domingo, 15 de noviembre de 1987

TIEMPO DE OPRESION

por Antonio Elio Brailovsky. Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1986. 188 páginas.
 
Chuquisaca, verano de 1802; un estudiante de Derecho realiza una visita al cerro de Potosi. Durante su viaje, numerosos interlocutores le relatan historias de sus vidas o de la sociedad en general. Este joven no es otro que Mariano Moreno, en su proceso de formación intelectual y espiritual. A partir de los relatos que escucha, se va formando una idea de la realidad en que está inmerso, una realidad por completo ajena a cuanto el imaginaba en su confortable casa de Buenos Aires. Las narraciones tienen un único y doloroso tema central: la politica de la Corona Española para con los indios y esclavos. El protagonista recuerda haber presenciado, teniendo sólo doce años, escenas escalofriantes, indignas de una raza tan noble.
El momento culminante del relato es la evocacion de la insurrección de Tupac Amaru, nombre adoptado por el Cacique peruano Jose Gabriel Condorcanqui, descendiente del Inca Felipe Tupac Amaru, ajusticiado por el Virrey Toledo en 1579. En boca de una de las damas patricias del Virreinato pone el autor la narracion de los padecimientos sufridos durante la hambruna de 1781, ocasionada por el sitio impuesto por los indigenas; personajes de la mas alta clase social se ven obligados a ingerir carne de caballos y mulas, en un principio, y de otros animales menos apetecibles, en las postrimerías de la epoca de aislamiento.
Entre la evocación de estos sucesos y la busqueda de un modo de servir a la Patria van transcurriendo los dias del joven estudiante. Le han dicho que no participe en la politica de su tiempo, que se dedique al Derecho Canonico, mas el no hará caso a estos consejos; los resultados de su eleccion constituyen paginas brillantes de nuestra historia.
Y, para regocijo del lector, tan rica trama va acompañada de un hábil manejo de los recursos expresivos. Brailovsky ha elegido para su novela la narración en segunda persona, consagrada por Michel Butor en La modificación. El interlocutor será siempre el mismo; un carpintero, una gitana, un abogado, se acercarán al joven. El empleo de esta tecnica produce en el lector la impresion de que el estudiante es el crisol en el que se depositan diferentes elementos que, tan sólo luego de años, fraguarán en una actitud superior.
El autor es Licenciado en Economia Politica, escritor y periodista. Se especializa en temas de Ecología y Medio Ambiente. Se desempeña como funcionario de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y como Profesor Titular de Recursos Naturales de la Argentina en la Universidad capitalina. Ha publicado Historia de las crisis argentinas (un sacrificio inútil) y Politica Ambiental de 1a Generación del 80, ensayos; un volumen de cuentos titulado Libro de las desmesuras y las novelas Identidad y El asalto al cielo.

(EL TIEMPO, Azul, 15 de noviembre de 1987) 

domingo, 1 de noviembre de 1987

FERNANDO PESSOA, POETA DE LO EFIMERO

En el año 1888 nacía en Portugal Fernando Pessoa, considerado por Roman Jakobson uno de los “grandes artistas mundiales nacidos durante los años ochenta”. Pasó su adolescencia en Durban, Africa del Sur, donde escribió sus primeros poemas. Estas obras -señala Rodolfo Alonso- están redactadas en inglés, idioma que utilizaría durante mucho tiempo para la creación literaria. En Lisboa estudia letras durante un año, abandonando la carrera para emplearse como corresponsal extranjero en casas comerciales. De 1918 datan sus obras Antinous y 35 Sonnets, pero se lo conoce, fundamentalmente, por Mensagem, poema épico publicado en 1934, poco tiempo antes de su muerte. Por esa época, el futurismo ejercía gran influencia en Europa; Pessoa adhirió al movimiento publicando el manifiesto titulado “Ultimátum”.
Al escribir en portugués, lo hace asumiendo la personalidad de cuatro poetas perfectamente diferenciados, como una forma peculiar de encarar los temas que les es característica. No son seudónimos, sino que cada uno de ellos constituye una faceta del creador. Pessoa consideraba que su obra tenía estructura dramática, pues los heterónimos eran para él personalísimas formas de sentir una misma realidad. Ellos eran Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y el propio Pessoa. Sin embargo, aún en su aparente diversidad, un tópico aproxima a los personajes: la fugacidad de la vida, y la consecuente preocupación ante la finitud.

Un tema secular

La inquietud ante el paso del tiempo aparece ya en la poesìa latina. En su ”Oda II, 14”, Horacio exclama: “Ay, Póstumo, Póstumo, fugaces,/ se deslizan los años y la piedad no concederá/ retardo ni a las arrugas ni a la vejez inminente/ ni a la indomable muerte”. La labor destructiva del futuro aparece como un límite ante cuanto el ser humano puede disfrutar; así lo siente Catulo en su poema V: “Los soles pueden ponerse y volver, / una vez que se ha puesto la breve vida,/ una sola noche perpetua hemos de dormir”*.
Este tópico aparece también en el Siglo de Oro español; a la felicidad del presente se contrapone un devenir inexorable, que destruirá toda la dicha. En el Soneto XXIII de Garcilaso encontramos la imagen del tiempo despiadado, cuando el poeta dice a su amada: “Marchitará la rosa el viento helado,/ todo lo mudará la edad ligera/ por no hacer mudanza en su costumbre”.
El tema se evidencia en la obra de Pessoa, quien lo enfoca desde los múltiples puntos de vista de sus heterónimos; a través de ellos aborda desde cuatro ópticas diferentes una misma cuestión, un mismo planteo existencial.
En uno de sus poemas, traducido por Rodolfo Alonso- dice: “Amo las rosas del jardín de Adonis, / esas rápidas amo, Lidia, rosas, / que en el día en que nacen, en ese día mueren”. Envidia a las flores su sapiencia, ya que no les preocupa pensar en su mañana, en su ayer; ésta es, a criterio de Pessoa, la postura filosófica más sabia. Pero el mísero mortal no puede acceder a ella.
Aparece en los poemas la preocupación ante el propio fin. Inmerso en su destino, el hombre capta momentos fugaces de felicidad, pero la misma se escurre de sus manos. La condición humana parece estar ligada al mítico Tántalo, que tiende a alcanzar cuanto desea, pero nunca lo logra verdaderamente.

Existencia y finitud

Ante esta circunstancia, cabrían dos alternativas: optar por un consuelo ultraterreno, por la esperanza en un más allá, o vivir en plenitud los mínimos instantes que preceden a la muerte. Pessoa se decide por esta última posibilidad, que también tiene una larga tradición. En el soneto que mencionamos, Garcilaso exhorta a su amada: “Coged de vuestra alegre primavera/ el dulce fruto antes de que el tiempo airado/ cubra de nieve la hermosa cumbre”. Estos versos recuerdan el poema de Ronsard que dice “Cortad hoy las rosas de la vida”. Pessoa recurre, al igual que estos creadores, a la comparación con una rosa, bella y efímera.
El escritor pide “Coronadme de rosas,/ coronadme en verdad/ de rosas./ ¡Rosas que se apagan/ en la frente apagándose/ tan pronto!”. La flor aparece como el símbolo de la felicidad terrena; puede entenderse como una defensa ante la desventura. Si bien no puede detener el paso del tiempo, el poeta logrará, circundado de rosas, enfrentarlo con mayor valor. No se trata de negar el fin, sino de llegar a él habiendo vivido en plenitud las horas que lo preceden.
Ante la incertidumbre de cuanto nos aguarda –que no encuentra, ciertamente, en la poesía de Pessoa, una respuesta teológica-, recurre a un tópico literario de antigua y rica tradición; los latinos lo denominaban carpe diem (atrapa el día) y era una forma de conjurar el temor ante la inexorable finitud del hombre. Breve es nuestra existencia, mas hay una forma ideal de vivirla: disfrutar el momento y no pensar en nada más que el presente, pues el mañana nos precipitará, cruel, hacia el fin. 

LA PRENSA