domingo, 12 de julio de 1992

LITERATURA INFANTIL, POR UN MUNDO MEJOR


En La literatura infantil en la enseñanza preescolar y primaria (Buenos Aires, Lerú, 1964), Lilia Morbelli afirma que “se entiende por literatura infantil toda obra, no solamente dedicada a los niños sino la que por sus valores entra dentro de sus intereses" y destaca que el material des tinado a los pequeños lectores debe tener como fin primordial el conocimiento de la Belleza y la Verdad. Debe contener enseñanzas morales, pero las mismas no deben ser explícitas, por eso, aconseja eliminar las moralejas de las fabulas-, por el contrario, tienen que estar escondidas en el argumento y salir a la luz por la comprensión del niño.
En cuanto al objetivo que debe perseguir quien escribe este tipo de textos, sostiene que “el fin fundamental es llevar al niño al discernimiento de lo bueno y lo malo, es arraigar en él el sentido de la verdad, es hacerle comprender que lo que las palabras de los poetas cantan son las cosas de todos los días, son los sentimientos comunes a todos; y que, si muchas veces la imagen es melancólica, es porque nuestro mundo no es perfecto, y está en ellos el hacerlo mejor, en sus manos infantiles crear la bel1eza que falta, en su obra ulterior de adultos traer la seguridad y la paz, en su alma libre y limpia el extraer la poesía que todos los seres y la vida común encierran".
Morbelli considera que la literatura infantil no es una asignatura aislada, que sólo puede ser recordada cuando se trata .de enseñar gramática o redacción. La define como "la pieza principal del rompecabezas del saber humano", como "el ensamble necesario, el coordinador fundamental; el que hará ver aI niño que todo está relacionado".
La escritora Syria Poletti, distinguida en 1984 con la Estatuilla de Platino de la Fundación Konex por literatura infantil, afirmaba que no era de por sí un subgénero, ya que “cualquier narración o versificación se convierte en subproducto cuando se escribe para el consumo y no por inspiración talentosa".
En uno de los reportajes que se Ie realizaron, se explayó sobre este tipo de literatura: "Yo diría que escribir para los chicos es mi manera natural de relatar: es dar vía libre a la imaginación. Pero es también el mejor vehículo para expresar mi mundo interior y para introducir los símbolos, los mitos, los valores que me importan".
Consideraba que los niños captaban esos símbolos, esos valores, con mayor inmediatez, y también encontraba otras virtudes en sus Iectores: "Captan la poesía latente en toda creación -dijo- y son insobornables ante el tedio, lo falso, lo perimido, lo impuesto por las modas".
En cuanto al lenguaje, Morbelli señala que debe ser claro, sencillo y rico en comparaciones. Poletti agrega tácitamente que debe estar adecuado a aquello, a quienes se dirige, pues confiesa que el hábito de estar con niños Ie enseñó las leyes y el lenguaje que debía manejar, porque hay leyes particulares para este tipo de literatura: 'las mismas leyes que el niño crea para sus juegos: acción, realidad, emoción, fantasia" -enumera Poletti-.
Formar al hombre del mañana
Morbelli destaca que es necesario formar a los lectores, para que aniden en elIos las enseñanzas que los convertirán en hombres y mujeres probos, que tendrán en sus manos un futuro mejor. Su valoración del poder de la literatura infantil la lIeva a decir que los hace “vivir en el mundo encantado donde el triunfo de la bondad es el único posible. Mundo encantado que dejará de ser tal, el día que todos los hombres se hayan nutrido y hayan formado su espíritu con ayuda de la buena literatura infantil".
Esto no es fácil, pues requiere que el escritor se compenetre y sienta lo misrno que puede sentir el niño que lee su obra y cree en cuanto se Ie narra; al respecto, Ana M. Lahitte ex:presa que "para hablar sin herirlos hay que saber alejarse del dolor y volver a ser niños, sin oIvidar por elIo el acento guiador que, cuando despierten, habrá de irlos nutriendo de perfumadas esencias".
Un ensayista de la talla de Alfonso Reyes también se ocupó de este género, al que veía relacionado con la formación del pequeño destinatario: "En ninguna literatura -asevera- es más íntima la clásica relación entre lo util y lo dulce que en la literatura infantil, ninguna poesía está obligada más estrechamente a los fines educativos inmediatos que la poesía para los niños. Lo menos que hace -y lo más importante en muchos sentidos- es cultivar la imaginación y acostumbrar, por una parte, a escoger los rasgos de belleza en la realidad exterior y, por otra parte, a sublimarlos y trans figurarlos en el fuego del espíritu".
Lilia Morbelli alerta sobre el efecto pernicioso de las ma las lecturas, y aconseja, ya sea desterrar los cuentos famosos con motivos crueles y finales amargos -como Barba Azul-, o modificarlos, de modo que el personaje se vuelva inofensivo y no asuste a los niños –el lobo viejo y sin dientes en Caperucita Roja-.
Este efecto indeseable es advertido también por J. López de Arroyo, quien escribe: "Mientras los hijos no llegan a la pubertad, no es posible aún apreciar la influencia de las malas lecturas, de los espeluznantes relatos llamados inconscientemente cuentos infantiles. Es entonces cuando empiezan a manifestarse las consecuencias".
La literatura infantil aparece entonces como un medio su mamente eficaz para moldear el espíritu de los niños, más allá de que los divierta, desarrolle su imaginación o enri quezca su vocabulario. Al escribir para chicos debe tenerse en cuenta -como lo hacen muchos escritores de nuestro país- que la responsabilidad es enorme, porque se trata de seres en una etapa de gran importancia en sus vidas, una etapa en la que todo cala hondo y se vuelve el basamento de la personalidad.
Por eso, al escribir para niños, conviene recordar las palabras de Gesell, quien expresó: "EI encanto y la bondad intrínsecos en la niñez constituyen la mejor garantía de la ulterior perfectibilidad de la humanidad. En un esfuerzo más sinceramente sostenido por comprender a los niños, los hombres y mujeres se comprenderán mejor a sí mismos y comprenderán mejor a sus semejantes". 

(...)

El Tiempo, Azul, 12/7/92

domingo, 28 de junio de 1992

Nené D'Inzeo: "La poesía me habita desde siempre"

Nené D’Inzeo es profesora de Literatura Castellana y de Interpretación Poetica. Entre los numerosos libros que publicó recordamos Zig-Zag (prosa y poesía), Las marionetas vuelven de la guerra (poesía), He buscado la paz (poesía) y Los habitantes del laberinto (novela). Sus obras han sido editadas en Argentina, Peru, Paraguay, Brasil y España. Se ha destacado tambien como prologuista, escribiendo prólogos para las obras de conocidos escritores, entre los que mencionamos a Mané Bernardo y Angela Colombo. Le interesa el ensayo, género en el que abordó temas como Alfonsina y los miedos, Octavio Paz y la palabra, Los mitos y el hombre y El otro espejo en la literatura. En literatura infantil incursionó con La princesa ríe. 
Nos acercamos a Ediciones Tu Llave, la editorial que dirige, para conversar con ella sobre su ultimo libro, Aceptación de la locura, en cuya contratapa leemos estas palabras de Arturo Berenguer Carisomo: "Estamos frente a un volumen revelador de profundas angustias trasmutadas en poesía de cuño muy actual, reveladoras de gran talento, valiente audacia expresiva y densa cultura filosófica y literaria, notablemente atestiguada en las numerosas sentencias y frases de multiples autores, que sirven de compendio a lo ya expuesto poeticamente". 
Este es el diálogo que mantuvimos, para "La Cultura en EL TIEMPO": 
- ¿Por qué eligió este titulo para su nuevo libro? 
- Porque creo que aceptamos sin miedo "esa supuesta locura", germen del hombre, de ese mismo hombre que luego, en los avatares del diario vivir, la abandona, superándola, para diplomarse de cuerdo. Con la aceptación comienza la auténtica lucha por la superación espiritual. 
- ¿Por qué otro libro de poesía? ¿Abandonó la narrativa? 
- De ninguna manera abandoné la narrativa; es mas: hay tres ensayos inéditos y he comenzado otra novela. En cuanto a la poesía, ella me habita desde siempre. Mis tres primeros libros -Zig-Zag, Las marionetas vuelven de la guerra y He buscado la paz- son de poemas. Pienso y dialogo conmigo misma en poesía. La amo profundamente; es más, creo que en todos ella anida, sólo que a veces no la respetamos lo suficiente como para permitirle su libre vuelo, y menos aún nos atrevemos a la búsqueda de la justeza de la palabra. 
- Hablemos de los temas fundamentales de la obra. En primer lugar, lógicamente, la locura. 
- "Locura" es una palabra de origen oscuro, acaso árabe. ¿De qué manera podemos dibujar el límite preciso entre locura y razón? Amamos locamente (pasión), trabajamos locamente (stress), creamos locamente (sublimación). Armonía dentro del Caos. 
- ¿Y el amor? 
- Es la vida, la justificación de mi paso por éste, mi tiempo. Amor a la naturaleza, al hombre a mi costado, amor a mi marioneta cósmica. Sólo desde él, podemos encontrar nuestra ubicación y camino y por ende, gozar de la maravilla de vivir. Aunque esa ubicación no siempre se logra por senderos de felicidad. Amar es poder salirse de sí para regresar: colmada y crecida. 
- También está presente la muerte. 
- Como el comienzo de un misterio que nos acerca a otra dimensión, el ciclo inexorable que repetimos a cada instante de nuestro paso hasta alcanzar y supuestamente definitivo para la mente humana. Prolongación, presencia. 
- Y una posible redención mediante el resurgimiento. 
- El resurgimiento es lucha, superación, búsqueda descarnada de nuestro espíritu, elevación. 
- ¿Es la belleza una forma de comunicarse con los demas? 
- Desde mi ángulo de visión, el oscurantismo, la exagerada síntesis, el pulimiento en pos del goce intelectual, destruyen a la poesía. Dice Huidobro: "pule, pule, te quedas sin nada". El poeta debe "sentir la justeza de su palabra". La poesía debe ser grabada en la mente del lector; cada verso responder sí, a una síntesis, pero síntesis "conceptual". La metáfora al servicio de la auténtica comunicación: la de vibrar. Surco y siembra. 
- ¿Considera que en la lírica hay elementos autobiograficos? 
- No sólo en la poesía, sino en toda creación literaria, el artista plasma vivencias recordadas o no; aún cuando cree estar en el paroxismo de su creación, no hace sino “aprehender" vivencias. Acaso Agatha Christie no era una mujer dulce y pacífica? Sus fantasmas y vivencias caminaron las hojas y quedaron en paz. 

(EL TIEMPO, Azul, 28 de junio de 1992)

viernes, 29 de mayo de 1992

ASI ERA ALFONSINA STORNI

En el centenario de su nacimiento 

En 1992, el 29 de mayo, se cumplen cien años del nacimiento de la escritora. Nació en un cantón suizo de habla italiana, pero sus padres ya habían emigrado, años antes, a la provincia de San Juan. Su infancia y adolescencia transcurrieron en diversos puntos de nuestro país, en una situación económica difícil, que la obIigó a desempeñar trabajos como los de costurera a domicilio o empleada en una fábrica de gorras. Se recibió de maestra rural. 
Colaboró en La Nación, Atlántida, Caras y Caretas y La Nota. Integró los grupos Iiterarios "Anaconda", "La Peña" del Tortoni y el círculo que se reunía en la confitería Richmond de la calle Florida. Escribió teatro para niños y adultos, obras en prosa y poesía. Fue con este último género con eI que logró una fama perdurable, avalada por el Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional otorgados a Languidez. 
Gravemente enferma, puso fin a sus días el 25 de octubre de 1938, en Mar del Plata. 
Mucho se ha escrito acerca de la producción literaria de Alfonsina. Por eso, aunque siempre existe la posibilidad de realizar un nuevo aporte sobre su obra, preferimos abocarnos, en este aniversario, a un tema diferente: su aspecto físico y su personalidad, los cuales estaban muy ligados, Para ello, recurrimos a los testimonios que sobre sí misma dejó la poeta, y también aI que brindó, en Chile, Gabriela Mistral. Con unos y otros, intentaremos formarnos una idea de Alfonsina, para recordarIa en el centenario de su nacimiento. 

Evocación de la poeta 

Alfonsina nos ha dejado testimonios acerca de sus primeros años. En estos recuerdos, describe un alma que ya reniega de las ataduras, que desea vivir en contacto con la naturaleza: "Crezco como un animalito -dice-, sin vigilancia, bañándome en los canales sanjuaninos, trepándome a los membrillares, durmiendo con la cabeza entre pámpanos. A Ios siete años aparezco en mi casa a las diez de la noche, acompañada de la niñera de una casa amiga donde voy después de mis clases y me instalo a cenar". 
En esos años evidencia una imaginación desbordante, Ia misma que aparecerá en su literatura: “A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos, que no aparecen jamás en las noticias policiales. Soy una bomba cargada de noticias espeluznantes. La propia exuberancia de las mentiras me salva". Pero esta etapa llegará pronto a su fin, pues la escritora recuerda: “En la raya de los catorce años abandono". 
En sus recuerdos aparece también la iniciación literaria, y la repercusión que ella tuvo en el seno de su familia: "A los doce años escribo mi primer verso, Es de noche: mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. EI resultado es esencialmente doloroso: a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce". Sin embargo, la jovencita no se deja vencer por los obstáculos: "Desde entonces, los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están Ilenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan". 
Alfonsina habla de sí misma en un soneto que tituló "A la mujer que aparece en mis retratos". En éI puede observarse la oposición entre aquello que la poeta ve en su imagen natural, y lo que aparece en sus retratos, con los que no está conforme. Mediante la Iectura del poema, podrá captarse la idea que la escritora tiene de su rostro, y el desagrado con que lo ve malamente reproducido en las fotografías. 
Julieta Gómez Paz comenta que "AI verse así, engañosa y torpemente aludida por un rostro que no era el suyo, se decidió a encarar a la usurpadora" en los versos que transcribimos: 

Subterránea mujer de mis retratos 
de rostro oscuro y lacia cabellera, 
perdida tengo en ti mi primavera 
que, aunque segunda, reflorece a ratos. 

¿Por qué conmigo haces malos tratos? 
¿Por qué me vuelves torpe la manera? 
muñón deforme la nariz reidera, 
los discretillos ojos garabatos...? 

Te he dado vida y me odias despiadada. 
No te pedía que me hicieras nada: 
una mujer común que tiene acento. 

Pero al bromuro o sepia te me enconas, 
y ya fuera de ti, gritas, pregonas, 
contra tu pobre madre a todo viento. 

Gabriela Mistral la describe 

En 1926, Gabriela Mistral publicó en El Mercurio de Chile un retrato de la escritora, En esas líneas, recuerda la expectativa que tenía y qué sucedió aI conocer a Alfonsina. Habla no sólo de su físico, sino también de sus condiciones espirituales, en tono afectuoso y admirativo. 
"Me habían dicho 'Alfonsina es fea' -comienza Ia evocación- y yo esperaba una fisonomía menos grata que la voz escuchada por teléfono, una de esas que viene a ser algo así como el castigo dado a la criatura que trajo excelencia interior. Y cuando abrí la puerta a Alfonsina me quedé desorientada y hasta tuve la ingenuidad de preguntarle '¿Alfonsina?’ -sí, Alfonsina-, y ella se ríe con una buena risa cordial". Seguidamente, la poeta chilena describe a la autora de Ocre, comenzando por su cabello: '"Extraordinaria la cabeza, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado que hace el marco de un rostro de veinticinco años. Cabellos más hermosos no he visto: es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos”'. El rostro de Alfonsina también parece atractivo a Gabriela Mistral, quien lo describe con estas palabras: "EI ojo azul, Ia empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz de mujer madura”. La riqueza interior se trasluce en Ia apariencia fisica, dando origen a este comentario: "Pequeña de estatura, muy ágil y con el gesto, la manera y toda ella, jaspeada (valga la expresión) de inteligencia". 
Pasa luego a ocuparse del carácter de la escritora argentina, con quien pasó algunos días: "No se repite, no decae, mantiene a través de un día entero de compañía su encanto del primer momento."Siete días pasamos con ella. Confieso que temia el encuentro, sin dejar de desearlo, porque tengo el anhelo de las casas mejores de este mundo". 
La compara con otros americanos, resultando Alfonsina favorecida por sus cualidades poco comunes: “Toda la fiesta de su amistad Ia hace su inteligencia. Poco emotiva. Llega esto a ser ventaja, porque de andar en tierras de América, Ia efusión acaba de cansar como un paisaje abundante, Profunda cuando quiere, sin trascendentalismos: profunda porque ha sufrido y lleva como pocas la cavadura de la vida. Alegre, sin esa alegría de tapiz coloreado de las gentes excesivas; con una alegría elegante, hecha de juego. Muy atenta a quien está a su lado, con una atención hecha de pura inteligencia, pero que es una forma de afecto. 
Informada como pocas criaturas de la vida, dando el comentario oportuno de las cosas más diversas, mujer de gran ciudad que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo, Alfonsina es de los que conocen por la mente tanto como por la sensibilidad, cosa muy latina. Sencilla, y hay que repetir que con una sencillez también elegante, pues andan ahora muchas sencilleces desgarbadas que empaIagan tanto como el preciosismo, su enemigo. Una ausencia igual de ingenuidad y pedantería. Una seguridad de sí misma que en ningún momento se vuelve alarde...". 

Dos visiones 

A partir de los fragmentos transcriptos, podemos comprobar que Alfonsina no se sentía hermosa. Sus encantos radicaban, mas que en la belleza física, en su temple y en su original personalidad -parecía pensar ella-; por eso, cuando se describe en el soneto, no habla de belleza, sino de una segunda primavera que “reflorece a ratos", de una "manera" que sólo se vuelve torpe en las fotografías, de su “nariz reidera”, de Ios "discretillos ojos”. Cuanto afirmamos se halla corroborado por el tercer verso del primer terceto. en el que se define como "una mujer común que tiene acento”. 
La descripción que realiza Gabriela Mistral, en cambio, poco tiene que ver con esta imagen que nos brinda Storni. Para la chilena, la poeta tenia un atractivo singular, que vuelve cualidades aquello que podría ser considerado negativo, Observamos que eso se da a lo largo de la evocación, por ejemplo, con el cabello plateado, con su poca emotividad, con su alegría sin excesos. Gabriela Mistral parece fascinada por esa. mujer a la que imaginaba distinta, y no vacila en destacarlo generosamente. 
Los textos que transcribimos brindan la posibilidad de detenernos un momento a pensar acerca de Alfonsina como mujer, una mujer del siglo XX que desafió las convenciones y que vivió de acuerdo a lo que sentía, Ella se veía de una forma; Gabriela Mistral la vio de otra, ¿Quién tendría la verdad? Quizás tanto una como la otra, sólo que se veían desde perspectivas distintas: una desde la raíz de su obra y la chilena desde Ia exterioridad de dicha obra. Leer a alguien antes de conocerlo, suele influir en nuestra apreciación acerca de esa persona; Alfonsina estaba presente en sus poemas y esa presencia vigorosa fue la que deslumbró a la chilena. No queremos decir con esto que la personaIidad de Alfonsina no fuera interesante, sino que se complementaba con el mensaje transmitido por los textos que creaba. 
Y creemos, finalmente, que ella puede haber sido de muchas formas -como se vio y como la vieron, en su juventud y en la madurez-, pues ése es el sino del ser humano: cambiar durante Ia vida, año a año, ante personas diferentes y en la soledad. Así también cambia su obra, cada vez que un lector la aborda. Tanto las visiones de Alfonsina como los ecos que despierta su lírica se unen, formando, al fin, la verdadera mujer, la que se prodigó en versos memorables, la que se hizo a sí misma, con esfuerzo, y llegó a ser una de las tres grandes poetas de América. 

(EL GRILLO, Buenos Aires, 1992)

martes, 14 de enero de 1992

CARACOLES BLANCOS, CARACOLES NEGROS

por Federico García Lorca. Ilustraciones de Alejandra Taubin sobre dibujos del autor. Buenos Aires, Sudamericana, 1991. 

El volumen que comentamos forma parte de la colección “Los libros del Bolsillo”, a la que nos referimos ya en este suplemento: son libros de pocas páginas, accesibles, y han sido pensados para que los niños conozcan historias y poesías de autores argentinos y extranjeros. Presentan una concepción original acerca de las ilustraciones, que se apartan de las técnicas habituales en algunas oportunidades, y están destinados a niños que cursen a partir de segundo grado de la primaria, a nuestro criterio, pues no son tan elementales como otros que comentamos anteriormente.
En este volumen podrá encontrarse, en hábil selección, toda la magia y el duende de Lorca. La presencia de la naturaleza es constante, tanto en animales como el caracol cuanto en la belleza del paisaje, evidenciada en poemas como “Y tres crepúsculos”, “Medialuna” y “Primera historieta del viento”.

(EL TIEMPO, Azul)

viernes, 10 de enero de 1992

Un cuento enrollado

Humberto Gómez era un señor de cincuenta y tres años. Usaba siempre trajes grises con los pantalones algo cortos, corbatas muy serias, bigote finito y se peinaba el pelo con gomina, bien aplastado contra la cabeza. Vivía en una casa vieja de Villa Pueyrredón, con su mujer, Eleonora, y una pareja de gatos que se llamaban Tino y Tina. Trabajaba en la compañía de seguros "La Alcancía", que quedaba en el centro, de doce a diecinueve, de lunes a viernes.
Todos los días, a las once en punto, daba un beso a su mujer y tomaba el colectivo 111 hasta Chacarita. Allí bajaba y tomaba otro, el 142, hasta Diagonal Norte. Tenía una hora de viaje de ida y otra de vuelta. En la oficina, ocupaba un escritorio al fondo, en el que nadie lo molestaba. Tenía su taza para el té y una lata de galletitas, de la que a veces convidaba a otros empleados.
Humberto Gómez tenía una pasión oculta: le gustaba escribir cuentos. Durante su horario de trabajo, pensaba y pensaba historias que lo tenían unas veces, como protagonista y otras, como testigo. Claro que, como le pagaban un sueldo, no podía escribirlas entre las doce y las diecinueve, pero ya había encontrado una solución para ese pequeño problema.
Después de años de pensar y pensar, se le ocurrió que podía escribir sus cuentos en las dos horas en que viajaba. Entonces, se dijo que necesitaba papel y lápiz. Probó llevar hojas tamaño oficio, pero eran muy incómodas, porque las tenía que doblar, y él odiaba las hojas arrugadas. Le parecía desprolijo. Probó también escribir sus cuentos en una libretita, pero no le convenía, porque los renglones eran demasiado angostos y no le quedaba espacio entre una hilera de letras y las otras.
Una circunstancia fortuita lo ayudó en su búsqueda: un día vio que en la oficina iban a tirar varios rollos amarillentos de cinta de calcular que ya no entraban en las máquinas modernas. Ansioso, se abalanzó sobre ellos y los guardó: ése sería su papel de escribir cuentos. Más tarde, ya tranquilo en su casa, podía pasar a máquina sus creaciones y guardarlas en una carpeta de cartulina con etiqueta y todo. De ese modo, podía hacer un borrador y corregirlo, y además, evitaría que se le borraran las ideas que lo acosaban toda la tarde, en su aburrido empleo de oficinista.
Muy entusiasmado, el primer día, se sentó en el 111, que a esa hora iba casi vacío, y sacó su lapicera a cartucho y el rollo de cinta. Contento, empezó a escribir un cuento sobre una princesa que estaba triste y lloraba. Escribía y escribía, loco de alegría; describía el castillo y su puente levadizo, y el foso que le servía de protección, y las torres desde las que los soldados tiraban sus flechas para defender al rey y a su familia. En este feudo del medioevo estaba Humberto, cuando un accidente lo despertó de su ensoñación.
El rollo, el buen rollo que le servía de confidente, había escapado de sus manos y se había desenrollado a lo largo del pasillo del colectivo. Para colmo de males, la puerta trasera estaba abierta, y el rollo cayó a la calle. Metros y metros de cinta con su letra menuda y apretada se encontraban a la vista del divertido pasaje del medio de transporte.
Humberto Gómez miró espantado lo que sucedía. Y quiso bajar del colectivo para recuperar su rollo, su cuento, pero –lo primero es lo primero- miró el reloj y vio que llegaba justo a tiempo a su trabajo. Si bajaba a buscar la cinta de papel, llegaría tarde, y él nunca, pero nunca en treinta y cinco años, había llegado un solo minuto tarde, y ésa no sería la primera vez.
Con bronca, se acomodó de nuevo en el asiento y se dijo que podía recordar lo que había escrito y volver a escribirlo. Se resignó y se prometió que la próxima vez iba a ser más cuidadoso. Pasaron los días y el escritor volvió a escribir, aunque no pudo crear nada tan bueno como ese rollo que se le perdió en una calle de Villa Ortúzar. Se sentía desolado.
Lo que Humberto Gómez no sabía era que un grupo de chicos que había salido más temprano del colegio encontró ese rollo. Los chicos lo levantaron intrigados, y se pusieron a leer. El cuento les gustó tanto, pero tanto, que se lo llevaron a la maestra al día siguiente. Ella les dijo que en verdad era muy lindo, pero tenían que devolvérselo al dueño, que sin duda estaría preocupado. Esa misma tarde, los alumnos de cuarto grado pusieron manos a la obra. Por suerte, al empezar el rollo, Humberto le había puesto un coqueto sellito con su nombre, pero, lamentablemente, no tenían la dirección.
"Bueno, algo es algo", dijo la mamá de Martín, y les propuso que lo buscaran en la guía. Los chicos se agarraron la cabeza, porque una cosa es llamarse Carpi o Nicolau, y otra muy distinta es llamarse Gómez. Hay páginas y páginas de Gómez en la guía telefónica. Pero como eran muy buenos, y el cuento les había encantado, se pusieron a buscarlo, para devoverle el rollo y también para conocer a alguien capaz de escribir algo tan hermoso.
"Adelmo, Anacleta, Azul, Berardo, Cecilia, Clotilde de, Dalmira, Esteban, Federico, Francisca, Gonzalo, Graciela, Griselda, Hilario, Horacio, ¡Humberto!"- leyó el mejor de la clase, que también era un buen compañero. Alegres, anotaron en un papelito la dirección y fueron a buscarlo.
Cuando Eleonora atendió, se sorprendió al ver un grupo de treinta chicos con delantal blanco que preguntaba por su marido. Les explicó que estaba trabajando, y ellos le contaron que habían encontrado el rollo. Querían devolvérselo y pedirle que siguiera escribiendo, porque sus historias eran muy lindas, y les gustaría representarlas en un taller de teatro, si él lo permitía.
Eleonora les propuso que vinieran el sábado, y opinó que iba a ser mejor que ella no le dijera nada a Humberto. Así iba a tener una gran sorpresa. El sábado, a las cinco en punto, sonó el timbre. La esposa le dijo a Humberto que no podía atender ella y así fue como él se encontró con una treintena de cabezas que lo miraban con afecto y admiración. Humberto casi llora de emoción al ver su rollo, sucio de barro de la calle y con las marcas de las ruedas de los coches que seguían al 111 de la desgracia.
A partir de ese día, Humberto cambió el color de sus trajes, se compró corbatas chillonas, silbaba en la oficina y también llegó algunas veces tarde. Escribía y escribía, con ganas y con la certeza de que los chicos –sus amigos- vendrían el sábado a visitarlo, a sentarse a su alrededor en el patio con jazmines del país, para viajar con sus sueños a la tierra del Rey Arturo.