miércoles, 17 de enero de 1996

EL ANGEL DEL CAPITAN

Biografía del capitán croata Miro Kovacic, por Chuny Anzorreguy. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 

Chuny Anzorreguy escribió El ángel del capitán (1) -su tercer libro-, en el que narra la “historia real del capitán croata Miro Kovacic, en un periplo militar heroico y en su lucha por afirmar su nacionalidad. El amor a la patria revela aquí muchas claves del laberinto balcánico y aclara situaciones que afectan al orden mundial, todo en la versión personalísima de un hombre fuera de lo común”, emigrado a la Argentina a mediados del siglo pasado. 
Sobre esta obra y las que le precedieron, escribió Eduardo Gudiño Kieffer: “En sus libros anteriores –dos novelas apasionantes- Chuny Anzorreguy supo conjugar muy bien las técnicas narrativas con la imaginación y la realidad, por evasiva que ésta sea. Se reveló como una mujer sensible y observadora, capaz de desplegar el don poético sin cortar las alas del ‘angel’ de la gracia. Hace volar aquí a otro ángel –el del capitán-, en el género biográfico, que no había abordado hasta ahora. Y lo hace con una disciplina admirable, ajustándose a circunstancias que no son las de ella y que al mismo tiempo lo son: siempre el autor se convierte en personaje, así como el personaje ‘es’, de algún modo, parte del autor” (2). 
La escritora presenta la biografía como un relato narrado por el propio capitán. Varios propósitos llevan al protagonista a contar su historia. Primeramente afirma: “tengo la ilusión de que en el futuro, quizás cuando yo ya no esté, mis nietos, o alguno de ellos, o ¿por qué no?, los nietos de otros abuelos puedan encontrar en estas páginas la respuesta que no encuentran ante alguna nueva situación que se les presente que los llene de dudas. Porque las respuestas siempre son las mismas, universales y eternas, aunque el tiempo pase y las épocas cambien”. 
“Además –continúa-, me he encontrado más de una vez con descendientes de croatas que no conocen la historia de nuestro pueblo, de sus raíces. Que no saben nada de su espíritu, de su idiosincrasia, de sus costumbres, de su esencia, de su fervor, de su lucha, de todo aquello que fue gestando su ser. Porque cada persona es quien es por su nacimiento, por su educación, por las circunstancias que le tocaron vivir, y por toda la historia genética y ancestral que lleva en sí como una mochila interior de la que no se puede despegar, a la que no puede olvidar en ningún lado y seguir viaje"”
“Por otra parte -agrega-, “Pretendo que sea un canto a la esperanza, a la fuerza dedicada a la defensa de los principios, a la fe, a la firmeza en las decisiones, a la pasión, a la lealtad y ante todo y sobre todo, al amor”. Y desea “también que este libro sea un homenaje a mi ángel, a su ángel y a todos los ángeles del cielo y de la tierra que están encerrados en cada niño y en cada ser que sufre hambre, que sufre por las guerras que necesitan hacer ciertos hombres para sobrevivir. Fueran aquellos (los niños y los seres) del color que fueren y vivan en el lugar que vivan”. 
Kovacic, nacido en 1914, evoca con nostalgia su niñez: “Vivíamos entonces en un departamento alquilado de tres ambientes en un edificio interior de la calle principal de Zagreb, (antes lo habíamos hecho en la ciudad de Pula, de donde era oriunda mi madre). La calle se llamaba Illica... Veintidós o treinta y dos, segundo piso. Es notable cómo uno puede recordar si se esfuerza un poco cosas que pasaron en un pasado tan remoto. Aunque, por supuesto, de esta época sólo pequeños momentos han quedado guardados en mi memoria”. 
En 1921, dejan el centro de la ciudad y se mudan “a un departamento muy amplio situado en el Complejo de la Central Eléctrica. Era un predio cerrado, con grandes extensiones verdes a su alrededor, y canchas para practicar todos los deportes. La usina está situada en los suburbios. Pero estos no quedaban muy lejos del centro. En realidad, Zagreb era entonces una ciudad pequeña, creo que no tenía más de 150.000 habitantes. Todo quedaba más o menos cerca. Por otra parte los tranvías, y más tarde los autobuses, funcionaban bien y uno se trasladaba fácilmente de un lugar a otro. Pero de todas maneras nuestro mejor medio de locomoción eran las piernas. ¡Y las usábamos! ¡Vaya si las usábamos!”. 
Allí podían “correr a campo abierto, hacer deportes, respirar aire puro y treparse a los árboles como nadie. Esta es una gran práctica para el futuro: uno aprende a mirar el mundo y a los problemas desde la copa, desde lo alto. Desde allí todo se ve más pequeño, como ajeno, y por lo tanto más claro. Comíamos las verduras de nuestra propia huerta, privilegio que más bien era a menudo una tortura. Por ejemplo cuando debíamos o debíamos, (allí no había facultad de elección), comer los guisos de hortalizas hechos por nuestra madre, so pena de recibir sonoras bofetadas. Pobre mamá, los haría con mucho amor, seguramente, pero eran espantosos. Siento aún en el paladar el choque con los pastos de uno y otro tipo que teníamos que tragarnos y recuerdo... La huerta... los árboles frutales... Puedo memorizarlos con exactitud: tres durazneros, dos perales, uno de ciruelas grandes y un enorme y viejo nogal. Las peras eran malas, pero las ciruelas... mmmm... exquisitas”. 
Agradece la educación que le dio su madre: “En el andar de los años no hay dudas de que me ayudó mucho aquella formación libre, sin ataduras, sin sobreprotección, como un pájaro de largas alas. Aquel correr por las praderas de Croacia me dio además este amor por mi tierra, esta sensación de tener allí clavadas y enterradas profundamente mis raíces, aunque mi alma, mi corazón y mis sentimientos hayan aprendido a vagar por estos lares”. 
Padeció la guerra en su país de origen, ya desde pequeño. “Cierro los ojos y trato de llegar a mis primeros recuerdos –dice el protagonista. Domina la escena el rostro de mi madre porque eran tiempos de guerra, y papá, oficial de la Marina, sólo vino en aquel entonces dos o tres veces a vernos: Era un hombre de fuerte contextura física, tanta que cuando ocurrió el hundimiento del crucero A-Uro ‘Szent Isztvan’ en el año 1917, en las aguas del mar Adriático, fue uno de los pocos sobrevivientes que llegó sano y salvo hasta la costa. Había nadado durante cuatro horas”. 
Reflexiona sobre la situación de su madre, sola con los hijos: “Ahora pienso que debió sentirse sola muchas veces en esos tiempos esa mujer que entonces nos parecía omnipotente. Habrá sido difícil para ella seguramente dirigir la familia en aquellos días de peligro y de incertidumbre, pero no nos lo hizo sentir. Aunque trate, no recuerdo haberla visto con aspecto de vencida o de agotada, o simplemente derramando alguna lágrima”. 
Años después, a él le toca luchar. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar. Bicho diffícil e impenetrable el ser humano. He visto a compañeros jugar su pellejo por salvar al amigo, he visto a soldados alzar, sacando fuerzas de donde no tenían, a otro que caía exhausto y llevarlo a la rastra o sobre los hombros bajo el juego enemigo. Jugarse la vida por uno o arrebatársela a otro sin piedad. El lobo y el cordero unidos en un saco irreversible que puede resultar inexplicable para quien no lo ha visto con sus propios ojos. El horror crea una liaison irrompible que quizás pueda explicarse en aquella frase borgeana ‘no los une el amor sino el espanto’ ”. 
Dos opciones se presentan ante él: “Al comenzar nuevamente mi rutina de todos los días, comencé a averiguar los trámites necesarios para emigrar a Canadá o a Estados Unidos, pero me encontré con que conseguir el aval para entrar a USA era más que complicado. Creo que era un filtro que usaban para no dejar entrar a gente comprometida política o militarmente. Para entrar a Canadá, en cambio, no había filtros. Se trataba de un país muy extenso, que necesitaba inmigración, pero sin embargo, los trámites eran muy complicados. Además todos ellos debían hacerse en Roma donde estos países tenían sus consulados. Es verdad que había gestores que llevaban a cabo y cumplimentaban todo el papeleo, gente con muchos contactos en las embajadas y muy importante en estos casos, pero para todo era necesaria la visa, el papel mágico, el abracadabra que abría puertas y yo no la tenía”. 
Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método. Allí se entera de que “Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que las necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. La esposa le dice que no conoce nada sobre la Argentina. Miro le contesta: “Yo tampoco, pero dentro de poco la vamos a conocer como si hubiéramos nacido allí. Hay que juntar toda la bibliografía que exista sobre ella en Trieste. Va a ser nuestro hogar, nuestro refugio”. 
Años después, al recordar aquellos momentos, escribe: “Nunca imaginé que fuera cierto lo que estaba diciendo con más optimismo que conocimientos. Aquella frase fue premonitoria”. Cuanto más se informan, más se entusiasman: “A poco que empezamos a averiguar nos enteramos de que se trataba de un país inmenso y con un gran potencial económico. Uno de los pocos en el mundo en aquel momento. Pensé que era nuestra oportunidad. Una nación rica y donde todo se estaba por hacer. ¿Qué más quería yo? Tenía dos manos fuertes y la decisión inquebrantable de salir adelante, de escapar de aquella Europa. Vieja dama que se empeñaba en ahogarme, en encerrarme y asfixiarme impidiéndome la salida al éxito. A la verdadera liberación”. 
A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al Sol”. Luego, la travesía marítima: “El viaje en barco fue agradable. Sabíamos que el país al cual nos dirigíamos era próspero y rico y teníamos mucha fe en nosotros mismos”. 
Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne” 
A pesar del optimismo, el primer tiempo “fue difícil. Sin amigos, sin nada en el bolsillo. Otra vez recomenzar. Lo había hecho antes. También al llegar a Trieste tuve la misma sensación, la de ser sólo la corteza de un ser humano que debía armar todo, tomar el pico y la pala y empezar a construir. Trabajo, la pertenencia a un grupo, una casa... Por dónde empezar. Una sensación de ardor cerca del corazón me decía que por primera vez sentía miedo. Sí. Debía ser miedo esa especie de dolor”. 
Al llegar a Buenos Aires, encuentran un hospedaje que fue providencial para generaciones de emigrantes: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies. Y hablábamos sin parar, señalándonos todo aquello que nos llamaba la atención. Esta ciudad no nos parecía hostil ni agresiva. Desconocida sí. Pero sin perfume de peligro”. 
Elena Duplancic explica el por qué de la presencia de exiliados como Kovacic: “Argentina abrió la inmigración en forma menos restrictiva. De modo que la gran mayoría de los exiliados croatas de la segunda guerra mundial se dirigieron a Buenos Aires. Allí eran recibidos en el famoso Hotel de Inmigrantes en la zona del puerto y pronto lograban insertarse en la sociedad huésped”. No eran inmigrantes, ni venían por las mismas razones: “Este grupo de exiliados se caracterizó por ser, en general, de una preparación intelectual y profesional que pronto los distinguió de los descendientes de inmigrantes más antiguos ya asentados en la Argentina a comienzos de siglo, por razones económicas. Las razones de su exilio los reunieron en actividades relacionadas con lo religioso, lo político y lo cultural” (3) 
Se daban cuenta de que, sin saber castellano, no podrían trabajar. “Primero debíamos aprender el idioma. Habiendo ya aprendido más o menos el italiano, la cosa se nos iba a hacer más fácil. Así fue. En poco tiempo podía comunicarme en un castellano bastante pasable” 
Lo siguiente era conseguir un departamento. Cuando lo hallan, el capitán dice al propietario italiano, que le solicita un garante del alquiler: “Escúcheme. Acabamos de llegar de Europa. No conozco a nadie. No tengo nada. Nada más que mi honor, que para mí es mucho. Usted alquíleme el departamento y yo le aseguro que a fin de mes va a recibir el pago, aunque tenga que matarme para conseguirlo. Crea en mí”. 
El protagonista recuerda sus impresiones de aquellos días: “Lo que más nos llamaba la atención en la Argentina era la abundancia. Todo era excesivo. Mirábamos comer a la gente en los restaurantes. No lo podíamos creer. Esos bifes enormes. Este país, para alguien que venía de la guerra, era... ¡un parque de diversiones!”. 
El militar con estudios universitarios de economía y su esposa, graduada en pedagogía, trabajaron de lo que pudieron, y compartieron con una pareja amiga un departamento de tres ambientes: “Trabajé. Trabajamos sin descanso. Mi mujer de costurera. Yo hice varias cosas. Siempre un paso arriba del otro. Fui subiendo escalón tras escalón. (...) Nos divertíamos. Eramos tan jóvenes. Teníamos tantas ansias de vivir y pasarla bien... Por supuesto, era una vida de bohemia, con mucho espíritu y poca plata. Linda. Muy linda”. 
Con el tiempo, la situación mejora: “Fueron naciendo los hijos. Primero Danimiro, después Vesna. Mía fue una madrecita para ellos, que la adoraban. Y tuve, como en nuestros mejores sueños, mi propia empresa. Que llegó a ser importante. Hoy la dirige mi hijo mayor. Puedo decir que triunfé. Aleluya”. 
Sin embargo, en su ancianidad, recuerda los platos navideños, los “que, sobre todo, tienen para mí gusto a infancia, a un pasado remoto que, a pesar de todos los horrores vividos, de todas las cosas que me han ido pasando en estos largos años, mantengo intacto en mi mente”. Evoca asimismo las canciones: “En el silencio de la noche hoy, acá, en mi casa de la Argentina, junto a Nada, muchos, muchos años después, las escucho nuevamente. Son voces que vienen desde muy lejos, atravesando la barrera de los tiempos”. 
El pensamiento final es, una vez más, para su tierra: “Este cuento ha terminado. Pero no la historia de Croacia. Espero irme de este mundo después de ver a mi tierra viviendo en paz, definitivamente. Amén”. 
El libro de Anzorreguy, minuciosa y profusamente documentado, nos permite conocer a una personalidad relevante, y a un pueblo que brindó su aporte al “mosaico de colectividades” que es hoy la Argentina. 

Notas 
1. Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 
2. Gudiño Kieffer, Eduardo: en Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 
3. Duplancic de Elgueta, Elena: “Literatura de exilio como memoria cultural. El caso de los croatas en la Argentina”, en Studia Croatica. Año 1998. N° 137.

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