jueves, 21 de enero de 1993

GHERARDO MARONE

por Nicolás Cócaro - Dionisio Petriella. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri, 1993. 

Promociones de estudiantes de Letras han tenido en sus manos libros preparados por el ilustre catedrático Gherardo Marone. Estudiantes mayores que quien esto escribe tuvieron el privilegio de asistir a sus clases de Literatura Italiana, cátedra que obtuvo por concurso en 1939. En el libro publicado en su homenaje por la Asociación Dante Alighieri, Nicolás Cócaro recuerda la actuación del profesor con estas palabras: “Cabe destacar que los nombres de Dante, Petrarca, Ariosto, Boccaccio, Alfieri, Croce, De Sanctis y Machiavelo le son familiares a muchas generaciones argentinas y han profundizado su obra gracias a Marone”. 
En esa misma obra, Dionisio Petriella, presidente de la Dante, recuerda que la vinculación de Marone con Croce se había dado en forma personal en Italia, donde viajó el argentino: “Mis contactos con él -evoca- se limitaron a encuentros ocasionales en los lugares donde yo llevaba pruebas de imprenta corregidas por mi padre: la imprenta de don Arturo Caldarola instalada en el amplio patio del palacio Filomarino en cuyo primer piso vivía don Benedetto Croce, visitado asiduamente por Marone”. 
En la Argentina, Marone enseñó literatura italiana y en Italia, literatura española. En 1954 se trasladó a Bolonia, “la más sobresaliente casa de altos estudios”, para dictar la cátedra que había ganado por concurso: “¡Gran satisfacción –exclama Petriella- poder enseñar en la más vieja universidad europea, donde hace muy poco se oían las voces de Carducci y Pascoli, donde cotidianamente se oía la voz de Francesco Flora, coetáneo y amigo de infancia de Marone”. 
El interés de Marone por la docencia no se satisfizo solamente con la enseñanza universitaria, en la que mereció singulares reconocimientos. Fue también director didáctico de la Dante, donde se le encargó “una reforma en los cursos de idioma y cultura italianos que produjera una mayor afluencia de alumnos”, que hasta entonces no superaban los siescientos. Los directivos se preguntaban qué se podía hacer para lograr una mayor concurrencia, y creían que la falta de interés de los argentinos tenía que ver con la forma en que se conducía la enseñanza. 
Marone propuso soluciones eficaces, inspiradas por su inteligencia y también por su sentido común. Aseveró que tanto los planes de estudio como los docentes eran buenos; su observación se dirigió hacia otras cuestiones. Consideraba “inconveniente en cambio y contraproducente la publicación del nombre de los alumnos, la clasificación de sus méritos, los premios. Todas cosas propias de una escuela de niños y no de adultos como es la Dante. Más inconveniente aún, dijo Marone, es la gratuidad de la enseñanza, que humilla al alumno cuando le recuerda que es hijo de un humilde inmigrante”. En la evocación de Petriella se advierte que Marone era un profesor que sabía analizar realidades concomitantes a su labor, pues no se encerraba en el mero ejercicio de la enseñanza. Y tenía razón. Desde que se pusieron en práctica sus lineamientos, comenzó a aumentar el número de inscriptos a los cursos. 
Marone entendió la difusión de la lengua italiana como una labor que tenia que ver con los dos países en los que se desenvolvía su vida. Evidencia de esa convicción es su denodado esfuerzo en la traducción que permitía relacionar estas dos tierras por medio de sus más ilustres escritores. "Las barreras idiomáticas suelen ser obstaculos para valorar un quehacer ímprobo -afirma Cócaro-. Traduce al italiano a Cervantes (Don Chisciotte), a Lope (Commedie scelte) y a Tirso de Molina (Commedie scelte). Asimismo vierte al italiano La gloria de Don·Ramiro, de Larreta, y traduce a los escritores argentinos (Martínez Estrada, Lugones, Banchs, Mallea, Storni y Borges) en El libro de la pampa. Esa Antología della pampa obtuvo el premio principal de la Real Academia de Italia”. 
Cócaro destaca, asimismo, que Marone se ocupó de que llegaran a la Argentina personalidades de la cultura italiana e hizo otro tanto con investigadores nuestros: “Propende al intercambio de investigadores. No se da tregua. Incita a los argentinos a visitar y dictar clases en las universidades italianas”. 
El periodista resume la orientación que seguía el catedrático, en la que lograba unir mundos diferentes: “No desdeñar la tradición para poder comprender el presente. Fusionarla con el presente porque el futuro es acción. En esta fórmula puede estar la clave, el eje de la opera omnia de un ensayista, de un estudioso medular del pensamiento de Italia. No resulta fácil comprender y ahondar su obra, signada por la dicotomía de lo argentino y de lo italiano. Sin embargo, su fondo esencial se define en la latinidad”. 
En sus recuerdos, Cócaro señala los valores morales de este hombre probo: “Hombre de la batalla cotidiana, pertenecía a los hombres de esa batalla que apenas es percibida por los espíritus afines, cuando se desarrolla, y que tiene –por eso mismo es desconocida de las mayorías- un fin ulterior, un porfiado afán, un temple y una orientación que se adelanta a su tiempo”. 
Los objetivos que perseguía como profesor nada tenían que ver con su orgullo o con la popularidad: “al margen de cualquier vanidad –Marone sólo reconocía el altivo sentimiento que daba la cultura- sentíase feliz de que un solo discípulo, uno solo hubiera comprendido su lección, la ardua tarea de muchas horas que, a veces, iba a perderse en los apuntes universitarios”. 
En otro pasaje de su evocación, Cócaro reitera la modestia de Marone: “Hacía gala, sin vanidad, de su método, de su orientación en todos sus ensayos críticos, como seguidor de la estética croceana, o mejor, entre Vico y Croce, con los aportes de Carducci y De Sanctis, supo fusionar el sentido poético y su sensibilidad de hombre de cultura universal, sin caer en la falsa erudición crítica”. 
Pero no todo en él era calma y serenidad; algunas situaciones lo irritaban y podía ser “enérgico hasta desesperarse cuando un alumno le contestaba que la Commedia estaba escrita en prosa”. Sentiría en ese momento que sus esfuerzos chocaban contra la falta de interés de su interlocutor. 
Las páginas de Petriella nos hablan de la importancia del profesor Marone a lo largo de su vasta trayectoria; el director de la Dante destaca el aporte que este hombre singular realizó a la cultura en diversos ámbitos. Cócaro, por su parte, alude explícitamente a la deuda que tenemos con el catedrático: “Me alarma el olvido y la falta de memoria de los argentinos. Hablo de la memoria que no tenemos para guardar en el tiempo las personalidades y las obras de los escritores ejemplares. Digo, con el deseo de su recordada lectura, Lugones, Banchs, Bernárdez, Korn, Arlt, Larreta, Murena, Dondo, Marone. (...) Tenemos una deuda con Gerardo Marone –agrega-. El olvido ha sido nuestra respuesta. Pero la Argentina más frívola parece ignorar la freccia alata de esa cultura. Se difunde la Italia del fútbol y se exporta la Argentina de la picardía”. Más adelante, señala: “Teníamos una deuda de gratitud con Marone. Creemos haberla cumplido en parte. De él aprendimos el amor a la tierra argentina y el respeto a la patria de nuestros abuelos. Supimos, a través de sus enseñanzas, que no hay pueblo pequeño, ni aldea montañesa que no sea una lección de nobleza humana”.

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