domingo, 12 de julio de 1992

LITERATURA INFANTIL, POR UN MUNDO MEJOR


En La literatura infantil en la enseñanza preescolar y primaria (Buenos Aires, Lerú, 1964), Lilia Morbelli afirma que “se entiende por literatura infantil toda obra, no solamente dedicada a los niños sino la que por sus valores entra dentro de sus intereses" y destaca que el material des tinado a los pequeños lectores debe tener como fin primordial el conocimiento de la Belleza y la Verdad. Debe contener enseñanzas morales, pero las mismas no deben ser explícitas, por eso, aconseja eliminar las moralejas de las fabulas-, por el contrario, tienen que estar escondidas en el argumento y salir a la luz por la comprensión del niño.
En cuanto al objetivo que debe perseguir quien escribe este tipo de textos, sostiene que “el fin fundamental es llevar al niño al discernimiento de lo bueno y lo malo, es arraigar en él el sentido de la verdad, es hacerle comprender que lo que las palabras de los poetas cantan son las cosas de todos los días, son los sentimientos comunes a todos; y que, si muchas veces la imagen es melancólica, es porque nuestro mundo no es perfecto, y está en ellos el hacerlo mejor, en sus manos infantiles crear la bel1eza que falta, en su obra ulterior de adultos traer la seguridad y la paz, en su alma libre y limpia el extraer la poesía que todos los seres y la vida común encierran".
Morbelli considera que la literatura infantil no es una asignatura aislada, que sólo puede ser recordada cuando se trata .de enseñar gramática o redacción. La define como "la pieza principal del rompecabezas del saber humano", como "el ensamble necesario, el coordinador fundamental; el que hará ver aI niño que todo está relacionado".
La escritora Syria Poletti, distinguida en 1984 con la Estatuilla de Platino de la Fundación Konex por literatura infantil, afirmaba que no era de por sí un subgénero, ya que “cualquier narración o versificación se convierte en subproducto cuando se escribe para el consumo y no por inspiración talentosa".
En uno de los reportajes que se Ie realizaron, se explayó sobre este tipo de literatura: "Yo diría que escribir para los chicos es mi manera natural de relatar: es dar vía libre a la imaginación. Pero es también el mejor vehículo para expresar mi mundo interior y para introducir los símbolos, los mitos, los valores que me importan".
Consideraba que los niños captaban esos símbolos, esos valores, con mayor inmediatez, y también encontraba otras virtudes en sus Iectores: "Captan la poesía latente en toda creación -dijo- y son insobornables ante el tedio, lo falso, lo perimido, lo impuesto por las modas".
En cuanto al lenguaje, Morbelli señala que debe ser claro, sencillo y rico en comparaciones. Poletti agrega tácitamente que debe estar adecuado a aquello, a quienes se dirige, pues confiesa que el hábito de estar con niños Ie enseñó las leyes y el lenguaje que debía manejar, porque hay leyes particulares para este tipo de literatura: 'las mismas leyes que el niño crea para sus juegos: acción, realidad, emoción, fantasia" -enumera Poletti-.
Formar al hombre del mañana
Morbelli destaca que es necesario formar a los lectores, para que aniden en elIos las enseñanzas que los convertirán en hombres y mujeres probos, que tendrán en sus manos un futuro mejor. Su valoración del poder de la literatura infantil la lIeva a decir que los hace “vivir en el mundo encantado donde el triunfo de la bondad es el único posible. Mundo encantado que dejará de ser tal, el día que todos los hombres se hayan nutrido y hayan formado su espíritu con ayuda de la buena literatura infantil".
Esto no es fácil, pues requiere que el escritor se compenetre y sienta lo misrno que puede sentir el niño que lee su obra y cree en cuanto se Ie narra; al respecto, Ana M. Lahitte ex:presa que "para hablar sin herirlos hay que saber alejarse del dolor y volver a ser niños, sin oIvidar por elIo el acento guiador que, cuando despierten, habrá de irlos nutriendo de perfumadas esencias".
Un ensayista de la talla de Alfonso Reyes también se ocupó de este género, al que veía relacionado con la formación del pequeño destinatario: "En ninguna literatura -asevera- es más íntima la clásica relación entre lo util y lo dulce que en la literatura infantil, ninguna poesía está obligada más estrechamente a los fines educativos inmediatos que la poesía para los niños. Lo menos que hace -y lo más importante en muchos sentidos- es cultivar la imaginación y acostumbrar, por una parte, a escoger los rasgos de belleza en la realidad exterior y, por otra parte, a sublimarlos y trans figurarlos en el fuego del espíritu".
Lilia Morbelli alerta sobre el efecto pernicioso de las ma las lecturas, y aconseja, ya sea desterrar los cuentos famosos con motivos crueles y finales amargos -como Barba Azul-, o modificarlos, de modo que el personaje se vuelva inofensivo y no asuste a los niños –el lobo viejo y sin dientes en Caperucita Roja-.
Este efecto indeseable es advertido también por J. López de Arroyo, quien escribe: "Mientras los hijos no llegan a la pubertad, no es posible aún apreciar la influencia de las malas lecturas, de los espeluznantes relatos llamados inconscientemente cuentos infantiles. Es entonces cuando empiezan a manifestarse las consecuencias".
La literatura infantil aparece entonces como un medio su mamente eficaz para moldear el espíritu de los niños, más allá de que los divierta, desarrolle su imaginación o enri quezca su vocabulario. Al escribir para chicos debe tenerse en cuenta -como lo hacen muchos escritores de nuestro país- que la responsabilidad es enorme, porque se trata de seres en una etapa de gran importancia en sus vidas, una etapa en la que todo cala hondo y se vuelve el basamento de la personalidad.
Por eso, al escribir para niños, conviene recordar las palabras de Gesell, quien expresó: "EI encanto y la bondad intrínsecos en la niñez constituyen la mejor garantía de la ulterior perfectibilidad de la humanidad. En un esfuerzo más sinceramente sostenido por comprender a los niños, los hombres y mujeres se comprenderán mejor a sí mismos y comprenderán mejor a sus semejantes". 

(...)

El Tiempo, Azul, 12/7/92

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