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Un cuento enrollado

Humberto Gómez era un señor de cincuenta y tres años. Usaba siempre trajes grises con los pantalones algo cortos, corbatas muy serias, bigote finito y se peinaba el pelo con gomina, bien aplastado contra la cabeza. Vivía en una casa vieja de Villa Pueyrredón, con su mujer, Eleonora, y una pareja de gatos que se llamaban Tino y Tina. Trabajaba en la compañía de seguros "La Alcancía", que quedaba en el centro, de doce a diecinueve, de lunes a viernes.
Todos los días, a las once en punto, daba un beso a su mujer y tomaba el colectivo 111 hasta Chacarita. Allí bajaba y tomaba otro, el 142, hasta Diagonal Norte. Tenía una hora de viaje de ida y otra de vuelta. En la oficina, ocupaba un escritorio al fondo, en el que nadie lo molestaba. Tenía su taza para el té y una lata de galletitas, de la que a veces convidaba a otros empleados.
Humberto Gómez tenía una pasión oculta: le gustaba escribir cuentos. Durante su horario de trabajo, pensaba y pensaba historias que lo tenían unas veces, como protagonista y otras, como testigo. Claro que, como le pagaban un sueldo, no podía escribirlas entre las doce y las diecinueve, pero ya había encontrado una solución para ese pequeño problema.
Después de años de pensar y pensar, se le ocurrió que podía escribir sus cuentos en las dos horas en que viajaba. Entonces, se dijo que necesitaba papel y lápiz. Probó llevar hojas tamaño oficio, pero eran muy incómodas, porque las tenía que doblar, y él odiaba las hojas arrugadas. Le parecía desprolijo. Probó también escribir sus cuentos en una libretita, pero no le convenía, porque los renglones eran demasiado angostos y no le quedaba espacio entre una hilera de letras y las otras.
Una circunstancia fortuita lo ayudó en su búsqueda: un día vio que en la oficina iban a tirar varios rollos amarillentos de cinta de calcular que ya no entraban en las máquinas modernas. Ansioso, se abalanzó sobre ellos y los guardó: ése sería su papel de escribir cuentos. Más tarde, ya tranquilo en su casa, podía pasar a máquina sus creaciones y guardarlas en una carpeta de cartulina con etiqueta y todo. De ese modo, podía hacer un borrador y corregirlo, y además, evitaría que se le borraran las ideas que lo acosaban toda la tarde, en su aburrido empleo de oficinista.
Muy entusiasmado, el primer día, se sentó en el 111, que a esa hora iba casi vacío, y sacó su lapicera a cartucho y el rollo de cinta. Contento, empezó a escribir un cuento sobre una princesa que estaba triste y lloraba. Escribía y escribía, loco de alegría; describía el castillo y su puente levadizo, y el foso que le servía de protección, y las torres desde las que los soldados tiraban sus flechas para defender al rey y a su familia. En este feudo del medioevo estaba Humberto, cuando un accidente lo despertó de su ensoñación.
El rollo, el buen rollo que le servía de confidente, había escapado de sus manos y se había desenrollado a lo largo del pasillo del colectivo. Para colmo de males, la puerta trasera estaba abierta, y el rollo cayó a la calle. Metros y metros de cinta con su letra menuda y apretada se encontraban a la vista del divertido pasaje del medio de transporte.
Humberto Gómez miró espantado lo que sucedía. Y quiso bajar del colectivo para recuperar su rollo, su cuento, pero –lo primero es lo primero- miró el reloj y vio que llegaba justo a tiempo a su trabajo. Si bajaba a buscar la cinta de papel, llegaría tarde, y él nunca, pero nunca en treinta y cinco años, había llegado un solo minuto tarde, y ésa no sería la primera vez.
Con bronca, se acomodó de nuevo en el asiento y se dijo que podía recordar lo que había escrito y volver a escribirlo. Se resignó y se prometió que la próxima vez iba a ser más cuidadoso. Pasaron los días y el escritor volvió a escribir, aunque no pudo crear nada tan bueno como ese rollo que se le perdió en una calle de Villa Ortúzar. Se sentía desolado.
Lo que Humberto Gómez no sabía era que un grupo de chicos que había salido más temprano del colegio encontró ese rollo. Los chicos lo levantaron intrigados, y se pusieron a leer. El cuento les gustó tanto, pero tanto, que se lo llevaron a la maestra al día siguiente. Ella les dijo que en verdad era muy lindo, pero tenían que devolvérselo al dueño, que sin duda estaría preocupado. Esa misma tarde, los alumnos de cuarto grado pusieron manos a la obra. Por suerte, al empezar el rollo, Humberto le había puesto un coqueto sellito con su nombre, pero, lamentablemente, no tenían la dirección.
"Bueno, algo es algo", dijo la mamá de Martín, y les propuso que lo buscaran en la guía. Los chicos se agarraron la cabeza, porque una cosa es llamarse Carpi o Nicolau, y otra muy distinta es llamarse Gómez. Hay páginas y páginas de Gómez en la guía telefónica. Pero como eran muy buenos, y el cuento les había encantado, se pusieron a buscarlo, para devoverle el rollo y también para conocer a alguien capaz de escribir algo tan hermoso.
"Adelmo, Anacleta, Azul, Berardo, Cecilia, Clotilde de, Dalmira, Esteban, Federico, Francisca, Gonzalo, Graciela, Griselda, Hilario, Horacio, ¡Humberto!"- leyó el mejor de la clase, que también era un buen compañero. Alegres, anotaron en un papelito la dirección y fueron a buscarlo.
Cuando Eleonora atendió, se sorprendió al ver un grupo de treinta chicos con delantal blanco que preguntaba por su marido. Les explicó que estaba trabajando, y ellos le contaron que habían encontrado el rollo. Querían devolvérselo y pedirle que siguiera escribiendo, porque sus historias eran muy lindas, y les gustaría representarlas en un taller de teatro, si él lo permitía.
Eleonora les propuso que vinieran el sábado, y opinó que iba a ser mejor que ella no le dijera nada a Humberto. Así iba a tener una gran sorpresa. El sábado, a las cinco en punto, sonó el timbre. La esposa le dijo a Humberto que no podía atender ella y así fue como él se encontró con una treintena de cabezas que lo miraban con afecto y admiración. Humberto casi llora de emoción al ver su rollo, sucio de barro de la calle y con las marcas de las ruedas de los coches que seguían al 111 de la desgracia.
A partir de ese día, Humberto cambió el color de sus trajes, se compró corbatas chillonas, silbaba en la oficina y también llegó algunas veces tarde. Escribía y escribía, con ganas y con la certeza de que los chicos –sus amigos- vendrían el sábado a visitarlo, a sentarse a su alrededor en el patio con jazmines del país, para viajar con sus sueños a la tierra del Rey Arturo.

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