domingo, 7 de octubre de 2001

LA LOGIA DEL UMBRAL

por Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Galerna. 2001. 

Los datos biobibliográficos incluidos en el libro nos permiten saber que “Ricardo Feierstein nació en Buenos Aires en 1942. Ha ejercido una variedad de oficios (escritor, arquitecto, periodista, editor, crítico de espectáculos). Lleva publicados una veintena de libros, entre ellos: cuatro novelas (la trilogía SINFONIA INOCENTE, 1984, y MESTIZO, 1988 y 1994 en castellano y 2000 en inglés) que conforman una saga sobre la condición judía latinoamericana y de la que esta narración, LA LOGIA DEL UMBRAL, es su culminación; siete colecciones de relatos (entre otros BAILATE UN TANGO, RICARDO, 1973; LA VIDA NO ES SUEÑO, 1987 y HOMICIDIOS TIMIDOS, 1996); cuatro volúmenes de poesía y tres libros de ensayos (JUDAISMO 2000, 1998; CONTRAEXILIO Y MESTIZAJE. SER JUDIO EN LA ARGENTINA, 1996 y su ya clásica HISTORIA DE LOS JUDIOS ARGENTINOS, 1993 y 1999). Su labor literaria mereció diversos premios (Municipal, Coca-Cola, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Premio Internacional Fernando Jeno de México, entre otros) y ‘a pesar de ello escribe bien’, según bromean sus amigos. Ha sido parcialmente traducido al inglés, alemán, francés y hebreo”. 
Esta novela cuenta el proyecto de cuatro generaciones de una familia, que se propone llegar a caballo desde Moisesville, Santa Fe, mediante postas de dos jinetes por vez, con una caja de madera de cerezo que contiene tierra de la primera colonia judía en la Argentina y “una mezuzá, estuche de hueso con un trozo de papel escrito con letras hebreas”, hasta la Plaza de Mayo, donde la enterrarán bajo la Pirámide. Uno de los personajes reflexiona, eufórico: “cuando se corra la voz, italianos y españoles y franceses y todos los otros harán lo mismo. Y tendremos, allí en esa Plaza del centro de Buenos Aires, la ceremonia simbólica del crisol de razas o del mosaico de identidades”. 
Mariano Schvel, cuarta generación de judíos argentinos, es quien debe ingresar a la ciudad de Buenos Aires con el preciado tesoro. El se dice: “Mi plan es integral, mestizo, creativo. No renuncio a nada: no debo elegir entre querer más a mi papá o a mi mamá. Quiero todo, lo argentino y lo judío, el mate y el samovar, el poncho y el talit, el Martín Fierro y el Talmud, porque soy todo, la mezcla y la superación de la mezcla, el andamio y la casa construída gracias a estos andamios que, ahora, debo retirar, para habitar la vivienda-identidad que he construiído”. 
Cuando el miembro más joven de este grupo está por concretar la iniciativa de su familia y de él mismo, al pasar frente a la AMIA, una terrible explosión lo “revolea por el aire. Todo se vuelve negro –rememora-, el rugido ensordecedor parece indicar que, con la oscuridad de un eclipse gigante, ha llegado el fin del mundo. En ese instante, cien años de vida familiar y comunitaria se atropellan para desfilar ante los ojos desorbitados de mi conciencia en fuga”. 
Quien esto dice no da la espalda a las víctimas de tan horrendo atentado, que se suma al de la Embajada de Israel, perpetrado sólo un par de años antes: “Debería correr –agrega-, pero me he impuesto no desviar la mirada”. Así –el joven Mariano Moisés Schvel –quinta generación de aquellos judíos que llegaron en el vapor “Weser” en l899 en busca de paz y prosperidad-, a caballo y vestido de gaucho, presencia un espectáculo atroz. 
El relato se inicia el 18 de julio de 1994, con el gaucho judío avanzando hacia la calle Tucumán, y se retrotrae hasta el día en que los inmigrantes arriban desde el Hotel de Inmigrantes a la colonia santafesina y comprueban que no tienen alimento ni dónde guarecerse: “Nada hay donde todo debiera estar: ni carpas, ni elementos de labranza, ni semillas. Ni siquiera un hombre del lugar, en representación del propietario, para entregar esas tierras tan laboriosamente adquiridas a través del cónsul comercial argentino en París, que actuaba en nombre del terrateniente”. Unos gauchos les ayudan: “Tiraron unas galletas duras hacia nosotros, les daba lástima. Y los chicos las mordían y no podían romperlas, (...) Bajaron de las carretas, rompieron las galletas contra las ruedas y las mojaron en agua. Así, ablandadas, se transformaron en el maná argentino que nos salvó de perecer de hambre”. 
Allí mismo tiene lugar un hecho de sangre –la muerte del primer Schvel que pisó este suelo, asesinado por un gaucho matrero al intentar defender a su mujer embarazada. A partir de este momento, el escritor evoca una centuria relacionando las vidas de los judeoargentinos con los sucesos relevantes del país durante ese período, sucesos en los que se reitera la discriminación y violencia, ya sea en la Semana Trágica, la actuación de la Liga Patriótica, el Proceso o los atentados que mencionamos. 
La novela, narrada alternadamente por muchos de los miembros de la familia, aborda temas fundamentales como la religión, la educación y la condición del judío argentino. También se ocupa de aspectos menos importantes, cotidianos –los platos típicos, las rencillas familiares, el barrio en el que viven en armonía los Schvel y muchos otros inmigrantes de diversas nacionalidades. Se configura así un relato que se lee con interés y que hace vibrar tanto con la descripción de episodios felices –el nacimiento de un hijo el mismo día en que surge el Estado de Israel, por ejemplo-, como con la narración de aquellos trances que nunca tendrían que haber formado parte de la historia de nuestra nación. Un relato estremecedor que nos habla del pasado y el presente de una comunidad y de la lucha que no tiene fin. 
Completan el volumen un glosario, ilustraciones, fotografías y “El juego de la integración”, creado por el autor a partir de las diferentes posibilidades entre las que tiene que optar un inmigrante en nuestro país.


7 - 10 - 01

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