jueves, 18 de enero de 1996

MIS DOS ABUELAS

100 AñOS DE HISTORIAS, por Nora Ayala. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. 

Nora Ayala evoca en Mis dos abuelas. 100 años de historias las vidas de Gerònima, su abuela criolla que vivìa en Misiones, y la de Christina, su abuela alemana que se estableciò en Trelew. 
Christina es una mujer con estudio que viaja a la Argentina contratada como ama de llaves en casa de un director de un banco de su paìs. Ya en Adroguè, provincia de Buenos Aires, conoce a un italiano con el que se casa. Habiendo nacido los hijos, el hombre decide que lo mejor es volver a su tierra, para vivir de rentas. No imaginaba que, para ello, deberìa dejar aquì a una de sus hijas, que no pudo embarcar a causa de una enfermedad. Cuando el hombre, dos años despuès, vuelve temporariamente a la Argentina, no es a la niña a quien lleva a Italia -como le habìa pedido su esposa-, sino al padre, deseoso de ver su pueblo. Se avecina la guerra y el italiano hace oìdos sordos a su mujer, quien insiste en que deben regresar, quien inisite en que deben regresar, aprovechando que los hijos –salvo la menor- son argentinos. 
Finalmente vuelve Christina, sin marido y con algunos de los hijos, ya que otros quedan trabajando y uno està preso por haberle pegado a un superior, durante una estadìa forzada en la milicia. Comienza entonces una vida nueva para la alemana, quien, utiliozando los conocimientos que traìa de su tierra, ademàs de su ingenio y esfuerzo, pone un negocio que prospera y se sobrepone a las dificultades. 
Si la abuela criolla era soberbia y dominante, la alemana –con un caràcter tan fuerte como el de su consuegra- era afable y comprensiva: “cada una en su tribu gozò de respeto y predicamento. En el caso de Christina, ademàs, de cariño; en el de Gerònima del Rosario, por què no, de temor”. 
Ayala narra en què circunstancias llegò a la Argentina su abuela, en 1891: “Un aviso en el Bremer Zeitung en el que se solicitaba una ama de llaves dispuesta a viajar a Buenos Aires, la habìa conectado con herr Jantzen y su esposa, que irìan a instalarse en un remoto paìs sudamericano llamado Argentina. El caballero iba como gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban su esposa y sus tres pequeños hijos”. 
Se despide de su familia y de su tierra, a la que tardarìa años en regresar: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba fuertemente la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le habìa regalado al despedirse. Ya no se veìan las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos”. 
Otros alemanes tambièn viajaban hacia ese paìs desconocido. El ingeniero Walter Rathhof, afincado en el litoral, recuerda: “ ‘¿Còmo vine a parar acà? Hace tres meses ni sabìa que existìa este lugar. ¡Misiones!’ Apenas si habìa visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania no conocìa a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo, pero bastò una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...) Allà era un ingeniero màs, sin mucha experiencia entre tantos otros, en cambio acà estaba todo por hacer ¡Y justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendrìa que hacer puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado màs atenciòn a aquel viejo profesor que siempre hablaba de los de la India y de la China. Despuès de todo, los que tendrìa que hacer acà tendrìan màs en comùn con esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la facultad. Ademàs, habìa que hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medìan las distancias en tiempo: dos dìas de barco, un dìa de a caballo”. 
Para comunicarse en la nueva tierra, debìa aprender el idioma: “Tres meses estudiando español. Por suerte en el viaje habìa un valenciano que le sirviò de involuntario profesor y lo llamaba ‘el alemàn del diccionario’. Pero lo importante era que se hacìa entender y comprendìa bastante. Y a la fuerza, porque hasta ahora no habìa encontrado a nadie que hablara alemàn”. 
En Italia tambièn se hablaba de la posibilidad de emigrar: “El tìo de Luigi habìa estado en Amèrica, donde habìa muchos italianos, todos ricos, por lo menos para los paràmetros del paese y cuando volvìa a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba a amigos y parientes con los relatos de esos mundos lejanos y maravillosos. La vida de los contadini era penosa y se trabajaba de lunes a lunes, sin ninguna esperanza de cambio, solamente para comer”. 
Pero la lejanìa se hace sentir en quienes dejaron la penìnsula: “¡Bagnasco! Nunca hubiera creìdo que extrañarìa tanto ese pueblo contra el que tanto habìa despotricado, las tardes con Franco y Luigi mojando los anzuelos en el Tanaro mientras soñaban con tierras lejanas, aventuras, ciudades, fortunas”. 
Los criollos eran prejuiciosos con los inmigrantes: “Nosotros no vinimos a matarnos el hambre como los gringos, estuvimos siempre acà...”, afirma la abuela Gerònima. 
La discriminaciòn se evidencia al vender una propiedad en Misiones. La casa del Tata “fue comprada por una familia turca, aunque Gerònima hubiera preferido que no cayera en manos extranjeras, pero ellos fueron los que pagaron y no habìa nada que hacer”. Al poco tiempo, comienza a correr el rumor de que los turcos habìan encontrado en el fondo de la casa un cofre lleno de monedas de oro; para esa època, los inmigrantes instalan una importante tienda. El prejuicio aparece nuevamente: “Teniendo en cuenta que los turcos que habìan llegado al paìs poco tiempo antes, si bien eran gente trabajadora y honesta (a pesar de ser extranjeros) no podìan tener dinero como para hacer semejante inversiòn, el rumor tenìa visos de realidad”. 
Los inmigrantes tambièn tenìan sus prejuicios. Dice una italiana, acerca de su hija: “Matilde, casada lamentablemente con un criollo”. Otro italiano, referièndose al pretendiente de su hija, “dijo sin vueltas que los criollos eran todos haraganes y que no querìa a ninguno en su familia, con lo cual Samuel quedaba automàticamente excluido”. 
Un criollo era discriminado en el trabajo. Samuel estaba empleado en una empresa alemana: “al principio estuvo muy contento hasta que se dio cuenta de que los alemanes discriminaban a favor de los compatriotas en el momento de los ascensos”. 
La religiòn era otro de los motivos de discriminaciòn, esta vez entre una inmigrante italiana y su futura nuera, alemana: “La señora Irene era muy catòlica, de comuniòn diaria y colaboraba con el pàrroco en las labores sociales de Adroguè. El hecho de que Christina fuera protestante no contribuyò a facilitar las cosas”. 
Para muchos inmigrantes, la estadìa en Amèrica era temporaria: “No sabìa còmo habìa empezado a planear el viaje. Al principio habìa sido una idea sin forma: ver la casa de piedra donde habìa vivido su primer año de vida, visitar esos tìos y primos que no conocìa, ver el castillo del Conde de Bagnasco que le daba nombre al pueblo, que tantas maravillas debìa encerrar, aunque nadie de los Gemesio lo hubiera visto por dentro, gozar de ese clima seco y predecible, de ese aire puro que curarìa su asma, y lentamente, por què no, la idea de comprar una casa, la màs linda del pueblo y vivir allì con Christina y los hijos, respetado y envidiado por todo el peublo, sin trabajar, como rentista con el dinero que le mandaran de Argentina. La vida en Bagnasco era barata, bien podìa hacer realidad su sueño”. 
Pero a veces, para volver a Europa, tenìan que hacer sacrificios inmensos. Christina tuvo que dejar a su pequeña hija en la Argentina, cuando viajò a Italia con su marido y los demàs hijos. Al someterse a la revisaciòn indispensable para viajar, el mèdico dice: “¡Esta criatura tiene fiebre!- y le sacò la gorrita, y cuando vio los granos exclamò: -¡Esta niña no puede viajar!”. 
A pesar de la tremenda angustia de su madre, “quedò Elenita, que sòlo tenìa tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a travès de las làgrimas veìa empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez mirò a su marido con rencor”. 
Ayala nos habla de los oficios que desempeñaban los inmigrantes de distintas nacionalidades. Christina fue ama de llaves, luego repostera y empresaria. Walter era ingeniero. Uno de los hijos de Gerònima era “asistido por una sirvienta gallega que estaba ahorrando hasta el ùltimo centavo para traer a su familia”. Un inmigrante, carnicero, cuenta que “era soltero, que habìa nacido en Italia pero que habìa venido cuando era muy pequeño, que le gustaba la mùsica y la habìa invitado al Teatro Colòn”. 
Tambièn disfrutaban de la mùsica inmigrantes y criollos, en Misiones: “Por las noches, despuès de cenar, los martes y viernes en lo de Rathhof se hacìa mùsica. Venìa herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di Matteo con su violìn, Walter arrimaba su propio viloncello y rodeaban el piano de Zaida, dedicàndose a hacer mùsica durante un poco màs de una hora”. 
“La radio era el entretenimiento de muchos. Recuerda Nora: “Por fin llegò papà de vuelta de Sacanana, lleno de regalos y novedades: para mì un triciclo y para Chichìn una muñeca negra, y para todos la ùltima novedad de la ciencia que era una radio en forma de capilla, que no se oìa muy bien pero transmitìa mùsica con mucha descarga y estàtica y programas chilenos. Allì escuchamos la noticia de la muerte de Gardel, que entristeciò mucho a los mayores. Ñanquetrù no se podìa convencer de que no hubiera alguien, tal vez, enanitos, adentro dela radio, y aunque papà quiso explicarle lo delas ondas hertzianas, nadie lo pudo convencer de que no era gualicho”. 
. Las tradiciones culinarias de otros paìses son evocadas en esta obra. Por ejemplo, la comida de los oriundos de Bagnasco, vista por una alemana: “El almuerzo fue muy a la italiana, con comidas que nunca habìa probado pero que le encantaron: ravioli al tuco, carne a la cacerola y tutti frutti con sabayon de postre”. 
En estas pàginas està presente, asimismo, el recuerdo de la guerra, en la que un argentino se ve obligado a participar. Ya en Amèrica nuevamente, el joven, hijo de italiano y alemana, “Tenìa hàbitos realmente originales: festejaba su cumpleaños con los presos de la càrcel de Posadas, para lo cual preguntaba cuàntos eran y compraba igual nùmero de paquetes de cigarrillos, màs el suficiente helado como para que todos tuvieran uno bien grande. Decìa: -Es una promesa que hice cuando cumplì años en prisiòn durante la guerra. –Y lo cumpliò mientras viviò”. 
La historia de estas dos abuelas permite a Ayala realizar un cuadro costumbrista de una època de la Argentina, a la que evoca a travès de los relatos familiares y de su propia rememoraciòn.

No hay comentarios:

Publicar un comentario