domingo, 30 de agosto de 1987

Jorge Torres Zavaleta: las facetas de un escritor

Jorge Torres Zavaleta se ha destacado en la moderna literatura argentina por su labor como cuentista, novelista y crítico, colaborando en los diarios La Nación y La Prensa, La Nueva Provincia de Bahía Blanca y también en este suplemento. Ha publicado el volumen de cuentos El hombre del sexto día y la novela El primer viaje; ambos recibieron elogiosos conceptos de los medios especializados. 
En una entrevista para LA CAPITAL, nos habló de sus creaciones y sus vivencias. 
- ¿Qué es lo que te atrae del cuento? 
- A mí me interesa la posibilidad de captar el momento, el instante, el episodio. En el cuento podés desarrollar una historia corta en la forma más intensa posible, dando una sensación de plenitud en muy pocas páginas. 
- ¿Qué te aporta la critica? 
- Fundamentalmente, es un estímulo para mi propio pensamiento. Me obliga también a comunicarme con los lectores y salir de la aspereza de si tal libro me gusta o no me gusta. A veces, hay libros que a uno no le gustan demasiado, y que sin embargo son muy exitosos de acuerdo al propósito del autor, por ejemplo, a mí no me interesa John Updike, me parece un hombre que escribe muy bien, que tiene un uso poético del lenguaje, un hombre lleno de matices y de tino, pero la verdad es que me aburre profundamente. Hice varias críticas sobre él y llegué a la conclusión de que esa opinión simplificada “no me gusta” no servía; eso me obligó a ir descubriendo otras cosas de él, para que una persona que no fuera yo pudiera darse cuenta de cuáles eran los puntos fuertes y débiles. 
- Vas siendo más objetivo; decís que a vos no te gusta pero puede gustarle a otro. 
- Claro, porque en el caso particular de Updike, sus argumentos son más bien chejovianos, o al estilo de Katherine Mansfield; es decir, son impresiones, son momentos, son sensaciones. Eso ha tomado al final del cuento una suerte de orden y esas cosas casuales y dispersas se transforman en una historia, o son una historia, pero siempre es una historia que no me interesa mucho. 
- ¿Dejás de hacer la crítica de un libro porque te parece aburrido o no es de tu agrado? 
- Hay muchos libros malos, y alguna vez también he hecho mis brulotes, pero digamos que el riesgo de una crítica es la situación de omnipotencia que puede producir. Como creo que la vanidad y el orgullo son dos sentimientos realmente peligrosos, porque te impiden acercarte al mundo, hay que luchar contra ellos, y la única forma es estar un poco alerta. 
- La novela es un campo vasto en el que el creador forja seres y situaciones. ¿Cuál es tu idea de ellos? 
-La novela tiene todo el encanto de lo que no está admitido en el cuento; podés dar ecos, repeticiones, leit motiv, podés ir completando las cosas, agotándolas lentamente y dándoles vuelta, atacándolas de distintos ángulos. Esa complejidad de la novela me resulta muy grata, tanto que creo que, poco a poco, me voy acercando a ella. 
-¿Sentís que el cuento te exige más? 
- Borges dice que la novela está llena de ripios y de cosas innecesarias. Es la opinión de una persona que ha leído muchas novelas pero que consolidó su idea en un momento en que ya no veía –los últimos treinta años de su vida- y cuando quizás se haya ido alejando de las sensaciones que despertaron esas novelas. Su gran reputación hizo que los argentinos tomaran demasiado en serio esas opiniones. También es cierto que sólo se puede escribir novelas cuando vos empezás a tener una opinión y una sensación total de tu país, del mundo y de la gente. Quizás por ello haya pocas novelas en la Argentina, porque como es un país complicado, donde la gente realmente no comprende lo que está sucediendo, y los escritores generalmente se arrinconan en su interioridad para mostrar sus pequeñas áreas o sus fantasmas personales, se produce una distancia entre la consideración de la vida cotidiana y eso que es el mundo de la novela. Porque el cuento admite cosas más fantásticas, el gran capricho lógicamente organizado, o la vida cotidiana, pero en la novela vos tenés que tener todo, tenés que tener sueños, tenés que tener la vida cotidiana, la sensación acerca de la vida corriente o de distintas áreas de conducta de diversos grupos humanos. 
Creo que como los argentinos no nos comprendemos, porque estamos como aislados en nuestras propias fantasías, en nuestro país no existen las novelas. Por comodidad, la gente puede haberse aferrado a esa opinión de Borges, y vivimos en un país de cuentistas, salvo algunos pocos novelistas, como Bioy o Güiraldes. Don Segundo Sombra es una novela lindísima. 
- A tu criterio, ¿cuáles son los temas que aparecen con mayor frecuencia en tu narrativa? 
- En los libros publicados, que conforman mi primera etapa como creador, me interesa volcar mis delirios personales. Cuando alguien escribe, no puede ahorrarse cosas; tiene que tratar de ir a lo más hondo posible y saber discriminar cuándo entra una parte de la subjetividad. Mis primeros cuentos –y quizás la novela, un poco menos- son intensamente fantásticos porque eso era lo que yo sentía. Empecé a escribir cuentos fantásticos inclusive sin haber pasado por los autores argentinos. Por eso es que no sentí como una limitación las opiniones de Silvina y Bioy, porque yo ya venía hecho a una forma; nunca dudé de mi capacidad de invención. 
- ¿No sentís preferencia por algún tema, por ejemplo, la muerte? 
- Los temas humanos siempre están encubiertos; en el caso de los cuentos fantásticos, el argumento es una metáfora para dar una emoción. Uno es, de chico, intensamente dramático; por eso en mis primeros cuentos aparecieron la muerte, la culpa, la inmortalidad, el tema de los misterios del alma humana. Aparecían el amor pasión, el amor obsesivo, la pregunta por Dios. Tenía entre dieciocho y veintitrés años... Aparece también el contraste entre la conciencia y la muerte. El tema de la muerte está en la vida humana y es quizás el que nos acicatea con mayor fuerza. Vinculado a ese tema encontramos lo místico; siempre he sentido un gran placer en perderme en un paisaje, eso está relacionado con la pintura. Siento una gran atracción por las cosas vivas; no soy un beato, pero hay un cierto asombro que me vincula a lo mistico. 

(LA CAPITAL, Rosario, 30 de agosto de 1987)
Foto publicada en http://www.all-story.com

lunes, 10 de agosto de 1987

LA INFANCIA, TEMA LITERARIO

Al leer las obras de los escritores argentinos de los siglos XIX y XX y del presente, se advierte la asiduidad con que abordaron el tema de su infancia y adolescencia. 
Recuerdos de Provincia es un libro que -a criterio de Guillermo Ara- "inicia una manera de observar lo argentino a traves de la propia experiencia". 
La generacion del '80 tambien manifesto interes por el relato de los hechos vividos; merced a esta inquietud han llegado a nosotros testimonios como los de Miguel Cane, Lucio V. Mansilla, Lucio V. Lopez y Joaquin V. Gonzalez. En la literatura finisecular se evidencia el gran auge que cobró la evocación de lo cotidiano; ya no se tratara de gestas heroicas, sino de la vida de un grupo social, deseoso de mostrarse en su intimidad. En Juvenilia, Miguel Cane evoca su ingreso a la enseñanza media, poco despues de la muerte de su padre; Eduardo Wilde, enmascarado tras el pequeño Boris, recrea en Aguas abajo con una indudable vision adulta la pintoresca vida en la ciudad boliviana de Tupiza, donde conoció los sinsabores del destierro; en La Gran Aldea, Lucio V. López recuerda momentos fundamentales de nuestro pasado, vistos siempre desde la perspectiva del niño de inteligencia vivaz que protagoniza el relato. 
Guillermo E. Hudson escribe en inglés sobre su infancia en la Argentina; titula su libro So far and long ago (Alla lejos y hace tiempo). En galés escribió sus memorias Eluned Morgan, nacida en altamar y criada en Chubut. 
En estas obras podemos advertir la profunda ligazon que existe entre la interioridad del ser humano y el ambiente en que se desarrolla; las luchas políticas, el exilio, la pobreza, son algunas de las facetas que asoman en la narración, a menudo risueña. 
Más tarde, autores de nuestro siglo se abocaron a la nostálgica tarea de evocar sus años de corta edad; entre estos escritores recordamos a Norah Lange -autora de Cuadernos de infancia- y Vicente Barbieri -autor de El río distante-, diestros narradores de un pasado pleno de significacion. En las obras de estos creadores percibimos un interes profundo por las vivencias del niño, mas que por las peripecias anecdóticas; la historia tiende más a evocar el suceso como fue vivido que a rescatarlo del olvido en forma objetiva. Las páginas de recuerdos de ambos escritores -fundamentalmente dedicados a la expresión lírica- se encuentran estrechamente ligadas a lo poetico, evidenciado tanto en el tratamiento del tema como en su lenguaje.
Mientras que Manuel Mujica Láinez y Marcelo Birmajer evocan sus años de niño en Buenos Aires, la infancia provinciana aparece en Ias obras de Jorge Vocos Lescano, Domingo Bravo, Abelardo Arias y María de Villarino. En la obra de Vocos, el escenario sera la tierra cordobesa; Domingo Bravo evoca su niñez santiagueña, Abelardo Arias recuerda el pasado en Mendoza y Maria de Villarino rememora sus años en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. 
La obra de Maria Rosa Oliver se destaca en el conjunto por una caracteristica singular: la parálisis, que no Ie impidió brindarnos paginas plenas de optimismo y amor por el ser humano. 
Alberto Gerchunoff, Syria Poletti, Rosalía de Flichman, Abrasha Rotemberg y Luis Varela nos hablan de la infancia relacionada con paises allende el mar y con tradiciones y religiones diferentes. 
Bernardo Verbitsky, María Arcuschín, Felipe Fistemberg Adler, Mito Sela, Alcides Bianchi, Baldomero Fernández Moreno, Fernando de Querejazu, Carlos Gorostiza, Raúl Fernández Otero, Gladys Onega y María Rosa Lojo, entre otros, recuerdan su niñez de hijos de inmigrantes. 
Jorge Torres Zavaleta, en cambio, evoca la infancia en una familia criolla. 
En todos los escritores mencionados, observamos una intencion evocadora que revive momentos alegres y amargos, con la indudable certeza de que unos y otros los han llevado a un presente desde el cual los recuerdan con añoranza. 
La ominosa necesidad de no morir del todo, la soledad lejos de la tierra natal, el afan de rescatar un tiempo mejor, fueron algunas de las motivaciones que dieron origen a obras de esta indole. 
Asistiremos, en el curso de los años venideros, al surgimiento de nuevas paginas autobiográficas; el escritor, aunque inmerso en el mundo, nunca dejará de mirar hacia su interior.

domingo, 9 de agosto de 1987

JOSE DE ESPRONCEDA: LIBERTAD Y MARGINACION

Pocas personalidades son tan representativas del Romanticismo español como José de Espronceda, escritor nacido el 25 de marzo de 1808. La pasión y el inconformismo que caracterizan su obra se evidenciaron también en su vida pública y privada, llevándolo a tomar actitudes reñidas con lo que la sociedad de su época consideraba correcto. A los quince años funda con Patricio de la Escosura, Ventura de la Vega y otros amigos, la sociedad secreta que denominaron Los Numantinos; dos años después, sufriría prisión por pertenecer a ella. En 1827 emigra a Portugal, de donde es expulsado; vive en Londres y luego en Francia, escenario de una audaz hazaña: en París rapta a Teresa Mancha, inmortalizada en sus creaciones.
La reina María Cristina vuelve a concederle una amnistía; amparado en ella regresa a España, de donde se lo destierra por haber leído versos opositores durante una reunión. Un año después, sufre prisión en la cárcel de corte a causa de los artículos publicados en el periódico El Siglo. Su ideal político se manifestará una vez más, llevándolo a integrar como oficial de milicianos nacionales una sublevación contra el gobierno. No obstante su accionar, obtiene el cargo de diputado por Almería y secretario de la legación de Su Majestad en los Países Bajos. Su breve pero azarosa vida se extingue el 23 de mayo de 1842, en su tierra natal.
Espronceda cultivó la novela, el drama, la épica y la lírica; sus logros en estos géneros no fueron similares. A criterio de Rodolfo Ragucci, “poco vale como novelador y dramaturgo; tiene raras dotes para la epopeya (...); pero su especialidad es la lírica. Sus poesías se ocupan de diferentes temas, tanto es así que pueden clasificarse según sean personales o eróticas, patrióticas o revolucionarias. Si bien en un principio se inició como neoclásico, con el poema ”El Pelayo”, pronto optó por el Romanticismo, bajo la influencia de Byron y Victor Hugo; sin embargo, la condesa de Pardo Bazán considera que mucho de la formación clásica subyace en la breve obra de Espronceda. En una lectura realizada en el Ateneo de Madrid, señaló: “Espronceda, tipo para nosotros del poeta romántico, es clásico no sólo en su educación literaria, debida a un maestro tan jurado enemigo del Romanticismo como don Alberto Lista, sino en la forma de la mayor y acaso mejor parte de su obra poética.

Visión crítica

Nos ha interesado, dentro de su obra lírica, el tratamiento que da al tema de la sociedad. Como no podía ser de otra manera, sus escritos encierran el enjuiciamiento de lo establecido, de las pautas con las que, según pudimos ver en su biografía, nunca estuvo de acuerdo. Dos creaciones evidencian esta posición ante su época; nos referimos a la “Canción del pirata” y “El mendigo”, inspiradas -dice Narciso Alonso Cortés- en las obras de Berenguer, pero el poeta, “como siempre, supo crear algo propio y distinto”. El pirata y el mendigo, como personajes, no parecen tener mucho en común a primera vista, pero pronto advertiremos que no es así.
La “Canción del pirata” nos muestra a un hombre que ha huido voluntariamente de la sociedad y ya no reconoce límites ni posesiones. A bordo del bergantín que ha denominado significativamente ”Temido”, su felicidad es inmensa; el mundo le pertenece: “Asia a un lado, al otro Europa/ y allá en su frente Stambul”. Entretanto, en tierra firme, los poderosos combaten por un palmo de suelo, sin advertir que la posesión que puedan obtener será mínima comparada con la grandeza marina. El pirata, aislándose del mundo, consiguió un territorio mayor, que nadie osará arrebatarle. Su vida peligra, es cierto, pero no lo amilana esta verdad; tiempo atrás, ya la había dado por perdida, “cuando el yugo/ del esclavo/ como un bravo/ sacudió sus hombros”. El pirata canta sus andanzas al son de un estribillo que repite sin cesar: “Que es mi barco mi tesoro,/que es mi Dios la libertad,/ mi ley la fuerza y el viento,/ mi única patria la mar”, estas pocas palabras resumen un ideal de vida que Espronceda reconocería como suyo, aunque sin barcos ni piratas, en una censurada tierra firme signada por la codicia y la prepotencia.
La idea de la vastedad de las posesiones aparece también en el poema que lleva por título “El mendigo”; el protagonista canta: “Mío es el mundo, como el aire libre,/ otros trabajan porque coma yo;/ todos se ablandan si doliente pido/ una limosna por amor de Dios”. Al igual que el pirata, el mendigo vive de las posesiones ajenas, a uno se las dan, otro las toma... Este extraño personaje ejerce una inusual venganza hacia quienes poseen riquezas; los persigue, haciéndoles notar, con sus harapos malolientes, “cuán cerca habitan/ el gozo y el padecer,/ que no hay placer sin lágrimas,/ ni pena que no transpire/ en medio del placer”. Como el capitán del bergantín, no echa de menos cuanto abandonó; por el contrario, a la distancia, la sociedad le parece un cúmulo de contradicciones al que no quiere pertenecer. En su miseria, rescata el antiguo carpe diem latino, al que se asocia el tópico clásico de la aurea mediocritas, “Vivo ajeno/ de memorias,/ de cuidados/ libre estoy;/ busquen otros/ oro y glorias,/ yo no pienso/ sino en hoy”, aunque, ciertamente, el protagonista no vive en la “dorada medianía”, sino que cobija su desamparo donde le hacen un lugar. Y hasta ese mismo amparo es una revancha, pues sabe que se lo dan sólo por temor a Dios.
Un pirata y un mendigo, personajes forjados por un hombre en visible conflicto con su tiempo, nos hablan del repudio que el poeta sintió por la sociedad; pero este repudio albergaba en su seno la esperanza en un mundo mejor. No se trataba de la destrucción per se, sino de la denuncia como fuerza vivificante, como el medio más propicio para remover viejas estructuras y dar paso a otras nuevas. La marginación se presenta, en las poesías que transcribimos, como un acto de valentía y de paz; la comunidad que se abandona es, para el pirata, para el mendigo, la causa de los males, el refugio de las inequidades. 
Así lo creyó un escritor del que dijo don Marcelino Menéndez Pelayo: ”La poesía de Espronceda tiene un carácter más moderno y más francamente revolucionario, así en la esfera de las ideas como en la de las formas (...). Pertenecía, sin duda, a la esfera de los ingenios soberanos”.

(LA VOZ DEL INTERIOR, Córdoba)