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LA NOCHE LOMBARDA

por Atilio Betti. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984. 

La noche lombarda es la primera novela de Betti, “un relato en el que la autobiografía se mezcla con lo anecdótico y lo imaginativo. Narra en ella lo sucedido a un hombre que, premiado por el Gobierno de Italia, viaja a Mede, la tierra de sus mayores, y se encuentra espiritualmente con ellos, con la cultura de la que desciende: “Sobre ese suelo los lombardos, mis antepasados, mi padre, sus padres, habían edificado, a fuerza de pura resistencia, su fiereza. Por debajo, el lodo, la cenagosa base, y arriba el delirio de vivir apuntalando el crecimiento hacia la altura de las florestas”. En esa tierra encontraron su última morada: “Ahora los tenía allí, reproducidos en óvalos de porcelana, y colocados en la faz anterior del nicho, tal como los conocía desde siempre. La nonna, con la blusa alforzada, abotonada altamente; el nonno, con la camisa blanca, sin corbata bajo el chaleco, y de saco. Mis abuelos”. 
La travesía está signada por el rencor que el hijo siente por el padre emigrante, a quien describe con pocas virtudes y muchos defectos. Le reprocha la falta de educación de que fue víctima, y vive su premio como una revancha: “Mi padre me había negado la educación. Me había condenado, por no querer trabajar bajo su mando, en su fábrica, a una juventud de lucha. A defenderme a puñetazos por las calles y las oficinas, con tal de salir con la mía. Y ahora me hallaba allí, en viaje hacia Italia, en calidad de invitado y futuro huésped de su patria. Libre y solo. Solo, sí, pero libre y triunfante”. 
El padre aborrecido había llegado a América en su juventud. El hijo, al ver a los paisanos del emigrante, se preguntaba: “¿Estos eran, estos siguen siendo los colonos que Mitre ponderara como los más adelantados del mundo? A casi un siglo de las primeras inmigraciones a la Argentina, me recibían azorados, descalzos, uncidos al terrón de magra tierra, a la tradición primitiva del laboreo”. Quienes habían permanecido en Lombardía, por su parte, criticaban a aquellos que habían partido: “Esta es la obra de los que se fueron a ‘hacer la América’. Este es el abandono de los que no supieron ganarse el pan en su tierra. Es la muerte de ellos, no la del paese, la que estás viendo”. 
Cuántas noches de invierno había pasado en el establo el emigrante, antes de partir! “Las mujeres, ocupadas en hilar; los muchachos –papá lo contaba- sonando la guitarra y la ocarina. Todos al calor de las bestias, para trabajar, cantar y dormir en las noches de nieve, cuando no subían al piso superior por la escalerilla de madera de álamo”. Se había alimentado con las comidas típicas de la región, las mismas que los descendientes acaudalados despreciaban: “A mí me apetecían las ranas –dice el protagonista-. Me apetecían todos los alimentos que nutrieron a mi padre; pero Anna los había proscripto de su mesa. No a la ordinariez de la polenta, no a la selvaggina, los patos silvestres”. Había vivido en el mismo escenario en que se hallaba el hijo: “suelo de paja y tierra apisonadas, la ventana cubierta de aceitosa tela, la stamagna, y la única cama apoyada en gabas, troncos toscamente tallados, más que bancos. El colchón (...) crujió bajo mi peso con el ruido de las hojas secas de maíz que lo rellenaban”. 
El padre había sido ranero: “La veta roja del jade, ese palpitar de animal que aparece en la piedra, lanzada ahora desde una vibración cósmica para ocupar su sitio en la honda tensa de la rana. El animal, sometido a instrumento, se ablandaba hasta convertirse en gomera de la luz y saltar, inmóvilmente, a la pedrada del manotazo certero de Manera. A medida que las iban atrapando, las embolsaban, y era fama que la pesca de ranas no había conocido pareja tan experta como la que constituían Manera y su amigo”. 
Se sentían, los raneros, enemigos de los cazadores: el “cazador, siempre solo, siempre ceñudo. El rifle en bandolera, y, abriéndole paso, acorazando al amo, el pecho fuerte del bracco. El hocico del perro, oscuro y fruncido como el rostro del amo. Rostro y hocico de mal talante. Hombre y perro tallados conjuntamente en la inmovilidad del paisaje y del destino:: boscaioli o contadini. Sin alternativa, desmontadores o campesinos”. 
Había visto el sacrificio de las mujeres, el mismo que el hijo veía encarnado en una de ellas, que “continuó despellejándose las manos inmensas, deformadas. Las manos que de joven había hundido una y mil veces en el agua hirviente de los calderos de la filanda, la hilandería donde se mataba al gusano de seda, hirviéndolo, para despojarlo del capullo. (...) El cuerpo de la anciana exhalaba olor desagradable, mezcla de senectud y de humedad. De la humedad que, en la hilandería, le había penetrado hasta los huesos. El olor nauseabundo de las crisálidas muertas, las que no salían a flote en los calderos. Olor que impregnaba las ropas y los cuerpos de las mujeres, para siempre”. 
Había conocido a las mondariso, quienes “agachadas sobre los surcos, limpiaban con las manos las plantitas, para evitar que las ahogara la cizaña”, y las tintoreras, “profesión tradicional de Mede”. 
Un día, decidió partir. “Era el emigrante que ‘había hecho la América’. Tenía los cuerpos, los rostros de los viajeros pobres que iban en mi barco –imagina el hijo. Tenía, también, únicamente él entre todos, la innata distinción, la cuerda fina de los nervios, del temperamento, que yo acababa de presentir en Micrula. Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!”. 
“Había aprendido un oficio. Era más joven, más tenaz, supongo”. El hijo lo comparaba con ese paisano que hacía come le rondini (como las golondrinas): “volaba atravesando el mar. De Europa a América, de la Argentina a Italia, para ganar el jornal en la época de la cosecha”. Muchos años después, uno de los descendientes que habían quedado en Mede caminaba “enumerando, ponderando, magnificando las proporciones y la importancia de las fábricas”, que el inmigrante había logrado fundar en la nueva tierra. Para el admirado sobrino, el padre del protagonista “era el ejemplo que debía imitar, la luz que debía guiarlo”. 
El lombardo había llegado a enriquecerse respetando ciertos principios, algunos de ellos muy crueles: “repudiaba la enfermedad, la consideraba un vicio”, “lo violentaba la timidez”. Frente a la tumba del primo en tierra lombarda, el narrador recuerda: “Aldo, el que se volvió a su patria sin que mi padre fuera a despedirlo al puerto. El que salió de un hospital de Buenos Aires a los pocos días de operado del estómago, y llegó solo a mi ciudad suburbana, sin que papá lo hubiera ido a buscar. Llegó solo, caminando desde la estación, transpirando y desmayándose de debilidad”. 
El padre renegaba de su familia pobre. La hermana afirma: “yo veía a los dos hermanos, en la Argentina, emigrantes prósperos, bien vestidos, olvidados por completo de las hermanas miserables y despreciadas por el resto de la familia”. Otro era el sentimiento ante los demás parientes, a quienes llevaba, cuando visitaba Italia, una gargantilla de oro, zapatos y carteras de piel de víbora, ponchos de vicuña, mates de plata. 
En América, por el contrario, “Se vengaba, el inmigrante rico, de las argentinas copetudas que, antes, lo habían humillado. Se vengaba de sus cacareos, de sus estridencias. Extendía ante ellas, cual mancha en el mantel de la fiesta, su silencio. Desplegaba la bandera del silencio que ellas, con sus alientos, hacían flamear. Las usaba, despectivamente, de asta, y en la médula de ese mutismo ante el que caían, títeres vaciados de manos, las palabras, yo sólo veía la estrechez del resentimiento, la venganza sin grandeza de mi padre”. 
Así fue, vista por ojos indudablemente parciales, la inmigración lombarda. De sus infortunios en Italia y de sus logros en América, nos habla Betti, en una novela memorable.

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