jueves, 21 de agosto de 1986

EL PRIMER VIAJE

por Jorge Torres Zavaleta. Buenos Aires, Emecé, 1986. 

Es la vida misma, con su variedad de situaciones, la que proporciona al autor el tema sobre el que girará su obra. Entre estos innumerables argumentos, hay algunos que se repiten a lo largo de la historia del arte, en diferentes países y épocas. Torres Zavaleta ha escrito El primer viaje, una novela sobre una travesía marítima, asunto que se ha vuelto una codiciada materia para los escritores, desde la época de Homero. “Uno de los argumentos más antiguos y universales –cometan René Wellek y Austin Warren- es, en efecto, el del Viaje, por tierra o por mar: ‘Huck Finn’, ‘Moby Dick’, ‘Pilgrim’s Progress’, Don Quijote’, ‘Papeles Póstumos del Club Pickwick’, ‘The Grapes of Wrath’ “. La obra del novelista argentino, distinguida con una mención honorífica del Premio Municipal, se inscribe dentro de esta tradición, aunque con un sentido absolutamente contemporáneo.
Sebastián, un joven compatriota nuestro, se embarca en una nave filipina. Lo motiva, no la situación de evadirse de una relación amorosa, sino el deseo de encontrar nuevos horizontes, de conocer lugares insospechados. Debía apresurarse si quería lograr su propósito, ya que un enemigo lo acechaba: “El tiempo... Sebastián le tenía miedo. Los años pasaban sin que los disfrutara. La infancia se transformaba en adolescencia, la adolescencia en juventud, morían los ancianos y envejecían los maduros y él seguía igual; pero los buenos años se acababan, pronto el tiempo saltaría sobre su espalda y le tocaría a él también madurar, envejecer y morir, como la infinitas olas que desaparecen en el mar”. Antes de que esto sucediera, el protagonista quería haber encontrado algo que diera sentido a su existencia, que justificara los años transcurridos.
Es así como inicia el viaje, un viaje que será totalmente diferente de cuanto el suponía... Una vez embarcado, superado ya el difícil momento del adiós, Sebastián se dedica a su tarea. El hecho de no poder cumplirla tan rápidamente como los demás lo hace sentir incómodo, ya que anhela ser como ellos. Por otra parte, se le hace poco menos que imposible trabar relación con sus compañeros de viaje, ya que los separan la diferencia de idioma –hablan dialectos filipinos- y la deliberada circunspección que evidencian cuando se dirigen a él. Poco a poco, estas situaciones de los primeros días se van solucionando, y Sebastián puede sentirse más a gusto, aunque está siempre presente en su espíritu la advertencia que le hicieran: “Nunca creas lo que diga un filipino. Son como chicos. Dicen cualquier cosa por hablar”.
Un incidente desagradable termina con esa relativa calma: uno de los tripulantes desea vengarse de una ofensa cometida y solicita, para ello, la colaboración de Sebastián. Ya para ese entonces, el joven había comprendido que algo sumamente extraño ocurría a bordo. Lo intrigaban las fugaces apariciones de un hombre temible, Milos, y la confusa relación que lo unía a la amante del capitán, de quien Sebastián se enamoraba cada día más. Cuando recurría a sus compañeros de viaje, ellos le decían que no podían hablar y le aconsejaban abandonar la idea de seducir a Vicky. La atmósfera del barco se tornaba opresiva; los crímenes y las desapariciones se sucedían con mayor frecuencia, sin que el protagonista pudiera encontrar una razón lógica para que así fuera. El barco ya no era la magnífica promesa que se había hecho a sí mismo, sino un lugar aciago, en el que decenas de personas se encontraban unidas por el mismo terror y el más poderoso de los odios.
Para simbolizar estas escenas, Torres Zavaleta se vale de la comparación con la selva: la forma en que viven hace que este grupo e hombres olvide su condición humana para comportarse como depredadores. Ya lo observábamos al principio cuando, al abordar el barco, el joven advierte que el capitán parece, por momentos, un ave de rapiña; en otras oportunidades se asemeja a un reptil. Y su carácter será la concentración de los defectos que asignamos a estos dos animales: “Comía con dentelladas rápidas y precisas –leemos-, hacía chasquear la lengua. Sebastián pensó en un pico monstruoso de donde asomara un brazo o una pierna”; a lo largo de la obra se va reafirmando esta impresión: mediante la presentación del personaje en diferentes actitudes pero signadas, todas ellas, por el mismo rasgo. Vicky, por el contrario, es comparada con el fuego –a ello contribuía su roja cabellera- y, reiteradamente, con una rosa: “tenía la sensación de que Vicky seguía siendo algo misterioso como el centro de una rosa, recóndito, secreto, inviolado, pleno de colores que jamás revelaría”.
El viaje narrado por Torres Zavaleta es físico, en el sentido de que el barco se desplaza hacia lugares remotos y civilizaciones desconocidas; pero también es un viaje psicológico, entendiendo por ello la experiencia del joven que se interna en las recónditas soledades del alma humana. En su propio espíritu advierte la fuerza de un amor que lo consume, que lo destruye; en el espíritu de los demás, la abyección y vileza infinitas, aunque, por otra parte, van acompañadas por tal desolación que le provocan lástima. La novela parecería tener como objetivo el análisis de cuanto sucede al personaje a medida que va develando sus incógnitas; más importante que la trama en sí es la forma en que el joven protagonista la vivencia. Por estas razones, a nuestro entender, la travesía tiene un significado hondamente actual; la importancia que, en todo libro de viajes, tiene el espacio, se esfuma, cediéndole su lugar a un tema mucho más enriquecedor: el de la condición humana frente a la adversidad.

(LA NUEVA PROVINCIA, Bahía Blanca, 21 de agosto de 1986)