domingo, 28 de junio de 1987

EL HOMBRE DEL SEXTO DIA

por Jorge Torres Zavaleta. Buenos Aires, Orión, 1977. 

Pocos son, a criterio de los estudiosos, los temas alrededor de los cuales gira la inspiración literaria. Pocos, pero fundamentales. Si pensamos en las ficciones, desde los albores de la Humanidad hasta nuestros días, comprobamos que se ocupan, indefectiblemente, de la vida, sus situaciones límites, el amor, el bien, el mal, el más allá... Temas, en fin, que nos inquietan con sus insondables misterios, y hacen que tratemos de encontrar explicaciones.
Estos asuntos, caros a todos los tiempos, aparecen también en la obra del cuentista argentino. Sus cuentos, reunidos en El hombre del sexto día, indagan en las profundidades del alma humana –como lo hará también su novelística- intentando llegar a la esencia misma del individuo.
Hemos elegido, en sus narraciones, tres cuestiones íntimamente relacionadas: la vida, la muerte, la ultratumba. Nos proponemos, a partir de ellas, arribar a conclusiones sobre el planteo ético del autor.
Ser y parecer, realidad y apariencia, son dualidades constantes en los planteos sobre la existencia. Cuentos como “La máscara” o “Los anteojos” nos alertan sobre esta oposición de intereses que subyace en cada uno de nosotros. En ambas narraciones, un objeto colocado en el rostro nos permitirá conocer la verdad, ya que corrige un defecto inherente a nuestra “visión”.
Durante el transcurso de la vida se observan, también, los vicios y las virtudes de los hombres; en muchos cuentos encontraremos argumentos que lo demuestran.
“Vanidad” es el relato en que se enjuicia una conducta soberbia: un pintor afirma que su mejor cuadro será el próximo; entonces, le cortan las manos. Así somos: por querer ser más, perdemos lo más preciado. Otro grave defecto –mucho peor que el anterior, si se quiere- aparece en el cuento que lleva por título “El tío Ernesto”. El tío ha vivido encerrado contra su voluntad durante muchos años. La causa de este encierro radica en una grave manía que padece: cada vez que se alimenta, se transforma en el animal ingerido. Así, sus sobrinos lo ven cacarear luego de comer pollo, saltar por toda la casa digiriendo una rana, hundir la cabeza en la pileta de lavar los platos por haberse hastiado de pescado... Esta particularidad del tío despierta pronto los viles deseos de los familiares; su maldad no tiene límites. El tío Ernesto se convierte en el hazmerreír de quienes lo rodean. Al final del cuento, el protagonista comenta: “No nos decidimos. Inés, con furia científica, pretende que experimentemos con él los efectos de una paloma. Por mi parte, me gustaría ver qué reacción le produciría una salamandra. Cristina, más romántica, propone darle un picaflor”.
La muerte se asocia, como la vida, a un objeto capaz de dominarla. En el caso de la existencia terrena, se trataba de una máscara o de los anteojos; en la muerte, el poder estribará en un traje y en un viejo reloj. La vestimenta que da título a la narración lucía mal si se la empleaba en alguna circunstancia feliz; en cambio, el traje parecía embellecerse si su dueño lo vestía para ir a un velorio. Hasta que un día, es el propio protagonista el que se desintegra dentro de la prenda. Otro tanto sucede con el reloj: nadie conocía el secreto de la longevidad de los habitantes de la casa. Sin saberlo, alguien acciona un reloj, y el tiempo, hasta entonces detenido, corre velozmente, arrastrando a todos hacia la más negra sima. “El traje” y “El reloj” son cuentos en los que la muerte aparece como algo natural, inexorable, pero lógico.
En otras narraciones, por el contrario, el desenlace surge como la consecuencia fatal de un proceder vituperable. Ejemplifican esta afirmación los relatos “Las liebres” y “Los cardos”. En ellos, los seres dañados ejecutan una justa venganza en la persona de quien tanto mal les ocasionara. En el primero de ellos, en el postrer momento, el cazador de liebres ve a numerosos animales entrelazados “que formaban un solo cazador, enorme y vengativo”. Otro tanto sucede en “Los cardos”: un hombre contrata grandes máquinas para que arrasen los vegetales que tanto lo disgustan. Ese será su fin: “Desdeñoso, triunfante, se interna en medio de los últimos cardos, riéndose, riéndose, sin advertir que las hojas le brotan del cuerpo, y los pies se transforman en raíces, y la cabeza ya empieza a convertirse en flor... Y después gritando, gritando, al oír el ruido de las máquinas que se aproximan”.
El tema del más allá, tan ligado a los anteriores, es abordado por Torres Zavaleta en el cuento titulado “El enemigo”. El autor postula la teoría de un tiempo cíclico, de hechos que se repiten, aunque con variaciones. Según sus palabras, una circunstancia se recrea, pero los personajes serán siempre los mismos: los hombres, el Hombre. Es éste también el protagonista de un cuento admirable, “Las puertas”, en el que cada ser humano recorre un trayecto hacia lo más oscuro de su alma. Este itinerario se desarrolla en el interior de la “Casa del Juicio”; a medida que uno se adentra en sus aposentos, las paredes se vuelven más rojas. Al final del camino, el pecador que expió sus culpas, exclama: “cuando las paredes se cubrieron íntegramente de sangre, una sangre de la que soy culpable, me sentí por fin libre de remordimientos, joven y feliz”.
Vida, muerte y ultratumba, son los tres estadios de la vida humana evocados por el cuentista. En cada uno de ellos advertimos una misma preocupación ética, un mismo llamado de atención. La soberbia y la crueldad destruyen la vida; pueden traducirse, asimismo, en la venganza de seres agredidos. La ultratumba, por fin, nos habla de una justicia eterna, suprahumana, en la que convergen todos los destinos.

(PREGON, Jujuy, 28 de junio de 1987)