domingo, 24 de marzo de 1991

MIGUEL DE UNAMUNO: ACERCA DEL LECTOR

La literatura supone la presencia de un autor y un lector. Sin alguien que lea, ningún sentido tendrá que alguien vuelque sus fantasías y sus vivencias en la página en blanco, pues quedarán allí, esperando la mirada atenta que las haga vibrar. Miguel de Unamuno, considerado el “gigante” de la generación del 98, se ocupa del receptor y de la particular relación que establece con quien escribe. Sus conceptos nos ilustran acerca de la situación en las primeras décadas de este siglo, pero, lejos de ser una curiosidad histórica, tienen vigencia para el hombre de los 90, pues hablan de una realidad que conoce bien.


Literatura y lectura


En un trabajo publicado en Salamanca en 1907, afirma el bilbaíno que el libro es el principal medio de cultura; no se trata de tomar el libro como un fin, como hacen los bibliófilos, sino de saber reconocer en él una fuente de riqueza espiritual, pues enseña a ver la naturaleza. Pero, ¿cuál es la actitud de los escritores ante la lectura?
Los escritores jóvenes se jactan de no leer, aduciendo que el estudio y la ciencia matan la inspiración; a tan peregrina convicción, Unamuno responde que así sólo se conseguirá considerar como originales ideas que uno cree propias y son antiquísimas. “Cuando uno más lee y estudia –asevera-, cuanto más sabe de los demás, más original es”., porque la originalidad no consiste –a su criterio- en decir algo que antes no haya dicho otro, sino en combinar y relacionar de una manera personal y propia los pensamientos del común acervo.
Dice Unamuno que la gente que menos lee, o no lee más que futilidades, es la gente de letras. “El literato con harta frecuencia odia la lectura. Y desde luego lo que lee lo lee de gorra” –agrega-. Acostumbrado a leer exclusivamente las obras que le regalan sus compañeros de letras, el escritor termina escribiendo para ellos, comparándose con un sastre que viste sólo a sastres. Esto es para el ensayista una monstruosidad.
En “Literatura al día”, artículo publicado en Madrid en 1905, el bilbaíno plantea el dilema que se presenta al escritor, quien deberá optar por ser leído en un día dado por diez, veinte o treinta mil personas, o ser leído durante un largo número de años por un número mucho menor de persona escogidas. El opina que el factor pecuniario tiene gran incidencia en esta circunstancia, pues importa tanto vender pronto como vender bien, ya que “mientras el pañero espera a que se enteren los consumidores de la bondad del paño que vende, se muere de hambre”.
Este lógico interés en procurar la propia subsistencia lleva a que ciertos creadores escriban aquellas obras que les pueden procurar un desahogo económico. De más está decir que no siempre los libros que proporcionan dinero son los más valiosos; suele ser todo lo contrario.


El ideal: voz y pensamiento


Para lograr una comunicación plena con los lectores, Unamuno propone un estilo ideal, que pueda llegar a todo el público, y lo resume, en un artículo de 1913, con estas palabras: “Mira, haz de modo que quien te haya oído hablar sienta dentro de sí al leerte el timbre y la entonación de tu voz, y si no te ha oído se figure una voz que le habla”. Josefina Delgado afirma que él quiso que su prosa lo retratase “vivo y vital como debió sentirse al ejercer su ooficio de incansable analítico”.
El autor de Niebla busca también que el receptor de sus creaciones lo sienta pensar, no sólo hablar. El, como lector –declara en 1915-, prefiere leer a los que piensan con la pluma que a los que escriben lo ya pensado; esta preferencia se traduce en su obra, en la que se suscita la reflexión.
A criterio del hispanista Donald Shaw, “sus escritos, para unos irritantes, y para otros estimulantes, cumplen la intención del autor, de inducir al lector a cuestiones y reexaminar sus presupuestos sobre la naturaleza de la vida y la realidad”.
Convencido de que el pensamiento es social, colectivo, cuando sus lectores le preguntan sobre algo que escribió, les contesta que deben volver a leer el texto y darle su propia interpretación; abierto a otras posibilidades creativas, sostiene: “vuelva a leerlo y piénselo; y si le da un sentido opuesto al que le di yo, mejor que mejor; será que mi pensamiento tiene, por lo tanto, dos soluciones; la de usted y la mía”.


Recepcionismo


Esta postura ante la obra lo vincula con la estética recepcionista, que se sustenta en la idea de que el libro es una experiencia que se vive en el momento de la creación y luego es revivida por el lector, activamente, al recrear el universo propuesto por el escritor. El receptor no es, en absoluto, pasivo; éste es el postulado fundamental de la teoría de Umberto Eco, quien expresa en su Obra abierta: “La apertura es la condición de todo gozo estético y toda forma susceptible de gozo en cuanto dotada de valor estético es abierta”.
Por otra parte –afirma Raúl H. Castagnino-, “para ser un buen lector es menester llevar dentro de sí algo de espíritu creador, pues hay una lectura creadora semejante a la creación escrita”.
De lo anteriormente expuesto se deduce que Unamuno ve necesario tener en cuenta al lector, para poder llegar a él. La creación no debe ser para iniciados, pero esto no supone que quien escribe llanamente sea un ignorante. Es una cuestión de estilo, no de falta de información. Grandes literatos han sido profundamente cultos y no por ello dejaron de emocionar a sus lectores, pues escribían con sencillez y desdeñaban la pedantería. Mas no por establecer una comunicación con el receptor debe ceder el artista a la presión que el público pueda ejercer en su obra, presión que se traduce en la mejora de la situación económica.
Unamuno es lector, un lector que no perdona la afectación y la incultura, y recuerda que el libro es un punto de encuentro entre los seres humanos. Del escritor depende que el receptor disfrute de una obra, cerrando así un circuito sin el cual no hay creación posible.

domingo, 3 de marzo de 1991

MANUAL DE JARDINERIA HUMANA

por Enrique Mariscal. Buenos Aires, Serendipidad, 1990. 91 páginas.

Enrique Mariscal es profesor de "filosofia,licenciado en ciencias de la educacion y psicologia, especialista en Planeamiento de recursos humanos (UNESCO); consultor de la Organización Mundial de la Salud (Naciones Unidas), director del Centro para el Desarrollo Docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y conductor de actividades de capacitación en universidades del pais y del extranjero y en importantes empresas e instituciones. 
El autor define la jardineria como una actitud de vida, partiendo de la base de que, al igual que las plantas, el hombre necesita prevención, cuidado, asistencia y osadia para ser. Para dar lo mejor de cada uno es necesario liberarse de las malas hierbas que abundan en individuos, grupos e instituciones -el espíritu de crítica, la autoconmiseración y la suspicacia-; será fundamental contar con H2O -Honestidad, Humildad y Osadía- y cuidarse de las plagas peligrosas: la envidia, el odio, los celos, la belicosidad, la culpa, la molicie, la falta de grandeza.
El jardinero siembra sin mirar hacia atrás, confiando en que no todas las semillas caeran sobre piedra. Una sola de ellas que fructifique bastara para testimoniar su obra. ¿Que saldra de la semilla que el jardinero plantó? Sea la planta que fuere, lo que interesa es que crezca en plenitud: "¿0 acaso el clavel es mejor que el tulipan, o viceversa? Lo importante es ser todo clavel; no a medias, clavel interrumpido, proyecto de clavel". 
Imagina al ser humano como un arbol invertido, con la raiz en el cerebro, que durante el crecimiento necesita de un tutor; este tutor tendrá que proteger al retoño pero no anularlo ni imponerle sus propias convicciones. El proceso de desarrollo del hombre es esencial en este libro, pues en esta etapa es cuando deben surgir las orientaciones mas profundas para toda la vida. Se nos suele aconsejar plantar un arhol, tener un hijo y escribir un libro; para Mariscal esto no alcanza, puede ser contraproducente si no se ha despertado al espiritu a la motivación correcta que lleva a plantar, procrear o 
escribir.
Leyendo y meditando este texto, realizando las actividades que en él se propone, partiremos en busca de "esa fuerza amiga perdida", el impulso de plenitud. Y esa búsqueda nos recordará que, como el arbol, necesitamos el apoyo de otros para crecer, a la vez que podemos devolverles el tiempo y el esfuerzo que invirtieron en nosotros. Ilustro Alejandro Perez Alvarez. 

LA PRENSA, 3 de marzo de 1991