miércoles, 13 de enero de 1999

PERIODISMO Y LITERATURA

En el ensayo “Del pedernal al silicio. Historia de los medios de comunicación masiva” (1), Giovanni Giovannini -estudioso de los medios de comunicación y presidente de ANSA- hace una síntesis de cinco o seis milenios de la cultura humana. En un comienzo se utilizó el pedernal –la piedra sílex- para grabar el signo religioso, artístico o informativo. Luego aparecieron la arcilla mesopotámica, el papiro egipcio, la imprenta y los modernos medios de comunicación. En la actualidad se observa un retorno a as fuentes, ya que es también la piedra sílex –el silicio- la que puede almacenar en una computadora miles de datos valiosos para la Humanidad.
La referencia al signo informativo grabado con pedernal nos demuestra que no es acertado asociar al periodismo con los tiempos modernos, los avances de la técnica y las posibilidades que dichos avances brindan a la transmisión de la palabra, pues sus antecedentes se remontan a la antigüedad. La diferencia fundamental entre los diarios de la actualidad y las actas que César hacía copiar para enviar a los funcionarios que se encontraban lejos de la urbe, es la periodicidad, característica que sí corresponde a nuestra época.
Diversos factores facilitaron el crecimiento de este tipo de comunicación; entre ellos –señala Felipe Torroba (2)- se cuentan la invención de la imprenta, los descubrimientos geográficos, las conquistas, las exploraciones, los viajes, la organización de los correos, los progresos de la navegación, los trenes, el telégrafo y el cable submarino. Debe considerarse, por otra parte, la incidencia de la instrucción pública, que aumenta el número de lectores, y de la democracia, que favorece la libertad y difusión de la prensa.
Los primeros periódicos fueron los almanaques, que se publicaban una vez por año; posteriormente aparecieron las gacetas mensuales y las semanales, de las que se pasó a la hoja diaria. En 1622, Thomas Archer publica en Amsterdam el primer periódico regular, que llevaba títulos diferentes en cada uno de sus números; el primer periódico con un título constante fue el Mercurius Britannicus, que comienza a aparecer cuatro años más tarde, editado por el mismo Archer.
Entre las personalidades que tuvieron que ver con la historia de la comunicación escrita, recordamos a Pullitzer, creador de los enormes titulares destinados a informaciones de carácter sensacional, y a Charles Havas, francés de origen húngaro que organizó la primera oficina de noticias, utilizando palomas mensajeras como método de transmisión.

En la Argentina

Félix Laiño, periodista de vasta trayectoria, nos brinda en Secretos del periodismo (3) la experiencia que atesoró en cincuenta años de labor. No se trata del relato de su vida, sino de un pequeño “curso”, en el que explica, clara y didácticamente, los principios básicos de la profesión. El pasado aflorará, pero no a modo de evocación autobiográfica, sino como la forma más propicia para ilustrar los temas que se desarrollan.
El autor recuerda el periodismo de los primeros años de nuestro país, cuando aún resonaban los ecos de la Independencia. Los primeros diarios fueron fundados por Hombres que “alternaron la pluma con la espada en la defensa de sus ideales cívicos”; con el correr del tiempo, la transformación de la sociedad da lugar a otro tipo de publicaciones.
A comienzos del siglo XX surge el periodismo comercial; los diarios que se destacan en esta época son La Prensa y La Nación –afirma Laiño-, “dos colosos orgullo del país”. Luego aparecerán La Razón, Crítica, El Mundo y, más tardíamente, Clarín. Todos ellos eran escritos por redactores sin formación específica; se los preparaba para la labor mediante las sugerencias del director o de algún compañero más experimentado, mientras desempeñaban las tareas asignadas.
En cuanto a la vocación del periodista, el autor señala que puede detectarse la presencia de un síntoma indudable: la necesidad de escribir por el sólo hecho de aliviar la mente de una acumulación de ideas, escribir sin pensar en otro objetivo que no sea verbalizar temas que preocupan. Es cierto que los noveles profesionales pueden experimentar, también, terror ante la página en blanco, pero éste desaparece con la práctica. Convirtiendo a la hoja en el depositario de las inquietudes que suelen ser comunes a redactor y lector.
Encontraremos en la obra información sobre los más variados aspectos de la profesión, desde las jerarquías en un diario, hasta los tipos de letra que deben emplearse en los títulos, sin olvidar útiles consejos acerca de la diagramación de los mismos. Laíño dedica este libro a los jóvenes que se inician en el periodismo, a los profesionales y al lector en general; su ensayo será apreciado –creemos- en diferente forma por quien lo lea. Mientras que los que se inician en la profesión podrán comprender la estructura y la dinámica de un diario, aquellos que ya las conocen se sentirán reflejados en las preocupaciones del autor. Tanto unos como otros encontrarán en las anécdotas relatadas, ejemplos claros y sumamente interesantes, a los que asoma a veces una nota de humor.
Es en suma, una obra que se cimenta en el deseo “de convertir al diario en una empresa de cultura”, en momentos en que los medios audiovisuales y la merma del poder adquisitivo atentan contra ello.
Néstor Tomás Auza (4) ha estudiado el periodismo escrito por mujeres en nuestro país. Partiendo de las primeras figuras del quehacer periodístico llegamos a la tercera década del presente siglo habiendo recorrido un camino largo y difícil. La sociedad no veía bien que una mujer escribiera; el propio Lucio V. Mansilla, hermano de Eduarda, decía que era mucho mejor para una dama conocer a la perfección, “científicamente”, las tareas propias de su sexo, a saber: coser, planchar y cocinar. Si el sostenía este argumento, ¿qué podía esperarse de personas de menor cultura?
Venciendo prejuicios, quitando horas al sueño, y después de haber atendido a la familia, la mujer podía escribir, y así se las arreglaron muchas personalidades extraordinarias para dividir su tiempo y dejarnos un legado interesantísimo, aunque o siempre fácil de ubicar.
Destaca el autor la actitud de ciertos diarios, entre los que se cuentan La Prensa y La Nación, que no se cerraron a los trabajos escritos por mujeres; esta apertura permite al ensayista inferir que no había más publicaciones femenina por la sencilla y exclusiva razón de que las mujeres hacían llegar pocos artículos a las redacciones.

Periodismo y literatura

Cabe mencionar el destacado lugar que el periodismo otorga a la literatura. Le Siecle inició la publicación de folletines, abriendo al camino de lo popular a Alejandro Dumas y Eugenio Sue, pero, independientemente del éxito del folletín, los diarios siempre contaron entre sus colaboradores a las figuras más importantes de las letras de su nación y de todo el mundo, al tiempo que dan espacio a las nuevas generaciones que buscan expresarse.
Joaquín Roy es el autor de ALA Periodismo y Literatura (5), obra en la que evoca la historia de la agencia fundada en 1948 por Joaquín Maurín Juliá, aragonés exiliado en los Estados Unidos. La idea surgió al comprobar que la mayoría de los diarios latinoamericanos y españoles tenían poco contenido de análisis; los artículos de este tenor que podían encontrarse estaban firmados por autores desconocidos. Estos dos factores diferenciaban a la prensa hispanoparlante de la norteamericana, que Maurín se propuso imitar.
Por falta de recursos –continúa Roy-, Maurín Juliá instaló la agencia en su propio departamento, con vistas al Hudson; cerca de allí vivían importantes intelectuales relacionados con la Universidad de Columbia, como Federico de Onís y García Lorca. Desde el inicio de su labor, Maurín se “desdobló” en dos personas: él mismo, Joaquín Maurín, representante del director, y J.M. Juliá, su jefe. De ese modo, daba una apariencia de organización que distaba mucho de ser verdadera. Pero eso no era todo...
Germán Arciniegas, primer colaborador de ALA, no tardó en advertir que la agencia contaba con sólo cinco columnistas: “un español, un gringo, un latino, un desconocido y yo”. Estos periodistas no eran otros que Maurín con seudónimo; a cada uno de estos personajes corresponden las firmas Maurín, Anderson, Mayo y Roy, respectivamente. Arciniegas fue, sin saberlo, cofundador de la empresa, ya que no se contaba con ninguna otra colaboración.
El aragonés deseaba un estilo definido para las publicaciones, testimonio de ello encontramos en la correspondencia que mantuvo con Juan Antonio Cabezas, periodista que comenzó a colaborar en ALA en 1954. En una carta fechada en julio de 1955, Maurín escribe a Cabezas estas líneas: “Es nuestro interés que usted siga colaborando con nosotros, y por eso, haciéndonos eco de nuestra experiencia, le invitamos a americanizar tanto como sea posible sus correspondencias, que a nosotros, personalmente, nos parecen admirables, pero que tienen que ser sometidas a la dura prueba de un público hecho a una manera especial de considerar el periodismo”.
Maurín buscaba que en cada artículo confluyeran tres características que consideraba básicas: “actualidad”, “basarse en hechos” y “dar la impresión al lector de estar ‘viajando’ a los lugares tratados por el autor”. Junto a este interés por el presente, por la vigencia del hecho, encontramos también la mirada hacia el pasado; en otra carta a su colaborador le aconseja lo siguiente: “De tanto en tanto, hay que buscar un pretexto –no falta nunca- para hacer revivir a las personas venerables del pasado: Galdós, Blasco Ibáñez, Palacio Valdés, Valle Inclán, etc”. En cuanto a los temas a tratar, Maurín rechazaba todos aquellos que parecieran parciales hacia un personaje o hacia una obra. Apreciaba, en cambio, notas sobre cuanto ocurriera en España de interés para el mundo y, especialmente, para Hispanoamérica.
Los colaboradores deseaban escribir para ALA, ya que esta participación les permitía ser más conocidos en el mundo hispánico y redondear sus ingresos. Entre los colaboradores más importantes de esta primera época de la agencia –que abarca hasta 1973, año en que muere su fundador-, encontramos a los españoles Ramón Gómez de la Serna, Salvador de Madariaga y Alejandro Casona y a los latinoamericanos Miguel Angel Asturias, Alfonso Reyes y Pablo Neruda.
Cuando Roy escribió su libro, la nómina de colaboradores incluía a personalidades de la talla de Julián Marías, Dardo Cúneo y Juan Goytisolo. Muchos de ellos no necesitaban la retribución pecuniaria, pero colaboraban con Maurín como una forma de contribuir a la ingente labor que llevaban a cabo. ALA funcionaba en ese entonces en Miami, luego de haber estado establecida en Puerto Rico, y su aporte a la comunicación de nuestro continente seguía siendo relevante; proveía de servicios a más de ciento cincuenta diarios y publicaciones periódicas de América y España.
Relacionado con el de la historia de la agencia, surge otro tema, que Joaquín Roy encara con el mismo interés: el de la literatura y su relación con el periodismo. Afirma Roy que consideramos “ensayo” a todos aquellos trabajos que, editados bajo la forma de volúmenes, podemos encontrar en las bibliotecas de las universidades. Será periodístico, en cambio, todo aquel material que, incluido en medios de comunicación masivos, consultaremos en hemerotecas. Esta distinción, arbitraria, pierde sentido cuando advertimos que ciertas páginas sufren una “transfiguración”; cotidianamente llegan a nuestras manos artículos publicados primitivamente en diarios y periódicos y que se reúnen, tiempo después, en libros.
Esta circunstancia hace que Roy se cuestione las relaciones entre literatura y periodismo. No se trata, obviamente, del periodismo informativo, pero sí del de “interpretación” o “explicación”, del que ALA fue precursora. Para abordar el tema, parte de la distinción aristotélica entre la función “patética” del lenguaje, que transparenta los sentimientos, las vivencias y las emociones, y la “noética”, que representa y comunica. Ambas se encuentran presentes en el periodismo que impulsó Maurín.
El ensayo –presentado en parte como cursillo a los alumnos de la Escuela de Periodismo y de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, en 1984- tiene –a criterio del autor- una doble función. En primer lugar, informa sobre el legado que la Agencia ALA hizo a la Universidad de Miami (todos sus archivos) y, en segunda instancia, aborda el tema de la literatura en relación con el periodismo. A criterio de Miguel Angel Diez, director de la organización en el momento en que se escribe el libro, la obra es un homenaje a la memoria de Maurín, al cumplirse un nuevo aniversario de la fundación de ALA, y honra también a los colaboradores, que tanto contribuyeron a la difusión de la cultura.
Alonso Zamora Vicente nació en Madrid en 1916. Fue lingüista, crítico y narrador, accedió a los claustros de diversas universidades españolas y americanas y miembro de la Real Academia Española. En 1969 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Miguel de Unamuno por su estudio “La realidad esperpéntica”, análisis de una obra de Ramón del Valle-Inclán; once años después, su narrativa fue galardonada con un premio de la misma magnitud, otorgado a su novela Mesa, sobremesa (6).
Su erudición no fue obstáculo para que desempeñara con asiduidad y maestría la tarea de ensayista en un diario porteño, desde tierra americana o desde su amada España. En 1948, Zamora Vicente fue nombrado director del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, cargo que desempeñó hasta 1953, año en que regresó a Europa. Por esa época se dedicó con entusiasmo a los estudios filológicos que tanto había impulsado en nuestro país Amado Alonso; paralelamente, se nutría de la relación con importantes literatos de nuestra tierra, como Mallea, Borges y Julio Cortázar.
Escuchemos, contado por él, cómo se produjo su acercamiento al periodismo: “¿Cómo empecé a escribir? Creo que, aparte de esos ensayitos deliciosamente inocentes de la adolescencia (a mí no me da reparo alguno hablar con lugares comunes), empecé realmente, en realidad de verdad, el día que, siendo profesor extraordinario en la Universidad de Buenos Aires, recibí una amable invitación de Eduardo Mallea para colaborar en el suplemento literario de “La Nación” (Mallea era entonces el director de esa sección). Es un suplemento, todos ustedes o saben, que se publica los domingos. Creo que esto ha condicionado mi trabajo posterior: estoy ya condenado a ser un escritor –o un crítico, me da o mismo- de domingo”.
Esta “condena” fue vivida con singular alegría por el académico, que se prodigó en artículos variados y emotivos. Sus trabajos fueron publicados muchos después, con el título de Suplemento Literario; rendía así homenaje a las páginas que los habían visto nacer y reivindicaba, quizás sin proponérselo, un género tantas veces denostado (7).
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Al alcance de un público mucho más vasto que el que accede a los libros, el periodismo difunde la literatura de los autores consagrados de distintas épocas, al tiempo que permite a quienes son menos conocidos dar a conocer obras que, quizás, hagan historia. 

Notas
1. Giovannini, Giovanni et al: Del pedernal al silicio Historia de los medios de comunicación masiva. Buenos Aires, Eudeba, 1987.
2. Torroba Bernaldo de Quirós, Felipe: La información y el periodismo. Buenos Aires, Eudeba, 1969. 
3. Laíño, Félix H.: Secretos del periodismo. Buenos Aires, Plus Ultra, 1987.
4. Auza, Néstor Tomás: Periodismo y feminismo en la Argentina (1830-1930). Buenos Aires, Emecé, 1988.
5. Varios autores: Enciclopedia Clarín. Buenos Aires, Visor, 1999.
6. Zamora Vicente, Alonso: Suplemento literario. Madrid, Espasa-Calpe, 1988. 
7. Roy, Joaquín: ALA Periodismo y literatura. Madrid, Hijos de E. Minuesa S.L., 1986.

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