina pensando en su Cádiz amada, pero debió recalar mucho tiempo en Roma. Finalmente, regresó a su puerto de Santa María.
En 1963, Marìa Teresa Leòn escribe la nota titulada “Soñemos con el viaje”, en la que expresa: “A lo lejos nos està esperando el itinerario previsto o tal vez la emociòn de ver de nuevo la aldea que se dejò al venir o la visita a los parientes de los abuelos, que deben estar en tal lugar..., o las ciudades madres de civilizaciones ilustres o los museos donde se almacena el ingenio humano o las formas diferentes de la vida de los hombres en este mondo cane, que a veces se dulcifica en las fiestas”.
Ella tambièn parte: “A punto de tomar el aviòn escribì hoy, amigas mìas. Es mi pañuelo en el aire. Dicen que los argentinos son viajadores. Claro. Yo sè que todas las sensaciones de liberaciòn me estàn aguardando pero, como cualquier abuela al ir a tomar la diligencia o el tren, yo siento palpitar mi alma. Gracias por ello. Debe ser vuestra amistad que me despide. Hasta pronto. Antes de que suspire estarè al otro lado del mar” (13).

Un madrileño

Era madrileño Ramón Gómez de la Serna. Alvaro Abós incluye en uno de sus libros un relato de David Alfaro Siqueiros acerca de la participación del español en una discusión, durante una fiesta en casa de los Rojas Paz: “Los asistentes habían ya bebido copiosamente y ‘en la euforia de la conversación y en respuesta extraña a una de mis anécdotas de bravura mexicana en la Revolución Méxicana, Gómez de la Serna hizo la alusión siguiente: ‘En la Revolución Mexicana como en todas las revoluciones de México, no murieron más que aquellos a quienes agarró de sorpresa la muerte natural. Nadie ignora –agregó- que las revoluciones de los mexicanos son invariablemente incruentas’. (...) me pareció muy normal decir: ‘¡Gómez de la Serna, en las familias hay siempre dos tipos de hijos: aquellos que no se despegan jamás de las faldas de sus madres y esos otros que, despegándose de esas faldas, van a aventurarse valientemente por el mundo! Ustedes, los españoles de España, son hijos del primero, y nosotros somos hijos del segundo, del aventurero, de Hernán Cortés, de Pizarro, de Alvarado, de Ponce de León. Y quizás de ahí provenga nuestro temperamento belicoso’. (...) ‘El autior de Greguerías, dada la gran cantidad de alcohol que había ingerido y profundamente lastimado por aquello de la ‘pollera’ de las mamás de los que se habían quedado en España, creyó conveniente responder con una blasfemia, ya no sólo contra México sino también contra todos los pintores de América latina. Una blasfemia tal que el violento Lino Eneas (sic) Spilimbergo no pudo resistir y replicó lanzándole la bebida de una copa a la cara. Así llegaron las cosas a un grado de violenta pelea a botellazos y sillazos entre pintores y escritores y el alarde mío de empujar el piano contra un grupo de los opositores literatos” (1).

.....

El exilio, tan doloroso, quedò plasmado en las pàginas de estos escritores, que nos muestran una faceta de la historia española que tuvo a nuestro paìs como escenario.

Notas
(1) Roy, Joaquín: ALA- Periodismo y Literatura. Madrid, Hijos de E. Minuesa S.L. 1985.
(2) Torre, Guillermo de: “Epìlogo”, en Felipe, Leòn: Antologìa rota. Buenos Aires, Losada, 1974.
(3) Felipe, Leòn: Antologìa rota. Con epìlogo de Guillermo de Torre. Buenos Aires, Losada, 1974.
(4) Schwarsztein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios Latinoamericanos, Nº 37, CEMLA, Buenos Aires, 1997.
(5) Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El Tiempo, Azul, 1º de diciembre de 2002.
(6) S/F: “Esa magnìfica legiòn de viejos”, en Revista Mayores, Año II, Nº 11, 1994.
(7) Martínez, Tomás Eloy: Los sueños de un profeta, en La Nación, Buenos Aires, 4 de septiembre de 1999.
(8) S/F: Enciclopedia Clarín.
(9) S/F: Francisco Ayala.htm
(10) Rey Juan Carlos de España “Palabras de SM El Rey”, en Terra cultura. Premios Cervantes.htm
(11) Barón Supervielle, Odile: “Alberti en Buenos Aires”, en La Nación, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
(12) Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1980.
(13) Leòn, Marìa Teresa: “Soñemos con el viaje”, en Mucho Gusto, Nª 203. Buenos Aires, septiembre de 1963.
(14) Abós, Alvaro: Cautivo. Buenos Aires, El Zorzal, 2004.

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