lunes, 30 de enero de 1995

LA BOLSA

por Julián Martel. Prólogo de Diana Guerrero. Buenos Aires, Huemul. 

La atmòsfera de la Argentina de fines del siglo XIX es descripta por el historiador Exequiel Cèsar Ortega, quien escribe: “Las medidas econòmicas y financieras oficiales, de todo tipo, se encaminaron hacia las soluciones desesperadas. El esfuerzo por reducir desniveles se reflejò hasta en los cambios de los ministros de Hacienda, emisiones monetarias clandestinas, proyecto de nuevas ventas, concesiones y emprèstitos, circulaciòn de emisiones derogadas ya... Hasta que llegò el llamado presidencial de Juàrez Celman contra la fiebre especuladora y que exhortaba en cambio a la cordura en inversiones, negocios, gastos y juego de Bolsa “a pase y diferencia” (1). 
Algunas obras literarias reflejan la crisis de la Bolsa de Comercio y la revoluciòn de 1890. Son novelas que aparecieron como una manifestaciòn de los creadores frente a una situaciòn; ellos buscaron moralizar y demostrar los peligros que se corrìan si no se cambiaba el rumbo. 
Andrès Avellaneda escribe al respecto: “Hacia el 90, como una consecuencia de la crisis que vive el paìs y uno de cuyos sìntomas màs agudos es probablemente el crack financiero que se produce en la Bolsa para esa fecha, este naturalismo se hace social, recoge la temàtica de esa crisis, y documenta el fenòmeno en una serie de novelas que, por ese mismo motivo, ha sido llamado ‘el ciclo de la Bolsa’ “ (2). 
Irene Ferrari realiza una valoraciòn de las obras a las que nos referimos. Ella escribe: “Varios de nuestros escritores buscaron comprender lo ocurrido y dejar constancia de ello. Las once novelas de esta etapa, de escaso valor literario, fueron llamadas posteriormente ‘el ciclo de la Bolsa’. Entre las màs representativas estàn Horas de fiebre, de Segundo Villafañe, y Quilito, de Carlos Marìa Ocantos. Pero la ùnica reconocida por la posteridad es la de Martel” (3). 
Diana Guerrero coincide con la ensayista en la valoraciòn de las novelas: “Un año despuès de la revoluciòn y de la caìda de Juàrez Celman aparecieron La Bolsa y Horas de fiebre de Segundo Villafañe, y en Parìs Quilito, de Carlos Marìa Ocantos. Cinco años màs tarde Pedro Morante publica Grandezas. En las pàginas de estas cuatro novelas se suceden escenas de los lugares màs significativos en la vida porteña de ese momento: Palermo, el Hipòdromo, Florida, el Club del Progreso, pero particularmente describen el edificio y la actividad de la Bolsa. Todos coinciden en censurar las costumbres y la moral de ese momento tan convulsionado de nuestra historia. Los ecos de la revoluciòn y de los acontecimientos que la precedieron se prolongan en otra novela aparecida en 1898: La Maldonada, del periodista español Francisco Grandmontagne, incorporado a la vida argentina. Pero posiblemente el relato que pinta màs acabadamente ese momento històrico sea La Bolsa” (4). 
Andrès Avellaneda señala que “dos grandes grupos de novelas filiadas en mayor o menor grado al naturalismo, se refieren a los temas decisivos en el momento ochentista: el inmigrante y la fiebre financiera”. Entre las novelas protagonizadas por inmigrantes menciona En la sangre de Cambaceres, Inocentes o culpables de Argerich, Bianchetto de Adolfo Saldìas y Teodoro Foronda de Francisco Grandmontagne, ademàs de algunas de las Novelas argentinas de Carlos Marìa Ocantos. 
El otro grupo de novelas –el que tiene que ver con la Bolsa- aparece con celeridad: “El mismo año de la crisis se publica Abismos de Manuel Bahamonde; al año siguiente aparecen La Bolsa, de Juliàn Martel (Josè Marìa Mirò); Quilito, de Carlos M. Ocantos; y Horas de fiebre, de Segundo I. Villafañe”. 
No termina aquì la producciòn al respecto: “El tema sigue interesando a los novelistas a partir de 1891 –agrega-: Grandezas (1896), de Pedro G. Morante; Quimera (1899), de Josè Luis Cantilo, prolongan una lìnea temàtica que llega hasta Roberto J. Payrò, con Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1910)”. 
“Escasa informaciòn ha sido recogida acerca de la existencia de Josè Marìa Mirò, conocido literariamente como Juliàn Martel –escribe Noè Jitrik. Sin embargo, hay dos hechos relevantes que vinculan su vida con su obra: fue pariente pobre de una poderosa familia cuyo palacio se levantaba donde hoy està la Plaza Lavalle y, como consecuencia de ello, tuvo que trabajar en el periodismo, de cuyo anonimato emergiò por esta novela, la ùnica que escribiò. (...) Al parecer, cuando tenìa 20 años se acercò a la Bolsa para inicarse en las operaciones con la esperanza, muy comùn en esa època, de enriquecerse ràpidamente para poder conquistar asì el corazòn de una mujer. Es verosìmil que eso haya sucedido, asì como la pèrdida de todo su dinero. Posteriormente a esos episodios, es decir hacia 1888, entra al diario La Naciòn como cronista volante, episodio trascendental en primer lugar porque constituye un excelente puesto de observaciòn, luego porque siendo una tarea anònima no le concede el reconocimiento esperado”. 
“Durante 1890 escribiò La Bolsa; la ùltima frase fue redactada el 30 de diciembre. Dos hechos notables pueden observarse: el primero es que siendo una obra realista y de actualidad no ha incluido como tema la revoluciòn del mismo año; el segundo es que en el mismo año se publicò en Francia L'Argent, novela mediante la cual Zola investiga y condena el sistema financiero. (...) La Bolsa aparece en folletìn en La Naciòn desde el 24 de agosto hasta el 4 de octubre de 1891, con gran èxito de pùblico y de crìtica”. 
El crìtico considera que la obra fundamental de este ciclo –la de Martel- tiene importancia desde diversos puntos de vista, a pesar de su escaso valor literario: “La Bolsa es una obra literariamente poco importante, inmadura, pero que asì y todo expresa varias cosas de interès; en primer lugar hay, conscientemente o no, una tentativa por trascender la literatura del 80 en su fisonomìa màs exterior; en segundo lugar, muestra un escritor desclasado, emergente del periodismo y que anticipa, por esas razones, un nuevo tipo de escritor, el profesional; en tercer lugar, se trata de un libro inspirado en hechos contemporàneos, ubicado en una actualidad, comprometido polèmicamente con sus interpretaciones” (5). 
El propòsito moralizante aparece en la obra de Martel, en la que una mujer observa còmo su marido, estudiante brillante de otros tiempos, se ve envuelto en la fiebre especuladora. Le advierte cuàles seràn las consecuencias de su actitud, pero “no logrò convencerlo ni aquel dìa en que con sus dos hijos en brazos (dos preciosuras, frutos de sus amores)le preguntò si correrìa el peligro de verlos expuestos al deshonor o a la miseria”. 
El narrador tambièn advierte al personaje que, enceguecido, no puede escucharlo: “¡Come, come, insigne doctor, saborea despacio los manjares que te presentan, porque los bolsistas como tù, sàbelo bien, no tienen nunca seguro el pan de mañana!...”. El narrador le habla asimismo al lector, a quien hace partìcipe de sus funestos vaticinios: “Con su ancha cara bondadosa disfuminada en una expresiòn de insana codicia, oyèrais hablar a aquel ministro de emisiones clandestinas, de grandes negocios solapados que, al aumentar la fortuna de S. E., seràn màs tarde la ruina y el deshonor de la patria”. 
Escribe Martel: “la raza semita, arrastràndose siempre como culebra, vencerà, sin embargo, a la raza aria”. 
Noè Jitrik analiza la visiòn del inmigrante en esta novela: “Hay dos razones aparentes de culpabilidad; una es polìtica, el règimen juarista, la otra es moral, la de los que medran con el sistema, Granulillo, Armel y los otros; pero los verdaderos culpables son otros, los agentes corruptores, los que frìamente traman apoderarse del paìs y destruir a sus hombres y, especialmente, su sentido moral: son los judìos y en ellos se detiene la mirada profunda, sagaz; hay una esencia en ellos a que debe remitirse toda comprensiòn del fenòmeno. Varias veces los judìos son atacados ya sea por personajes ya por el narrador; quien los defiende es el personaje màs corrompido, Granulillo. Glow los ataca con argumentos de Edouard Drumont, cuyo libro, La France juive (1886), cita. Sorprende sin embargo que en la novela no se haga actuar concretamente a un personaje judìo sino que todas las acusaciones sean de caràcter general. Los ‘culpables’ estàn establecidos; se lo ha encontrado ya sea porque estaban en el ambiente, ya porque el argumento sirve para escamotear un anàlisis màs concreto de responsabilidades actuales”. 
“Segùn algunos crìticos, Bagù entre ellos, no existìa problema judìo en el paìs -agrega-; todas las referencias literarias anteriores son incidentales; las manifestaciones del propio Sarmiento (Condiciòn del extranjero en Amèrica) tienen un caràcter teòrico; en 1888 entraron al paìs 8 familias judìas, al año siguiente 136 y casi todos se fueron al interior. El judìo viene a ser lo extranjero por antonomasia y, en una concepciòn naturalista, un objeto privilegiado pues no ha mezclado su sangre. Lo màs probable es que el ataque sea contra los extranjeros en general, lo cual le restituye el alcance de alegato antirroquista que se va constituyendo a partir de la aplicaciòn del plan roquista, especialmente inmigratorio. En consecuencia, su profecìa de ruina cubre la moral de la naciòn entera, fiscaliza todo un sistema polìtico y canaliza el resentimiento de los que estàn fuera de èl; el prototipo de este alejamiento es el general Mitre, cuyo diario publica este folletìn”. 
“La lectura màs superficial e ingenua de La Bolsa de Juliàn Martel sorprende por la enorme carga de xenofobia y antisemitismo –afirma Gladys Onega. (...) Los protagonistas del drama se convierten en un ente abstracto llamado judaìsmo internacional; los instrumentos, algunos patricios argentinos ‘contagiados’ (de acuerdo con la terminologìa naturalista); las vìctimas, otra vez, los mismos patricios. ¿Cuàl es la actuaciòn de la clase media y del proletariado en la crisis? Ninguna. ¿Cuàl es la funciòn del inmigrante? La imagen que tiene Martel sobre la inmigraciòn masiva està subordinada a la del tipo argentino aristocràtico y ambas, a su vez, a la del judìo que es el deus ex machina de la concepciòn irracionalista de la economìa”. 
Los inmigrantes son los culpables de la crisis. Asì pensaba la clase alta; asì lo dejò escrito Martel.

domingo, 29 de enero de 1995

QUILITO

por Carlos Marìa Ocantos. Hyspamèrica. 

Carlos Marìa Ocantos es el autor de Quilito (1), una de las tres obras màs representativas del “Ciclo de la Bolsa” (las otras dos son La Bolsa, de Juliàn Martel, y Horas de fiebre, de Segundo Villafañe). 
Andrès Avellaneda señala que “dos grandes grupos de novelas filiadas en mayor o menor grado al naturalismo, se refieren a los temas decisivos en el momento ochentista: el inmigrante y la fiebre financiera” (2). En Quilito, estos temas aparecen entrelazados, al tiempo que se transmite una visiòn selectiva sobre la inmigraciòn europea, destacando las virtudes de los ingleses y tolerando a los latinos. 
En 1888 apareciò Leòn Zaldìvar, de Ocantos. Adolfo Prieto afirma que el escritor “iniciò con esta novela una larga serie de obras dedicadas, en lo fundamental, a reflejar diversos aspectos de la realidad argentina. Con Quilito (1891), El candidato (1893), Tobi (1896), el ciclo alcanzò sus logros màs felices, pero por su ubicaciòn cronològica y sus temas especìficos, estas obras seràn consideradas como representativas de la novelìstica de la dècada del 90” (3). 
“En la figura de Ocantos –dice el editor- se corporiza uno de los olvidos màs notables de la historia de las letras argentinas”. Este olvido es relacionado con la vida que llevò el escritor, quien “ingresò a la carrera diplomàtica en 1884, y viviò casi siempre fuera del paìs”. El presentador de la ediciòn sostiene que “En franca oposiciòn a las influencias literarias francesas tan en boga en la dècada del noventa, Ocantos era un estilista de formaciòn hispànica, un verdadero discìpulo de los realistas peninsulares, especialmente de Pèrez Galdòs –ambos tienen estilos muy parecidos-, que le sirviò de modelo para una serie que llamò Novelas argentinas, inspiradas en los famosos Episodios Nacionales del ilustre escritor canario” (4). Cabe acotar que en 1887 fue designado miembro de la Real Academia Española; uno de los literatos que lo propuso fue precisamente Galdos (los otros fueron Juan Valera y Josè Marìa de Pereda). 
A criterio de quien escribe este texto preliminar, “Quilito no se centra exclusivamente en la quiebra de la Bolsa y en sus derivaciones. (...) La difìcil y conflictuada sociedad del noventa encuentra en Quilito un reflejo fiel y acabado. En sus pàginas quedò impreso para siempre el retrato de las costumbres, las formas de ser, de relacionarse y de sentir en las que se gestò la esencia del argentino de hoy”. 
En la obra aparecen inmigrantes de distintas nacionalidades, a los que Ocantos retrata en forma diferente. Siente predilecciòn por el personaje inglès, en el que hace encarnar todas las virtudes, al tiempo que demuestra desdèn por los italianos. El portuguès, en cambio, le parece corrupto y oportunista, a juzgar por los apelativos con que lo evoca. 
Ocantos no se cierra a la postura generalizada en su època, que consistìa en combatir la inmigraciòn. El advierte los rasgos buenos en los criollos y en los inmigrantes, y tambièn sabe ver en ambos grupos los procederes que evidencian la decadencia moral y que llevan a una existencia desgraciada o, incluso, a la muerte. 
En la casa de Quilito trabajaba una italiana: “Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta, donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas, envuelto en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas"” Más adelante dirá de esta mujer que cantaba “un aire de su país, con acompañamiento de platos y cacerolas”. 
Habla también Ocantos de un “italianito vendedor de diarios”, lo cual podrìa llevarnos a pensar que ubica a los italianos en trabajos que no requieren estudio. No es asì, pues crea el personaje de Rocchio, un corredor de Bolsa, “un hombrazo con muchas barbas, italiano con sus ribetes de criollo”. Al igual que la genovesa, este hombre es descripto por Ocantos con rasgos animales distintos de los que caracterizan al inglès, los criollos y los indios; lo describe como “un italiano atlético, cuadrado, con las crines erizadas, cuya voz era un rugido; tan brusco en sus maneras, que un buenas tardes de su boca hacìa el efecto de un escopetazo a quemarropa, y un apretòn de manos producìa la sensaciòn de arrancar el brazo, a tirones, brutalmente. Trabajador, eso sí, como una mula de carga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de su día comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del mes”. 
Muy diferente era el usurero Raimundo de Melo Portas e Azevedo. De los italianos de Ocantos puede decirse que no tenìan muchas luces, ni una educaciòn refinada, en cambio el lusitano era para el autor una persona ruin. Lo define como “el ángel protector de empleados impagos y pensionistas atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados”. Vemos que utiliza también en esta oportunidad la comparación con animales, como lo hiciera con los italianos, pero el sentido es bien distinto. 
A pesar de sus condiciones para vivir indignamente, el portuguès no es el peor en esta historia; alguien lo supera, y es, paradòjicamente, un criollo, para demostrar que Ocantos no es prejuicioso: “entre don Raimundo y èl, igualmente criminales y condenados a la mismapena por la opiniòn pùblica, habìa una capitalìsima diferencia: la que existe entre el ladròn y el ratero, no porque el portuguès se contentara con pequeños robos al por menor, que era un pez de primera magnitud, sino porque ante las hazañas de don Bernardino, quedàbase en mantillas”. 
En Quilito, Ocantos escribe que la ola de emigraciòn europea nos aporta periòdicamente lo bueno y lo malo -al menos no piensa, como otros, que es todo malo-; Mister Robert, seguramente es el inmigrante ideal para el autor de las Novelas argentinas y para muchos màs. La oposiciòn entre los latinos incultos y el inglès culto nos hace pensar en Juvenilia (5), donde se hablaba de los vascos y del italiano, confrontados con la grandiosa figura de Monsieur Jacques. Evidentemente, el planteo no era nuevo; reflejaba, por otra parte, las preferencias del gobierno que –dice el historiador Exequiel Cèsar Ortega- “en los social favorecerìa cada vez màs la inmigraciòn, sobre todo la europea en general, perdidas bastante las esperanzas de la anglosajona y francesa en particular”. 
Las cualidades del inglès no son tomadas como modelo por los jòvenes criollos que especulan en la Bolsa. Quilito “miraba a Mìster Robert y se encogìa de hombros con làstima. No, no se verìa èl en ese espejo. Allì estaba desde la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin descanso, sin distracciòn, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y asì todos los dìas, todos los dìas... hasta que la enfermedad le clavase en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte. Entretanto, habrìa pasado los mejores años de su vida sin gozarlos, dejando para otros el fruto de lo que èl sembrara...”. 
No sòlo Mister Robert era probo; tambièn lo era su familia: el inglès “no concurrìa a cafès ni a teatros; su distracciòn ùnica, suprema, que saboreaba con el deleite de un goloso, era su familia: la mujer, un àngel; el hijo, otro àngel, y el padre, viejo patriarca de Irlanda, màs catòlico que el Papa y de una honradez a toda prueba; de esos caracteres que ya no se estilan y que, temerosos, se esconden en el santuario del hogar, como prenda pasada de moda, para no exponerse a la irrisiòn del pùblico”. 
Tantas buenas condiciones no le garantizaron al inglès una vida tranquila. Fue arrastrado ala quiebra por los señoritos inùtiles, ya que “èl no traìa sino la inteligencia y el trabajo, que no alcanzan en plaza cotizaciòn alguna, menos cuando van refrendados por la firma del favoritismo”. 
En la obra de Ocantos, de clara intenciòn moralizante, se advierte la inmigraciòn como presencia heterogènea, que encierra en su seno seres de diversas condiciones. Aunque el escritor siente predilecciòn por los inmigrantes de cierta nacionalidad, no por ello deja de señalar que el cosmopolitismo es peligroso para los valores nacionales. Esa era su visiòn de lo que acontecìa en el paìs, y lo testimoniò en su novela.

sábado, 28 de enero de 1995

¿INOCENTES O CULPABLES?

por Antonio Argerich. Hyspamèrica. 

Algunas de las novelas relacionadas con la inmigraciòn de fin de siglo se destacan por la agresividad del autor y por el encono que manifiesta hacia los extranjeros. En una de ellas fundamenta el escritor su aversiòn, basàndose en supuestos provenientes de las ciencias mèdicas, refutados oportunamente por un sacerdote. La obra a la que nos referimos es ¿Inocentes o culpables?, de Antonio Argerich, un pensador que, a su manera, busca lo mejor para la Argentina. 
Adolfo Prieto señala que en autores como Canè y Mansilla, “la hostilidad frente al extranjero parece responder a motivaciones clasistas”, en cambio, “en otros autores, la xenofobia maneja el repertorio cientìfico de la època y se presenta con un vocabulario pretendidamente asèptico y neutral. Asì Antonio Argerich en su novela Inocentes o culpables (1884) y Cambaceres en la ùltima de sus obras, En la sangre, publicada en 1887” (1). 
La obra de Argerich se inserta en el panorama creativo de su tiempo, que fue muy rico y variado; asì lo recuerda el ensayista: “entre 1884 y 1889 y aparte de la obra de los cultores de una prosa evocativa o fragmentaria como Canè, Wilde o Mansilla, dotada sin embargo de caracterìsticas narrativas, aparecieron La gran aldea de Lucio V. Lòpez, ¿Inocentes o culpables? de Antonio Argerich, y todas las novelas de Cambaceres, las primeras de Ocantos y Severo J. Villafañe, La familia Quillango, novela corta de Cantilo, (...) ya por esos años entregaban a las prensas sus primeros trabajos Roberto J. Payrò y Josè Sixto Alvarez (Fray Mocho) para comprobar la irrupciòn masiva de una novelìstica argentina preocupada por reflejar el contorno inmediato y centrada en los rasgos tìpicos del gènero” 
De ¿Inocentes o culpables? se dijo que “no es màs que una torpe historia de un inmigrante italiano, con la que se propone probar cuàntos daños puede acarrear a la sociedad argentina la inmigraciòn de gentes de razas inferiores” (2). En el pròlogo a su libro, el escritor da las razones por las que considera perniciosa la llegada de ciertos extranjeros: “me opongo franca y decididamente a la inmigraciòn inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legìtimamente puede y debe aspirar la Repùblica Argentina; (...) La intromisiòn de una masa considerable de inmigrantes, cada año, trae perturbaciones y desequilibra la marcha regular de la sociedad, -y en mi opiniòn no se consigue el resultado deseado, esto es, que se fusionen estos elementos y que se aumente la poblaciòn. En efecto, si buscamos unidad, serìa imposible encontrarla: se habla de colonias aun aquì mismo en la Capital de la Repùblica y ya tenemos los oìdos taladrados de oìr hablar de la patria ausente, lo que implica un estravìo moral y hasta una ingratitud, inspirada, muchas veces, por el interès que azuza un sentimiento exòtico y apagado para que se ame a una madrastra hasta el fanatismo” (3). 
Esta no es la crìtica màs indignante que hace. A criterio de Adolfo Prieto, “fue Argerich, justamente, quien llevò màs lejos los supuestos del naturalismo zoliano al convertir a su novela ¿Inocentes o culpables? (1884) en una verdadera novela de tesis, con la exposiciòn de un diagnòstico y la elaborada descripciòn de pretendidos morbos sociales. Mèdico como Holmberg y Ramos Mejìa, Argerich acepta algunos conceptos polèmicos de la ciencia de su tiempo, sobre la presunta superioridad e inferioridad de las diversas razas, y pasa a demostrar en su novela que la inmigraciòn de procedencia europea, que por entonces empieza a romper el equilibrio demogràfico del paìs, serà desastrosa para la sociedad argentina”. 
Argerich sostiene que “para mejorar los ganados, nuestros hacendados gastan sumas fabulosas trayendo tipos escogidos, -y para aumentar la poblaciòn argentina atraemos una inmigraciòn inferior. ¿Còmo, pues –se cuestiona-, de padres mal conformados y de frente deprimida, puede surgir una generaciòn inteligente y apta para la libertad? Creo que la descendencia de esta inmigraciòn inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni darà jamàs el hombre que necesita el paìs”. 
Ademàs –vaticina- “los ferrocarriles nacionales y provinciales y las obras de la ciudad de La Plata, terminaràn –y entonces cesarà la demanda de brazos, y esas masas volveràn a afocarse a las ciudades, trayendo graves perturbaciones: se resentirà la salubridad, subiràn màs los alquileres de las casas y aumentarà la carestìa de los artìculos de primera necesidad, causas que evitan el acrecentamiento de la poblaciòn- y la destruyen a medida que se forma, como observa Malthus”. 
Considera que “tenemos demasiada ignorancia adentro para traer todavìa màs de afuera” y que “es deber de los Gobiernos estimular la selecciòn del hombre argentino impidiendo que surjan poblaciones formadas con los rezagos fisiològicos de la vieja Europa”. Propone una soluciòn para el problema al aseverar que “el remedio a nuestra escasa poblaciòn lo tenemos en nuestros propios lìmites territoriales: existen causas no estudiadas que detienen la poblaciòn y, mientras no se allanen, no resolveremos satisfactoriamente el problema ni aùn con pasajes pagos a los inmigrantes”.
Al nacer el primer hijo de los inmigrantes, Argerich habla de la influencia que “la raza, el medio y el momento” ejercerìan en èl, tal como afirmaba Hipòlito Taine. Le resta toda capacidad de decisiòn, pues “todo estaba preestablecido. Todo lo habìan ordenado voluntades y cerebros anteriores. Su bulto informe, sumergido en las ropas de la cuna, podìa compararse con un wagon de carga, construido para repuesto en una vieja lìnea fèrrea, porque como el wagon, su camino estaba fatalmente trazado. Vagaban en el ambiente las preocupaciones que habìan de nutrir su espìritu: los libros estaba escritos y designados, hasta su misma planta tendrìa que vagar forzosamente por la ruta que formaron las hormigas de anteriores generaciones. Està a merced de las influencias esteriores y de las necesidades que fatales desbordan del organismo. Vìctima de la casualidad o de la conjunciòn de dos sustancias desconocidas en su esencia, pobre prisionero de la vida, cautivo del momento històrico, no h escogido el tiempo de su venida al mundo, su idioma ni su nacionalidad. La lògica de la herencia, casualidad para èl, le ha dado sexo, color y temperamento”. 
Partiendo de estos principios deterministas, lo que sucede al individuo es algo inexorable, en lo que èl no puede tener injerencia; lo afirma el portavoz del autor: “tiene tanta culpa de lo que le ha sucedido como el transeùnte a quien aplasta un ladrillo que cae de un andamio”. Por tanto, a criterio de Argerich, la persona que comete un acto vil, responde a “imanes fatales en la vida y cosas irresistibles”; sostiene que “hay pasiones que arrastran todos los diques” y que quien sucumbe a ellas es inocente, porque sòlo està siguiendo los mandatos de su sangre. 
El sacerdote, en cambio, considera que hablar asì “es blasfemar: Dios ha hecho libre al hombre, y por lo tanto es responsable de sus actos; de lo contrario se deberìa abrir la puerta de las càrceles” y manifiesta que quien realiza un acto vil “es culpable, aunque la misericordia del Ser Supremo es infinita”, porque, para contrarrestar los “imanes fatales”, estàn el deber y la religiòn. Esta es la disquisiciòn que da tìtulo a la novela. 
Esgrimiendo razones de ìndole cientìfica, a todas luces discutibles, Argerich se opone a la llegada de los extranjeros, reflejando la posiciòn de muchos argentinos de la època. “¿Inocentes o culpables? es una de las pocas obras que registran abiertamente aquel sentimiento, tan comùn en los habitantes de esa Argentina que se veìa invadida por otras razas y otras costumbres. Por eso su testimonio es valioso”.

viernes, 20 de enero de 1995

LA GRAN ALDEA

por Lucio V. Lòpez. Buenos Aires, CEAL, 1980. 

En 1884, en el periòdico Sud Amèrica se publica como folletìn este libro (1) que Lòpez dedica a Miguel Canè, su “amigo y camarada”. “El subtìtulo de La gran aldea, “Costumbres bonaerenses”, previene ya las caracterìsticas del realismo a que recurrirà su autor, Lucio Vicente Lòpez (1848-1894): una actitud crìtica, no disolvente sino reformista, encaminada a registrar tipos y hàbitos de una sociedad, y a poner de relieve algunos de entre ellos mediante el sarcasmo, la ironìa o la simple caricatura. (...) la propuesta fundamental de La gran aldea es la de demostrar que el Buenos Aires provinciano de 1860 pervive en el Buenos Aires cosmopolita de 1880, que la clase social que manejaba sus destinos en la època de Pavòn continuaba controlando los hilos de la polìtica y de las finanzas y dando el tono de la sociabilidad en la època del alumbrado a gas y de los tranvìas a caballo” (2). 
“Aunque esperanzada con el potencial talento literario del autor, ya en el momento de su publicaciòn la crìtica fue en general adversa con la novela, pero ùtil, segùn Lòpez, porque ‘ha despertado la curiosidad y me ha favorecido la venta’. En ella pesa màs la crònica que la densidad literaria -Rojas la ve ‘inferior a su fama’-, y asì parece haber sido desde que se publicò: en su època influyeron tanto su calidad de instrumento de lucha polìtica e ideològica como el hecho de ser una novela en ‘clave’, por la que desfilaban las figuras del dìa (Mitre, Sarmiento, Avellaneda, etcètera); en nuestros dìas pesa el valor testimonial, intenciòn que ya proclama el autor desde el subtìtulo (Costumbres bonaerenses), que permite rastrear el pasaje de un Buenos Aires ‘patriota, semisencillo, semitendero, semicurial y semialdea’, a la ciudad ‘con pretensiones europeas’ en diversos registros: en lo urbano, con la transformaciòn de la ciudad que es màs modernizaciòn que ampliaciòn, con la incorporaciòn a la vida cotidiana del gas de alumbrado, el tranvìa, las nuevas formas de la arquitectura y la decoraciòn; en lo social, con el advenimiento de las nuevas burguesìas, el gallego sirviente al lado del mulaterìo, la desapariciòn del tendero criollo; en lo polìtico, con la consolidaciòn del roquismo, que impone la unificaciòn del paìs desde el poder central –y desde la ciudad capitalizada- y las tensiones que eso provoca; en lo econòmico, con el pasaje de los buenos tiempos del Estado de Buenos Aires al manejo financiero que culminarà con la crisis de 1890; en lo religioso, con el progresivo avance del laicismo estatal y la nueva religiòn de la burquesìa; en lo literario, con el pasaje del Romanticismo al Realismo y al teatro ligero francès...” (3). 
En esta obra aparecen inmigrantes, vistos desde la perspectiva de un escritor que añora un pasado que no volverà. 
Lòpez compara a los tenderos de antaño con los del presente: “¡Y què mozos! ¡Què vendedores los de las tiendas de entonces! Cuàn lejos estàn los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los mèritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, ùltimo vàstago del aristocràtico comercio al menudeo de la colonia”. 
Recuerda a uno de aquellos tenderos criollos: “Entre los prìncipes del mostrador porteño, el màs cèlebre, sin disputa, era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Perù como el rey del mostrador. No habìa mostrador como el de aquel porteño: todo el barrio junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapolàn y de volverla a doblar como don Narciso; y si la piràmide misma le hubiera querido disputar su amor a Buenos Aires, a la piràmide misma le habrìa disputado ese derecho”. 
Describe la estrategia del tendero para dirigirse a su clientela: “Don Narciso subìa o bajaba el tono segùn la jerarquìa de la parroquiana: dominaba toda la escala; poseìa toda la preciosidad del lenguaje culto de la època y daba el do de pecho con una dama para dar el sì con una cocinera”. 
“Los tratamientos variaban para èl segùn las horas y las personas. Por la mañana se permitìa tutear sin pudor a la parda o china criolla que volvìa del mercado y entraba en su tienda. Si la clienta era hija del paìs, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo. Si èl distinguìa que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin, iniciaba la rebaja, el ùltimo precio, el ‘se lo doy por lo que me cuesta’, por el tratamiento de madamita. ¡Oh!, ese madamita lanzado entre 7 y 8 de la mañana, con algunas cuantas palabras de imitaciòn de francès que èl sabìa balbucir, era irresistible. Durante el dìa, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tù y usted, entre madamita y madama, segùn la edad dela gringa, como èl la llamaba cuando la compradora no caìa en sus redes”. 
Los inmigrantes trabajaban junto a los criollos: “daban las cuatro y, no bien habìa entrado el gallego cotidiano con las viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la trastienda”. Lucio V. Lòpez menciona otro gallego relacionado con la tienda: “Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho”. 
En la adolescencia, el protagonista acude a la escuela de dos maestros, a los que describe con estas palabras: “Don Pîo Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajes singulares; singular era su escuela, singular la enseñanza, singular todo lo que los rodeaba. Don Pìo era la bondad y la benevolencia personificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor y la ira misma. Reunidos, don Pìo era la nota còmica del colegio, don Josef era la nota èpica. Amàbamos a don Pìo y lo amàbamos con toda el alma; temblàbamos ante don Josef y lo respetàbamos a fuerza de malquererlo”. 
En otro pàrrafo se refiere al aspecto fìsico del segundo: “Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja como un pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bien puesta sobre los hombros. Don Josef pasaba la vida clamando contra todo lo que lo rodeaba: contra el paìs, contra sus hombres, contra las mujeres, contra los muchachos y contra don Pìo, a quien tenìa en poca cuenta en las situaciones normales”. 
Uno de estos maestros era inmigrante: “Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de haber sido casi vìctima del hambre de una tigra mansa; preciàbase de haber conocido a la reina de España, doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un dìa de toros. Hacìa sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de Còrdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no querìa que nadie sospechase que èl aprobaba las rendiciones de cuentas de su pco escrupuloso antepasado. Vivìa crònicamente colèrico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con fruiciòn, de los tesoros de Potosì y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque el buen viejo tenìa altamente desarrollada la nota de la codicia”. 
“Pero, cuando èl levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o con los tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entonces temblaba la casa: buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro del adversario y la sazonaba con vocablos de estofado acabando por dominar el debate con sus gritos estentòreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso, de rica muscultura de atleta, en el fondo de ese caràcter atrabiliario, disputador y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se escondìa un ser enteramente pusilànime. Don Josef era una liebre”. 
Recuerda con cariño a esos pedagogos: “Era un muchacho de quince años cuando entrè en el colegio y apenas sabìa leer y escribir, pero trabajè con tesòn y me abrì paso. Don Pìo me amaba y don Josef, que habìa empezado por expresarme el màs profundo desprecio, habìa pasado del indiferentismo al entusiasmo con una facilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su ìdolo. De cuando en cuando pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sin fortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por mì como se interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprendìa con un progreso inesperado para èl, o con un buen rasgo de conducta, entonces el buen viejo se exaltaba y pasaba los lìmites del entusiasmo en sus elogios”. 
Inmigrantes y criollos conviven en esta obra -que incluye pàginas de “larvada xenofobia”-, en la que “Lucio Lòpez anticipa una visiòn crìtica nostàlgica y casi desesperanzada del cariz que toma la vida polìtica y social de la Argentina”.

jueves, 19 de enero de 1995

MARCHI

por Ignacio Gutiérrez Zaldívar. Buenos Aires, Zurbarán Editores, 1995. 87 pp.

Ignacio Gutiérrez Zaldívar nació “en Rosario, Santa Fe, en 1952. Luego de trabajar como abogado hasta 1976, fundó Zurbarán hace 19 años. Sus galerias se han dedicado a promocionar el Arte de los Argentinos, tanto en nuestro país, como en el extranjero. Desde 1989, a través de Zurbarán Ediciones, ha comenzado a publicar una serie de estudios y monografías, dedicados a las artes plásticas argentinas. Este nuevo libro tiene una edición en castellano y otra en inglés, que será distribuida en el exterior, como ya ocurriera con “23 Argentine Artist Now”. Es Presidente de la Fundación Región, cuyo objetivo es fomentar los lazos culturales de los países de Iberoamérica, presidiendo también la Academia Argentina de Gastronomia, que procura hacer conocer las tradiciones gastronómicas de los argentinos. Este es su doceavo libro publicado”. 
La obra que nos ocupa ha sido realizada con la coordinación general de María Torres, diseño gráfico a cargo de Salvador M. Curutchet, fotografía por Pedro Roth y Gustavo Sosa Pinilla y archivo por Diana García Calvo de Jonquières. El retrato de Jose Alberto Marchi es obra de Aldo Sessa, y el de Ignacio Gutiérrez Zaldívar fue tomado por Carolina Tejera. 
En el “Agradecimiento”, afirma el autor: “Este libro que está en vuestras manos, es el resultado del amor y la pasión por la obra de José Alberto Marchi. Pasión compartida con toda la gente de Zurbarán, en especial Diana García Calvo de Jonquières, María Torres y Salvador M. Curutchet, quienes desde hace mucho tiempo está abocados sin limites de horarios a trabajar en esta edición. También quiero expresar mi gratitud a María Squirru, quien realizó la traducción para la edición en inglés, y a Claudia Mazzola, quien me orientó en los temas más sensibles de la vida de su marido. (...) Cuando al preparar este libro pude contemplar en su conjunto las pinturas realizadas por José en los últimos seis años, sentí un profundo e inmenso agradecimiento a Dios, por haberme brindado la posibilidad de ser testigo, y participar cotidianamente en el proceso creador de este elegido que es Marchi”. 
José Alberto Marchi ganó la Beca otorgada por Mid-América Arts Alliance, Estados Unidos de Norteamérica. Fue distinguido, además, con el Primer Premio de Dibujo, XXI Salón Nacional de Grabado y Dibujo, Buenos Aires; el Tercer Premio de Croquis, Segundo Concurso de Croquis sobre Ballet, Teatro Nacional Cervantes, Buenos Aires; la Primera Mención de Honor, III Bienal Fundación Arche, Museo Eduardo Sívori, Buenos Aires; la Segunda Mención de Dibujo, IV Concurso Colegio Ward, Pcia. de Buenos Aires; el Segundo Premio de Dibujo, Salón Primavera, Sociedad Argentina de Artístas Plásticos, Buenos Aires; el Premio Mención de Dibujo, Salón Pequeño Formato, Sociedad Argentina de Artístas Plásticos, Buenos Aires; el Segundo Premio de Dibujo, IX Salón Municipal de Artes Plásticas de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires; el Segundo Premio de Dibujo, Salón Primavera de la Asociación de Dibujantes Argentinos, Buenos Aires; el Segundo Premio de Dibujo, XVII Salón Nacional de Grabado y Dibujo, Buenos Aires; el Primer Premio de Dibujo, Certamen Anual de Artes Plásticas para Alumnos de Bellas Artes, Salas Nacionales de Exposición, Buenos Aires; el Segundo Premio de Dibujo, Concurso Anual para Jóvenes Artistas, Sociedad Hebraica Argentina, Buenos Aires. 
La primera parte, titulada “La infancia”, abarca desde el año 1956 al año 1969. “Los personajes de las obras de José Alberto Marchi son seres enigmáticos –señala el autor-; hombres y mujeres que se mueven en paisajes desconocidos, extranjeros lejos de su tierra”. La raigambre de esta inclinaciòn es sugerida por el crìtico, cuando dice: “Tal vez, en la vida del artista encontremos algunas claves”. 
En busca de estas claves, se remonta a la historia de la familia, acerca de la que comenta: "Alberto Marchi, su padre, es el tercer hijo de Carmen Ferreyra, andaluza nacida en Granada, España; y de Sillo Catulo Marchi, lombardo nacido en Mantova, Italia”. El oficio del abuelo es recordado por Gutiérrez Zaldìvar: “Como su padre y sus hermanos, Sillo trabajaba en la sastrerìa de la familia, ubicada en la Av. Las Heras, entre Ayacucho y Junìn, que con orgullo contaba entre sus clientes al Dr. Marcelo Torcuato de Alvear. ‘Benigno Marchi e hijos’, decìa el letrero de la puerta del local, lugar simbòlico donde Josè encontrò los hilos, ese motivo tan personal que hace inconfundibles a sus obras. Hilos reales que su familia enhebraba en el quehacer diario, y al mismo tiempo, hilos simbòlicos que unen a Josè con su obra. Los hilos del destino, al decir de Rafael Squirru”. 
Otros miembros de la familia son relacionados por el crìtico con la obra del pintor. “Sus abuelos maternos, Nazareno y Angela, eran italianos, nacidos en Ancona y en Chietti, respectivamente. Nazareno fue 'pastero' -juntaba fardos para dar de comer al ganado-, y luego por largos años trabajò como encargado en una fàbrica de dulces, una rudimentaria industria de principios de siglo, que bien podrìa ser el escenario donde los personajes de Josè clasifican incansablemente extraños vegetales”. 
El trabajo de los padres, la inclinación de la madre hacia el canto lírico, el desempeño brillante del biografiado en la primaria, son algunos de los temas que se abordan en estas páginas. 
Entre 1970 y 1976 se extiende el período titulado “La Formación”. En esta segunda parte, Gutiérrez Zaldívar se refiere a los estudios del pintor en la “Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano”, institución en la que fue alumno de Beatriz Varela Freire, Horacio March y Enrique Gaimari, entre otros. Además, habla del apoyo que recibió de sus padres, amigos y su cuñado, Carlos Garaycochea. En esta época es premiado por primera vez: “Envió una obra al Concurso Anual de la Sociedad Hebraica Argentina para Jóvenes Artistas y recibió el 2º premio, nada fácil de obtener, si pensamos que entre los jóvenes seleccionados estaban Acha, Diciervo y Kuitca”. 
En “El dibujo 1977-1984”, se informa acerca de su primera exposición, en la Galería Arthea, y de aquellas obras que presentaban influencia de Holbein e Ingres. En las obras colgadas en la segunda exposición “se manifiesta su admiración por Rafael Sanzio y Leonardo Da Vinci”. En 1977, obtiene el Primer Premio en el certamen de Artes Plásticas para alumnos de Bellas Artes realizado en el Palais de Glace. Egresa de “la Pueyrredón” con el mejor promedio, Medalla de Honor y el Premio Luis Helvera. Otros premios , más exposiciones, el ingreso a la publicidad, la aparición del característico hilo en sus pinturas y el nacimiento de sus hijas son hitos fundamentales de esta etapa. 
“La Crisis”, período que abarca del 85 al 88, está caracterizado por la dudas acerca de su arte y su vocación, aunque los premios que obtiene hacen pensar que va sobre seguro. Vive de la publicidad, la ilustración y la docencia, hasta que, en 1989, decide dedicarse sólo a la pintura. 
Entre 1989 y 1994 transcurre “La pintura”, etapa en la que además de realizar muestras individuales, está presente en importantes muestras colectivas, en la Argentina y en el exterior. En 1994, “José obtuvo una importante beca concedida por The United States Information Agency y Mid America Arts Alliance (International Fellowship in the Visual Arts). La misma le brindaba la posibilidad de recorrer durante tres meses las ciudades de los Estados Unidos que eligiera, entrevistarse con curadores de museos, y permanecer luego, en una universidad de New York, como artista residente”. 
En ese mismo año, Marchi pinta “Recolectores de las ùltimas estrellas”, cuadro que –a criterio de Gutièrrez Zaldìvar- “es la sìntesis màs elocuente de su obra de este año, no sòlo condensa su espìritu sino que ademàs sus dimensiones son inusitadas (91x 172 cm), si pensamos en los formatos con los que habitualmente trabaja Josè. Dada su modalidad de paciente miniaturista, que disfruta detenièndose en cada detalle, su realizaciòn le demandò 18 meses de incesante labor”. En este cuadro advierte el crìtico el tema de la inmigraciòn, que aparece asimismo en muchos otros. Acerca de la obra dice: “El recuerdo de sus orìgenes se hace presente en los personajes que protagonizan esta obra: dos familias de inmigrantes. Las mujeres y los niños contemplan serenamente el trabajo paciente de los hombres que recogen las estrellas. El fondo està resuelto a la manera de un gran telòn, que poco a poco se transforma en paisaje, las ramas secas se hacen postes y luego àrboles que se integran en el bosque”. 
El trabajo de Gutiérrez Zaldívar concluye con una “Reflexión”, que dice, entre otras cosas: “En este mundo de la plástica actual en el que la falta de oficio, el desmaño y lo que es más grave, la falta de ideas, es elogiada como prueba de libertad y de presunta posmodernidad, la obra de José A. Marchi es un oasis para todos los que aún creemos en la buena pintura, la profundidad de contenido y la sinceridad”. Y no vacila en valorarlo desde el punto de vista ético: “Creemos que José con sus esforzados 38 años es un ejemplo para los miles de jóvenes que buscan expresarse a través de las artes plásticas. Este texto será útil si alguno de ellos encuentra en él, un estímulo para su búsqueda creadora”. 
Con la autoridad que le confieren su trayectoria y el trato cotidiano con el pintor, Gutièrrez Zaldìvar nos habla de temas caros para Marchi: el artista y la creaciòn, la infancia, el tiempo, sus orìgenes. Pero no se limita a presentar la información –sumamente detallada- que reunió, sino que aparece en este libro como crítico de arte; como tal, señala influencias en lo personal y en lo estético, muestra afinidades, valora lo realizado hasta el momento. Además, incluye textos de otros críticos, logrando así una obra que da una idea cabal de estos primeros años en el arte de un pintor que, sin duda, nos seguirá deslumbrando. 
Completan el volumen la reproducción de doce obras recientes y el catálogo de pinturas de Marchi.

lunes, 16 de enero de 1995

EL LAUD Y LA GUERRA

por Martina Gusberti. Buenos Aires, Editorial Vinciguerra, 1995. 

En el año 1989, Martina Gusberti dio a conocer su libro de cuentos Requiem para la adolescencia, en el que trabaja con emotiva dedicación, entre otros temas, la figura paterna y el hogar inmigrante. En El laúd y la guerra, evoca el viaje que la autora realiza junto a su padre y su marido, en 1982. 
No sería ésa la primera vez que el emigrante regresaba a su tierra: “después de varios viajes a su itálico terruño, cuando todos creíamos que había sentado cabeza, manifestó su deseo de reincidir. Era éste el proyecto más acariciado por mi padre, quizás el último y el de más difícil solución, por su avanzada edad”. Como no se animaba a viajar solo –tenía ochenta y ocho años-, buscaba quien lo acompañara. La esposa se había negado; los cuatro hijos tenían sus ocupaciones. El anciano insistía. 
La hija, nacida como él en Italia, se pregunta acerca de la motivación que impulsa con tanta fuerza al padre; se cuestiona “ese afán por volver al pasado, no sé si para fijarlo en el hoy o sólo para retroceder a él. Quizás, ganas de detener el tiempo que se le escurría entre las canas; o de no morir, sin mimetizarse definitivamente con el paisaje”. Finalmente, ella y su marido deciden acompañarlo. El anciano, conmovido, les agradece: “Gracias a ustedes puedo hacer esta travesía, que era mi obsesión”. 
Gusberti se refiere a la razón por la que el italiano pensó en venir a la Argentina. Ya en nuestro país, no se queda en Buenos Aires, una ciudad que indudablemente hubiera sido familiar para él, dada su semejanza con las urbes europeas. El destino que elige es bien distinto; se dirige a una ciudad que “fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos”. Allí llega en 1922, a los veintiocho años, este joven que llevaba en su espíritu los horrores de la contienda, los agravios de la falta de libertad. Fue “director de la Banda Sinfónica en la capital de la provincia del Chaco y fundador de las bandas musicales del Colegio Don Bosco, la Penitenciaría Nacional, los Boy Scouts, los Bomberos Voluntarios y la primera Escuela de Música Municipal, que fueron reproducciones de las que anteriormente creó en su país natal”. Además, había formado orquestas; la escritora las enumera. 
No fue sólo el padre el beneficiado con el viaje. En Martina y el marido se operó una transformación que ella describe: “Nos hizo cambiar nuestra filosofía para recorrer mundo, y desde aquél, nuestros viajes variaron de tónica, dejamos de ser turistas. Papá nos enseñó a meternos en los pueblitos, a olfatear sus cocinas, a distinguir las leves variaciones en las fonéticas de los dialectos, a hablar con la gente mayor y escuchar sus relatos que siempre son inéditos, a aprender historia, las pequeñas e intimistas historias de los viejos pobladores que –como pulsantes arteriolas- son el origen del gran cauce de un país”. 
Conoció mucho más a su padre, al compartir vivencias allí donde habían sucedido, y volcó su sentimiento en estas páginas, en las que –afirma Bernardo Ezequiel Koremblit- encontramos “un entrañable Luigi, un Luigi imborrable”, “evocado con tal acierto y virtuosismo literario que la evocación es a un tiempo una invocación”. En el libro se adivina a la escritora como una investigadora que no se contenta con la tradición familiar, sino que la profundiza y fundamenta en bibliografía. El estudio que debe haber realizado para contar los hechos como lo hace no se trasunta en su estilo, que es natural y espontáneo, sino en la solvencia con que maneja datos y fechas de una época pretérita. 
A criterio de Ester de Izaguirre, “Martina Gusberti recrea y renueva el tema del inmigrante, con el personaje Luigi que después de vivir la guerra, se larga a la búsqueda de posibilidades en la Argentina, en una de cuyas provincias se radica, y fiel a su vocación y a su índole, enseña música, dirige la banda del pueblo, funda una familia; en pocas palabras: ocupa su lugar”. Se pregunta la ensayista si “¿Existió Luigi en la vida real? ¿Es un símbolo de todos los inmigrantes, con cuyos hijos y nietos se hizo este país? Lo importante es que ya existe como personaje con todo el relieve de los elegidos”. 
El laúd y la guerra puede ser leída como una crónica real de tiempos bélicos, puede abordarse también como un relato de viaje, como una descripción de la vida actual en la llanura lombarda, como una historia de inmigrantes y una obra inspirada por el amor filial y la admiración. Es todo eso, y es, fundamentalmente, la historia de un regreso que atañe no sólo al emigrante, sino también a su descendencia, que comprende así aún más lo ejemplar de una vida.

domingo, 15 de enero de 1995

TALLER DE JUEGOS LITERARIOS

por Cristina Pizarro y Patricia Russomando de Camilión. Actilibro S. A. Buenos Aires, 1994. 207 paginas. 

El volumen que comentamos integra la "Colección del Taller", que dirige Adriana V. Andersson. En el, las autoras se proponen un anaIisis del discurso centralizado en la especificidad de la literatura infantil. Se preguntan cuaIes son sus alcances, cuáles sus perspectivas, y lo que es necesario brindarle al niño para convertirlo en un sujeto lector, lograr el alivio de sus tensiones, y permitirle que el juego que él añora y ansía siga repercutiendo en la obra literaria?". Nos hablan, por otra parte, de los aspectos lúdico, catártico, de compromiso, de identificación y de proyección y trascendencia “presentes en la literatura como arte de la palabra, en su dimensión estética y en donde confluyen como reflejo experiencias de vida". 
Este es, muy resumido, el contenido del primer capítulo. En los tres siguientes, las profesoras se ocupan de la narrativa, la poesía y el drama. En cada una de estas vertientes creativas se internan con inteligencia y sentido común, proponiendo actividades que, además de viables, resulten interesantes para los alumnos y favorezcan el diálogo entre ellos y con el docente. En uno de los pasajes del libro leímos que "la presencia de la Literatura en la escuela actúa en la democratización de la enseñanza" y esa aseveracion se evidencia en el trabajo de Pizarro y Russomando. Al finalizar la lectura, nos queda la impresión de que nos encontramos ante una forma distinta de enseñar, que tiene en cuenta las inquietudes del niño y lo trata como un ser pensante, sin reprimirlo, pero encauzándolo. 
Es de destacar que las actividades propuestas tienden a fomentar la inclinación por otras artes, ya que hablan de la musicalidad de los textos y la posibilidad de representarlos plasticamente. Es interesante la ejemplificación continua que hacen las autoras, la que las !leva a brindar una extensa nómina de escritores y sus creaciones, organizada de modo que resulte una eficaz ayuda para el docente. Por ultimo, queremos decir que el lenguaje con que ellas realizan la exposición es accesible a las alumnas a las que está destinado y, al mismo tiempo, revela cariño por los pequeños y voluntad de integrarlos a la realidad que los rodea en la mejor manera posible. 
Creemos que este libro será de utilidad a los maestros por los motivos antes expuestos, y porque brinda orientación sobre el tema inclusive en sus aspectos mas nimios, como los materiales que se deben utilizar o las dimensiones de los elementos a emplear. 
Ilustró Adrian Borlasca.

viernes, 13 de enero de 1995

JUVENILIA

 por Miguel Cané. Buenos Aires, CEAL, 1980. 

El historiador Exequiel César Ortega sostiene que “La inmigración jugó importante papel ya a mediados de esta etapa del ’80 al ’30. En ciudad y campaña, en oficios diversos que abarcaron la agricultura y la naciente industria; e incluso se dieron lugares como ejemplos de cuánto podía una colonización bien planeada...”. Comenta qué sucedió con los inmigrantes llegados a nuestra tierra: “El medio nuestro los asimiló bien pronto y sus descendientes inmediatos se sintieron integrantes ‘de la tierra’. A menudo ascendieron de Status, integraron profesiones, comercio e industria; impulsaron los nuevos partidos políticos mayoritarios”. 
El gobierno de esa época “En lo social favorecería cada vez más la inmigración, sobre todo la europea en general, perdidas bastante las esperanzas de la anglosajona y francesa en particular. Inmigración que cubriese las necesidades crecientes de mano de obra ciudadana y sobre todo rural, mediante la colonización y la ocupación de dependencia o el arrendamiento y la mediería (1)”. 
En noviembre de 1898 –señala Susana Zanetti-, Canè “regresa a Buenos Aires pues ha sido elegido senador nacional. Desde su banca presenta al año siguiente dos proyectos: el de erigir el monumento a Sarmiento en el Parque Tres de Febrero y el de extradiciòn de extranjeros. Este proyecto de Ley de Residencia, contrario a los principios de nuestra Constituciòn, es violentamente atacado. Evidentemente, el miedo al futuro, a la màquina que empequeñece, a las masas populares que amenazan invadir y destruir la sociedad distinguida que amò en Europa, o la paternalista de la gran aldea perdida, golpeada de muerte por la inmigraciòn revoltosa y huelguista, ha endurecido y deteriorado el liberalismo progresista de antaño. Basta leer buena parte de los artìculos coleccionados en Notas e impresiones (1901) y Prosa ligera (1903) para comprobar su espìritu reaccionario. (...) La ley de expulsiòn de extranjeros, en fin, es piedra de toque para entender còmo ha variado el muchacho liberal progresista de la època de Avellaneda. Canè no acierta a comprender la importante transformaciòn del paìs que queda reducida en su espìritu a una verdadera dèbacle. (...) En el paìs los problemas sociales se agravan, las huelgas se suceden; es entonces cuando el presidente Roca echa mano del proyecto presentado por Canè. La ley de residencia es un hecho y los perturbadores extranjeros podràn ser arrojados del paìs” (2). 
Escribe Gladys Onega: “La significaciòn que tiene para nosotros la actitud de Canè hacia los inmigrantes, no proviene de la extensiòn o profundidad con que la haya expresado literariamente, sino porque conciencializò (como lo hizo màs tarde Joaquìn V. Gonzàlez) la situaciòn en que vivìa su clase y que la inmigraciòn ponìa en evidencia, aunque lo hiciera de manera bastante superficial. Canè era, como dijimos, un liberal a ultranza que arremetìa contra el clericalismo, la ignorancia y el estancamiento, pero era sobre todo un miembro de la clase de la que dice Mc Gann, en uno de los màs dinàmicos y comprensivos estudios sobre la situaciòn històrica y la visiòn del mundo del 80: “Una definiciòn adecuada para la aristocracia argentina de esa època puede surgir del comentario de que ‘ùnicamente el liberal del siglo diecinueve podìa combinar el desprecio por el hombre comùn con la fe en la democracia’ “. 
“En Prosa ligera (1903) està incluido el relato La Tucumana donde el autor revela su ìntima convicciòn aristocratizante”. Gladys Onega asevera, a partir de la lectura de un pàrrafo del mismo, que “Canè añora un pasado desaparecido en una de las formas de explotaciòn del hombre por el hombre màs degradantes, la esclavitud, transformada en resignada y voluntaria enajenaciòn de los criados por amor al generoso patriarca. El pàrrafo de Canè explicita la nostalgia con palabras que son un verdadero sumario de la reacciòn ante el nuevo estado de cosas: La expresiòn de respeto constante, la veneraciòn de los subalternos como a seres superiores colocados por una ley divina e inmutable en una escala màs elevada –la consagraciòn sacramental, carismàtica del privilegio, la negaciòn del proceso històrico, solidificado y remitido a los designios de Dios; una vida de paz y tranquilidad- el lema de ‘orden y progreso’ y ‘orden y administraciòn’ de los gobiernos oligàrquicos sudamericanos; el viejo y manso feudalismo –deformaciòn idealizada de un sistema que habìa retrasado en cincuenta años la evoluciòn del paìs y habìa engendrado a Rosas, bajo cuyo gobierno habìa emigrado el padre del que escribe esta vaga elegìa; la influencia de las ciudades- la urbanizaciòn tenìa el grave inconveniente de agrupar a los hombres y permitir que tomaran conciencia de clase-; la fluctuaciòn de las fortunas –la introducciòn de formas capitalistas, màs dinàmicas que la feudal; la desapariciòn de los viejos y sòlidos hogares- los advenedizos ingresaban a las familias aristocràticas, o, màs simplemente, las nuevas clases alta y media urbanas contraìan matrimonio en lugar de unirse en concubinato espontàneo como se habìa reprochado a las clases populares, primero a los gauchos y luego a los proletarios, los sirvientes inmigrantes son ladrones, se visten como ‘nosotros mismos’ (aunque sea bastante difìcil suponer que la ropa de los caballeros porteños confeccionada por sastres londinense se confundiera con la de los criados); y recuerdan su condiciòn de hombres libres- es decir, que de acuerdo con el artìculo 14 de la Constituciòn, pretendìan que su libertad era un derecho y no una graciosa dàdiva de los amos; las campañas del interior refugian la viejas pautas patriarcales deseables en el presente- el interior no invadido se valoriza por su resistencia al cambio” (3). 
En el 80, la autobiografìa surge como el “lugar donde se expresa lo particular, lo curioso, lo diferenciador, lo propio de un sector social” (4); este sector es el de la clase dirigente, grupo que se caracteriza por haber sido educado con una gran influencia de la cultura europea, particularmente francesa (5). Cobra gran importancia la evocaciòn de la vida “vulgar”, calificativo que abarca tanto la vida cotidiana, real, como los comportamientos censurados por la moral corriente (6). 
La autobiografìa se caracteriza, en este perìodo, por asumir el aspecto de la charla social (causserie), de la anècdota, y por la frecuente utilizaciòn de citas que remiten a lecturas extranjeras. En las obras autobiogràficas de los hombres del 80 aparece como modelo el “hombre de mundo”, que conjuga en sì mismo muy diversas facetas. Como consecuencia del impacto de la inmigraciòn, aparecen “evocaciones nostàlgicas de tiempos màs austeros” y “descripciones costumbristas con toques moralizantes”. 
Susana Zanetti destaca que “la actitud de nostalgia, de reminiscencia, de regreso al pasado, es una constante del 80”; Juvenilia presenta -a su criterio- “un melancòlico contrapunto entre la adolescencia despreocupada de ayer y el hombre maduro de hoy. Aùn asì, la evocaciòn tiende generalmente a las anècdotas festivas, alegres”. En la obra advierte ciertas semejanzas con David Copperfield, de Charles Dickens, pero la diferencia de la obra inglesa el hecho de no entrañar denuncia ni afàn testimonial. 
El tema del fracaso generacional està encarnado en la suerte corrida por los condiscìpulos; algunos han muerto, otros se encuentran empleados con sueldos de hambre, sòlo unos pocos se destacan. Esta actitud surge de lo que la ensayista denomina “doble melancolìa” frente al pasado y frente al povenir (7). 
Miguel Canè nos ha dejado en Juvenilia (8) testimonio de su visiòn de los inmigrantes. A las figuras del grotesco enfermero italiano y los temibles quinteros vascos, contrapone la grandiosidad del profesor Amadeo Jacques, sìmbolo de la inmigraciòn anhelada por los hombres del 80. 
En su autobiografìa, Canè evoca este personaje con rasgos despectivos. “La enfermerìa era, como es natural, econòmicamente regida por el enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su fisonomìa, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Habìa sido primero sirviente de la despensa; luego, segundo portero, y, en fin, por una de esas aberraciones que jamàs alcanzarè a explicarme, enfermero. ‘Para esa plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais; la obtuvo un bailarìn’ “. 
Se refiere al aspecto fìsico del inmigrante: “Era italiano y su aspecto hacìa imposible un càlculo aproximativo de su edad. Podìa tener treinta años, pero nada impedìa elevar la cifra a veinte unidades màs. Fue siempre para nosotros una grave cuestiòn decir si era gordo o flaco. (...) Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable que nos traìa a la idea la confusa y entremezclada vegetaciòn de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara; veìamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo en espacio. Las cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las pestañas ralas y gruesas como si hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un ser de razòn para el infeliz, que estoy seguro jamàs conociò aquella secciòn de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia y frutos nos traìa a la memoria un ombù frondoso”. 
“El cuerpo, como he dicho, era enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasiòn hacia las dèbiles piernas por las que se hacìa conducir sin piedad. El equilibrio se conservaba gracias a la previsiòn materna que lo habìa dotado de dos andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo, consumìa un cuero de baqueta entero. Un dìa, nos confiò en un momento de abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenìa, fabricadas a medida, excedìan siempre los precios corrientes”. 
Recuerda el personal castellano del enfermero: “Debìa haber servido en la legiòn italiana durante el sitio de Montevideo o haber vivido en comunidad con algùn soldado de Garibaldi en aquellos tiempos, porque en la època en que fue portero, cuando le tocaba despertar a domicilio, por algùn corte inesperado de la cuerda de la campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello, con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la memoria de una manera inseparable a su pronunciaciòn especial: Levàntasi, muchachi,/ que la cuatro sun/ e lo federali/ sun venì a Cordun. Perdiò el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres que, hacièndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de calle”. 
Sobre sus aptitudes para el trabajo, afirma: “Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un spècimen màs completo que nuestro enfermero. Su escasa cantidad de sesos se petrificaba con la presencia del doctor, a quien habìa tomado un miedo feroz y de cuya conciencia mèdica hablaba pestes en sus ratos de confidencia”. 
Los estudiantes encontraban diversas distracciones en la quinta de Colegiales; una dellas, vinculada a otros inmigrantes. “En la Chacarita estudiàbamos poco, como era natural; podìamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatìs y sobre todo, organizar con una estrategia cientìfica, las expediciones contra los ‘vascos’ “. 
Describe el escenario y las virtudes de la fruta de esos quinteros: “Los ‘vascos’ eran nuestros vecinos hacia el norte, precisamente en la direcciòn en que los dominios colegiales eran màs limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua, y de bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravìa. Pasada la zanja, se extendìa un alfalfar de una media cuadra de ancho, pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Màs allà (...) en pasmosa abundancia, crecìan las sandìas, robustas, enormes, (...) allì doraba el sol esos melones de origen exòtico (...) No tenìan rivales en la comarca, y es de esperar que nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habìan siempre producido desengaños, la nostalgia de la fruta de los ’vascos nos perseguìa a todo momento, y jamàs vibrò en oìdo humano en sentido menos figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega”. 
Se refiere a la disposiciòn anìmica de esos inmigrantes: “Pero debo confesar que los ‘vascos’ no eran lo que en el lenguaje del mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, àgiles, vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje màs probado, eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclòpeos, aquellos hombres, como todos los mortales, tenìan una debilidad suprema: ¡amaban sus sandìas, adoraban sus melones!” 
Dos veces hurtaron fruta los adolescentes sin ser vistos. La tercera, “detràs de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi direcciòn, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresiòn de encontrarse en los aires, sentado incòmodamente sobre dos puntas aceradas que penetran... (...) ¡cuàn veloz me parecìa aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrerìa creìa sentir rozarme los cabellos! (...) aquel hombre terrible meyado en su tridente, empezò a injuriarme de una manera que revelaba su educaciòn sumamente descuidada. (...) Me tendì en la cama y, mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexionè profundamente en la velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a retaguardia, armado de una horquilla”. 
En otro pasaje se refiere a Amadeo Jacques -quien naciò en 1813 y muriò en 1865-, destacando su loable acciòn dentro del Colegio: “El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomò su direcciòn el hombre màs sabio que hasta el dìa haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografìa de una manera exacta me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos que, por otra parte, bastan a mi objeto”. 
“Amedèe Jacques pertenecìa a la generaciòn que al llegar a la juventud encontrò a la Francia en plena reacciòn filosòfica, cientìfica y literaria”. (...) habìa crecido bajo esa atmòsfera intelectual, y la curiosidad de su espìritu lo llevaba al enciclopedismo. A los treinta y cinco años era profesor de filosofìa en la Escuela Normal, y habìa escrito, bajo el molde eclèctico, la psicologìa màs admirable que se haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha viva y elegante; el pensamiento sereno, la lògica inflexible y el mètodo perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los estudiantes, pàginas de una belleza literaria de primer orden y aùn hoy, quince años despuès de haberlo leìdo, recuerdo con emociòn los capìtulos sobre el mètodo y la asociaciòn de ideas. Al mismo tiempo, el joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosòficas de Fenelòn, Clarke, etc., ùnicas que hoy tienen curso en elmundo cientìfico”. 
Evoca el exilio del francès: “Pero Jacques no era uno de esos espìritus frìos, estèriles para la acciòn, que viven metidos en la especulaciòn pura, sin prestar oìdo a los ruidos del mundo, y sin apartar su pensamiento del problema, (...) El 2 de diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo arrojò al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte, y con la visiòn horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal”. 
“Tomò el camino del destierro y llegò a Montevideo, desconocido y sin ningùn recurso mecànico de profesiòn; lo sabìa todo, pero le faltaba un diploma de abogado o de mèdico para poder subsistir. Abriò una clae libre de fìsica experimental, dàndole el atractivo del fenòmeno producido en el acto; aquello llamò un momento la atenciòn. Pero se necesitaba un gabinete de fìsica completo y los instrumentos son caros”. 
“Un momento Jacques fue retratista, (...) Pero ni la fotografìa, que màs tarde perfeccionaron, ni la daguerrotipia, que le cedìa el paso, como el telègrafo de señales a la electricidad, daban medios de vivir”. 
“Jacques se dirigiò a la Repùblica Argentina, se hundiò en el interior, casòse en Santiago del Estero, emprendiò veinte oficios diferentes, llegando hasta fabricar pan, y por fin, tuvo el Colegio Nacional de Tucumàn el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discìpulos los doctores Gallo, Uriburu, Nouguès y tantos otros hombres distinguidos hoy, que han conservado por èl una veneraciòn profunda, como todos los que hemos gozado de la luz de su espìritu”. 
“Llamado a Buenos Aires por el gobierno del general Mitre, tomò la direcciòn de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que dictaba una càtedra de fìsica en la Universidad. Su influencia se hizo sentir inmediatamente entre nosotros. Formulò un programa completo de bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto, su demasiada extensiòn. Pero M.Jacques, habituado a los estudios fuertes, sostenìa que la inteligencia delos jòvenes argentinos es màs viva que entre los franceses de la misma edad y que, por consiguiente, podìamos aprender con menor esfuerzo”. 
Tres nacionalidades, tres ocupaciones bien distintas, son evocadas por Miguel Canè en esta obra. Los pàrrafos transcriptos, sin embargo, no alcanzan para brindar una visiòn acabada de la postura del autor acerca de la inmigraciòn. Para lograrla, se debe recurrir a todos sus textos –algunos de ellos no literarios, como la Ley de Residencia, de 1904-, los cuales, junto a Juvenilia, nos proporcionaràn una cabal idea del sentimiento de este hombre del 80 frente al aluviòn inmigratorio.