domingo, 30 de noviembre de 1986

EL AMOR, UN CONFLICTO BAROJIANO

Pocas son las obras de Pío Baroja en las que el amor llega a concretarse; en la mayoría de sus novelas, los amantes son desgraciados, pues no pueden llevar adelante su relación. En El mundo es ansi. el divorcio sume a la protagonista en una honda crisis; pero Ia separación también puede deberse a la muerte de uno de los enamorados. y ésta parece ser la situación que mas atrae al novelista.
Andres Hurtado, protagonista de EI arbol de la ciencia, sufre la perdida de su esposa: "Se despertó a medianoche, y saItó de Ia cama. Se acercó al cadaver de Lulu, estuvo contemplando a la muerta largo rato, y la besó en la frente varias veces. Habia quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia que a Andrés Ie sorprendió". Idéntica desgracia desbarata la felicidad de Martin Zalacain y los suyos; luchando con Carlos Ohando, Martin es asesinado: "Carlos se levantó y quedó mirando a su adversario. Catalina se lanzó sobre el cuerpo de su marido v trató de incorporarle. Era inútil". En Susana, a diferencia de las obras anteriormente mencionadas, la muerte acaece en un lugar distante y el novio se entera de lo sucedido tiempo después: “De pronto, unos dias sin carta. Despues un telegrama. Susana había muerto en un accidente de automovil". En cambio, en César o nada, la idea de la muerte es sugerida, no se afirma que la misma se haya producido.
Podria pensarse que Baroja esta reaccionando contra el matrimonio en cuanto institución social, pero no es asi, ya que las relaciones extramatrimoniales tampoco lIegan a buen término; la mayoria de las veces concluyen dejando en el protagonista una profunda sensación de vacío. Esto es lo que sucede con Pepita y .Jose Larrañaga, con Andres y Dorotea, con Fernando Ossorio y Laura. Si los personajes han contraido enlace, de ser estable el vinculo, la relacion siempre tendra para Baroja un matiz negativo. 
Fernando Ossorio, el protagonista de Camino de perfeccion, se casa con Dolores, de quien nace su hijo; sorprende al lector este insólito bienestar de un ser de ficción barojiano. Pero, si se· examina la cuestión, se verá que Fernando ha caído en una trampa tendida no por su mujer sino por Ia misma condición humana. EI protagonista cree poder manejar la situación, delineando un nuevo plan de vida para su hijo; la tradición, encarnada en su suegra, ya se ha enseñoreado del destino del recién nacido: "Y mientras Fernando pensaba, la madre de Dolores cosía en la faja que había de poner al niño una hoja doblada del Evangelio".
A criterio de Donald Shaw, Camino de perfeccion ocupa una posición clave en la temprana evolucion de Baroja. Nunca volveria a presentar el matrimonio tan directamente conectado a la recuperacion de Ia confianza existencial". Para Laura, el casamiento ha sido una solucion economica y social que, sin embargo, no le ha deparado felicidad; Maria Aracil encontró en el las mismas ventajas que la primera, aunque perdió su idealismo: "Ha engordado un poco y es una señora sedentaria y tranquila".
La conclusion surge de lo expuesto: el novelista no cree que sea posible alcanzar la felicidad por medio del amor. No vemos en el autor la intención de censurar o menospreciar este sentimiento; nos parece que se trata de una convicción lógica en su actitud pesimista.
"Resignado y solitario, -comenta Mary Lee Bretz- va retirandose de la vida, o bien evadiendose en un mundo aventurero, o bien reconcentrandose en sí mismo". Esta soledad responde, según uno de los personajes barojianos, al temor a ser dañado; Jose Larrañaga, alter ego del novelista en sus años de madurez, afirma: "( ... ) yo reconozco que soy cobarde para el sufrimiento. Prefiero tener una caparazón de indiferencia para todo y no dejarme llevar por el sentimentalismo, que siempre me ha dado muy malos resultados. Hay que tener una especie de pared aisladora ante la brutalidad de los demas".
En otro pasaje de Los amores tardios, Baroja concede que quizas él mismo sea la causa de sus desventuras: “No es seguramente el marido ideal un ser inteligente. insociable y nervioso". José explicita su idea del matrimonio, retomando la idea de que al amor y la familia deben dedicarse los hombres sanos, fuertes, corrientes; "los hombres raros" no serán felices asumiendo ese compromiso. Shaw considera que Baroja "Rechaza cualquier manifestación de integración social, incluyendo el matrimonio y una carrera profesional segura"; nosotros nos preguntamos si la rechaza o si, en verdad, ello nunca estuvo a su alcance. Baroja advierte que en sus criticas a las mujeres no hay mas que "amor y entusiasmo disimulado" y “dolor por el fracaso".
Lejos de hallarnos ante un misógino empedernido, la. narrativa de Baroja nos pone en contacto con un hombre consciente de sus limitaciones que no vacila en admitirlas. EI amor ha sido para él una promesa inalcanzable, como lo han sido las mujeres, a las que dibujó "como desde fuera, desde esa orilIa lejana que es un sexo para el otro”.

(EL TIEMPO, Azul, 30 de noviembre de 1986)

jueves, 13 de noviembre de 1986

DE UCRANIA A BASAVILBASO

por María Arcuschín. Buenos Aires, Marymar, 1986. 

Quizás el nombre de Maria Arcuschín no sea muy conocido en el ámbito literario, pero si lo es en el seno de la comunidad judía, donde desarrolló una vasta labor. La autora, descendiente de judíos ucranios, nació en Basavilbaso, donde cursó sus primeros grados escolares. Más tarde, completó allí su formación docente, en el colegio Domingo Faustino Sarmiento, bajo la dirección del profesor José Monìn, quien luego, radicado en Israel, asumiría el cargo de director del Departamento de Psicología del Tecniòn de Haifa. 
Tiempo después, radicada en Buenos Aires, se desempeña como educadora en distintos organismos de enseñanza. Fue la primera maestra del Hogar Infantil Israelita Argentino, pasando luego a ejercer la dirección del mismo. También le interesaron otros campos del saber: en 1955 egresó de la Escuela de Floricultura de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, y en 1963 pasó a ocupar la ayudantía en la cátedra de Parques y Jardines. En esta especialidad, se destacó publicando diversos artículos sobre el tema y actuando como jurado en la Sociedad Rural Argentina. 
En De Ucrania a Basavilbaso, rinde homenaje a sus antepasados y a quienes llegaron a América en busca de libertad y paz, al tiempo que narra su propia vida en el seno de la colectividad. 
José Isaacson, prologuista de la obra, comenta que “La autora de la crónica relata sencillamente, sin pretensiones literarias que la desviarían de su propósito esencial, y sus conjeturales hallazgos estilísticos, paradójicamente, malbaratarìan la fluidez de su escritura. Su mayor acierto, quizás, sea esta sencillez distante de la simplicidad. Esta modulación le permite alcanzar la sinceridad sobre la cual edifica su homenaje a quienes con ella, compartieron la tarea de colonizar la pampa gringa”. 
En la línea de Los gauchos judíos, las paginas de Arcuschín tienen un hondo valor ético y social, pues la cronista evoca, con una visión adulta de su pasado, la gesta de esforzados inmigrantes y los ecos que tuvo en los argentinos. En la obra de la entrerriana se observa la incidencia del momento histórico y el ámbito geográfico en los personajes, la presencia de la autora en el texto, la religión y la educación, el trabajo y las diversiones, como así también las reiteradas agresiones que sufrió la colectividad, y el efecto que causaron en la escritora y su familia. 
Arcuschín relata la epopeya de sus mayores, quienes debieron emigrar, en tiempos del Zar Nicolás II. Recuerda los relatos familiares sobre la razón que los llevó a dejar su tierra: los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz”. 
Emprendieron una dura travesía: “Los niños, más pequeños, con la inestabilidad propia de su edad y desconociendo los peligros, corrían de popa a proa, perseguidos por sus hermanos mayores. Todo lo querían curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso a los mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó estoicamente” 
A principios del siglo XX llegaron, vía Hamburgo, a Buenos Aires, que, por ese entonces, era “chata, de casas bajas, con un puerto pequeño y muy pocos medios de transporte”. Durante cinco días permanecieron en el Hotel de Inmigrantes, para emprender luego el viaje hacia Basavilbaso, provincia de Entre Ríos; al llegar, la JCA –Jewish Colonization Association- los distribuyó en distintas colonias agrarias. La familia de Arcuschìn se estableció en Escriña, pequeño poblado a quince kilómetros de Basavilbaso, “semidesierto, falto de vegetación y con tierras donde la mano del hombre nunca había hundido la reja del arado”. Allí es donde comienza la verdadera historia. 
Las familias lucharon denodadamente para lograr un digno modo de vida. Las inclemencias climáticas los agobiaban, las jornadas de trabajo comenzaban al amanecer y requerían la colaboración de todos los miembros de la familia. Poco a poco comenzaron a verse los frutos de su abnegada dedicación: crearon una escuela y una sinagoga, la Cooperativa Agraria abrió sus puertas. Nacían los hijos y, en ese clima de paz y bienestar, formaban sus propios hogares. Deseaban integrarse a la sociedad, ser ciudadanos, pero debieron sufrir las agresiones de gente sin escrúpulos. 
La protagonista, Feñe, y su marido, vivieron sus primeros tiempos de matrimonio en una época muy dura; se avecinaba la Primera Guerra Mundial –estamos en 1913- y debieron tentar suerte en la capital, donde se establecieron como comerciantes. Pero tampoco aquí tuvieron suerte; Feñe, embarazada, volvió a Entre Ríos, donde nació su primera hija, en 1914. 
La narración continúa, evocando tanto fracasos como alegrías. Los nacimientos, las muertes, la prosperidad económica, la falta de asistencia médica, constituían la realidad cotidiana de estos esforzados inmigrantes, comparable -salvando las distancias- a la de muchos extranjeros provenientes de otras naciones. 
Junto al deseo de arraigar se evidenciaba la intención de mantener vivo el recuerdo del país de origen; las tradiciones se transmitían de padres a hijos, uniéndolos en un legado común. La patria nueva y la que debieron abandonar gozan por igual de la veneración de los personajes. “¡No olvides que estamos en América! –dice uno de ellos-. Acá vivimos en paz. Nuestros hijos pudieron haber nacido allá. Pudieron haber sido esclavos. En cambio hoy son libres, son el futuro de este país hospitalario que recibió a sus padres”. 
Los momentos más logrados de la narración son –a nuestro criterio- aquellos en los que se evocan las costumbres hebreas en el marco de la apacible naturaleza entrerriana; ‘June y Soro-Leie’ y ‘Pesaj’ son los capítulos en que el casamiento y la festividad de la Pascua aparecen en toda su espléndida sencillez. 
Celebraciones de otra índole también congregaban a los inmigrantes: los Carnavales, con sus coloridas serpentinas, y el 25 de Mayo, que se conmemoraba con carreras de sortijas a las que los extranjeros acudían entusiasmados. 
En su narrativa, María Arcuschìn relata la historia de un pueblo al que ama entrañablemente, y al que debe mucho de lo que llegó a ser como ser humano y como profesional. La colectividad judía, hábilmente retratada en su obra, tiene muchos rasgos en común con otras colectividades que, desde lugares remotos del mundo, llegaron al país en busca de la dignidad que, por distintas razones, no podían tener en sus tierras de origen. En este cúmulo de inmigrantes, sin embargo, los extranjeros presentados por Arcuschìn son indudablemente típicos.