martes, 7 de febrero de 1995

MIS MEMORIAS

Infancia-Adolescencia, por Lucio V. Mansilla. París, Casa Editorial Garnier Hermanos, 1904. 

Cuando escribe sus memorias (1), en Parìs, en 1904, Lucio V. Mansilla persigue un objetivo que define con estas palabras: “He querido escribir la vida de un niño, comentando lo indispensable, tratando de ser lo menos difuso posible al perfilar situaciones de familia, sociales, personales, a fin de no fatigar la atenciòn del lector; esforzàndome por ùltimo en vivificar el gran cuadro pintoresco, animado, siempre interesante, del paìs que fue en otra edad la Patria amada; que me ha hecho lo que soy”. 
Guillermo Ara destaca que el propòsito de Mansilla lo lleva “a pintar con su imagen la imagen del tiempo que ha vivido segùn lo revelado por los propios sentimientos, sin desdeñar el testimonio de sus contemporàneos; a mostrar la sociedad, los hombres, las ideas y las costumbres a fin de reconstruir el pasado, cosa ‘de grandìsima enseñanza –afirma- en unos pueblos donde, por desgracia, se piensa poco por cuenta propia’ “ (2) . 
El tiempo evocado abarca desde 1831 -año de nacimiento del escritor- hasta 1848, aproximadamente, año en que su romance con una modista francesa culmina en un viaje organizado por el padre del joven, hacia la India. 
En esta obra, Mansilla hace reiteradas alusiones a la època gobernada por su tìo, don Juan Manuel de Rosas, y no escatima juicios sobre esos tiempos. Esta es una de sus opiniones: “¿No serà que a este pariente –lo mismo que a otros- le ha dado en cara mi libro Rozas. Ensayo històrico-psicològico, y que, no habiendo perdido el pelo de la dehesa, cristalizado en sus convicciones de antaño, ha querido castigar al sobrino (desagradecido, traidor, son vientos que me han llegado), como si por querer, como yo le querìa a mi tìo, estuviera obligado a encontrar que su larga dictadura no fue cruenta y, sobre todo, estèril para el paìs y para èl mismo?”. 
Màs adelante, agrega: “Buenos Aires iba dejando de ser lentamente, muy lentamente, pero se sentìa y se veìa, la ciudad de los miedos y de los lamentos de 1840 a 1842, aunque despuès de 1845 –efecto de la intervenciòn anglo-francesa que abriò la navegaciòn de los rìos a cañonazos- empezaron las maquinaciones de partido preparatorias de la caìda de Rosas. Lo que ha de ser serà. La irresponsabilidad induce, arrastra, precipita, tendrìamos una Camila... el estigma”. 
Rodolfo Vinacua señala que de las memorias, se rescatan “muchas pàginas de gran belleza y de imponderable valor documental. En ellas se ve vivir con ricos detalles a la gran aldea que no se habìa abierto aùn al inmigrante, y si bien la verdadera intimidad del protagonista escapa, porque no està dada, se encuentra en cambio una abertura hacia la intimidad de las viejas casonas y de las viejas familias patricias. Asì la lectura de las Memorias resulta valiosa para el conocimiento de la vida menuda de la ciudad, y algunas de sus pàginas adquieren un indudable valor històrico y sociològico” (3). 
A los padres, el autobiògrafo los presenta con muchas cualidades, y dice que al padre lo respetaba, mientras que a la madre le temìa. Tanto uno como el otro, no obstante sus caracteres disìmiles, estaba de acuerdo en la necesidad del castigo fìsico para educar correctamente a los hijos. Mansilla encuentra una explicaciòn para esa actitud: “En cuanto a lo otro, a lo de cascarme –recuerda-, su sistema era el antiguo, agravado por las costumbres coloniales, la esclavitud, las encomiendas de indios” y hallaba un sustento religioso para esta convicciòn: “La Biblia dice: ‘No le escasees al muchacho los azotes que la vara con que le dieres no ha de matarlo’. Pues me daban con frecuencia, sin irritarse, como quien le aplica al doliente una cataplasma caliente”. Pero, segùn parece, la educaciòn era sexista en lo relativo a los castigos fìsicos, porque a su hermana Eduarda los padres jamàs la tocaron, y al hijo esto nunca le llamò la atenciòn, “de tal manera el instinto me decìa que hay cobardìa o crueldad en pegarle a una mujer”. 
En la escuela, las cosas no era màs sencillas. Asistiò a la escuela de don Rufino Sànchez, una escuela “de palmeta y rebenque de lonja”. Sobre este modo de enseñar, opina Mansilla: “Ya he dicho que el règimen era el de ‘la letra con sangre entra’. No lo discutirè. Pero me parece y lo digo casi contrito, con cierto remordimiento de conciencia, que allì donde hay demasiada disciplina tiene que faltar un poco de ternura”. 
Cuando los que cometìan una falta eran los sirvientes, el castigo que se les aplicaba era el bochorno: “Rompìan algo, un plato, una fuente, un vaso. Les ataban los pedazos al cuello y asì andaban por penitencia”. Y agrega: “Raras eran las casas que no contaban con el servicio domèstico, a màs de lo conchabado, negritos, mulatitos, chinitos, que si no eran propiamente esclavos, tales parecìan”. Cabe mencionar al respecto lo que narra sobre uno de los sirvientes: “aprendì yo a andar a caballo sobre los lomos del negro Perico, que todos los nietos querìamos a cual màs, hijo de un esclavo. Perico se ponìa en cuatro pies, trotaba, galopaba y hasta corcoveaba y ¡pataplùm!, allà iba yo al suelo cuando lo hincaba demasiado con las espuelas”. 
Otra forma de esclavitud es, para Mansilla, la inmigraciòn, pero es una esclavitud de la que pueden resarcirse, a su entender: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas, cuyos consignatarios más sonantes se llamaban Enrique Ochoa y Ca., Jaime Lavallol é hijos. En cierto sentido eran como cargamento de esclavos. Husmeando se verìa confirmado: que el esclavo se hace liberto y el liberto se hace señor, capaz de comprar al màs pintado de sus primeros dueños”. 
Sobre el papel que le aguarda al inmigrante en la sociedad argentina, expresa: “Y el vasto campo de la polìtica, de las aspiraciones que enaltecen, de los anhelos de justicia, ¿quièn lo fecundarà? ¿El inmigrante? Su misiòn es otra. Ambos deben ser ùtiles, en su esfera de acciòn. Està bien. Pero, como dice Ruskin, ¿què significa ‘ùtil’ y cuàl es la naturaleza de la utilidad?”. 
Guillermo Ara analiza la importancia de este libro en el contexto en el que surgiò y su incidencia en la formaciòn de la naciòn: “Estas Memorias de Mansilla, como las Tradiciones de Pastor Obligado, como el Buenos Aires desde setenta años atràs, de Josè Antonio Wilde, como La gran aldeade Lucio V. Lòpez o las Memorias de un viejo de Vìctor Gàlvez (Vicente Quesada), realizaron una diagramaciòn moral y fìsica, material y social de medio siglo porteño, mientras Joaquìn V. Gonzàlez, en la Rioja, Martiniano Leguizamòn en Entre Rìos o Luis C. Alen Lascano en Santiago del Estero, aportaban lo suyo para una comprensiòn màs honda del interior argentino. Con ellos el paìs dejò de ser una fantàstica mancha verde-gris en la làmina de un mapa y comenzò a destacarse como un estado de conciencia, como una forma impregnada de significaciòn històrico-geogràfica”. 
Por èste y por muchos otros motivos, resulta imprescindible la lectura de esta obra que habla de la historia cotidiana, de esa historia que difìcilmente encontramos en los libros, y que es tan importante para conocernos como naciòn.

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