jueves, 18 de enero de 1996

MIS DOS ABUELAS

100 AñOS DE HISTORIAS, por Nora Ayala. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. 

Nora Ayala evoca en Mis dos abuelas. 100 años de historias las vidas de Gerònima, su abuela criolla que vivìa en Misiones, y la de Christina, su abuela alemana que se estableciò en Trelew. 
Christina es una mujer con estudio que viaja a la Argentina contratada como ama de llaves en casa de un director de un banco de su paìs. Ya en Adroguè, provincia de Buenos Aires, conoce a un italiano con el que se casa. Habiendo nacido los hijos, el hombre decide que lo mejor es volver a su tierra, para vivir de rentas. No imaginaba que, para ello, deberìa dejar aquì a una de sus hijas, que no pudo embarcar a causa de una enfermedad. Cuando el hombre, dos años despuès, vuelve temporariamente a la Argentina, no es a la niña a quien lleva a Italia -como le habìa pedido su esposa-, sino al padre, deseoso de ver su pueblo. Se avecina la guerra y el italiano hace oìdos sordos a su mujer, quien insiste en que deben regresar, quien inisite en que deben regresar, aprovechando que los hijos –salvo la menor- son argentinos. 
Finalmente vuelve Christina, sin marido y con algunos de los hijos, ya que otros quedan trabajando y uno està preso por haberle pegado a un superior, durante una estadìa forzada en la milicia. Comienza entonces una vida nueva para la alemana, quien, utiliozando los conocimientos que traìa de su tierra, ademàs de su ingenio y esfuerzo, pone un negocio que prospera y se sobrepone a las dificultades. 
Si la abuela criolla era soberbia y dominante, la alemana –con un caràcter tan fuerte como el de su consuegra- era afable y comprensiva: “cada una en su tribu gozò de respeto y predicamento. En el caso de Christina, ademàs, de cariño; en el de Gerònima del Rosario, por què no, de temor”. 
Ayala narra en què circunstancias llegò a la Argentina su abuela, en 1891: “Un aviso en el Bremer Zeitung en el que se solicitaba una ama de llaves dispuesta a viajar a Buenos Aires, la habìa conectado con herr Jantzen y su esposa, que irìan a instalarse en un remoto paìs sudamericano llamado Argentina. El caballero iba como gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban su esposa y sus tres pequeños hijos”. 
Se despide de su familia y de su tierra, a la que tardarìa años en regresar: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba fuertemente la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le habìa regalado al despedirse. Ya no se veìan las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos”. 
Otros alemanes tambièn viajaban hacia ese paìs desconocido. El ingeniero Walter Rathhof, afincado en el litoral, recuerda: “ ‘¿Còmo vine a parar acà? Hace tres meses ni sabìa que existìa este lugar. ¡Misiones!’ Apenas si habìa visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania no conocìa a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo, pero bastò una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...) Allà era un ingeniero màs, sin mucha experiencia entre tantos otros, en cambio acà estaba todo por hacer ¡Y justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendrìa que hacer puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado màs atenciòn a aquel viejo profesor que siempre hablaba de los de la India y de la China. Despuès de todo, los que tendrìa que hacer acà tendrìan màs en comùn con esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la facultad. Ademàs, habìa que hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medìan las distancias en tiempo: dos dìas de barco, un dìa de a caballo”. 
Para comunicarse en la nueva tierra, debìa aprender el idioma: “Tres meses estudiando español. Por suerte en el viaje habìa un valenciano que le sirviò de involuntario profesor y lo llamaba ‘el alemàn del diccionario’. Pero lo importante era que se hacìa entender y comprendìa bastante. Y a la fuerza, porque hasta ahora no habìa encontrado a nadie que hablara alemàn”. 
En Italia tambièn se hablaba de la posibilidad de emigrar: “El tìo de Luigi habìa estado en Amèrica, donde habìa muchos italianos, todos ricos, por lo menos para los paràmetros del paese y cuando volvìa a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba a amigos y parientes con los relatos de esos mundos lejanos y maravillosos. La vida de los contadini era penosa y se trabajaba de lunes a lunes, sin ninguna esperanza de cambio, solamente para comer”. 
Pero la lejanìa se hace sentir en quienes dejaron la penìnsula: “¡Bagnasco! Nunca hubiera creìdo que extrañarìa tanto ese pueblo contra el que tanto habìa despotricado, las tardes con Franco y Luigi mojando los anzuelos en el Tanaro mientras soñaban con tierras lejanas, aventuras, ciudades, fortunas”. 
Los criollos eran prejuiciosos con los inmigrantes: “Nosotros no vinimos a matarnos el hambre como los gringos, estuvimos siempre acà...”, afirma la abuela Gerònima. 
La discriminaciòn se evidencia al vender una propiedad en Misiones. La casa del Tata “fue comprada por una familia turca, aunque Gerònima hubiera preferido que no cayera en manos extranjeras, pero ellos fueron los que pagaron y no habìa nada que hacer”. Al poco tiempo, comienza a correr el rumor de que los turcos habìan encontrado en el fondo de la casa un cofre lleno de monedas de oro; para esa època, los inmigrantes instalan una importante tienda. El prejuicio aparece nuevamente: “Teniendo en cuenta que los turcos que habìan llegado al paìs poco tiempo antes, si bien eran gente trabajadora y honesta (a pesar de ser extranjeros) no podìan tener dinero como para hacer semejante inversiòn, el rumor tenìa visos de realidad”. 
Los inmigrantes tambièn tenìan sus prejuicios. Dice una italiana, acerca de su hija: “Matilde, casada lamentablemente con un criollo”. Otro italiano, referièndose al pretendiente de su hija, “dijo sin vueltas que los criollos eran todos haraganes y que no querìa a ninguno en su familia, con lo cual Samuel quedaba automàticamente excluido”. 
Un criollo era discriminado en el trabajo. Samuel estaba empleado en una empresa alemana: “al principio estuvo muy contento hasta que se dio cuenta de que los alemanes discriminaban a favor de los compatriotas en el momento de los ascensos”. 
La religiòn era otro de los motivos de discriminaciòn, esta vez entre una inmigrante italiana y su futura nuera, alemana: “La señora Irene era muy catòlica, de comuniòn diaria y colaboraba con el pàrroco en las labores sociales de Adroguè. El hecho de que Christina fuera protestante no contribuyò a facilitar las cosas”. 
Para muchos inmigrantes, la estadìa en Amèrica era temporaria: “No sabìa còmo habìa empezado a planear el viaje. Al principio habìa sido una idea sin forma: ver la casa de piedra donde habìa vivido su primer año de vida, visitar esos tìos y primos que no conocìa, ver el castillo del Conde de Bagnasco que le daba nombre al pueblo, que tantas maravillas debìa encerrar, aunque nadie de los Gemesio lo hubiera visto por dentro, gozar de ese clima seco y predecible, de ese aire puro que curarìa su asma, y lentamente, por què no, la idea de comprar una casa, la màs linda del pueblo y vivir allì con Christina y los hijos, respetado y envidiado por todo el peublo, sin trabajar, como rentista con el dinero que le mandaran de Argentina. La vida en Bagnasco era barata, bien podìa hacer realidad su sueño”. 
Pero a veces, para volver a Europa, tenìan que hacer sacrificios inmensos. Christina tuvo que dejar a su pequeña hija en la Argentina, cuando viajò a Italia con su marido y los demàs hijos. Al someterse a la revisaciòn indispensable para viajar, el mèdico dice: “¡Esta criatura tiene fiebre!- y le sacò la gorrita, y cuando vio los granos exclamò: -¡Esta niña no puede viajar!”. 
A pesar de la tremenda angustia de su madre, “quedò Elenita, que sòlo tenìa tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a travès de las làgrimas veìa empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez mirò a su marido con rencor”. 
Ayala nos habla de los oficios que desempeñaban los inmigrantes de distintas nacionalidades. Christina fue ama de llaves, luego repostera y empresaria. Walter era ingeniero. Uno de los hijos de Gerònima era “asistido por una sirvienta gallega que estaba ahorrando hasta el ùltimo centavo para traer a su familia”. Un inmigrante, carnicero, cuenta que “era soltero, que habìa nacido en Italia pero que habìa venido cuando era muy pequeño, que le gustaba la mùsica y la habìa invitado al Teatro Colòn”. 
Tambièn disfrutaban de la mùsica inmigrantes y criollos, en Misiones: “Por las noches, despuès de cenar, los martes y viernes en lo de Rathhof se hacìa mùsica. Venìa herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di Matteo con su violìn, Walter arrimaba su propio viloncello y rodeaban el piano de Zaida, dedicàndose a hacer mùsica durante un poco màs de una hora”. 
“La radio era el entretenimiento de muchos. Recuerda Nora: “Por fin llegò papà de vuelta de Sacanana, lleno de regalos y novedades: para mì un triciclo y para Chichìn una muñeca negra, y para todos la ùltima novedad de la ciencia que era una radio en forma de capilla, que no se oìa muy bien pero transmitìa mùsica con mucha descarga y estàtica y programas chilenos. Allì escuchamos la noticia de la muerte de Gardel, que entristeciò mucho a los mayores. Ñanquetrù no se podìa convencer de que no hubiera alguien, tal vez, enanitos, adentro dela radio, y aunque papà quiso explicarle lo delas ondas hertzianas, nadie lo pudo convencer de que no era gualicho”. 
. Las tradiciones culinarias de otros paìses son evocadas en esta obra. Por ejemplo, la comida de los oriundos de Bagnasco, vista por una alemana: “El almuerzo fue muy a la italiana, con comidas que nunca habìa probado pero que le encantaron: ravioli al tuco, carne a la cacerola y tutti frutti con sabayon de postre”. 
En estas pàginas està presente, asimismo, el recuerdo de la guerra, en la que un argentino se ve obligado a participar. Ya en Amèrica nuevamente, el joven, hijo de italiano y alemana, “Tenìa hàbitos realmente originales: festejaba su cumpleaños con los presos de la càrcel de Posadas, para lo cual preguntaba cuàntos eran y compraba igual nùmero de paquetes de cigarrillos, màs el suficiente helado como para que todos tuvieran uno bien grande. Decìa: -Es una promesa que hice cuando cumplì años en prisiòn durante la guerra. –Y lo cumpliò mientras viviò”. 
La historia de estas dos abuelas permite a Ayala realizar un cuadro costumbrista de una època de la Argentina, a la que evoca a travès de los relatos familiares y de su propia rememoraciòn.

miércoles, 17 de enero de 1996

EL ANGEL DEL CAPITAN

Biografía del capitán croata Miro Kovacic, por Chuny Anzorreguy. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 

Chuny Anzorreguy escribió El ángel del capitán (1) -su tercer libro-, en el que narra la “historia real del capitán croata Miro Kovacic, en un periplo militar heroico y en su lucha por afirmar su nacionalidad. El amor a la patria revela aquí muchas claves del laberinto balcánico y aclara situaciones que afectan al orden mundial, todo en la versión personalísima de un hombre fuera de lo común”, emigrado a la Argentina a mediados del siglo pasado. 
Sobre esta obra y las que le precedieron, escribió Eduardo Gudiño Kieffer: “En sus libros anteriores –dos novelas apasionantes- Chuny Anzorreguy supo conjugar muy bien las técnicas narrativas con la imaginación y la realidad, por evasiva que ésta sea. Se reveló como una mujer sensible y observadora, capaz de desplegar el don poético sin cortar las alas del ‘angel’ de la gracia. Hace volar aquí a otro ángel –el del capitán-, en el género biográfico, que no había abordado hasta ahora. Y lo hace con una disciplina admirable, ajustándose a circunstancias que no son las de ella y que al mismo tiempo lo son: siempre el autor se convierte en personaje, así como el personaje ‘es’, de algún modo, parte del autor” (2). 
La escritora presenta la biografía como un relato narrado por el propio capitán. Varios propósitos llevan al protagonista a contar su historia. Primeramente afirma: “tengo la ilusión de que en el futuro, quizás cuando yo ya no esté, mis nietos, o alguno de ellos, o ¿por qué no?, los nietos de otros abuelos puedan encontrar en estas páginas la respuesta que no encuentran ante alguna nueva situación que se les presente que los llene de dudas. Porque las respuestas siempre son las mismas, universales y eternas, aunque el tiempo pase y las épocas cambien”. 
“Además –continúa-, me he encontrado más de una vez con descendientes de croatas que no conocen la historia de nuestro pueblo, de sus raíces. Que no saben nada de su espíritu, de su idiosincrasia, de sus costumbres, de su esencia, de su fervor, de su lucha, de todo aquello que fue gestando su ser. Porque cada persona es quien es por su nacimiento, por su educación, por las circunstancias que le tocaron vivir, y por toda la historia genética y ancestral que lleva en sí como una mochila interior de la que no se puede despegar, a la que no puede olvidar en ningún lado y seguir viaje"”
“Por otra parte -agrega-, “Pretendo que sea un canto a la esperanza, a la fuerza dedicada a la defensa de los principios, a la fe, a la firmeza en las decisiones, a la pasión, a la lealtad y ante todo y sobre todo, al amor”. Y desea “también que este libro sea un homenaje a mi ángel, a su ángel y a todos los ángeles del cielo y de la tierra que están encerrados en cada niño y en cada ser que sufre hambre, que sufre por las guerras que necesitan hacer ciertos hombres para sobrevivir. Fueran aquellos (los niños y los seres) del color que fueren y vivan en el lugar que vivan”. 
Kovacic, nacido en 1914, evoca con nostalgia su niñez: “Vivíamos entonces en un departamento alquilado de tres ambientes en un edificio interior de la calle principal de Zagreb, (antes lo habíamos hecho en la ciudad de Pula, de donde era oriunda mi madre). La calle se llamaba Illica... Veintidós o treinta y dos, segundo piso. Es notable cómo uno puede recordar si se esfuerza un poco cosas que pasaron en un pasado tan remoto. Aunque, por supuesto, de esta época sólo pequeños momentos han quedado guardados en mi memoria”. 
En 1921, dejan el centro de la ciudad y se mudan “a un departamento muy amplio situado en el Complejo de la Central Eléctrica. Era un predio cerrado, con grandes extensiones verdes a su alrededor, y canchas para practicar todos los deportes. La usina está situada en los suburbios. Pero estos no quedaban muy lejos del centro. En realidad, Zagreb era entonces una ciudad pequeña, creo que no tenía más de 150.000 habitantes. Todo quedaba más o menos cerca. Por otra parte los tranvías, y más tarde los autobuses, funcionaban bien y uno se trasladaba fácilmente de un lugar a otro. Pero de todas maneras nuestro mejor medio de locomoción eran las piernas. ¡Y las usábamos! ¡Vaya si las usábamos!”. 
Allí podían “correr a campo abierto, hacer deportes, respirar aire puro y treparse a los árboles como nadie. Esta es una gran práctica para el futuro: uno aprende a mirar el mundo y a los problemas desde la copa, desde lo alto. Desde allí todo se ve más pequeño, como ajeno, y por lo tanto más claro. Comíamos las verduras de nuestra propia huerta, privilegio que más bien era a menudo una tortura. Por ejemplo cuando debíamos o debíamos, (allí no había facultad de elección), comer los guisos de hortalizas hechos por nuestra madre, so pena de recibir sonoras bofetadas. Pobre mamá, los haría con mucho amor, seguramente, pero eran espantosos. Siento aún en el paladar el choque con los pastos de uno y otro tipo que teníamos que tragarnos y recuerdo... La huerta... los árboles frutales... Puedo memorizarlos con exactitud: tres durazneros, dos perales, uno de ciruelas grandes y un enorme y viejo nogal. Las peras eran malas, pero las ciruelas... mmmm... exquisitas”. 
Agradece la educación que le dio su madre: “En el andar de los años no hay dudas de que me ayudó mucho aquella formación libre, sin ataduras, sin sobreprotección, como un pájaro de largas alas. Aquel correr por las praderas de Croacia me dio además este amor por mi tierra, esta sensación de tener allí clavadas y enterradas profundamente mis raíces, aunque mi alma, mi corazón y mis sentimientos hayan aprendido a vagar por estos lares”. 
Padeció la guerra en su país de origen, ya desde pequeño. “Cierro los ojos y trato de llegar a mis primeros recuerdos –dice el protagonista. Domina la escena el rostro de mi madre porque eran tiempos de guerra, y papá, oficial de la Marina, sólo vino en aquel entonces dos o tres veces a vernos: Era un hombre de fuerte contextura física, tanta que cuando ocurrió el hundimiento del crucero A-Uro ‘Szent Isztvan’ en el año 1917, en las aguas del mar Adriático, fue uno de los pocos sobrevivientes que llegó sano y salvo hasta la costa. Había nadado durante cuatro horas”. 
Reflexiona sobre la situación de su madre, sola con los hijos: “Ahora pienso que debió sentirse sola muchas veces en esos tiempos esa mujer que entonces nos parecía omnipotente. Habrá sido difícil para ella seguramente dirigir la familia en aquellos días de peligro y de incertidumbre, pero no nos lo hizo sentir. Aunque trate, no recuerdo haberla visto con aspecto de vencida o de agotada, o simplemente derramando alguna lágrima”. 
Años después, a él le toca luchar. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar. Bicho diffícil e impenetrable el ser humano. He visto a compañeros jugar su pellejo por salvar al amigo, he visto a soldados alzar, sacando fuerzas de donde no tenían, a otro que caía exhausto y llevarlo a la rastra o sobre los hombros bajo el juego enemigo. Jugarse la vida por uno o arrebatársela a otro sin piedad. El lobo y el cordero unidos en un saco irreversible que puede resultar inexplicable para quien no lo ha visto con sus propios ojos. El horror crea una liaison irrompible que quizás pueda explicarse en aquella frase borgeana ‘no los une el amor sino el espanto’ ”. 
Dos opciones se presentan ante él: “Al comenzar nuevamente mi rutina de todos los días, comencé a averiguar los trámites necesarios para emigrar a Canadá o a Estados Unidos, pero me encontré con que conseguir el aval para entrar a USA era más que complicado. Creo que era un filtro que usaban para no dejar entrar a gente comprometida política o militarmente. Para entrar a Canadá, en cambio, no había filtros. Se trataba de un país muy extenso, que necesitaba inmigración, pero sin embargo, los trámites eran muy complicados. Además todos ellos debían hacerse en Roma donde estos países tenían sus consulados. Es verdad que había gestores que llevaban a cabo y cumplimentaban todo el papeleo, gente con muchos contactos en las embajadas y muy importante en estos casos, pero para todo era necesaria la visa, el papel mágico, el abracadabra que abría puertas y yo no la tenía”. 
Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método. Allí se entera de que “Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que las necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. La esposa le dice que no conoce nada sobre la Argentina. Miro le contesta: “Yo tampoco, pero dentro de poco la vamos a conocer como si hubiéramos nacido allí. Hay que juntar toda la bibliografía que exista sobre ella en Trieste. Va a ser nuestro hogar, nuestro refugio”. 
Años después, al recordar aquellos momentos, escribe: “Nunca imaginé que fuera cierto lo que estaba diciendo con más optimismo que conocimientos. Aquella frase fue premonitoria”. Cuanto más se informan, más se entusiasman: “A poco que empezamos a averiguar nos enteramos de que se trataba de un país inmenso y con un gran potencial económico. Uno de los pocos en el mundo en aquel momento. Pensé que era nuestra oportunidad. Una nación rica y donde todo se estaba por hacer. ¿Qué más quería yo? Tenía dos manos fuertes y la decisión inquebrantable de salir adelante, de escapar de aquella Europa. Vieja dama que se empeñaba en ahogarme, en encerrarme y asfixiarme impidiéndome la salida al éxito. A la verdadera liberación”. 
A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al Sol”. Luego, la travesía marítima: “El viaje en barco fue agradable. Sabíamos que el país al cual nos dirigíamos era próspero y rico y teníamos mucha fe en nosotros mismos”. 
Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne” 
A pesar del optimismo, el primer tiempo “fue difícil. Sin amigos, sin nada en el bolsillo. Otra vez recomenzar. Lo había hecho antes. También al llegar a Trieste tuve la misma sensación, la de ser sólo la corteza de un ser humano que debía armar todo, tomar el pico y la pala y empezar a construir. Trabajo, la pertenencia a un grupo, una casa... Por dónde empezar. Una sensación de ardor cerca del corazón me decía que por primera vez sentía miedo. Sí. Debía ser miedo esa especie de dolor”. 
Al llegar a Buenos Aires, encuentran un hospedaje que fue providencial para generaciones de emigrantes: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies. Y hablábamos sin parar, señalándonos todo aquello que nos llamaba la atención. Esta ciudad no nos parecía hostil ni agresiva. Desconocida sí. Pero sin perfume de peligro”. 
Elena Duplancic explica el por qué de la presencia de exiliados como Kovacic: “Argentina abrió la inmigración en forma menos restrictiva. De modo que la gran mayoría de los exiliados croatas de la segunda guerra mundial se dirigieron a Buenos Aires. Allí eran recibidos en el famoso Hotel de Inmigrantes en la zona del puerto y pronto lograban insertarse en la sociedad huésped”. No eran inmigrantes, ni venían por las mismas razones: “Este grupo de exiliados se caracterizó por ser, en general, de una preparación intelectual y profesional que pronto los distinguió de los descendientes de inmigrantes más antiguos ya asentados en la Argentina a comienzos de siglo, por razones económicas. Las razones de su exilio los reunieron en actividades relacionadas con lo religioso, lo político y lo cultural” (3) 
Se daban cuenta de que, sin saber castellano, no podrían trabajar. “Primero debíamos aprender el idioma. Habiendo ya aprendido más o menos el italiano, la cosa se nos iba a hacer más fácil. Así fue. En poco tiempo podía comunicarme en un castellano bastante pasable” 
Lo siguiente era conseguir un departamento. Cuando lo hallan, el capitán dice al propietario italiano, que le solicita un garante del alquiler: “Escúcheme. Acabamos de llegar de Europa. No conozco a nadie. No tengo nada. Nada más que mi honor, que para mí es mucho. Usted alquíleme el departamento y yo le aseguro que a fin de mes va a recibir el pago, aunque tenga que matarme para conseguirlo. Crea en mí”. 
El protagonista recuerda sus impresiones de aquellos días: “Lo que más nos llamaba la atención en la Argentina era la abundancia. Todo era excesivo. Mirábamos comer a la gente en los restaurantes. No lo podíamos creer. Esos bifes enormes. Este país, para alguien que venía de la guerra, era... ¡un parque de diversiones!”. 
El militar con estudios universitarios de economía y su esposa, graduada en pedagogía, trabajaron de lo que pudieron, y compartieron con una pareja amiga un departamento de tres ambientes: “Trabajé. Trabajamos sin descanso. Mi mujer de costurera. Yo hice varias cosas. Siempre un paso arriba del otro. Fui subiendo escalón tras escalón. (...) Nos divertíamos. Eramos tan jóvenes. Teníamos tantas ansias de vivir y pasarla bien... Por supuesto, era una vida de bohemia, con mucho espíritu y poca plata. Linda. Muy linda”. 
Con el tiempo, la situación mejora: “Fueron naciendo los hijos. Primero Danimiro, después Vesna. Mía fue una madrecita para ellos, que la adoraban. Y tuve, como en nuestros mejores sueños, mi propia empresa. Que llegó a ser importante. Hoy la dirige mi hijo mayor. Puedo decir que triunfé. Aleluya”. 
Sin embargo, en su ancianidad, recuerda los platos navideños, los “que, sobre todo, tienen para mí gusto a infancia, a un pasado remoto que, a pesar de todos los horrores vividos, de todas las cosas que me han ido pasando en estos largos años, mantengo intacto en mi mente”. Evoca asimismo las canciones: “En el silencio de la noche hoy, acá, en mi casa de la Argentina, junto a Nada, muchos, muchos años después, las escucho nuevamente. Son voces que vienen desde muy lejos, atravesando la barrera de los tiempos”. 
El pensamiento final es, una vez más, para su tierra: “Este cuento ha terminado. Pero no la historia de Croacia. Espero irme de este mundo después de ver a mi tierra viviendo en paz, definitivamente. Amén”. 
El libro de Anzorreguy, minuciosa y profusamente documentado, nos permite conocer a una personalidad relevante, y a un pueblo que brindó su aporte al “mosaico de colectividades” que es hoy la Argentina. 

Notas 
1. Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 
2. Gudiño Kieffer, Eduardo: en Anzorreguy, Chuny: El angel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 
3. Duplancic de Elgueta, Elena: “Literatura de exilio como memoria cultural. El caso de los croatas en la Argentina”, en Studia Croatica. Año 1998. N° 137.

lunes, 15 de enero de 1996

AZUL LA CORDILLERA

por Maria Cristina Ramos. Primera Sudamericana. Buenos Aires, 1995. 89 paginas. 

Maria Cristina Ramos es cuentista y poeta, autora de varios libros, y ha ganado numerosos premios. Vive en Neuquen. La novela que comentamos, que puede ser leida con interes por chicos y grandes, evoca la vida en una escuela albergue, narrada desde varios puntos de vista. Asi, conocemos los sentimientos de los niños, obligados a separarse de sus familias para ir a vivir con los maestros, y conocemos tambien las vivencias de los educadores, la mujer que los ayuda y los habitantes del lugar. 
Con estas voces tan diferentes por su edad y por el caudal de recuerdos que atesoran, se va formando la historia de la indigencia y el esfuerzo por superar la propia limitacion, encarnada en esos chicos que. aprenden a leer haciendo emocionar a la maestra que tan poca fe se tenia. Aparecen las creencias del pueblo, en las que destaca el Nahuel, y las historias de muertos que vuelven a la vida y dejan indicios que solo pueden ver los niños. Aparece la artesania, en un poncho con dibujo y en la fiesta de San Juan, en la que personajes creados con manos hogareñas visitan a la familia. 
Es tan importante, logicamente, la labor de los maestros, en una tierra que conoce la lucha del huinca y el indio. Ramos resume en estas frases la emocion que la embarga cuando ve que su esfuerzo da fruto; "hay un momento en que el corazon empieza a volar y uno lo sabe. Un momento en que el corazon se mueve y no es el latido de otras veces, sino un latido como e1 clavel apretadito que se lleva el aire. Y que es cuando has empezado a volar, a existir tambien en otro pecho o en otro sitio". 
En esta novela, realista y memoriosa, se rinde homenajea maestros y alumnos, a sus padres y ancestros, aunados en la voluntad de crecer sin olvidar el pasado. 

(EL TIEMPO)

LORCA EN LUNFARDO

Los "Seis poemas galegos" en ediciòn bilingûe. Traducciòn de Luis Alposta. Estudio preliminar de Antonio Pèrez-Prado. Buenos Aires, Corregidor, 1996.


Federico Garcìa Lorca naciò en Fuente Vaqueros, Granada, probablemente en 1898. Estudiò Derecho y Filosofìa y Letras; fue aficionado a la mùsica y a la pintura. A criterio de Rodolfo M. Ragucci, “este eximio y singular poeta se caracteriza por la constante evoluciòn desde lo popular hasta los lindes de la poesìa pura. En su producciòn, es dado observar una extraña variedad de tonos que se suceden o entremezclan: popular, infantil, sencillo, alambicado, subjetivo, realista, misterioso, anadaluz, gitano, pintoresco, dramàtico, tradicional, clàsico, modernista, metafòrico, parnasiano, ultraìsta, ligero, profundo y oscuro; pero es siempre pintor y mùsico”. 
En una de sus cartas, Garcìa Lorca escribiò: “En mis conferencias he hablado a veces de la poesìa, pero de lo ùnico que no puedo hablar es de mi poesìa. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago. Al contrario, si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios –o del demonio- tambièn lo es que lo soy por la gracia de la tècnica y del esfuerzo y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema”. 
Lorca perteneciò a una generaciòn poètica que recibiò muchos nombres: la generaciòn del 25, la generaciòn de Guillèn-Lorca o la generaciòn de la dictadura, aunque el nombre màs acertado –y el màs difundido- es el de generaciòn de 1927. En 1927 se cumpliò el tercer centenario de la muerte de don Luis de Gòngora, y los jòvenes se reunieron para lograr que se restaurara y considerara al autor de las Soledades. 
Admiraban en èl la tècnica y el oficio. “Alberti fue el que logrò imitarlo mejor –comenta Joaquìn Gonzàlez Muela-, pero haciendo alarde de habilidad formal, como ejercicio literario, màs que con convicciòn o con penetraciòn ideològica”. Guillèn se siente atraido por las descripciones, a las que considera fruto de una visiòn mayor y màs profunda. 
Afirma el estudioso que los lìricos del 27 eligieron como maestro a Juan Ramòn Jimènez porque –a criterio de sus discìpulos- profundizò màs que Unamuno y Machado en el anàlisis de las sensaciones y encontrò el medio para la expresiòn de ese anàlisis. En “Palabras para Federico”, Rafael Alberti dice que Jimènez creò el romance lìrico, inaprensible, musical, inefable, mientras que Lorca inventò el dramàtico, lleno de escalofriado secreto, de sangre misteriosa. “Tù –dice a Garcìa Lorca-, sobre las piedras del antiguo romancero español, con Juan Ramòn y Machado, pusiste otra, rara y fuerte, a la vez sostèn y corona de la vieja tradiciòn castellana”. 
En 1927, el granadino escribiò: “Me va molestando un poco mi mito de gitanerìa. Confunden mi vida y mi caràcter. No quiero de ninguna manera. Los gitanos son un tema. Y nada màs. Yo podìa ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidràulicos. Ademàs, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educaciòn y de poeta salvaje que tù sabes bien que no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me van echando cadenas”. 

Los poemas gallegos 

Garcìa Lorca escribiò Impresiones y paisajes (prosa) y los libros de poemas Romancero gitano, Poema del cante jondo, Llanto por Ignacio Sànchez Mejìas y Seis poemas galegos, entre otros, ademàs de Bodas de sangre, Yerma y otras logradas obras de teatro. “En sus pasos inciales –observa Ragucci-, se echa de ver el influjo de Rubèn Darìo y luego de Rueda, Jimènez y los Machado, mas no tarda en marchar enteramente solo”. 
Los Poemas Galegos aparecieron en 1935 un año antes de la muerte del poeta. Antonio Pérez-Prado recuerda los orígenes de estos textos: “Federico se enamorò de Galicia en su temprana juventud, que es el tiempo de los amores incurables. Visitò esa tierra màgica en años estudiantiles y nos dejò pàginas de su mejor prosa dedicadas a dibujar el paisaje, cantar las mansas lluvias y la mirada triste de los hospicianos. Y escuchò el habla de la tierra, que no podìa entender cabalmente: eso la convertìa por momentos en mùsica limpia, de antiguo sabor”. 
Se pregunta “¿Hasta què punto llegò (Garcìa Lorca) a conocer la vieja lengua? ¿Hasta què punto recibiò ayuda?”. Destaca que “la discusión admite, también en este caso, dos posiciones extremas y lo que pueda caber entre ellas. Desde la firmeza con que un gran escritor gallego, X. L. Franco Grande, asegura que los poemas no son de Federico, pues èl no conocìa el habla de Galicia, hasta el contrapuesto juicio de Alonso Montero. Segùn Xesùs, no puede haber dudas, Lorca es el autor y algunos gallegos de naciòn, como Guerra Dacal y Eduardo Blanco-Amor, pueden haber corregido detalles lingûìsticos y poco màs”. 
Pérez-Prado cita a Guerra Dacal, quien escribió una carta a Blanco-Amor en la que deslinda las responsabilidades en la creación de los mencionados textos: “Sobre los poemas de Federico –los gallegos, se entiende- mi intenciòn fue de servirle de diccionario viviente y –si me es permitido al decirlo- poètico y discriminativo. El me decìa un verso en castellano y yo lo traducìa libremente al gallego, buscando, como es natural, las palabras que a èl màs pudieran impresionarle por color, sonido y evocaciòn màgica”. 

Luis Alposta, traductor 

En su Diccionario lunfardo y de otros tèrminos antiguos y modernos usuales en Buenos Aires, Josè Gobello define al lunfardo como “el repertorio de voces traìdas por la inmigraciòn, imitadas festivamente por el compadrito e incorporadas luego al lenguaje popular de Buenos Aires. Lo delictivo puede ser lunfardo o no serlo –agrega- y otro tanto ocurre con el lenguaje de la vida airada, que es el de los rufianes y sus pupilas”. 
En las paginas que anteceden a la traducciòn de Alposta_ Antonio Pèrez-Prado afirma que “el lunfardo es jerga burguesa, de gran ciudad cosmopolita”. Sobre el origen de esta jerga, señala: “El lunfardo porteño tiene aspectos comunes a los argots, slangs, cockneys y otras jergas; por ejemplo, en la mecànica de invenciòn de palabras. A estos recursos del tipo de las proteicas inversiones o transposiciones silàbicas y de los juegos paranomàsticos e hipocorìsticos, deben añadirse como propias del lunfardo las masivas aportaciones de tèrminos inmigratorios”. 
Entre estos tèrminos, percibe una notoria diferencia de cantidad segùn su procedencia: “Por cierto que los de origen italiano, sobre todo dialectal, forman el grueso. Las gallegas, en cambio, son pocas y contaminadas por una sospecha: la de que se trata de portuguesismos”. 
“Cuando Antonio Pèrez-Prado me hablò de los poetas alòfonos por telèfono, me llevò unos minutos reaccionar –dice Alposta, en el pròlogo a su traducciòn- y luego, ya repuesto, me tentò la idea de poder incorporar estos poemas gallegos a la literatura lunfarda” (8). El lunfardo es una inquietud de hace muchos años para Alposta, poeta y ensayista, autor dela Antologìa del soneto lunfardo y El lunfardo y el tango en la medicina, entre otras obras, y miembro de nùmero, desde 1968, de la Academia Porteña del Lunfardo, en la que ocupa el sillòn puesto bajo la advocaciòn de Felipe Fernàndez, “Yacarè”. 
En el pròlogo, Alposta se refiere al problema que enfretò al abocarse a su tarea: “Tuve que decidir –recuerda- si debìa aproximarlo a Lorca a los porteños, cambiando suficientemente sus palabras para hacerlo initeligible, aùn a costa de sacrificar el estilo, la belleza y los giros del lenguaje gallego, o si, por el contrario, debìa valerme de mi conocimiento del lunfardo para que fuèsemos nosotros quienes nos aproximàramos a èl”. La respuesta surgiò clara: “A mi juicio, esta ùltima es la ùnica forma de hacer que la traducciòn pueda ser leìda en la lengua a la que se traduce conservando la frescura, la pureza, los giros estilìsticos y la originalidad del poeta”. 
Desde que Alposta, poeta y traductor, vertiò los versos gallegos al lunfardo, Ramòn de Sismundi ya no està triste, sino “depre” y la “Quintana dos mortos” se ha transformado en la “quinta del Ñato”. No intentó –nos dice- ni la versiòn ni la paràfrasis. Optó simplemente “por la traducciòn casi literal, buscando interpretar cada uno de estos poemas y llevarlos al lunfardo sin morir en el intento”. 
Pèrez-Prado, quien vivò de cerca este proceso, da cuenta de los avatares del mismo: “El traductor poeta no hallaba palabras adecuadas. Faltan en el lunfardo –repetìa- esas voces perfumadas y cariñosas, de afecto y ternura. Lo decìa èl, autor de una obra de lujosa poesìa lunfardesca donde nada falta, y menos esos sentimientos y actitudes bàsicas”. 
Alposta presenta a los lectores el fruto de su labor con estas palabras: “En los originales, el lenguaje y el vocabulario son de una autenticidad ejemplar: los giros, palabras e imàgenes son las del pueblo gallego, y resumen un sabor caracterìstico que hace reconocer de inmediato el estilo inconfundible de Lorca. Ahora, los veràn ustedes con ropaje lunfardo”.

sábado, 13 de enero de 1996

PRIMER CANCIONERO GITANO DE LA ARGENTINA

Recopilación y notación musical por Perla Miguelí y Pedro Leguizamón. Mar del Plata, 1995.

Algunas de las composiciones de los gitanos rusos han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón, en el Primer cancionero gitano de la Argentina.
En la “Introducción”, escribe Miguelí: “las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, cassettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes”.

Cristina Pizarro: el don demiúrgico

Hace muy pocos dias apareció "La voz viene de lejos”, nuevo libro de poemas de Cristina Pizarro. De la obra dice Ruben Vela: "Una voz de antiguas resonancias en donde se conjuran la soledad y Ia belleza, impulsa el quehacer creador de esta poeta indudable que es Cristina Pizarro". Sobre su libro, editado por Ayala Palacio y presentado en la SADE, conversamos con Ia escritora, para "La Cultura en EL TIEMPO". 
- ¿Qué motivaciones la llevan a escribir poesia? 
- El origen de mi escritura aparece fusionado al sueño. Los sueños que se abren al mundo a través de la paIabra en una simbiosis de realidad y fantasia. Son los sueños de mis propias obsesiones, de aquellos recuerdos y deseos que martillean, sin cesar, en Ia mente, el alma y el cuerpo. 
- ¿Qué siente al crear? 
- Cuando escribo poesía siento que estoy plasmada en un estado especial que se va conjugando en distintos momentos. EI acto de escritura se inicia antes de Ia concreción del texto; tiene un tiempo preliminar insta!ado en el contacto precedente a la vivencia corporal, cenestesica, la que está ubicada a priori de la paIabra en alianza intima y subyugante que deviene del misterio y de la fe. Los paisajes, los rostros y las voces se amalgaman en una trama intertextual ligados a mi propio existir. 
- ¿Desde cuándo escribe? 
-Los primeros intentos de querer poner algo en verso, los hice jugando con una maquina de escribir aIrededor de Ios once años. Inspirada por los textos de Ruben Darío y coincidente con el momento de la pubertad, comienzan los sueños de amor de una una adolescente que quiere un mundo azul. La escritura en soledad, las confesiones a modo de diario en donde siempre utilizaba un lenguaje traslaticio, tal vez para ocultar ese profundo deseo de ser, quizas por el temor a enfrentarme con los demas. 
- Hablemos de sus libros. 
- Poemas de agua y fuego tardó mucho en ver la luz. Esta integrado por textos escritos entre 1986 y 1992. La voz viene de lejos siguió inmediatamente a la edición del anterior (agosto de 1993) y el último poema que cierra el libro es de mayo de 1995. 
- ¿Qué relación tiene con su carrera de Letras, el acto creador? ¿Cree que fue positivo para la poeta haber realizado dichos estudios? 
- Evidentemente, la formación academica constituye el sustrato en el manejo del lenguaje y la penetración en el oficio de escribir. Las lecturas, el estudio, la crítica literaria fueron consolidando los cimientos de mi primigenia vocación que tuvo un despertar publico en forma muy lenta y paulatina. 
- Algunos dicen que, mas que incentivar, estudiar Iiteratura inhibe. 
- La admiración y el respeto por los autores consagrados me inhibieron, al principio. Ahora siento que tengo el compromiso de entregar lo mejor de mí, aunque no sea a partir de una óptima realización. Aún me provoca un profundo estremecimiento ver el retrato de Leopoldo Lugones. Amé a los modernistas por su pasión desenfrenada manifiesta en Ia labor de orfebre con la palabra. 
- ¿Qué influencias reconoce? ¿Cuáles son los autores que, en cierto modo, Ie han señalado un camino? 
- Mis textos nacen en confluencias multifaceticas de una vida intensa abierta a lo plural, a diferentes dimensiones y perspectivas de abordar la búsqueda inherente a la condición humana. Los diversos lenguajes, ya sea la musica, la plástica, la danza, el teatro, se atraviesan en mis experiencias literarias desde el lugar sagrado que representa el hecho estético. EI discurrir reflexivo en el pensamiento filosófico y eI abordaje de lo axiológico desde mi puesto en la educación están muy cerca y unidos: soy como el mar que recibe de los rios muchísimos afluentes. Podría citar autores que me han emocionado esteticamente. aunque no sé aún de qué manera han influido. Supongo que a partir de la lectura de los otros, empezaré a darme cuenta e intentaré reflexionar sobre mi propia escritura. 
- ¿Surgen temas predilectos? ¿Sabe por qué se reiteran en su lírica? 
- Los temas que subyacen estan ligados a los misterios de Ia sangre, del instinto, del lenguaje de la soledad, de la magia que encierran los signos de nuestro cuerpo. en los símbolos de nuestros deseos y de nuestro tiempo secreto. Los temas están inmersos en una escritura pIasmada en un ceremonial literario engarzado por un conjunto de ritos, de imágenes que se desdoblan desde el ritmo interior de mí misma. Es posible que esto se relacione con mis consideraciones acerca de la poesía centrada en el espacio de Ia palabra profetica y del don demiúrgico. 
- ¿Qué propósito persigue como poeta? ¿Qué espera de sus textos? ¿Sinfronía? ¿Trascendencia? 
- Hacer oír mi canto. Convertir la obra en libro como testimonio concreto y un recuento trascendente del movimiento desde donde la genesis de una obra proviene; así como tambien el propósito de perpetuarlo eternamente en un prolongado extasis de amor y liberación. 

(1996)