miércoles, 6 de enero de 1999

UN DANDY EN LA CORTE DEL REY ALFONSO

por María Esther de Miguel. Buenos Aires, Planeta, 1999. 

María Esther de Miguel nació en Larroque, Entre Ríos. Ha trabajado en la docencia y el periodismo. Fue autora de numerosos libros y se la distinguió con importantes premios, entre los que se cuentan la Palma de Plata del Pen Club, el Konex de Platino para cuento y el Premio Dupuytren, Fue directora del Fondo Nacional de las Artes, integró el Consejo de Administración de la Fundación El Libro y fue crítica literaria del diario La Nación. 
Una de sus novelas, titulada Un dandy en la corte del Rey Alfonso (1), tiene como protagonista a Fabián Gómez y Anchorena, un hombre que conoció las más altas cumbres de la dicha, y también las desgracias más terribles. A partir de numerosas obras que consultó, y de la frecuentación de lugares y personas, la escritora pudo lograr un ser de ficción creíble y querible, que nos hace sufrir con él con tanta intensidad como nos regocijó con sus andanzas de joven adinerado. Es muy interesante en esta obra la distancia que el joven recorre desde el poder y la riqueza hasta la indigencia y el anonimato. En una y otra circunstancia, María Esther de Miguel lo muestra vívido, transitando por una época que ella sabe retratar con sentido del humor y visión crítica. 
Tratándose de una novela que transcurre a fines del siglo XIX, no podían faltar en ella las referencias a la inmigración, que con tanta fuerza irrumpió en la sociedad argentina. 
La abuela materna del protagonista, Estanislada Arana de Anchorena, recuerda la historia de su familia, y hace una descripción de los primeros extranjeros que llegaron a nuestra tierra: “No me vengan a hablar de aristocracia argentina. Las mejores familias, entre las que incluyo a la nuestra, por cierto, provienen de comerciantes y aventureros españoles y alguno que otro francés o inglés. Descendemos de abuelos y bisabuelos que vinieron a trabajar, y como les fue bien, aunque no siempre se hicieron la América, según se acostumbra decir, compraron campos y haciendas y construyeron grandes casas y tuvieron muchos hijos. Por eso se quedaron y defendieron estas tierras. Por eso todos tienen olor a bosta. Después fueron generales en los ejércitos de la patria y después ministros en los gobiernos de la Nación: Uno de los Anchorena fue Ministro de Rosas, y otro...” 
Fabián Gómez se propone revertir la situación de sus mayores, por eso dice a su amigo: “si muchos de mi familia tuvieron un protagonismo fundante en la historia de mi país (sobre todo en la económica), ¿por qué no podré yo alcanzar notoriedad en estos lugares? Sería como devolver a Europa lo que Europa dio a la Argentina. No te olvidés que nuestros antepasados viajaron de España a América. Y España es Europa, ¿no? Aunque a veces no lo parezca”. En otro párrafo afirma: “Mi padre, en un momento de su vida, se vino para acá. A mí me gustaría irme para allá. Como quien dice, me gustaría devolverme”. 
Buenos Aires aparece en la obra como “esa ciudad contradictoria”, que “Por un lado mostraba el pobrerío de los barrios bajos, y las antiguas casonas donde comenzaban a amontonarse los inmigrantes que, en ese fin de siglo, estaban llegando de todos los lados del mundo. Por otro, las esplendideces de la clase cada vez más atrincherada cerca de la Plaza San Martín, en ese círculo áulico casi formado íntegramente por los Anchorena, sus parientes y sus amigos”. 
De la generación del 80 dice que “era una tanda de hombres intelectuales y bien pensantes que pasarían a la historia, según decían, porque se dedicaban a ser diplomáticos, escribir libros interesantes y sacar adelante el país, sobre todo por el esfuerzo de los inmigrantes que habían llegado para ‘laburar’, como decían ellos. Aunque los habían confinado en fábricas, saladeros y conventillos, los pobres se manejaban bien y sacrificadamente, y no pasaría mucho tiempo sin que la mayoría de ellos tuvieran, de acuerdo a los sueños que los habían transportado a América, ‘m’hijo el dotor’ ”. 
Esa dicotomía se reitera en otro pasaje de la novela, en el que leemos: “El mayor cambio Fabián lo veía en las clases que se iban perfilando tan netamente. Por un lado, la oligarquía, la alta burguesía, los ricos, los que tenían capitales que habían crecido poderosamente. Por el otro, la gran avalancha de inmigrantes, obreros y empleados cuyos sueldos se cobraban en papeles que cada vez valían menos, porque el precio del oro subía, mientras la carestía de la vida aumentaba. Papeles ñanga pichanga, decía la gente. En el aire flotaba un tufillo de disconformidad que él ya había olido en Madrid: era el de los necesitados”. 
La obra transmite la posición de la novelista acerca de este fenómeno social, una opinión que ha sido formada a partir de lecturas y documentación, pero también a partir de un factor que tuvo gran incidencia en la gestación de la novela, y no debe olvidarse: en la carta que ella escribe al protagonista, con la que abre el libro, habla de otro inmigrante, uno que es especialmente caro a la autora. Dice en esa página que un español llegó con unas monedas que le sirvieron a la escritora para reconstruir la vida de Fabián Gómez y Anchorena: “Todas tenían el escudo del Reino de España con sus coronas y sus torres y sus leones, todas eran de cinco pesetas, todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!”.

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