jueves, 20 de enero de 1994

TREBOLES DEL SUR

por Juan José Delaney. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1994. 

Juan José Delaney es profesor de Literatura Argentina en la Universidad del Salvador. Ha publicado, en distintos medios, cuentos, ensayos, trabajos de investigación y textos periodísticos. Dirigió la revista El gato negro. En 1993, becado por la Fundación Antorchas, participó del International Writing Program, de la Universidad de IOWA (Estados Unidos). Es autor del volumen de cuentos Papeles del desierto.
Tréboles del Sur mereció elogiosos comentarios de Enrique Anderson Imbert y Rodolfo Modern. El escritor dedica a sus antepasados estos quince textos que transcurren a lo largo de más de un siglo. El tema común a todos estos textos es el de la inmigración irlandesa, de la esforzada búsqueda de un mundo mejor. En este libro presenta seres ficticios y hechos verosímiles, sin embargo, en él se evidencia una evocación de la realidad que surge de datos concretos que Delaney maneja con autoridad. 
El se muestra como un conocedor de todo cuanto atañe a su colectividad. Nos habla de la religión, de las lecturas que hacen los irlandeses, la música que los emociona, los internados en los que se albergan niños y niñas, las comidas típicas, las bebidas, la educación sexual –inexistente en un modo de vida puritano-, el idioma –que aparece como un obstáculo en el trato cotidiano y como una ventaja en cuanto a las perspectivas laborales-, las localidades en que se encuentran los inmigrantes de ese origen –Rojas, Moreno, Palermo, Flores y Villa Urquiza-, los pensionados, las fiestas patronales, los apellidos castellanizados y la historia de Irlanda. 
El autor nos dijo en una entrevista: “Como lector y autor, siempre me incliné por la literatura fantástica, pero la temática de este libro no me permitió alejarme de hechos históricos y concretos, como de situaciones que, de alguna manera, ocurrieron. Digamos entonces que, en general, los cuentos se inscriben dentro del realismo, aunque con ciertas vinculaciones con lo fantástico y lo psicológico”. 
Sobre las fuentes a las que recurrió, comentó: “Toda la información que obraba en mi poder la había recibido por transmisión oral. Las memorias, nostalgias y anécdotas de mis padres, parientes y amigos mayores, en efecto, me habían dotado del material como para emprender la tarea sin incurrir en imprecisiones. No obstante ello, recorrí la escasa bibliografía que hay sobre el tema”. Entre esa bibliografía se cuenta el semanario hiberno-argentino, The Southern Cross, “que registra la actividad cultural, religiosa, social y deportiva de la comunidad”; cuyo director, el padre Federico Richards, le “permitió generosamente revisar todo ese valioso material”. 
Le preguntamos si entre esas historias había muchas protagonizadas, veladamente, por gente ligada a él. Nos respondió: “Como se dijo –y al menos en mi caso, doy fe de que es cierto-, todo texto literario es, esencialmente, autobiográfico. Por más que haya disfrazado mis historias, detrás de las palabras, está mi propia experiencia vital. Debo decir que también redacté sucesos de los que me hubiera gustado ser protagonista. Finalmente, no por nada dediqué el libro ‘a los irlandeses, vivos y muertos, que andan por mi sangre’ “.
En uno de los textos, fechado en abril de 1929, una inmigrante escribe en la Argentina a una coterránea que recaló en Nueva York. La primera ve frustradas sus ambiciones, principalmente por el obstáculo que es para ella el desconocimiento del lenguaje, aunque, en lo que respecta a lo material, se muestra agradecida: “no puedo pasar por alto la buena acogida que los irlandeses todos hemos tenido en este suelo; difícilmente brazos deseosos de trabajar no encuentren recompensa”, expresa la mujer. Le cuenta que el té es el único sedante para sus angustias y le pregunta si recuerda la bahía de Galway “y aquel hermoso y triste ‘Lament of the Irish Inmigrant’. Agrega: “Enseñé la canción a mis alumnos más avanzados pero me parece que no llegaron a captar su verdadero sentido”. A vuelta de correo, la amiga le pregunta: “¿Tendrá algo que ver con tu nostalgia esa desértica inmensidad que llamas Pampa?”.

viernes, 14 de enero de 1994

PLACERES Y FATIGAS DE LOS VIAJES

Crònicas andariegas, por Manuel Mujica Làinez. Buenos Aires, Sudamericana, 1993. 

Manuel Mujica Láinez nació en Buenos Aires en 1910; falleció en Cruz Chica, Córdoba, en 1984. “Estudió en colegios de Francia y Gran Bretaña. Desde joven, alternó la creación literaria con la crítica de arte, que desarrolló en el diario La Nación. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo. Fue Secretario del Museo Nacional de Arte Decorativo y, entre 1955 y 1958, ocupó la Dirección de Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores. También integró la Academia Argentina de Letras y obtuvo, entre otras distinciones, los premios Kennedy, Nacional de Literatura (1963) y la Legión de Honor del Gobierno de Francia (1982). Además, en 1984, fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En 1969 el escritor y su familia se habían trasladado a Cruz Chica (Córdoba), instalándose en una antigua casona con un extenso parque, llamada ‘El Paraíso’, donde Mujica Láinez residió hasta su muerte”. 
“De su vasta producción sobresale su obra narrativa, en la que cobra especial importancia la indagación de lo argentino, presente en Canto a Buenos Aires (1943); Aquí vivieron (1949), sobre la historia de una quinta de San Isidro (Bs. As.) y, especialmente, en el volumen de cuentos Misteriosa Buenos Aires (1950). Mujica Láinez retrató con escepticismo e ironía a los sectores tradicionales en Los viajeros (1955) y en Invitados en El Paraíso (1957. Su inclinación a lo fantástico y el carácter cosmopolita se pone de manifiesto en las novelas que transcurren en el Renacimiento italiano, como Bomarzo (1962), o en la Edad Media, como en el caso de El Unicornio (1965). Varias novelas y cuentos suyos fueron llevados al cine y a la televisión, y el compositor Alberto Ginastera realizó una ópera basada en Bomarzo, estrenada en Washington (E.E.U.U.) en 1967 y que obtuvo un amplio reconocimiento internacional”. 
Manuel Mujica Làinez ha evocado en muchas oportunidades a sus ancestros. En Los porteños (1), èl toma la palabra y se refiere a sus antepasados en los artìculos titulados “Un poema, un autor y su genealogìa”, “Los tìos de Inglaterra” y “Yo vivì aquì (La quinta de los Beccar Varela)”. En esos textos, el elogio tiene como destinatarios a los protagonistas; el tono admirativo surge espontàneamente al hablar de familias patricias y personajes gloriosos. 
La vida y la obra entera de Mujica Làinez se desarrollaron alimentadas por el vivo fuego de la estirpe hispànica y sus profundas raìces en el suelo americano. El escritor se muestra orgulloso de su genealogìa y la recuerda con frecuencia. La circunstancia personal determina su creaciòn artìstica. Se siente el afortunado heredero de una distinciòn y una cultura sin parangòn; a travès de los lazos sanguìneos ha recibido, si no la fortuna, todos los privilegios inherentes a ella. Quizàs por esta razòn es que elige para sus obras a protagonistas de la clase dirigente, a virreyes, condes y marqueses. 
En un artìculo publicado en La Naciòn, incluido en el volumen mencionado, recuerda a sus antepasados en diàlogo con Borges. De la charla surge una diferencia: los ancestros del autor de El aleph han sido hèroes; los de Mujica Làinez, estancieros y literatos. Entre estos ùltimos, se destacan los Varela, los Canè –el “romàntico porteño” y el autor de Juvenilia-, el fundador de El Diario y, màs cercanos a nosotros en el tiempo, Manuel Mujica Farìas, su padre, autor de tratados jurìdicos, y Lucìa Làinez Varela, cuya pluma nos dio un libro de memorias de viaje y dos obras de teatro. 
En “Dos abuelos, dos tendencias”, Mujica Làinez presenta a sus ancestros escindidos en dos corrientes: la criollista y la europeizante. Representante de la primera es Eleuterio Santos Mujica y Covarrubias, estanciero y tenaz partidario de Mitre. La otra corriente està representada en la persona del abuelo materno, Manuel Làinez, y en las del grupo de periodistas y literatos relacionados con nuestro autor por medio del progenitor de su madre. 
La tradiciòn familiar ha sido para Mujica Làinez fuente inagotable de temas, tanto en lo que se refiere a personajes como en lo concerniente a historias, vivencias, a esa atmòsfera tan particular que encontramos en todas y cada una de las obras del descendiente de Juan de Garay. 
Manuel Mujica Làinez realizò innumerables viajes a lo largo de su vida, por diferentes motivos. Durante su adolescencia, viviò en Parìs y en Londres; màs tarde, ya periodista de La Naciòn, los viajes fueron para èl parte de su trabajo. La misiòn oficial tambièn fue un motivo para recorrer el mundo, como lo fue asimismo la creaciòn literaria, que lo llevò a presenciar el estreno de Bomarzo en los Estados Unidos. Poco antes de morir, Mujica Làinez reuniò algunas de las crònicas que escribiò para el diario capitalino, en dos volùmenes que titulò Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas (2). En estos tomos agrupa artìculos publicados entre 1935 –cuando viajò en el Zeppelin- y 1977. 
En una entrevista realizada en 1978, afirma que cuando escribiò esa primera nota, “Era un niño bien que iba a bailes y a fiestas” y lejos de enorgullecerse por haber sido elegido para realizar esa travesìa, dice: “A mì me eligieron porque como era tan joven y hacìa sòlo tres años que estaba en el diario, no les importaba mucho perderme... (3)”. 
Las condiciones en las que realiza sus viajes no siempre son las ideales, y muchas veces se lamenta de la velocidad que lleva en sus andanzas, o de otros inconvenientes lògicos, dada la època en que visita algunos paìses. El periodista comenta: “Hubiera querido tener el cuerpo sembrado de ojos, como Argos, pues lo que siempre sucede en estos viajes veloces es que lo màs interesante es lo que uno va dejando a un costado, a la derecha o a la izquierda, (...) se hace lo que se puede con los escasos medios fìsicos de que se dispone”. 
Ademàs de la premura que lleva, juega contra èl la realidad de los paìses europeos en la posguerra, que obliga a trazar el itinerario de acuerdo a lo posible y no a lo deseable; en Alemania, por ejemplo, debiò alojarse en el albergue de los corresponsales de guerra, en un cuarto diminuto que “debiò nacer cocina, pues conserva en un rincòn una pileta de lavar platos y, en el otro, un caño sospechoso”. 
Los lugares que recorre lo impresionan siempre, aunque por diferentes razones. En algunos de ellos admira la historia milenaria o el coraje de sus habitantes; en otros, reconoce espacios propios, ya sea por herencia o por vivencias. Uno de los dos paìses a los que màs se siente ligado el periodista es –el lector lo habrà supuesto- España. 
En España vivieron sus ancestros; uno de ellos, hace siglos, se lanzò al mar, en busca de la promesa americana. “Cada uno de nosotros es, en buena proporciòn, consecuencia de la cadena ancestral que le dio vida –afirma-, y mis eslabones hispanos, rotos hace casi dos centurias, siguen unidos invisiblemente a mis eslabones de la Argentina. Hoy los siento trèmulos, vibrantes, dentro de mì”. 
Este sentimiento alcanza su clìmax cuando el poeta visita, en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastiàn, , la casa de sus mayores, en una “peregrinaciòn a las fuentes”: “Con Armendàriz tornè a entrar en la iglesia. Me enseñò, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mì. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostrò junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, màs o menos, està destinada a escuela, correo, dependencias municipales y què sè yo què. Sobre la puerta sigue intacto el blasòn, como en tantas y tantas casas de Guipùzcoa”. 
Se refiere a su estado de ànimo de ese momento: “Experimentè, como es lògico, una especie de emociòn difìcil de definir. Ella aumentò cuando, algo despuès, el alcalde nos guiò al cònsul y a mì para que, desde la altura del hospital, abarcàramos la vista del pueblo. Cuatro hermanas de caridad, alegres, parloteantes, sonoras de llaves y de rosarios (la màs àgil, Sor Pastora), nos escoltaron a lo largo de vastas salas llenas de camas vacìas –pues en Villafranca no hay màs que trece asilados en el hospital, y la principal razòn de ser de ese instituto monjil finca en su colegio- para que asomàndonos a las ventanas del primer piso, apreciàramos en su conjunto la hermosura del pueblo. Y entonces, al verlo tan pequeño, tan esmirriado, con sus tejas venerables, sus edificios hidalgos y sus muros pobrecitos, sentì que algo se apretaba dentro de mì”. 
Recordò entonces a “aquel Juan Bautista de Mujica y Gorostizu, tan vasco, quizàs el tercero o el cuarto hijo de una familia numerosa, de hacienda flaca, que un dìa resolviò irse de Villafranca de Oria, de estas montañas, de este rìo rumoroso, de estas casas soñolientas, de estos pinos velados por la bruma, de esta iglesia que guardaba la historia de los suyos”. Se fue “allende el mar, al extremo del mundo, porque –segùn se referìa- se habìa abierto el puerto de Buenos Aires al comercio, en un nuevo virreinato, y acaso allì –pero eso sì, desgarràndose de todo, como quien se cercena una mano a sì mismo- habrìa posibilidades de medrar, para un muchacho sin temor”. 
El escritor plasma en este artìculo la emociòn que sintiò: “Ese pensamiento me acercò a èl, por encima del tiempo, màgicamente, y a la casa que acababa de ver junto a la iglesia de Santa Marìa. Y al hacerlo comprendì que no me estaba despidiendo de España sino, al contrario, regresando a ella, a mi casa, y aunque me fuera lejos nunca me irìa de aquì, donde las raìces se hunden entre tumbas y el rìo Oria le repite a mi sangre, para siempre, una vieja ronda familiar”.

domingo, 2 de enero de 1994

SILVINA OCAMPO: LA BUSQUEDA DE LA ESENCIA

El 14 de diciembre ultimo falleció en Buenos Aires 

El surgimiento de la vocación artística puede evidenciarse en las formas mas diversas: a veces, el autor no encuentra su modo de expresión, se mueve vacilante entre diversas artes sin lIegar a identificarse plenamente con ninguna de ellas. Esto es lo que Ie sucedía a Silvina Ocampo cuando sintió que necesitaba expresarse esteticamente; dotada para la plastica y las letras, "dibujaba lo que no podia escribir y escribía lo que no podia dibujar". Finalmente, optó por la ficción, y así comenzó un largo camino que Ie deparó innumerables satisfacciones. 
En el año 1937 publicó Viaje olvidado, que inauguró una época de la narrativa femenina argentina. Le siguieron, entre otros, Espacios métricos (1945), Las invitadas (1961) y Amarillo celeste (1972). Su obra abarca poesia, cuento y teatro. Entre los autores que mas gravitaron en su concepción artística, recordaba a William Shakespeare, Ronsard, Kafka y John Donne; sus primeros escritos fueron redactados en ingles, frances o castellano, indistintamente, aunque en nuestro idioma no se sentia tan suelta como en los anteriores. 
La evocamos a partir de los cuentos de un libro suyo de 1987, titulado Y así sucesivamente, compuesto por veintitrés textos sobre muy variados asuntos. Sin embargo, hay algo que los unifica: la autora efectua en ellos -a nuestro entender- una indagación acerca de la esencia misma del ser humano, de aquello que permanece oculto. AI presentarlo con otra carnadura, puede hacernos pensar en un relato fantástico, mas no se trata de un hecho sobrenatural, sino de la develación de la interioridad del hombre. 
Veamos, por ejemplo, el cuento titulado "EI rival". "Tenia los ojos, mas bien dicho Ias pupilas, cuadradas, la boca triangular, una sola ceja para los dos ojos", así describe el narrador testigo a un misterioso personaje, con quien compartirá momentos alucinantes. Su proceder era incomprensible; encerrado en un mutismo tenaz, reaIiza junto con el narrador y una mujer un largo viaje por el pais. Llamaba Ia atención en éI su firme oposición a la caza, afición que consideraba por demas sádica. En Misiones se produce un incidente: el personaje desaparece. Inutil es esperar su regreso, se ha perdido en la inmensidad de la selva. Horas mas tarde, el narrador advierte un jaguar; "avanzaba como avanza el agua, sinuosamente. Lo primero que vi fueron sus ojos, las pupilas cuadradas". 
"Sabanas de tierra" es una narración en la que asistimos a Ia consustanciación de un hombre con lo que él mas ama. Es de subrayar -en lodos los cuentos, pero muy especialmente en éste- Ia riqueza de imagenes forjadas por Silvina Ocampo para transmitir una idea Su literatura tiene mucho de dibujo, de colores vividos ensambIándose. EL cuento esta protagonizado por un jardinero que se vuelve parte del paisaje; notemos la belleza de Ias frases que describen este singular momento: "EI jardinero sintió su mano abrirse adentro de la tierra, bebiendo agua. Subía el agua lentamente por su brazo hasta el corazón. Entonces se acostó entre infinitas sabanas de tierra. Se sintió crecer con muchas cabelleras y brazos verdes". 
Cuando Ie preguntaron cuáles eran los temas constantes que definían su obra, la escritora señaló "el amor, el tiempo, la confusión de sentimientos, complicaciones en las relaciones humanas". Hay otros temas -comentó- que no quisiera abordar. pero que vienen inevitablemente a su encuentro: "Los de la venganza, de los celos, del dominio de un ser sobre otro ser, el engaño, la naturaleza". 
El tema de la venganza aparece en el primer relato del volumen. "lnauguración del monumento" refiere las vidas de dos chicos criados en el mismo pueblo. Domingo Alopex y el general Drangulsus. La historia comienza en el momento en que Alopex asiste a la inauguración de la estatua con su hijita de cinco años. Al comenzar la narración encontramos un elemento anticipatorio, pues uno de los presentes afirma: "Con esta estatua va a suceder lo mismo que con la de Mitys en Argos. ¿Lo recuerda? La estatua de Mitys mató aI hombre que lo habia asesinado". 
"La pista de hielo y fuego" nos habla de la incomunicación en la pareja. Tan estériles durante el matrimonio como lo fueron en el noviazgo, los dialogos se suceden, dejando en los interlocutores una sensación de vacio, de falta de sentido. Ante Ia imposibilidad de establecer un vínculo cierto, marido y mujer deciden dedicarse a su profesión sin abandonarla un instante, esperando que la muerte los libere de tan angustiosa situación. 
Una fantástica cura para este problema se encuentra en el cuento titulado "EI sombrero metamórfico", un mágico sombrero que podia solucionar todos los inconvenientes. "Se dijo que bastaba probarse una vez el sombrero para lograr la cura de una sinusitis. de una angina o de un glaucoma. Tambien se dijo que curaba los males de amor; conseguía enamorar a quien se lo probara, si miraba en el espejo una fotografía del elegido". 
Estos son algunos de Ios cuentos que nos dejó Silvina Ocampo. Tanto en ellos como en los restantes advertimos una preocupación por el ser humano -su innegable protagonista-, un afán de dilucidar los motivos de las reacciones a veces inesperadas, de colocar bajo la lupa hechos aparentemente cotidianos, pero que nos revelan en nuestra mas desnuda soledad. 

(EL TIEMPO, Azul, 2 de enero de 1994)