jueves, 30 de abril de 1987

LA FELICIDAD DE NUESTROS HIJOS

Prepáreles para su futuro, por Wayne W. Dyer, Buenos Aires, Editorial Grijalbo. 411 páginas.

El doctor Wayne W. Dyer, profesor adjunto del Departamento de Psicología del Asesoramiento en la Universidad neoyorquina de St. John's es ampliamente conocido en 
nuestro medio por su obra Tus Zonas Erroneas, en la que intenta enseñarnos a manejar nuestras propias emociones. La Felicidad de Nuestros Hijos continúa la línea esbozada en los anteriores, ya que analiza con lenguaje claro y sencillo los principales errores en que suelen caer los padres al educar a los niños.
Este volumen, titulado en inglés ¿Qué deseas realmente para tus hijos?, se divide en diez capítulos, en los que se ocupa de cada uno de los anhelos que le manifestaron con mayor asiduidad los progenitores con los que está en contacto en su labor cotidiana. A esta experiencia laboral se suma, lógicamente, su propia experiencia como padre de cinco hijos, que oscilan entre la edad universitaria y la primera infancia.
Para exponer el tema, ha recurrido a la fórmula que emplea habitualmente, en su tarea de asesor. Dicha fórmula consta de tres pasos: primeramente, se busca la causa de los problemas, o se estudia la situacion inicial; en segundo término, se establece cuales son sus desventajas -aquello que Dyer denomina- "dividendo neurotico" de una conducta- y, por último, se plantean las posibles soluciones. Entre los deseos de los padres consultados se mencionan la capacidad de los niños para afrontar riesgos, para disfrutar de una existencia pacifica, para autovalorarse; en fin, todo lo que nos enaltece como seres humanos. Estos padres que expresan tantas buenas intenciones suelen ser, con frecuencia, obstáculos para que las mismas se concreten, evidenciándose así una oposición entre lo que se proponen y la forma en que suponen que lo llevarán a cabo. 
El doctor Dyer destaca, fundamentalmente, la necesidad de predicar con el ejemplo. De nada servirá una explicación o una exigencia, si ellos mismos no cumplen con lo que enseñan. Un niño pacifico lo será sólo si ve que sus progenitores aprecian esta cualidad, empleándola en su trato cotidiano. Por otra parte, el autor se pregunta si no se está actuando –a sabiendas o no- por propia conveniencia; muchos padres que confiesan desear un hijo limpio y ordenado, están diciendo, en realidad, que lo que quieren es que no se los moleste. Lo mismo sucede cuando castigan a los niños; un adulto que castiga físicamente puede estar demostrando que necesita sentirse temido ya que -afirma Dyer- ningun niño aprende a los golpes . 
El autor se propone educar para el crecimiento espiritual, forjar una persona "Sin Limites", entendiendo por ello el individuo que se siente capaz de emprender nuevas tareas, teniendo en cuenta el riesgo que implican. Crecer es cambiar, y esto se aplica no sólo a los niños; todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, debemos tomar decisiones, debemos elegir, independientemente de nuestra edad. 
Nuestra postura ante el futuro surgirá, en no poca medida, de las armas con que contemos para enfrentarlo. La persona “Sin Limites” podrá evaluar sus decisiones y, en caso de equivocarse, podrá volver a empezar, capitalizando los errores. Esto, lógicamente, debe ejercitarse desde la infancia. 
Muy relacionado con la personal postura frente al devenir se encuentra el problema de la autovaloración. Muchos padres degradan continuamente a sus hijos; Dyer enumera las formas en que eso se evidencia. Cuando un niño actua mal, suele decirsele que es una mala persona, cuando, en verdad, sólo ha actuado mal; lo que debe cuestionarse es su actitud en determinada circunstancia, y no su vida en general. Contribuyen a degradar al hijo, tambien, el empleo de apodos que, aunque al padre puedan parecerle cariñosos, son el recuerdo constante de su defecto fisico, y el considerarlos "adultos imperfectos" que se encuentran en la "sala de espera" de la vida hasta que se conviertan en personas utiles. 
Basándose en estudios realizados hace poco tiempo, Dyer nos habla de la personalidad “Tipo A”. Esta es – a nuestro criterio- la parte más interesante de la obra. El “Tipo A" es “alguien cuya pauta de vida está marcada por un apremiante sentido de la urgencia, la ‘enfermedad de la prisa’, la agresividad y la competitividad, combinadas habitualmente con un grado variable de hostilidad”. Más del noventa por ciento de quienes fallecen de un ataque cardiaco antes de los sesenta años, en los Estados Unidos, pertenecen a este grupo. Desde la infancia puede condicionarse ya el futuro del hijo, pues hay factores que lo predisponen a ser uno de los individuos descriptos por Dyer. 
Negarse a reconocer los meritos, exigir a los niños resultados óptimos en todo lo que hacen, interferir constantemente en su vida, insistir en que tienen que crecer mas, son algunas de las causas que llevan a un ser humano a sufrir presiones constantes, aunque ellas se relacionen con actividades superficiales. Con un ejemplo risueño, Dyer insta a los padres a evaluar a su hijo segun la edad; les dice: "Si llevas a un niño de cuatro años a un restaurante, comprende que no se comportará como si tuviera doce, igual que tú no eres capaz de actuar como si fueses una jirafa". Esta es una realidad que muchos parecen olvidar. 
La necesidad de estimular la creatividad del chico, la importancia de librarlos de culpas que no conducen a nada, la forma en que podrá ayudarseles a vivir su presente de niños, son otros de los temas que se analizan en este libro. Los padres podrán, con la ayuda de esta obra, manejar las situaciones. Muchos sabrán hacerlo intuitivamente, no lo dudamos; ellos podrán entonces comprender, mediante la lectura de estas páginas, cuánto bien están haciendo a sus hijos. Tradujo Alejo Torres.

LA NUEVA PROVINCIA, Bahía Blanca, 30 de abril de 1987

domingo, 26 de abril de 1987

Miguel Hernández, poeta clásico

Miguel Hernández es uno de los escritores que más admiración despiertan en nosotros por la ingente labor autodidacta que llevó a cabo. Nacido en Orihuela, España, en 1910, se vio obligado a realizar tareas campesinas; en su infancia fue pastor, con las limitaciones culturales que ello implicaba. Se lo considera vinculado a la generación de 1927, aunque más como continuador o epígono que como participante de la misma. En su obra se evidencian los influjos de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y Machado, entre sus contemporáneos; a esta influencia se suma la reminiscencia clásica, proveniente del Siglo de Oro español, que puede observarse en sus poemas. 
Nacido en un ambiente rural, su primera poesía es una imitación de las más importantes obras españolas -Garcilaso, Góngora, San Juan de la Cruz-, aunque con un lenguaje íntimamente asociado a su circunstancia vital. En unas líneas a Vicente Aleixandre, dedicándole Viento del pueblo (1937), expresa su solidaridad hacia aquellos con quienes comparte penas y alegrías. “Los poetas somos viento del pueblo -afirma-; nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres hermosas”. 
La vida rural se evidencia tanto en la preocupación social del autor como en los recursos poéticos empleados en sus creaciones. El estrecho contacto con la naturaleza ha dado a sus obras un tono inconfundible que tiene mucho de locus amoenus renacentista, pero que conlleva, también, una tristeza y una desazón que parecen consustanciales a la especie humana. 

Paisajes interiores 

Miguel Hernández nos presenta un entorno deleitoso en el que la vida transcurre en beatífica quietud; la naturaleza es pródiga en dones, colma de alegría la existencia de los aldeanos. En este ámbito aparecen ciertos elementos que son tomados como símbolos; ellos nos remiten a la interioridad del poeta. Uno de ellos es la tierra. La tierra es vista como un ser maternal, que procura la subsistencia a quien la trabaja y que, en el postrer instante, albergará sus despojos. “La tierra es un amor dispuesto a ser un hoyo, dispuesto a ser un árbol, un volcán y una fuente”, escribe; es ella quien cobija al pobre niño yuntero, quien ”como raíz se hunde” en sus entrañas. Pero no sucede lo mismo con el barro, que connota pesar, soledad, abandono: “Barro en vano me visto de amapola,/ barro en vano vertiendo voy mis brazos,/ barro en vano te muerdo los talones”. 
La descripción del paisaje actúa como trasunto de la circunstancia personal del poeta; el campo es el lugar elegido para aguardar una presencia, para olvidar el amor que no ha sido correspondido. La vinculación entre el ambiente y el estado de ánimo del autor se evidencia en poemas como el que dice: ”Así me quedo yo cuando el ocaso,/ escogiendo la luz, el aire amasa”. La vegetación es también un símbolo del espíritu lírico; “circundada de penas y de cardos” se encuentra su persona; la hostilidad de cuanto lo rodea se corporiza en esta planta que lo hiere. En cambio, cuando se halla en paz, advierte el avance de las gramas y las ortigas en otoño. A ambas las nutre una misma savia; alegrías y pesares tienen el mismo origen. 
Cuando escribe a su amiga Delia, personifica la ternura de la mujer en los seres de la naturaleza; ella tiene la suavidad del lirio acariciado, el garbo de las cabras erales, su cabeza de espiga se vence a los lados “con un desmayo de oro cansado de abundar”. Delia puede, con su tibieza, “abrazar a los cardos”, esos cardos que agobian al poeta. Así como evoca la pena asociada a estas plantas, la idea se relaciona también con el pájaro; el ruiseñor lanza el “silbo vulnerado”, su espera se hace angustiosa. Cuando el pesar sobrecoge al poeta, su pensamiento son pájaros negros que se extienden alrededor de la amada. Muerto el hijo, se transforma en ave; es así que Hernández le canta: “Ausente, ausente, ausente como la golondrina,/ ave estival que esquiva vivir al pie del hielo: /golondrina que a poco de abrir la pluma fina,/ naufraga en las tijeras enemigas del vuelo”. 
El poeta, por su parte, se identifica con la figura del toro; pero no se trata de un animal imponente, temible, sino de aquel que degusta, al final de la corrida, el sabor amargo de la muerte. Como él, ha nacido para el luto, para el dolor; un mismo hierro infernal ha marcado su costado. Esta inusual asociación del toro con la pesadumbre se reitera en numerosas creaciones; la grandeza taurina poco tiene que ver con esta imagen: “Bajo su frente trágica y tremenda,/ un toro solo en la ribera llora/ olvidando que es toro y masculino”. 

Ideal de vida 

Aunque comprendida en el patetismo de su dolor, la figura de quienes habitan esa tierra generosa aparece como un ideal de conducta, tal como se veía en las “Eglogas” que tanto lo influenciaron. El hortelano ha sepultado a Ramón Sijé; encarna una vida libre de malicia, de rencores, cultivando con amoroso cuidado la parcela en que descansará para siempre al final del camino. El hombre llega a las entrañas de la madre “y el regazo le deja pechiabierto”. 
Los trabajadores vuelven a sus hogares; los aguarda el reposo, la compañía de los seres queridos: “Vienen de los esfuerzos sobrehumanos/ y van a la canción, y van al beso,/ y van dejando por el aire impreso/ un olor de herramientas y de manos”. El poeta, en cambio, recorre una senda “que no conduce al beso aunque es la hora”; su existencia está signada por la soledad, por la ausencia que provoca el llanto viril. 
Miguel Hernández, poeta del siglo XX, rescató para sus creaciones la cotidianeidad del vivir. Poderosamente influenciado por los grandes líricos bucólicos, pintó una naturaleza feraz, pródiga, en la que se mueven los personajes –Miguel, la amada, los campesinos-; los aldeanos, como tantos otros del Siglo de Oro, cantan sus infortunios. Pero en la poesía hernandiana, el pesar no surge exclusivamente del desdén amoroso, sino que se refiere a las más crudas realidades de la existencia; partiendo de obras clásicas, recrea un mismo escenario eclógico: un prado ameno al que conmocionan, con frecuencia alarmante, las penurias de la vida humana. 

(DIARIO DE CUYO, San Juan, 1987)

viernes, 10 de abril de 1987

MANUEL MUJICA LAINEZ, VIAJERO

Manuel Mujica Làinez realizò innumerables viajes a lo largo de su vida, por diferentes motivos. Durante su adolescencia, viviò en Parìs y en Londres; màs tarde, ya periodista de La Naciòn, los viajes fueron para èl parte de su trabajo. La misiòn oficial tambièn fue un motivo para recorrer el mundo, como lo fue asimismo la creaciòn literaria, que lo llevò a presenciar el estreno de Bomarzo en los Estados Unidos.
Poco antes de morir, Mujica Làinez reuniò algunas de las crònicas que escribiò para el diario capitalino, en dos volùmenes que titulò Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. En estos tomos agrupa artìculos publicados entre 1935 –cuando viajò en el Zeppelin- y 1977. En una entrevista realizada en 1978, afirma que cuando escribiò esa primera nota, “Era un niño bien que iba a bailes y a fiestas” y lejos de enorgullecerse por haber sido elegido para realizar esa travesìa, dice: “A mì me eligieron porque como era tan joven y hacìa sòlo tres años que estaba en el diario, no les importaba mucho perderme...”.
Las condiciones en las que realiza sus viajes no siempre son las ideales, y muchas veces se lamenta de la velocidad que lleva en sus andanzas, o de otros inconvenientes lògicos, dada la època en que visita algunos paìses. El periodista comenta: “Hubiera querido tener el cuerpo sembrado de ojos, como Argos, pues lo que siempre sucede en estos viajes veloces es que lo màs interesante es lo que uno va dejando a un costado, a la derecha o a la izquierda, (...) se hace lo que se puede con los escasos medios fìsicos de que se dispone”.
Ademàs de la premura que lleva, juega contra èl la realidad de los paìses europeos en la posguerra, que obliga a trazar el itinerario de acuerdo a lo posible y no a lo deseable; en Alemania, por ejemplo, debiò alojarse en el albergue de los corresponsales de guerra, en un cuarto diminuto que “debiò nacer cocina, pues conserva en un rincòn una pileta de lavar platos y, en el otro, un caño sospechoso”.

Las raìces, el alma
Los lugares que recorre lo impresionan siempre, aunque por diferentes razones. En algunos de ellos admira la historia milenaria o el coraje de sus habitantes; en otros, reconoce espacios propios, ya sea por herencia o por vivencias. Los dos paìses a los que màs se siente ligado el periodista son –el lector lo habrà supuesto- España y Francia.
En España vivieron sus ancestros; uno de ellos, hace siglos, se lanzò al mar, en busca de la promesa americana. “Cada uno de nosotros es, en buena proporciòn, consecuencia de la cadena ancestral que le dio vida –afirma-, y mis eslabones hispanos, rotos hace casi dos centurias, siguen unidos invisiblemente a mis eslabones de la Argentina. Hoy los siento trèmulos, vibrantes, dentro de mì”. Este sentimiento alcanza su clìmax cuando el poeta visita, en Villafranca de Orie, pueblo cercano a San Sebastiàn, la casa de sus mayores, en una “peregrinaciòn a las fuentes”, y recuerda a “aquel Juan Bautista de Mujica y Gorostizu, tan vasco”.
Al igual que en España, en Francia no se siente extranjero, y es porque allí transcurrieron horas felices para el escritor; "Quienes hemos tenido el privilegio de vivir en París de chicos y, en cierto modo, de formarnos aquí espiritualmente -dice-, llevamos a Paris con nosotros siempre y para siempre". 
De modo que el vinculo esta dado en España por "las viejas raíces de la sangre", mientras que en Paris se da por razones relacionadas con "las resonancias del alma".

El arte
En la "Breve aclaración" que precede a estos volumenes, escrita en "El Paraiso" en agosto de 1983, señala que las crónicas seran utiles para el publico en general, a quien incitaran a la maravilla de viajar aprendiendo, y "lo seran especialmente para el que se inicia en el camino del arte y de las letras, el cual hallará aqui, espero, motivos de meditación acerca de los vinculos surgidos entre la inspiración estetica y los tesoros que le brindara la vida ocasionalmente trashumante".
El arte está presente en estas crónicas, como lo esta tambien en la narrativa del academico. En los articulos habla de arquitectura, de escultura, de pintura -recordemos las paginas que dedica a Van Gogh, Matisse y Cocteau-, teatro, música, ballet y literatura. 
Nos interesaron en particular las paginas relacionadas con la literatura. Entre ellas, se destacan las que evocan la entrega del premio Nobel a Gabriela Mistral, en diciembre de 1945. "Por su sencilla dignidad -comenta-, que todo el mundo calificó inmediatamente de ser real en esta monarquia, Gabriela Mistral hizo honor esta tarde a los pueblos de lengua española". 
En Avila recuerda a Enrique Larreta, su maestro y amigo, a quien agradece que haya difundido con un libro el buen nombre de la Argentina, y le agradece tambien que le haya devuelto su adolescencia distante. En el viaje surge vivido el ilustre acompañante: "desde que llegue a Avila -y aun antes, desde que parti de Madrid y mi automóvil inició el ascenso de la sierra- senti que junto a mi estaba, con su sonrisa, con su cálida voz, con su ademan señoril, el mejor guia que existe para sacar de Avila provecho fecundo: Enrique Larreta". 
Por el libro desfilan personalidades que legaron su obra en diversos idiomas. Entre los hispanohablantes recordamos a Ramón Menendez Pidal, Gregorio Marañón, Eduardo Mallea, Ricardo Güiraldes. El periodista evoca tambien a los nuevos escritores ingleses, a los escritores franceses encarcelados, a Francois Mauriac, a Shakespeare. 
Tanto cuando se trata de creadores en literatura como en las demas artes, la visión de Mujica Láinez es subjetiva y brinda testimonio de su personal concepción estética. El escritor ofrece un panorama artistico en el que el analisis es un ingrediente fundamental; diriase que no puede -afortunadamente- obviar su vocación de critico, que se evidencia en cada uno de los textos. 

Sobre arte y sobre vida cotidiana, sobre la guerra y sobre la paz, estas cronicas nos hablan una vez mas del talento del academico, quien vuelve a revelarse como un ser humano sensible e inteligente, distinto de esa "multitud garrula, interrogante y fotografiante que acude de los cuatro extremos del mundo, armada de mas dólares que sensibilidad, de mas libras que libros".

viernes, 3 de abril de 1987

TRES CUENTOS DE PAJAROS

por Hanna Muschg. Ilustraciones de Frank Ruprecht. Madrid, Espasa-Calpe (Austral Juvenil), 1987. 83 páginas.

Hanna Muschg es el seudónimo de Hanna Johansen, escritora nacida en Bremen, Alemania, que recibió numerosas distinciones en su país, Suiza, Austria y Francia. Ha publicado novelas para adultos y el volumen que tituló “Erase una vez dos osos”.
“Tres cuentos de pájaros” fue ilustrado por Frank Ruprecht y nos cuenta historias protagonizadas por patos, lechuzas, una gallina y una familia de mirlos.
La primera de estas narraciones es particularmente interesante ya que evoca el encuentro de una lechuza y un pato, los cuales, al comprobar que son diferentes, discuten sin cesar. Después de muchas peleas, llegan a una valiosa conclusión: el pato es como todos los de su especie, y la lechuza tiene las características y los hábitos de las lechuzas, por lo tanto, mejor que discutir es aceptarse y complementarse.
Tradujo Pilar Galíndez.

(LA PRENSA)