martes, 5 de mayo de 2020

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INMIGRACION Y LITERATURA


Me parece un trabajo excelente y, sobre todo, necesario, que creo que habría que ampliar.
Horacio Vázquez-Rial
España, 2004


fue una alegrìa encontrar tu correo y pensar (ay!) que el hambre de mis abuelos y tambièn el de mi padre durante la guerra (...) vuelvan a mí desde vos, desde una página.
Marìa Teresa Andruetto
Córdoba, 2004

Trátase de un verdadero homenaje al inmigrante que llegó a la Argentina para hacerla grande y poderosa con su trabajo y amor al país que escogieron para sembrar y echar raices.
Marcelo Mendieta
Argentina Universal
Washington, EEUU

la autora rastrea, en textos canonizados y en otros que no lo son, como asì tambièn en entrevistas o testimonios personales, aquellos aspectos más ‘privados’ de los inmigrantes, que no han sido catalogados en cifras oestadísticas, como la vivencia de la nostalgia, las fiestas familiares, ciertas costumbres, los cantos y los relatos de los mayores.

Margarita Ferrer de Carrau
El Tiempo, Azul

Navegar en internet depara, a veces, sorpresas agradables. Sucedió que pude leer una monografía de la licenciada María González Rouco titulada ‘Inmigración y literatura: qué comían’ en la que la autora cita a este cocinero, notas que le realizaron y recomienda leer esta columna a los interesados en la cocina gallega. Agradezco a la periodista que reconozca nuestra labor de difusión.
Manuel Corral Vide
Galicia en el mundo

Tu trabajo (...) es una mina de informacion para cualquier sociologo que sepa leer entre lineas. Opino si ya no lo dije,que deberia ser texto obligado en la secundaria. Se ve a Argentina como una micronesia, islas de idiomas, ideas y sentimientos".
Ricardo Clark
México, 2006

María no resisti el deseo de escribirte y contarte la emoción que me provocó leer tu trabajo sobre la comida de los inmigrantes en Argentina,yo que busco por años algo sobre la vida de mi bisabuelo italiano sin hallar nada en mi país Chile, sentí que vivía un poco tal vez la vida que él y su familia vivió. Te felicito.
Sonia Palestro C
Fundación Palestro
Chile, junio de 2007

Vibra en el hacer y el decir de María González Rouco, la apasionada y orgullosa defensa del fenómeno de la inmigraciòn a la Argentina, que la tiene de vívido personaje central y de ilustradora con palabras preciosas y coloridas de este vital proceso de la historia argentina y desde la tierna juventud, que aún transcurre... 
Alberto Sarramone
Editorial Biblos
Azul, 2015

Mantiene en el tiempo la memoria de cada una de las colectividades que arribaron a nuestro país. Tambien las historias de nuestros ancestros y la proyeccion hacia los hijos, nietos y biznietos que nos fuimos alimentando con sus lenguas, saberes, imagenes, tradiciones y culturas.
Myrtha Schalom 
Buenos Aires, 2020

viernes, 1 de mayo de 2020

Inmigración y Exilio Español - Vida Cotidiana VIII a XIV


Centro Montañés
Buenos Aires, 2017

VIII Oficios

¿Cuáles fueron los oficios que desempeñaron quienes llegaron a la Argentina entre 1850 y 1950, en sus tierras natales, en el barco y en nuestro país? Me refiero a ellos, a partir de testimonios de inmigrantes, sus descendientes, escritores, historiadores y periodistas. 

En la tierra natal

Muchos inmigrantes y quienes escribieron sobre ellos nos hablaron de los oficios que desempeñaban en su tierra natal. Salvo contadas excepciones, es constante la referencia a la pobreza de estos hombres y mujeres que buscaron en América una nueva vida. 
En 2010 entrevisté a Elvira Bermúdez, pintora y bibliotecaria de la ABC del Partido de Corcubión. Ella nació en Baio. A los once años, guiaba el carro de las vacas que llevaba el pan horneado para vender. A poca distancia de su casa, se encontraba con su prima Sara, dos años mayor, a quien seguía, ya que Sara conocía el recorrido. El carro se atascaba en el barro blando. Las niñas animaban a los animales a seguir adelante. Hacían alrededor de quince kilómetros con los panes en las alforjas.
El gallego Plácido López escribe: "De los cinco hermanos yo era el más chico, y allá en aquellas aldeas cuando se tienen tres años y pico ya hay que salir a llevar los chanchos al campo, cuando uno es más grande debe salir con las ovejas, luego sale con las vacas. El monte quedaba bastante retirado del pueblo; me acuerdo que cuando salía con las ovejas o los chanchos volvía a casa cuando ya era de noche. Pasaba todo el día con un pedazo de pan y otro de panceta, cuando llegaba la cosecha de castañas éstas se asaban y se comían con papas y maíz. Era por eso que en las cosechas no se pasaba hambre" (1).
Muy pequeña también empezó a trabajar la asturiana Carmen Díaz: “cumplía con su rutina de hierro. Aprendió a ordeñar, llena de prevenciones, en la edad de las primeras muecas. Su madre, que no andaba para remilgos, la obligó de mala manera a perderle respeto a la vaca, ese monstruo gigantesco e imprevisible. Cada madrugada, Carmina andaba a pie cuatro kilómetros hasta una cabaña, ordeñaba la pinta y bajaba con la leche para sus hermanos. Luego regresaba para limpiar la boñiga y cuidar que las vacas de Teresa no pastaran en los sembradíos, hasta que los tábanos del mediodía las picaban y ponían nerviosas, y entonces mamá las metía de nuevo en la cuadra y llenaba de pasto el pesebre. La mayoría de los días madre e hija araban la tierra descalzas. Muy de vez en cuando su tío Rogelio les regalaba un par de alpargatas” (2). 
Emigró personal de servicio, como la madre de la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, que “había sido ama de leche en casa de una marquesa” (2).
Como podían subsistían unas catalanas: “En España vivíamos en San Gervasio, a pocos kilómetros de Barcelona –cuenta Remey-. Y yo recuerdo que cuando empezó la guerra, mi papá nos fue a buscar al colegio en bicicleta y ya estaban todos los guardias civiles muertos... yo tenía nueve años. Mi padre falleció en esos días, de apendicitis. Así que mamá se quedó sola con los cuatro hijos. Yo, la mayor y mi hermana menor con nueve meses. Me acuerdo de que para poder vivir, mi mamá hacía estraperlo, contrabando de comida. Iba a los pueblos, compraba comida y la traía en el cuerpo, puesta. (...) en un viaje, en el que traía arroz en unos tubos escondidos en unos corsets, los guardias se dieron cuenta, y entonces mi madre se tajeó todo el corset, porque si la comida no era para nosotros, no se la iba a quedar nadie...Con mi hermana aprendimos y hacíamos estraperlo de carne, en las valijas del colegio... esa carne se vendía y podíamos subsistir” (4). 
Doña Pilar es una inmigrante española casada con un italiano, ambos personajes de Pájaro de barro, de Samuel Eichelbaum. La inmigrante opina acerca de las mujeres argentinas: “En este país, las mujeres jóvenes no trabajáis. Eso está mal. En mi tierra... En mi tierra, cuando las mujeres tienen tu edad, las ponen a trabajar en los olivares...” (5). 
La docencia era una de las profesiones de quienes emigraron. El luthier José Yacopi, “nacido en la provincia española de Alava”, hijo de un genovés, “era profesor de guitarra en España” (6).

Notas 
  1. López, Plácido: Diario, en El vigor de las colectividades 1914-1930, volumen que integra la colección Nuestro Siglo - Historia de la Argentina, dirigida por Félix Luna. Buenos Aires, Crónica, 1992.
  2. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
  3. Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996. 
  4. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000. 
  5. Eichelbaum, Samuel: Pájaro de barro. En El teatro argentino 10.Samuel Eichelbaum Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  6. S/F: “Por amor al arte”, en Noticias, 3 de junio de 1990, Pag. 54. Reproducida en www.yacopi.com.ar. 

Hacer la América

En muchos de los textos que leímos aparece el inmigrante como una persona laboriosa, que logra un bienestar económico valiéndose de su habilidad en distintos oficios o en el comercio. En la Argentina, ellos trabajarán duro para lograr un bienestar y para brindarles a sus hijos un futuro mejor, aunque algunos de estos hijos no sepan agradecerlo. Muchos inmigrantes se ocuparán en la misma tarea que en sus países de origen; otros, deberán aprender nuevas formas de ganarse la vida. 
Marío Bunge destaca la laboriosidad de los inmigrantes, cuando dice: “Me hubiera gustado vivir mi vida adulta entre 1880 y 1930. Esa fue la Edad de Oro del País. Fueron los tiempos en que vinieron montones de gallegos y gringos a trabajar duro y a enseñar a trabajar con su ejemplo. Entonces fue cuando nacieron la agricultura a gran escala, la industria nacional y el Estado moderno. En esa época se pasó de la barbarie a la civilización. (...) Es verdad que también se cometieron crímenes tales como la guerra genocida y rapaz contra los indios. Pero en definitiva lo bueno pesó más que lo malo” (1). 
“En esa época – afirma Carlos Ibarguren en La historia que he vivido - aparecían millonarios que pocos años antes habían llegado al país sin un centavo en el bolsillo o con muy poco capital. Era el caso de Carlos Casado del Alisal, español; de Pedro Luro, vasco francés; de Ramón Santamarina, vasco español; de Eduardo Casey, irlandés, propietarios todos ellos de enormes extensiones de campo; o de Nicolás Mihanovich, dálmata, que empezó como botero y ya era dueño de varias empresas de transporte fluvial, algunas con sede en Londres; o de Antonio De Voto, italiano, fundador de un barrio en Buenos Aires, al igual que Rafael Calzada, español, o de Francisco Soldati, italiano y muchísimos más cuyos apellidos hoy figuran en los rangos de la más alta sociedad” (2). 
Evoca el sentimiento que impulsaba a todos por igual: “Un optimismo irresistible, un frenético entusiasmo contagiaba a todos. A los argentinos, que veíamos la súbita transformación de nuestra modesta República en una nación rica y opulenta. Y también a los extranjeros que estaban embarcados en la aventura fascinante del progreso, la riqueza y la mágica transformación de sus vidas”. 
“Los argentinos conocemos bien las virtudes de los inmigrantes: Quien se sobrepone a grandes dificultades será, posiblemente, una persona valiosa para el país que lo recibe”, escribe Clara Obligado (3). 

Notas 
  1. Cosentino, Olga: “La Argentina de los deseos”, en Clarín, Buenos Aires, 30 de julio de 2000. 
  2. Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Biblioteca Dictio, 1977. 
  3. Obligado, Clara: “Ley de inmigración en España. Tan global, tan legal, tan xenófoba”, en Clarín, Buenos Aires, 28 de enero de 2001. 
En la Ciudad de Buenos Aires

De España era un trabajador evocado por Félix Luna en Soy Roca. Sobre Gumersindo García, su mayordomo, afirma el presidente: 
"Si pienso bien la cosa, hablando de amigos tendría que decir que el mejor que tengo hoy es Gumersindo García. Varias veces lo he mencionado y conviene ahora que aclare quién es. Gumersindo es gallego y entró a trabajar en mi casa de la calle San Martín cuando recién me instalé allí, en los finales de mi primera presidencia. Tenía entonces 28 años. A fuerza de honradez y fidelidad, fue ocupando una posición muy diferente a la de su original oficio de mucamo; hoy es mi hombre de confianza, el que manda y resuelve, el que se ocupa de mi dinero y mi bienestar. (...) Cuando los alborotos por la unificación de la deuda, después que yo me acostaba tiraba un jergón en la puerta de mi dormitorio para pasar la noche allí, armado con un revólver. Yo me he dejado ganar poco a poco por este hombre que es el arquetipo de la lealtad y el servicio prestado con cariño y devoción. Hace unos días me mostró su tesoro más preciado: un puñado de cartas que le he ido escribiendo a través de los años. Noté que son bastantes: creo que es la persona a la que me he dirigido epistolarmente con más asiduidad. (...)
Es curiosa esta parábola que ha dado Gumersindo y lo ha convertido en mi confidente. La vida política me acostumbró a no entregarme demasiado, cuidar mis palabras y administrar mis sentimientos. (...) Con Gumersindo es distinto: está dotado de inteligencia natural, después de un cuarto de siglo de convivencia conoce mis cosas mejor que yo, y no tiene ningún interés que no esté asociado a mi persona. Sé que algunos de los que me rodean -incluso mis hijas- critican esta confianza que brindo a quien, después de todo, es un servidor. Sin embargo, yo encuentro en Gumersindo todas las cualidades que permiten hacerlo depositario de lo más escondido y reservado, en la seguridad que jamás traicionará la fe que he puesto en él. Y no dudo que Margarita y él serán los que me lloren con más sinceridad cuando abandone este mundo" (1). 
En Locuras de Isidoro, historieta de Dante Quinterno, aparece un mayordomo gallego. “Quién no disfrutó alguna vez –pregunta Marcelo Benini- de los enredos protagonizados por Isidoro, ese porteño de vida disipada que rehuía a cualquier esfuerzo físico, incluido el trabajo, y pasaba sus horas en casinos, hipódromos y boites? Imposible olvidarlo: casi siempre vestía saco cruzado, polera, mocasines y tomaba whisky importado. Vivía disgustando a su pobre tío, el coronel Urbano Cañones, quien sólo confiaba en él cuando estaba acompañado por Cachorra Bazuka, una hermosa rubia de aparente compostura que en realidad era su compañera de juergas. Su otro aliado era Manuel, el mayordomo gallego, que lo apañaba ante el severo militar cuando Isidoro metía la pata. Autos deportivos, ruletas, cartas de póker, cigarrillos y noche componían la iconografía de Locuras de Isidoro, la popular revista que el inolvidable Dante Quinterno (1919-2003) publicó entre 1968 y 1976, año en que empezó a reeditarse” (2). 
En ¡Al campo!, de Nicolás Granada, aparece Santiago, un criado gallego. El autor lo hace hablar en esta forma: “Este señor prejunta por las señoras. (...) –Usted dispense; nu lu sabía. Que no estaban en casa, esu sí; pero que estuvieran en el monte... Si usted quiere que se lu dija...” (3). 
Inmigró el ama de llaves Jovita Iglesias, que trabajó en casa de los Bioy durante casi cincuenta años (4). 
"Cuenta la anécdota que Palacio se inspiró en una mucama gallega que trabajaba en la casa de su abuelo para crear a Ramona. Observador como todo humorista, el autor crea un personaje que es un estereotipo derivado de la inmigración poco instruida que llegó a Argentina a principios de siglo. Como tantos otros inmigrantes, Ramona es empleada doméstica. Ignorante y algo bruta, inocente y demasiado sincera, tales las características que detonan la comicidad de este personaje. Ramona es el primero de los grandes personajes de Lino Palacio, al que seguirían Don Fulgencio, Avivato y Cicuta, entre otros. Estos personajes, como los de otros autores de la época, se caracterizan por basar su humor en una cualidad que produce el efecto cómico, recurso que se repite de tira en tira. En el caso de Ramona, su ignorancia produce todo tipo de malentendidos. La interpretación literal de lo que le dicen, su incapacidad para el doble sentido, provocan las situaciones que sufren sobre todo sus patrones. Su inocencia y simpleza la llevan a una sinceridad extrema, que desemboca en algo parecido a la insolencia. Pero Ramona no tiene malicia, todo lo que hace es sólo consecuencia de lo bruta que es. Ramona fue el primer gran personaje argentino que apareció en los diarios. Comenzó a publicarse en 1930, en La Opinión, diario oficialista que salió apenas por un año. A partir de 1938 se publica en el diario La Razón, donde se hace exitosa. Varios autores se hicieron cargo de la tira: Toño Gallo, Guillermo Guerrero, Dobal y Faruk (hijo de Lino Palacio). A partir de 1958 Ramona es continuada por Cecilia, hija de Lino Palacio" (5).
Muchas mujeres se dedicaban al lavado y al planchado. Lola es una abuela homenajeada por su nieto Fernando de la Orden en la muestra fotográfica Pan y manteca. Ella vino de Logroño con su marido y tres hijas. Aquí nacería la cuarta. Era necesario trabajar para mantener tantas bocas en la nueva tierra: “llegó a la Argentina con espanto por todo ropaje y esperanza por toda bandera, y salió a planchar las ropas ajenas para parar la olla” (6). 
Tampoco le temía al trabajo la abuela gallega de Guillermo Saccomano; él relató en un reportaje: “Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos” (7). 
La “gallega” –afirman Elguera y Boaglio- era “una institución de la época que aspiraba a tener cada familia de la clase media. La ‘gallega’ era una moza robusta, trabajadora, honesta, leal, sensata, frecuentemente analfabeta, que permanecía con la misma familia hasta casarse con su Manuel (que así se llamaba su prometido) o volverse a su pueblo galaico, acosada por la morriña, la morrinha da minha terra” (8). 
Cuando Fray Mocho presenta a una doméstica gallega, desliza una crítica social, ya que a esta mujer un personaje le dice que la patrona “se aprovecha de que sos d’España para sacarte el jugo por unos cuantos centavos” (9). 
Una inmigrante –que en realidad era leonesa, nacida en Mataluenga del Bierzo- inspira a Niní Marshall: “El humor es siempre una salida honorable. Lo supo desde siempre, acaso lo intuyó aquella Marina Esther Traverso, nacida en Caballito hace justo un siglo, sexta hija de un matrimonio asturiano de primera inmigración. Por fatalismo y por elección, fue una chica de barrio. Tertulias de canto y baile son coro y escenario de sus primeros enmascaramientos: deforma las voces, acuchilla al diccionario, le da valor barriero a cada expresión. Con castañuelas y panderetas se sube al palco del Centro Asturiano. Tiene 12 años y su primer público es la gallega Francisca, la empleada doméstica, a la que ella inmortalizaría como ‘Cándida’ “ (10). 
En “Departamento para familias”, cuento incluido en el volumen Pasos del gran bailarín, el sevillano afincado en la Argentina Guillermo Guerrero Estrella presenta a Inés, una criada gallega (11). 
En “La pesquisa” (12), de Paul Groussac, aparece una sirvienta vasca. La mujer es descripta por el empleado de correo: “joven aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su mismo nombre”. 
Enrique Larreta canta, en “Las criadas y el niño”, a las domésticas españolas: “Que otros digan de escuelas y de universidades./ Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura/ y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!/ y las que me enseñaban a palmear soledades.// España de las tierras y no de las ciudades./ También las castellanas de grave catadura./ La blanca, la trigueña; la moza, la madura./ De todas las pellejas, de todas las edades.// ¡Ay, qué cuentos aquellos! Fablas de romería./ Consejas de la lumbre. ¡Y qué linda manera/ de nombrar cada cosa! ¡Cuánta sabiduría!// entre aquellos refajos! Erase que se era/ un juglar que les debe toda su nombradía./ Gaita sentimental y sonaja parlera” (13). 
Florencio Sánchez es el autor de En familia. Uno de los personajes de esa pieza confiesa: “Todavía no me doy cuenta de cómo he podido amoldarme a semejante vida. Con decirte que yo, tu madre, que fue siempre una mujer de orden y delicada, ha llegado hasta robarle a una pobre gallega sirvienta... (...) Hasta robarle, sí señor; hasta robarle a una pobre mujer los ahorros que me había confiado” (14). 
En Los primeros fríos, de Alberto Novión, uno de los actores expresa: “-Ahora me voy a conversar con una mucamita que trabaja en la Legación de España, es galleguita y sin primo, ¿se da cuenta?” (15). 
En Babilonia, de Armando Discépolo, aparecen varios criados españoles. La mucama madrileña “es limpia, espumosa en su tualé de mucama, bella. Se sienta ante su puerta en silla baja y mirándose a un espejo de mano canturrea algo de su tierra, su cintura y sus muslos inquietos” (16). 
Una andaluza se presenta en casa de Horacio Quiroga. Escriben Ezequiel Adamovsky y Gustavo Bombini: “Bastó con ver su aspecto, para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras, ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra lo que la andaluza y nosotros mismos pudiéramos pensar, contra la imagen habitual del ‘escritor prestigioso’, quien apareció allí era Horacio Quiroga” (17). 
Relata el narrador, en “El convite de Barrientos”, texto de Santiago Estrada de 1889: “Pero todo lo que llevo referido habría sido tortas y pan pintado, si el portero de mi alojamiento, desconociéndome la voz y tomándola entre sueños por la de un pariente que acababa de morir en El Ferrol, no se hubiera negado a abrirme la puerta, conjurándome a que, ánima en pena, volviera al sitio de donde había salido, en la seguridad de que en cuanto amaneciera daría de limosna a un pobre los cuartos que me adeudaba al embarcarse para América” (18). 
Cambaceres, en su novela En la sangre, manifiesta desprecio hacia el gallego portero de la universidad (19). 
Enrique Méndez Calzada incluye, entre los personajes de su “Cuento de Navidad”, a un ordenanza, “el leal Lavandeira”, quien “extrajo de su vieja maleta de inmigrante un haz de folletines amarillecidos ya por el tiempo y corcusidos con hilo negro en su margen izquierdo, a guisa de doméstica encuadernación. Se trataba, según pude observar, de El judío errante, pacientemente coleccionado, y recortado de las hojas de El Heraldo de Madrid, periódico que publicó en folletín esa lata inmortal hace cosa de doce o catorce años” (20). 
En “Verde y negro”, cuento incluido en Unidad de lugar, Juan José Saer escribe: “Eran como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado y al otro día no laburaba” (21). 
En una de sus aguafuertes porteñas, titulada “Elogio del lavacopas”, Roberto Arlt homenajea a los inmigrantes españoles: “Quiero hacer hoy el elogio del lavacopas, del lavacopas como elemento de progreso nacional, del lavacopas como ejemplo de honestidad, de contracción al trabajo, del lavacopas cuya filosofía se la enseñaron los borrachos al borde del mostrador, y cuya feroz y dulce pasión por el dinero se la enseñó la miseria del terruño y la ejemplar conducta del patrón, del patrón que, como los antiguos patrones griegos, sentaba a su mesa al esclavo y le zurraba cuando hacía falta” (22). 
Un personaje de Lejos de aquí, de Roberto Cossa y Mauricio Kartun, de vuelta en España, dice a un argentino: “¿Cómo te creés que la pasé yo en tu tierra? Trabajaba en un bar dieciocho horas por día... ¡Dos turnos! Sirviendo a tus argentinos... soberbios... maleducados, ¡coño! ¡Dieciocho horas por día! Sin sueldo. Sólo por las propinas y la comida. Dormía en el sótano con una escoba en la mano para espantar las ratas... Treinta años juntando plata... ¡plata y odio! ¿Entendés lo que es eso? ¡Treinta años juntando plata y odio! ¿De qué solidaridad me hablás?” (23). 
En “Carroza y reina”, de Isidoro Blaisten, aparece el asturiano Alvarez, mozo del café y bar El Aeroplano: “Los parroquianos empujan para llegar hasta las mesas del privilegio y arrastran al mozo, Alvarez el asturiano, el de los enormes pies, que se escurre entre los cuerpos con la bandeja en alto cargada de choppes, express y especiales de matambre que son la especialidad de la casa” (24). 
En “El encuentro”, de Jonatan Gastón Nakache, encontramos un mozo español. (25). 
Manuel Gálvez presenta, en Nacha Regules, a un aragonés encargado de un conventillo: “El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridículamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas y simiescas. La expresión adusta del semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle aún más. Reía explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando al cuerpo la línea oblícua y caídos los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz” (26). 
En 1955, Marco Denevi es distinguido con el Premio Kraft por Rosaura a las diez. En esa obra, declara "la señora Milagros Ramoneda, viuda de Perales, propietaria de la hospedería llamada ‘La madrileña’, de la calle Rioja, en el antiguo barrio del Once”. “Todo esto (...) empezó hace doce años, cuando vino a vivir a mi honrada casa un nuevo huésped que confesó ser pintor y estar solo en el mundo. Aquellos eran otros tiempos, ¿sabe usted?, tiempos difíciles, sobre todo para mí, viuda y con tres hijas pequeñas. Los pensionistas escaseaban, y los pocos que habían eran, hablando mal y pronto, de culo mal asentado, quiero decir, que hoy estaban en una pensión y mañana en otra y en todas dejaban un clavo, o, apenas usted se descuidaba, le convertían su honrada casa en un garito o alguna cosa peor, de modo que a los dueños de hospederías decentes nos era necesario si queríamos conservar la decencia y la hospedería, un arte nada fácil, ahora desconocido y creo que perdido para siempre: el arte de atraer, seleccionar y afincar, mediante cierta fórmula secreta, hecha a base de familiaridad y rigor, una clientela más o menos honorable” (27). 
"Pedro Fernández, español, y de Orense, como corresponde a un afilador que se precie de tal, dado que esta ciudad gallega se conoce como la tierra de los afiladores por excelencia, con ochenta años de edad, recuerda cuando recorría más de cien cuadras por día: "Si uno se sacrificaba podía ganar un pesito más. Después, todo cambió, con la industrialización el trabajo desapareció". Don Pedro cuenta que aprender el oficio no es fácil, y que hasta puede ser riesgoso. Como certificando sus palabras muestra el dedo índice de su mano derecha con la impronta de una herida producto de la inexperiencia inicial. Con su bicicleta roja y sus piedras anduvo por muchos rincones del país, pregonando su máxima fundamental: "La comida sabe mejor cuando el cuchillo corta bien" (28)".
“El Orensano”, un afilador gallego, protagoniza “Se abrió el cielo”, de Jorge Alberto Reale. El inmigrante “es de Orense el pueblo de la chispa y los dulces arpegios. Enjuto, desdentado, recóndito. El pobre está un poco arqueado, su cara afilada, parece disecarse. Nadie sabe si tiene familia. Cuando se lo indaga, dice con orgullo: -Soy descendiente de Rosalía de Castro-, más aún, afirma, ser de cuna noble, dijéramos de escudos y blasones, no solamente porque se lo crea buena persona. Dice de paso y por lo bajo: -Ser bueno no quiere decir ser inofensivo, la bondad sin talento no vale nada. Y así va, así viene y así pasa con su anticuada armadura, entre esmeriles y calderones. Es todo uno con algo de músico y filósofo trashumante” (29). 
Hubo maestros inmigrantes, como un personaje de La gran aldea, de Lucio V. López: “Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la reina de España, doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase que él aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado. Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con fruición, de los tesoros de Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia” (30). 
Narra el protagonista de Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, de Roberto J. Payró: “Acabé por acostumbrarme un tanto a la escuela. Iba a ella por divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias a mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma o en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo o la nariz bolitas de pan o de papel cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto o lanzar el chillido provocados por la pluma, o levantarse con la silla pegada a los fondillos, o llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesinos, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que para atreverse a tanto era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición” (31). 
En Los políticos, “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso”, escrito por Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un barbero andaluz que canta: “Con el vito vito vito/ con el vito vito va/ no me haga usted cosquillas/ que me pongo colorá”. El se identifica como “Benito Pérez y Ciudad Real, barbero, soltero, extranjero, con tres años de residencia en el país” (32). 
En El juguete rabioso, de Roberto Arlt, relata el protagonista: "Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia" (33).
En Canillita, de Florencio Sánchez, aparece un mercero catalán, que pregona su mercadería: “¡Toallas, peinetas, jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles de hilo, madapolán, pañueletas! (...) Pañueletas, calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas, libros de misa. (...) Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes de vestido, tarjetas postales, jabón...” (34). 
En “Las señoritas de la noche”, Marta Lynch presenta un almacenero catalán: “El almacenero arreció en su reyerta milagrosa, recrudeció en los gritos y en los golpes con su férrea y antigua furia de anarquista; los vecinos oían ahora incomprensibles vocablos catalanes y su recia decisión de no dejar al cura aquel que hiciera un marica de su hijo” (35). 
Hubo panaderos, como el inmigrante soriano que inspiró a Quino el personaje de Manolito (36). 
El abuelo de Gloria Pampillo, gallego, era comerciante, y había elegido el mismo nombre para todos sus negocios: “Celta, como el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de los bienes que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros. Un toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante, como tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en la panadería: La flor de Galicia” (37). 
“Joaquín Coto, el papá de Alfredo, era un inmigrante gallego que tenía una pequeña carnicería en un mercado municipal que funcionaba en Retiro y desde chico Coto acompañaba a su padre en sus recorridas por el Mercado de Liniers” (38). 
En Agua de nadie –novela distinguida con el Premio “Dr. Alfredo A. Roggiano” de la Municipalidad de Chivilcoy, 1993-, Mabel Pagano evoca a dos sastres gallegos: “Porque era muy chico y recién se iniciaba en el oficio junto a los gallegos López y García, propietarios de un gran taller, no tuvo ocasión de conocer a don Hipólito, aunque quizás Yrigoyen no hubiera gastado en un traje lo que él llegó a cobrar, decían que era tan raro el Peludo... (...) La tarde anterior, los gallegos habían insistido en su intento de llevarlo a Mar del Plata para la inauguración de la tan soñada sucursal y nuevamente él rechazó la invitación, hablando de compromisos impostergables, aunque sin aclarar sobre la naturaleza de los mismos y tratando de que no se ofendieran, ya que era forzoso que lo reconociera, él les debía mucho a los dos. Esa noche, cuando estaba a punto de retirarse del taller, los patrones lo invitaron a comer en un restaurante de Sarandí, donde había ido varias veces acompañándolos. Quiso negarse diciendo que estaba muy cansado de la tarea de toda la semana, cosa que era rigurosamente cierta, pero López insistió, vamos hombre, nos comemos la paella y regresamos temprano, al mismo tiempo que García lo palmeaba empujándolo hacia la puerta” (39). 
En su cuento “Seguir viviendo”, Ana María Torres evoca a las modistas españolas: “Josefina se hacía los vestidos con una modista. Yo, en cambio, con una que venía a coser a casa. Siempre eran españolas y siempre dificilísimas de conseguir, se las recomendaba pero no mucho, pues de recomendación en recomendación aumentaban su clientela y cuando uno las necesitaba no las conseguía. Los diálogos interminables entre mamá y la modista, los reproches, las promesas de venir, las demoras... hasta que por fin aparecía” (40). 
En “Historia de José Montilla”, Fernando Sorrentino da vida a un tendero inmigrante: “don José Montilla era, pues, un próspero comerciante español. No era panadero, no era almacenero, no atendía una casa de comidas: queden esos menesteres para los compatriotas de Galicia. En donde mostró escasa originalidad fue en el nombre que eligió para su tienda: Al Caballero Elegante. Aunque en realidad no sé si lo eligió don José o el comercio ya se llamaba así antes de que él lo comprara. Era un local profundo y ancho: brillaban las largas maderas de los pisos y brillaban las olorosas maderas de los cajones y de las estanterías, y brillaban los metales de manijas y llaves y esquineros, y brillaban los cristales y los espejos. ‘Todo para el caballero elegante’: medias, ropa interior, camisas, corbatas, trajes, sobretodos, sombreros, cinturones, tiradores, billeteras” (41). 
Un neno da tenda es evocado por Federico García Lorca en uno de sus Seis poemas galegos (42). 
Por la Avenida de Mayo circulaba el vendedor de cigarrillos, un andaluz que pregonaba: “¡Qué distraídos, andéis! ¡Qué distraiídos!/ ¡Miraise bien los bolsillos!/ ¡Habéis orvidao los cigarriyos!” (43). 
Fernández Moreno (44), Leopoldo Lugones (45), Carlos Ibarguren (46) y Graciela Cabal (47) evocan vascos lecheros. 
En Juvenilia (48), Miguel Cané –cuyo nombre se recuerda vinculado con la Ley de Residencia-, describe a los quinteros vascos y los medios con los que defendían los frutos que cultivaban: “Robustos los tres, ágiles, vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos, aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema: ¡amaban sus sandías, adoraban sus melones!”. 
En el cuento “El residente”, de Teresa Freda, aparece una gallega, “pobre y santa enfermera, medio bruta pero buenaza” (49). 
La madre de C., cantante profesional de zarzuela, estuvo casada en Galicia, donde nació su hija y donde enviudó a los veintiocho años. Tiempo después se enamoró de un hombre casado, razón por la cual su padre la castigaba duramente. Decidida a no recibir más golpes, decidió emigrar. C. y su madre se instalaron en Villa Urquiza. La mujer se empleó en la Grafa, donde debía usar pañuelo en la cabeza y barbijo, a causa de la pelusa que dañaba a las obreras. Ella, muy elegante, no los utilizaba, ya que le gustaba verse siempre impecable, bien peinada y con los labios pintados. Esa resistencia fue la que -afirma la hija - la llevó a morir enferma de los pulmones, después de años de trabajo (2015).
En Santo Oficio de la Memoria, de Mempo Giardinelli, se habla de un oficio que desempeñaban los españoles. En 1886, “Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas” (50). 
Escribe Virginia Messi: “’El Gallego Penitenciario’ ocupó un rol tan destacado en la historia de los primeros penales que fue honrado días atrás con una estatua recordatoria, ubicada en un lugar central del Museo del S.P.F.” (51). 
En La fuga (52), novela distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Eduardo Mignogna presenta, entre otros inmigrantes, a Adela y Angel Villalba, una pareja de carboneros gallegos de Betanzos que tiene un sobrino en Mendoza. 
Francisco Lores, presidente de la Federación de las Asociaciones Gallegas de la República Argentina, recuerda: "Llegué en 1952 desde O Grove. Trabajé como mecánico, pasé los desarraigos al igual que muchos. Fui mecánico y ahora estoy jubilado, dedicado a esta pasión que es conservar nuestro patrimonio" (53).
Cuando visitó nuestro país en 1998, José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, expresó: “hemos mandado a los mejores hombres y mujeres a este país, y Galicia lo ha sentido profundamente. Ellos han tomado la decisión de venir y trabajar de sol a sol para salir adelante” (54). 
Coincide con él José Bendoiro Diéguez, que creó la escuela gallega Coyam, quien afirma: “El trabajo es el principio gallego por definición” (55). 
Estaba presente en estos inmigrantes la necesidad de enviar dinero a quienes habían quedado en la tierra natal, muchos de ellos soportando la guerra. Esa realidad es la que refleja Alfredo Navarrine en su tango “Galleguita”, de 1924, cuando dice: “Juntar mucha platita para tu pobre viejita que allá en la aldea quedó” (56). 
Pero que no ocurra a quienes tanto se esfuerzan como a esos inmigrantes que evoca Elsa Gervasi de Pérez en su “Carta a Galicia”, en la que narra cómo un argentino de ascendencia española embauca a una familia de gallegos. El Paco escribe a sus padres: “La Paquita sapuesto a noviar con un mochacho arjintino hijo de jallejos como nosotros. Es muy bueno y nos va a cuidar la platita. (...) La Paquita se fue por ahí a caminar para ver si lo halla al novio ya que hace unos días se mudó y el pobreciño solvidó de darnos la diricción” (57). 
También estaban al acecho “los pillos oportunistas que sorprendían a los inmigrantes con el cuento ‘del legado’ “ (58), con el de “los policías y el ladrón” - Cándida - y los hispanos que los estafaban. En Lunas eléctricas para las noches sin luna, escribe Belén Gache: “Bordeando el convento, la calle Viamonte se extiende alternando fondas llenas de marineros con casas de remates, regenteadas por catalanes, gallegos o andaluces que venden objetos dorados por oro fino y piedras transparentes por diamantes” (59). 
Narciso Ibañez Menta se radicó en la Argentina entre 1931 y 1963. José Martínez Suárez manifestó acerca del asturiano: "El fue un maestro de actores y nuestra amistad nació cuando los dos trabajábamos para los estudios Lumiton. Pero sólo en 1976 pude tener el gusto y la honra de dirigirlo. Fue en la película "Los muchachos de antes no usaban arsénico", una producción que me brindó enormes satisfacciones y en cuyo rodaje comprobé el talento, la exigencia profesional y la calidez que poseía Narciso. Nuestra fraternal amistad prosiguió a través de cartas y llamadas telefónicas. Sin duda, con Ibáñez Menta se fue un grande, una figura insustituible de la pantalla del teatro y la televisión" (60).
Tania nació en Toledo en 1898; falleció en Buenos Aires en 1999. En 1998, apareció esta noticia: "Entre risas y lágrimas, Tania fue homenajeada por su trayectoria artística, y declarada Personalidad Emérita de la Cultura Argentina. Sentada en el escritorio de su compañero de toda la vida, Enrique Santos Discépolo, la actriz y cantante recibió la distinción de manos de la secretaria de Cultura, Beatriz Gutiérrez Walker. (...) " "Yo, que fui a tantas fiestas, que recorrí tantos países y que recibí tantos premios, incluso el del Rey de España, nunca estuve tan emocionada como ahora", dijo Tania con la voz entrecortada (61).
Alvaro Abós escribió sobre Juan Torrendell, acerca de quien afirma: "Uno de los más singulares libreros y editores de Buenos Aires fue el mallorquín Juan Torrendell, cuyo sello Tor publicaba libros que no siempre respetaban su integridad (Torrendell solía tijeretear los originales para adaptarlos a los pliegos disponibles) pero que, a veinte o treinta centavos el tomo, llevaron autores clásicos y modernos a millones de lectores.
Acosado por una de las tantas "crisis", Torrendell tuvo una idea extrema: en su local de Florida, bajo una gran balanza, colocó carteles que ofrecían: "Un kilo de libros a 1 peso, dos kilos por 1,50". El escándalo fue memorable y a él contribuyó la airada protesta de la Academia Argentina de Letras para la cual la idea del mallorquín resultaba herética. En su erudita investigación Libreros, editores e impresores de Buenos Aires (1974), Domingo Buonocuore transcribe la solicitada aparecida en varios diarios el 6 de junio de 1934: la Academia pedía "al público lector" que no aceptara el sistema de libros por peso ya que "equipara la producción intelectual con una vil mercancía". Pero la librería estaba colmada a toda hora" (62).
En "Los sueños de un profeta", Tomás Eloy Martínez evoca al editor López Llausás: "Una tarde de domingo conocí en la casa de Victoria Ocampo al primer editor profesional de mi vida. Yo suponía entonces que los editores debían parecerse a Victoria y hacer un poco de todo: escribir, traducir, publicar revistas y pasear por Buenos Aires a los grandes personajes de ultramar. Como buen provinciano de veinte años, vivía yo en un mundo de ideas fijas, donde las personas y las cosas debían parecerse a lo que me habían dicho que eran. (...) El editor me habló, en cambio, de una profesión que era tan azarosa como un juego de dados. Se llamaba Antonio López Llausás. Me contó que era catalán (ya lo advertía su acento, puntuado por elles rotundas) y que los fragores de la Guerra Civil Española lo habían expulsado a Francia, de donde lo rescataron Victoria Ocampo y Oliverio Girondo para que fuera gerente general de la empresa que acababan de fundar: Sudamericana.
La nueva editorial se abriría como un afluente de Sur, el sello de Victoria. "Un editor no debe dejarse conmover por el éxito ni por el fracaso -me dijo aquella tarde-. Tiene que publicar sólo los libros en los que cree. Si no lo hace, más vale que se ocupe de otra cosa" "(63).
Martínez se refiere asimismo a Paco Porrúa, quien regresó a su tierra: Sigue relatando su diálogo con López Llausás: "Le pregunté cómo hacía para no quedar mal con los escritores que aspiraban a su patrocinio y me contestó lo que les decía a todos: "Nunca publico nada sin la aprobación de mi lector desconocido". Cuando la gente quería saber quién era, López Llausás cambiaba de tema. Durante mucho tiempo creí que el lector desconocido era un ardid, hasta que averigüé que se trataba de una persona de carne y hueso. Se llamaba Francisco Porrúa, y tenía tal vocación de anonimato que hizo falta el inmenso éxito de la literatura latinoamericana en los años 60, del que es uno de los responsables, para sacarlo de la cueva. (...) Porrúa era reservado hasta la mudez y lúcido hasta la extenuación. De los cientos de lectores que he conocido, pocos -o ninguno- tienen su olfato y su perspicacia. Llegó a la editorial en 1955 de la mano de Jorge López Llovet, hijo de don Antonio y subdirector de Sudamericana en aquellos años. A Jorge le había interesado el buen criterio con que Porrúa manejaba su pequeña editorial, Minotauro, y lo invitó a ser su asesor" (64).
Alfredo Alcón manifestó en un reportaje: "Ingresé al Conservatorio porque a Antonio Cunil Cabanellas le parecí lindo. (...) Teníamos clases de danza, había que ponerse una malla y una camisa blanca y yo era un inútil. En esa materia tenía dos de promedio. Vino Cunil Cabanellas a los últimos exámenes para evaluar lo que se había estudiado en clase. Pasé yo y ocurrió lo de siempre, todos riéndose, y él dijo con ese tono suyo: "Nunca será bailarín, pero lo parece, y al fin y al cabo parecer es el trabajo del actor". Me puso un ocho. (...) Gracias a Cunil di un examen y entré en la radio. Vivía con un sueldito. Transmitía el Mercado de Hacienda: eso de "entraron tantas vacas, tantos toros". Tenía que decir cuántos toros habían "servido" a la vaca y me daba vergüenza, me parecía medio pornográfico. José Cibríán, que estaba en Canal 7, me mandaba papeles para televisión, pero yo me quería quedar con mi sueldito" (65).
El actor Arturo Puig relata la historia de un antepasado: "A fines del siglo XIX, 1870, mi bisabuelo trajo de Barcelona e instaló en Buenos Aires la primera casa de utilería que hubo en el país. Con esa utilería se representaron y se filmaron buena parte de las grandes producciones que se enumeran en las historias del espectáculo argentino. Se filmaba en estudios donde todo se recreaba, desde salones de España del Siglo de Oro hasta cafetines del puerto. En la utilería podía encontrarse casi cualquier cosa, por extravagante que fuera, y lo que no existía se inventaba" (66).
La vida de Benito Blanco daba, sin duda alguna, tema para un libro (67); tan sorprendente y variada es su historia, que cuesta creer que un sólo hombre haya sido capaz de tanto. Un hombre que, además de ser un empresario exitoso, es -como bien lo resaltan los numerosos entrevistados que aparecen en las páginas-, generoso y honesto, que ha encarado negocios en su tierra de origen y en la que ha adoptado, que vino llamado por un familiar, un poco al azar, y aquí se quedó, brindando a la Argentina su aporte no sólo en el trabajo (en los ramos gastronómico, petrolero, frutihortícola e inmobiliario) sino también en proyectos como la restauración del Plus Ultra ("Blanco contrató a un ingeniero naval, un carpintero, y siete peones para desarmar la aeronave. Luego lo embalaron pieza por pieza y, a continuación, un camión de dieciocho metros de largo, que Blanco hizo venir desde una de sus bases mineras en Comodoro Rivadavia, y previo permiso de Vialidad Nacional, transportó el aparato al aeropuerto de Ezeiza. De allí se lo trasladó a España en un avión de Iberia".), la reconstrucción del Teatro Avenida ("El fuego había causado daños muy graves en la estructura y eso había obligado a su clausura. En 1986 se anunció un proyecto de reconstrucción elaborado por una sociedad anónima, denominada Reconquista del Teatro Avenida, compuesta por nueve miembros. Siete de ellos eran empresarios españoles radicados en la Argentina desde hacía muchos años (Benito Blanco, Ramón Mourente, Ramón Berdullas, José María Doeyo, Luis Pereira Castro, Alvaro Campos y Florencio Aldrey Iglesias), y dos eran hijos de gallegos (Manuel Pérez Amigo y la actriz y cantante Lolita Torres). (…) poco tiempo después, (Lolita Torres) les anunció que se retiraba, pues no contaba con el dinero suficiente. Benito Blanco invitó en su lugar, a su amigo Manuel Jamardo, quien fue el que más dinero aportó a la sociedad") y el hermanamiento de una ciudad española y una argentina ("Benito Blanco siempre se preocupó por fortalecer los vínculos entre su patria de nacimiento y su patria adoptiva. En 1988, junto con sus paisanos Marcial Sánchez y José Luis López Garra, decidió hermanar a Lalín con Chascomús, ciudad natal del entonces presidente Raúl Alfonsín, cuyos abuelos eran de Ribadumia, Pontevedra").
Manuel Jamardo, dueño de la pizzería La Continental, brinda su testimonio: "A los tres días de estar aquí, me empleé en el Ferrocarril del Sur como peón de cocina. El cocinero me puso una bolsa de patatas de 40 kilos y me dijo: "Pélelas". Le pregunté: "Cuántas". Y me contestó: "Pélelas todas". (…) -Lo que más orgullo me da es que les he dado trabajo a más de 700 argentinos –dice Manuel, que vive en una casona de Parque Centenario seis meses al año y los otros seis meses los pasa en España-. El secreto es trabajo, trabajo y más trabajo" (68).
Inmigrantes eran, asimismo, los propietarios de las confiterías de los Balnearios de la Costanera Sur, evocados por Mauricio Kartun. Al finalizar la temporada, “Se hace ruido y se brinda en la despedida con las jarras que convidan esta vez los patrones, invariablemente gallegos y judíos” (69). 
En 2012, Daniel Rabinovich contó que ambos tienen el hábito de salir a correr, y que Rudy Chernicof interrumpe estas prácticas, deteniéndose y haciéndolo detener, para contar y representar pasajes de su historia. Así Rabinovich escribió el cuento "El gallego Loureiro", texto surgido de un relato que le hizo a Rudy el propietario del restaurant "Veracruz", en el que trabajaba este gallego. El inmigrante ganó varias veces la lotería: la primera, de la alegría, tiró dentro del horno el delantal en cuyo bolsillo estaba el billete; la última, compró en la Rural una gallina campeona, descorchó uno de los vinos carísmos que le habían quedado de su dilapidada fortuna, los degustó, y se pegó un tiro (70).
En Aller simple: Tres Historias del Río de la Plata, coproducción francoargentina de 1994 codirigida por los franceses Noel Burch y Nadine Fischer y el uruguayo Nelson Scartaccini –a quien pertenece la idea original-, “la cámara se detiene y quedan tres rostros, elegidos al azar, que nos enfrentan. Dos hombres y una mujer. A partir de esas caras, la película se adentra en las ficticias historias familiares de cada una. Presuponen, los realizadores, que uno es francés, el otro italiano y la tercera española. (...) Aller simple presenta, una por una, las historias familiares. La del francés, que se convirtió en un rico integrante de la Sociedad Rural; el italiano, que se fue al Uruguay y le costó levantar cabeza pese a la solidez económica comparativa de ese país respecto del nuestro; y, por último, la española, que se integró a la clase media cuentapropista poniendo una carnicería” (71). 
"A partir del año 1918 don José Loureiro, un simpático gallego, trabajó en la Costanera Sur, con la fuente de Lola Mora como fondo. "Los domingos con buen tiempo hacía hasta cincuenta fotos a cuarenta centavos, las tres postales con la misma pose, las coloreadas a mano, cincuenta" " (72).
Consuelo Bermúdez traza en “Don Modesto Bermúdez, el colchonero de Saavedra”, una breve y emotiva biografía de su tío gallego radicado en Buenos Aires, que descolló por sus sólidas convicciones humanistas (73).
Muchas inmigrantes de diversas nacionalidades fueron exclusivamente amas de casa; trabajaban en el hogar y se ocupaban de la crianza de los hijos nacidos allá o acá. 

Notas 
  1. Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 2000. 
  2. Benini, Marcelo: “Isidoro Cañones era de Villa Pueyrredón”, en El barrio. Periódico de noticias, Agosto de 2003. 
  3. Granada, Nicolás: ¡Al campo!, en El teatro argentino 3.Afirmación de la escena nativa. Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  4. Hendler, Ariel: “Jovita Iglesias. Una vida con los Bioy”, en Clarín, 2 de septiembre de 2002. 
  5. S/F: "Ramona", en www.historieteca.com.ar.
  6. Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, 5 de mayo de 2002. 
  7. Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, 15 de agosto de 1999. 
  8. Elguera, Alberto y Boaglio, Carlos: La vida porteña en los años Veinte. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997. 
  9. Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966. 
  10. Göttling, Jorge: “Biografías de Buenos Aires”, en Clarín, Buenos Aires, 4 de agosto de 2003. 
  11. Guerrero Estrella, Guillermo: “Departamento para familias”, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
  12. Groussac, Paul: “La pesquisa”, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selecc. de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1981. 
  13. Larreta, Enrique: “Las criadas y el niño”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957. 
  14. Sánchez, Florencio: En familia, en El teatro argentino 4.Florencio Sánchez. Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
  15. Novión, Alberto: Los primeros fríos, en El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980. 
  16. Discépolo, Armando: Babilonia. Una hora entre criados. En Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  17. Adamovsky, Ezequiel y Bombini, Gustavo: Para noche de insomnio. Textos de Horacio Quiroga. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991. 
  18. Estrada, Santiago: “El convite de Barrientos”, en 20 relatos argentinos. 1838-1887. Selección y prólogo de Antonio Pagés Larraya. Ilustraciones en colores de Horacio Butler. Buenos Aires, Eudeba, 1969. 
  19. Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968. 
  20. Méndez Calzada, Enrique: “Cuento de Navidad”, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  21. Saer, Juan José: “Verde y negro”, en J. J. Hernández, H. Tizón, Isidoro Blaisten y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo). 
  22. Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes porteñas. Buenos Aires, Hachette, 1960. 329 páginas. Estudio preliminar de Pedro G. Orgambide. 
  23. Cossa, Roberto y Kartun, Mauricio: Lejos de aquí, en Teatro 5. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999. 
  24. Blaisten, Isidoro: “Carroza y reina”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986. 
  25. Nakache, Jonathan Gastón: “El encuentro”, en Escritura joven III Concurso literario para jóvenes “Clara Klilsberg”. Buenos Aires, Editorial Milá. 
  26. Gálvez, Manuel: Nacha Regules. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970. 
  27. Denevi, Marco: Rosaura a las diez. Buenos Aires, Corregidor, 1999. 319 pp. Estudio preliminar y glosas de Juan Carlos Merlo. 
  28. Spinetto, Horacio: "Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Afilador", en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.
  29. Reale, Jorge Alberto: “Se abrió el cielo”, en el grillo, N° 36, Noviembre-Diciembre 2003. 
  30. López, Lucio V.: La gran aldea. Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  31. Payró, Roberto J.: Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira. Buenos Aires, CEAL. (Capítulo). 
  32. Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  33. Arlt, Roberto: El juguete rabioso. Buenos Aires, CEAL, 1981. Prólogo de Jorge Lafforgue. Pág. 5. (Capítulo).
  34. Sánchez, Florencio: Canillita, en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  35. Lynch, Marta: “Las señoritas de la noche”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967. 
  36. Rodríguez, Andrea: “La vida es un dibujo. Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito”, en Veintitres, Año 2, N° 71, Buenos Aires, 18 de noviembre de 1999. 
  37. Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita. 
  38. Sainz, Alfredo: “PERFILES Un imperio tras las góndolas”, en La Nación, Buenos Aires, 30 de octubre de 2005. 
  39. Pagano, Mabel: Agua de nadie. Buenos Aires, Editorial Almagesto, 1995. 
  40. Torres, Ana María: “Seguir viviendo”, en Seguir viviendo. Buenos Aires, Marymar, 1984. 152 pp. 
  41. Sorrentino, Fernando: “Historia de José Montilla”, en www.badosa.com. 
  42. García Lorca, Federico: Seis poemas galegos, en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 
  43. Caras y Caretas, 1901. 
  44. Fernández Moreno, Baldomero: “El vasco lechero en el café”, en Fernández Moreno, Baldomero: Poesía y prosa. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  45. Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”, en Antología poética. Buenos Aires, Espasa Calpe, 1965. 
  46. Ibarguren, Carlos: op. cit 
  47. Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Debolsillo, 2003. 
  48. Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  49. Freda, Teresa C.: “El residente”, en El Tiempo, Azul, 26 de mayo de 2002. 
  50. Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991. 
  51. Messi, Virginia: “Los últimos días de la vieja cárcel de Caseros”, en Clarín, Buenos Aires, 8 de noviembre de 2000. 
  52. Mignogna, Eduardo: La Fuga. Buenos Aires, Emecé, 1999. 
  53. Urfeig, Vivian: "Un nuevo museo rescata la historia de inmigrantes gallegos", en Clarín, Buenos Aires, 13 de diciembre de 2005. (O Grove)
  54. Estévez, Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La Prensa, Buenos Aires, 7 de noviembre de 1998. 
  55. S/F: “Cultura gallega en la escuela”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 17 de marzo de 2002. 
  56. Navarrine, A. y Petorossi, H.: “Galleguita”, citado por Gustavo Cirigliano, en El Tiempo, 
  57. Gervasi de Pérez, Elsa: “Carta a Galicia”, en Rotary Club de Ramos Mejía. Comité de Cultura. Buenos Aires, 1994. 
  58. En Caras y Caretas, 1901. 
  59. Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 
  60. Martínez, Adolfo C. "El caballero del miedo", en La Nación, Buenos Aires, 16 de mayo de 2004.
  61. S/F: "Distinción cultural a la gran compañera de Discépolo. Tania, Personalidad Emérita", en Clarín, 11 de octubre de 1998.
  62. Abós, Alvaro: "Pasión por los libros", en La Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 2004.
  63. Martínez, Tomás Eloy: "El sueño de un profeta", en La Nación, Buenos Aires, 4 de septiembre de 1999.
  64. ibidem
  65. Ventura, Any: "Alfredo Alcón. A cara limpia", en La Nación Revista, Buenos Aires, 20 de marzo de 2005. Fotos: Mauro Rizzi.
  66. Aubele, Luis: "A boca de jarro. Arturo Puig "Ensayar es encontrarse con uno mismo" ", en La Nación, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.
  67. De Lalín a Buenos Aires BENITO BLANCO un gallego emprendedor, fue escrito por Mariana Vicat y publicado en Buenos Aires, por Abey Ediciones, 2009.
  68. Guerriero, Leila
  69. ¿Yo? Chernicof, 28 abril, 2012
  70. Kartun, Mauricio: “Enciéndanse las luces del viejo varieté”, en Clarín Viva.
  71. Lerer, Diego: “Tres caras de la historia”, en Clarín, Buenos Aires, 4 de julio de 1988. 
  72. Spinetto, Horacio: "Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El fotógrafo de plaza", en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.
  73. Antología inmigrante, María González Rouco (coordinadora) (El Escriba, Buenos Aires, 2010, 124 páginas) por Germán Cáceres http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/caceres_german/antologia_inmigrante.htm
En las provincias

Hubo comerciantes en la costa, como los gallegos que fundaron la conocida tienda marplatense. José Navarro y Humberto Sánchez “Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero, los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente las ganancias del mes”. A ellos se sumaron más tarde los empleados Enrique Martínez y José Vicario. “Recuerda doña ‘Conce’, la esposa de José Vicario que ‘cuando ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las viandas. Es que estaban afuera varios días y debían llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas en la tienda...” (1). 
Cerca de Médanos abrieron la Proveeduría “El Progreso” los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. “Tanto Paco como Pepe –relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores, sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno; esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición” (2). 
En Los jardines del Carmelo, escribe Ana María Guerra: “El campo se subdividió; la casa y unas parcelas quedaron en manos de los Ruiz, tres hermanos venidos de Galicia, que aconsejados por Marga, establecieron un burdel. Las dificultades de los primeros tiempos fueron incontables; los carros se empantanaban, los jinetes entraban con barro hasta en las fajas, y apenas caían unas gotas la gente se acobardaba, quedando el prostíbulo vacío. Finalmente, los Ruiz decidieron deshacerse de él” (3). 
En “Una conversación interesante”, de Conrado Nalé Roxlo, uno de los personajes se refiere a un turco que se va a casar, y afirma que un vasco piensa frustrar ese matrimonio: “creo que se le va a aguar la fiesta porque el vasco Indurrimendi se ha enterado de que Flores es casado en Turquía y, como usted sabe que tienen rivalidad por los negocios, ha dado parte al comisario y al registro civil y hasta creo que les ha mandado el pasaje a las esposas turcas del turco para que se presenten el día del casamiento y armen un escándalo. Si vienen todas va a ser divertido” (4). 
En “Hotel Comercio”, Bernardo Kordon presenta un comerciante vasco: “Efraín Gutiérrez, el dueño de ‘El Vasquito’ ” (5). 
En “Los trotadores”, de Elías Carpena, dice uno de los personajes: “-¡Mire, patrón: de los troteadores que ahí, en la Coronel Roca, corrieron el domingo, ni los que corrieron antes, le hacen ninguna mella... : ni siquiera el del vasco Estévez, que ganó sobrándose por el tiro largo, ni el de la cochería Tarulla, que ganó con el oscuro a la paleta! ¡Usted tiene el oro y lo confunde con el cobre!” (6). 
Mario, protagonista de Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda al español que les vendía leche: “Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo, a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al sonreír, lo que hacía con frecuencia. Vestía algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo negro echado ligeramente hacia la nuca. Teóricamente, le pagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento. Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamá” (7). 
En Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española que vende leche en Sarandí: “El agua cubre ya la mitad de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario. Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla resquebrajada por el sol y las lluvias. (...) Doña Micaela sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas traseras” (8).
Los inmigrantes trabajaron asimismo en el adoquinado de las calles. Lo recuerda José Luis Corsetti, quien afirma: “De las canteras de Tandil salió gran parte del empedrado de las calles de nuestro país. Los picapedreros españoles, italianos, montenegrinos y yugoslavos fueron, desde 1870, personajes entrañables que dejaron cuerpo y alma, cuando no la vida, en cada cincelada” (9). 
Hugo Nario describió la dura vida de los picapedreros: “Despeñarse, quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado, morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía, y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor. Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces sin proceso” (10). 
Estos hombres fueron alcanzados por la muerte de a decenas, en un tórrido verano porteño. Escribe Vázquez-Rial: la gente “caía muerta en las calles: los cadáveres eran ya cuatrocientos cuando el casi eterno presidente Roca visitó la Asistencia Pública: la mitad correspondía a trabajadores del empedrado público. No había enfermedad: era el sol. Se suspendieron todas las actividades entre las once y las cuatro, y se recomendó higiene y ropa holgada” (11). 
En Quilmes, La Plata y Berisso, “se desarrolló, durante la década de 1920, una importante concentración de armenios gracias a las fuentes de trabajo en los frigoríficos de la zona. En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915. Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles, rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones de trabajo” (12). 
Un personaje de Barrio gris, de Joaquín Gómez Bas, encuentra una horrible muerte en la Argentina. Dice una noticia publicada en un diario: “Avellaneda. En el hospital municipal de esta ciudad falleció esta madrugada el obrero Martín Otero, español, de 23 años... La víctima, mientras trabajaba en los establecimientos de La Sulfúrica, perdió pie y cayó a un estanque de ácidos... siendo infructuosos los auxilios que le prestaron sus compañeros... Intervino la comisaría...” (13). 
Aurora Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de Olavarría, localidad bonaerense: “Los españoles, dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores del español escrito en un país babélico, eran los editores obligados” (14). 
Respecto de la inmigración en Tigre, afirma Mabel Trifaro: “En el período que va desde 1870 hasta 1910, que luego se prolongó en menor escala, fueron entrando al país gran cantidad de inmigrantes de diversas procedencias, que llegaron también hasta Las Conchas (Tigre) y se establecieron formando sus familias. (...) Los inmigrantes se ubicaron en diferentes lugares del país según su procedencia, formando colonias. En el caso del delta, si bien no formaron colonias, se distribuyeron en los ríos con cierta proximidad los que provenían de determinadas regiones de Europa. Enrique Udaondo en su libro “Reseña histórica del partido de Las Conchas”, menciona que según el Censo de agosto de 1854, la población de Las Conchas era de 960 habitantes, de los cuales: 757 eran porteños, 112 provincianos, 21 españoles, 11 ingleses, 12 franceses, 15 italianos, 2 norteamericanos, 6 portugueses y 20 de otras nacionalidades. En 1886 encontramos registrados 2500 habitantes, en 1890 ya son 8370 y así iría multiplicándose la población con el establecimiento de los inmigrantes. Podemos destacar de modo general a los españoles de diferentes regiones en el comercio, los vascos-franceses en los tambos, los italianos en la industria y la mecánica, los turcos (sirio-libaneses) en el comercio itinerante, los japoneses en la floricultura, por lo que se instalaron en las zonas altas de General Pacheco, Benavidez y Escobar y éstos también se destacaron en la industria tintorera. Se desarrolló en el delta, gracias al impulso de los inmigrantes la fruticultura y la horticultura, y como necesidad para el traslado de la producción, la mimbrería, la cestería y debieron multiplicarse también los aserraderos. La industria naviera tuvo el aporte de importantes familias de inmigrantes y los astilleros fueron la respuesta a la demanda creciente de embarcaciones de diferentes calados” (15). 
“Generalmente todos decían que eran agricultores –manifestó el profesor Jorge Ochoa de Eguileor-, porque una de las condiciones para poder venir a la Argentina era que fuesen agricultores. Nunca habían visto la tierra, y los que la habían visto, la habían visto en su pequeña casa del caserío donde tenían su cerdo, y donde tenían su vaca y alguna gallina” (16). Así fue como se vieron obligados a aprender un oficio que les resultaba desconocido, para poder subsistir en la nueva tierra. 
En “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, Héctor Tizón presenta un cura gallego: “El cura comienza a pasearse despaciosamente por el salón. Está pensativo, cabizbajo y dice por ahí (sólo el Capataz y el Turco pueden escucharlo, los otros no están en este momento) aludiendo quizás a su pobreza: -Me ha tocado una parroquia estéril como una mula. Y poblada de locos” (17).

Notas
  1. S/F: “El baratillo”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
  2. Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El Progreso’ “, en Mundo Israelita. Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.
  3. Guerra, Ana María: Los jardines del Carmelo. Buenos Aires, Corregidor, 2003.
  4. Chamico (Conrado Nalé Roxlo): El muerto profesional. Buenos Aires, CEAL, 1980.
  5. Kordon, Bernardo: “Hotel Comercio”, en R. Arlt, J. L. Borges y otros: El cuento argentino 1930-1959*** antología. Selección y prólogo de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
  6. Carpena, Elías: Los trotadores. Buenos Aires, Huemul, 1973.
  7. Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
  8. Gómez Bas, Joaquín: Barrio Gris. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1963.
  9. Corsetti, José L.: “Lejos del corralito, cerca de la naturaleza”, en La Nación, 27 de enero de 2002.
  10. Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N°178, Marzo de 1982.
  11. Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
  12. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires..
  13. Gómez Bas, Joaquín: op. cit.
  14. Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
  15. Trifaro, Mabel: “La inmigración”, en www.bpstigre.com.ar/revista/inmigrantes.htm.
  16. Markic, Mario: “En el camino”, TN, 12 de septiembre de 2002.
  17. Tizón, Héctor: ““El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, en J. J. Hernández, H. Tizón, Isidoro Blaisten y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
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En su mayoría sin estudios, los inmigrantes se las ingeniaron para que sus hijos pudieran estudiar. Haciendo lo que sabían o aprendiendo nuevas labores, encontraron una vida digna, en la que el esfuerzo tuvo frutos. El país les ayudó, pero ellos no cejaron. 


Asociación Extremeña
Museo del Inmigrante, 2008


IX ¿Qué comían?

¿Cuál fue la alimentación de los inmigrantes que llegaron a nuestro país entre 1850 y 1950? Me refiero a ella, a partir de testimonios históricos, literarios y periodísticos. 

En la tierra natal

Los inmigrantes nos hablan, en sus testimonios, de su alimentación en los países de origen. Salvo muy contadas excepciones, la idea de la exigüidad de las comidas se reitera, habiendo algunos – en su mayoría, irlandeses y gallegos- de los que sabemos que hasta debieron soportar hambrunas (1). 
Esa realidad es evocada por Carlos Penelas en su poema “Aldea”: “Hay sepulturas horadadas en la piedra./ Y una espadaña que es extraña en la tierra./ Hubo batallas, nobles y normandos./ Hubo tégulas, molinos de mano./ Y mitos y hembras y dioses paganos./ Canes pétreos sostienen el alero/ de las ruinas de un cenobio./ Aquí un hombre decidió su exilio/ por la hambruna” (2). 
En España se pasaba necesidad. Lo recuerda Ana María Campoy - actriz distinguida con el Premio Konex de Platino 1981: Actriz de Comedia Radio y TV y el Premio Konex 2001: Conductora -, que vivió en Cataluña. Ella dijo en un reportaje: “¿Tú puedes entender comerte un plato de aceite de oliva, con cuchara? No lo podrías entender. Pero te lo comes, porque no hay otra cosa. Entonces, tienes, al otro día, una descompostura intestinal brutal, pero esa noche dormiste porque has llenado el estómago con algo, y el aceite de oliva es un alimento”. El hambre desconoce lazos: “Nosotros, que éramos unidos y nos amábamos, cuando llegaba el racionamiento del pan, cada uno agarraba su pedazo y lo escondía. Y lo escondía! Porque no nos fiábamos ni de nuestro padre” (3). 
Carlos Salatino y Beatriz Sevilla pintaron un mural en un restaurante de Buenos Aires. A esa obra se refiere el realizador: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa ‘hambre’, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban” (4). 
La asturiana Carmen Díaz y sus hermanos “comían polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían en platos esmaltados día tras día el mismo menú: cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina, sólo conocían el pan por referencias. María, cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos, que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago, hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces y castañas, y comían las moras que crecían entre espinos al borde de los senderos”. 
El padre de los niños, esposo de María, “a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos”. Durante la Guerra Civil, los franquistas “entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas” (5). 
Acerca de la abuela gallega de Gladys Onega, “contaban que cuando servía el caldo, los cachelos y las coles, al levantar el brazo en ademán inminente de servir la segunda vuelta, las más de las veces se detenía arrepentida y devolvía ese segundo cucharón intacto al pote; ella sabía que cada bocado de más que hartaba a su prole era un día que restaba para comprar o muiño velho e o prado d’arriba y escriturar la tierra que faltaba para unir los pequeños retazos del minifundio en una propiedad mayor” (6). 

Notas 
  1. Delgado, Alicia: “Una morriña harto gallega”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 30 de mayo de 1999. 
  2. Penelas, Carlos: “Aldea”, en Desobediencia de la aurora. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 2000. 
  3. Guinzbug; Jorge: “Ana María Campoy ‘A mí los hombres me gustan con locura’ “, en Clarín Viva, 4 de agosto de 2002. 
  4. González Rouco, María: entrevista vía email realizada en febrero de 2003.
  5. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 
  6. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999. 

En el barco

Pedro Fernández, asturiano embarcado ilegalmente hacia la Argentina en 1899, recuerda la comida a bordo: “dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español.”
La ansiedad por conseguir alimento provoca pequeños accidentes: “¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida”.
La necesidad crea nuevas normas entre los inmigrantes: ”Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armados cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto salvé la situación (1).
Pura, la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, de María Angélica Scotti, narra: “Había en ese barco, a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban en cualquier rincón (2).
En el barco, a Carmen Díaz, “como al resto, le daban de comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas” (3).
La alimentación de los pasajeros ha sido registrada en una imagen. En “Buenos Aires 1910. Memoria del porvenir” pude ver la fotografía de inmigrantes españoles comiendo en la cubierta con platos de latón, antes de desembarcar. La tomó León Lacroix, en 1910 (4).

Notas
  1. Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com
  2. Scotti, María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.
  3. Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
  4. "Una visita al Buenos Aires antiguo", selección de fotos de “Buenos Aires 1910. Memoria del porvenir”, en Shopping Abasto, 1999.
Abundancia americana

Alejandro Sirio llega a Buenos Aires en 1910. “Son épocas difíciles y con lo que gana como dependiente apenas araña el existir. Y bebe agua, mucha agua como para ahogar su hambruna. Años más tarde recordará: ‘Cuando comencé a ser conocido, llegué a comer todos los días, y hasta dos veces al día’ " (1). 
Contrapuestos a la evocación de la pobreza que se vivía de un lado y el otro del mar, encontramos pasajes en los que se alude al asombro de los inmigrantes ante la cantidad de comida que había en la Argentina. 
La alimentación de quienes dejaron su tierra -además de ser un tema recurrente en la literatura- ha sido estudiada por renombrados especialistas. En “La huella del inmigrante” (2), Fernando Devoto se refiere a la cocina nativa como un modo de diferenciarse: “Aunque los inmigrantes estuvieron inicialmente deslumbrados por la abundancia de carne mantuvieron sus hábitos alimentarios. Lo revelaban las estadísticas de comercio exterior y el surtido de los almacenes. Aspiraban tanto a conservar sus tradiciones como a diferenciarse socialmente a través de sus consumos. No se producía una fusión o ‘crisol’ culinario con la cocina nativa sino más bien una yuxtaposición. Los distintos componentes coexistían en un menú sin mezclarse en un mismo plato”. 
“Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. 
Los gallegos aportaron sus potajes, empanadas, tortillas y la perdiz en pepitoria; los asturianos la fabada (alubias de gran tamaño acompañadas en la olla por morcillas, chorizos, cebollas y tocino); los vascos el marmitako a base de atún y papas y el bacalao en sus cuatro versiones (al pilpil, al ajoarriero, a la vizcaína y ligado); los aragoneses el pollo al chilindrón y las criadillas; los valencianos las paellas, las variedades de arroces y los mejillones salteados con tomates y pimientos; los andaluces el gazpacho, el ajo blanco, la sopa de caldo de gallina, el atún con tomate, las berenjenas con queso, la caldereta de cordero y los jamones de Trévelez y Jabugo. De Madrid y la región central los menúes atrapan cocidos, callos, sopa de ajos, tortillas, cochinillos y perdices; de Cataluña los embutidos, las butifarras, los salchichones de Vic, el conejo marinado, las setas, el lomo frito con alubias, la zarzuela de pescado y el arroz bogavante; de las islas Baleares la sobrasada y la ensaimada. 
Fuera de los restaurantes y los clubes de colectividades, en las casas de familia, nada triunfa más que la tortilla, las simples papas peladas, lavadas y cortadas en rajitas delgadas que se fríen en aceite o manteca de cerdo con el complemento de los huevos batidos y salados” (3). 
“La población que emigraba de Europa trajo su cultura culinaria. Los españoles querían garbanzos y arvejas, y un montón de cosas que aquí no se cultivaban. El gran consumidor de los fideos y los tomates fue el italiano. Todo esto se iba concentrando en los barrios, que se agrandaban cada vez más. Entonces se empiezan a establecer los puestos de las ferias dedicados exclusivamente a vender jamón cocido o jamón crudo, o costillares de vaca, de cerdo, además de las verduras, las frutas, los garbanzos...” (4). 
Víctor Ego Ducrot señala que “la llegada de productos alimenticios de los más diversos rincones del mundo también se hizo sentir sobre todo en los hábitos de los sectores sociales de mayor poder adquisitivo, aunque muchas de las novedades que se podían encontrar en las ‘tiendas de ultramarinos’ fueron de consumo popular, por su bajo precio y porque no existían sustitutos de manufactura local. Entre esos productos se hallaban el azafrán, las especias básicas –como la pimienta y el pimentón-, algunos licores y el chocolate” (5). 

Notas 
  1. Coppola, Norberto: “Alejandro Sirio”, en www.alejandrosirio.org.ar. 
  2. Devoto, Fernando: “La huella del inmigrante”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de julio de 2000. 
  3. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo. 
  4. González Toro, Alberto: “El tímido regreso de las ferias de Buenos Aires”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de marzo de 2003. 
  5. Ducrot, Víctor Ego: Los sabores de la mafia. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002. 

En el Hotel de Inmigrantes

Sesenta y ocho años después de haberse hospedado allí, José Arias expresa: “Nos daban comidas y abundantes” (1).Teresa Joan, décadas más tarde, recuerda el olor a pan de trigo (2). 
Se desayunaba “café con leche, mate cocido y pan horneado en la panadería del hotel escribe Horacio Di Stéfano-; los almuerzos consistían en “sopas, guisos, maíz pisado o legumbres, puchero criollo, estofado...”. Había “colas para la entrega de vituallas, luego el cocinero servía los alimentos, y las largas mesas de comensales quedaban ocupadas en medio de un incesante murmullo de voces y chillido de vajillas” (3). 
Sergio Limiroski escribe: “Muchos de estos niños de las familias, hoy convertidos en abuelos, recuerdan al viejo hotel –que funcionó hasta 1952- con aquellos largos tablones donde se comía, los tarros de metal con que se tomaba la leche, las camas marineras donde se dormía, mientras esperaban que sus padres consiguieran el trabajo que les permitiera quedarse” (4). 

Notas 
  1. Arias, José: “Disqueprensa” en La Prensa, Buenos Aires, 1998. 
  2. Joan, Teresa: Libro de visitas del Hotel de Inmigrantes, 2002. 
  3. Di Stéfano, Horacio: “El Hotel de Inmigrantes: albergue para la nostalgia...”, en TANGO SHOW El lugar del Tango en internet. 1999. 
  4. Limirosky, Sergio: “Y entonces llegaron Ellos”, en La Prensa, 17 de octubre de 1999. 

En el conventillo

Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: “Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda” (1). 
La arqueología nos ha proporcionado recientemente datos acerca de la alimentación de los inmigrantes de clase baja: “Schavelzon asegura que en una excavación en lo que era un conventillo, en las calles Defensa y San Lorenzo, descubrieron una gran diversidad alimentaria que, en teoría, tenía que ver con los inmigrantes de distinto origen que lo habitaban. ‘Comían cuises, avestruces y lagartos’, informa. Y no tanta carne vacuna: muchas de las vacas eran salvajes y su carne, muy dura” (2). 

Notas 
  1. Estrada, Santiago: Viajes y otras páginas literarias. 1889. Citado por Jorge Páez en El conventillo, Buenos Aires, CEAL, 1970. 
  2. S/F: “Basureros del pasado”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 9 de enero de 2000. 

En los barrios

La hija del gallego Joaquín González cuenta que a los inmigrantes de esa procedencia “Les gustaba comer jamón, tomar buenos vinos”. De esa tierra –afirma Claudio Savoia- llegaban manzanillas y bacalao (1). 
Y desde la Argentina, durante la Guerra Civil, se enviaban encomiendas. Los familiares de Gladys Onega, como tantos otros inmigrantes “respondían con la acción: armaban, envolvían en lienzo, rotulaban con grueso tinta espesa, ataban con cuerdas, lacraban con sellos y aseguraban con sunchos los paquetes de ropas de abrigo y de alimentos que cruzaban el mar y quién sabe cuándo llegarían y si llegarían hasta a pena. La familia esperaba, y para protegerla acudían a Dios y al diablo”. Los niños participaban en los envíos: “Los chicos también éramos leales y creíamos que ayudábamos juntando papel plateado de cigarrillos, chocolate y chocolatines, que despegábamos del papel blanco que lleva adherido y con el que íbamos haciendo bolas de papel de plomo que mandábamos a Negrín para que hiciera las balas para la República” (2). 
Como agradecimiento por las encomiendas de ropa usada que enviaban durante la contienda, mis abuelos paternos recibían chorizos da terra que atravesaban el Atlántico en latas vacías de dulce de batata. Para algún festejo importante, como un casamiento, ellos compraban grandes cantidades de ciruelas, que llenaban un fuentón, y ponían a enfriar el vino en odres, cubiertos con trapos húmedos. Su comida cotidiana consistía en puchero, nabizas, asado con papas, que mi abuela –al igual que sus vecinas- hacía cocinar en el horno de la panadería, y de postre, budín de pan. Desayunaban tazones de café con leche acompañados por pan con manteca y azúcar. Los días de fiesta, ensaimada. Ya anciana, mi abuela nos convidaba mate cuando la visitábamos, pero nadie recuerda a partir de qué fecha adquirió esa costumbre, y si lo hacía en vida del abuelo. 
El cumpleaños de uno de los personajes gallegos de Vázquez-Rial coincide con el día de Navidad. El autor de Frontera sur describe los manjares que degustarán los invitados: “Las mujeres pusieron las mesas en el último patio, emparrado, de obligado tránsito para quien pretendiera ir de la casa, a la que se entraba por el oeste, desde la calle Pichincha, a la cuadra, abierta al sur, a Garay. Al anochecer, los blanquísimos manteles quedaron sepultados bajo fuentes y más fuentes en que lucían el jamón, las almejas, el pavo fiambre, los ahumados, el lechón adobado, el bacalao o el pulpo con pimentón leonés y aceite de uva del país, espeso y de aroma salvaje. Aparte colocaron las galletas, los turrones partidos y las nueces peladas. Vinos y sidras se enfriaban en tinas de agua. Todo aquello había llegado en un carro del Almacén Buenos Aires, tienda de vinos, licores y comestibles importados de ultramar, que Giacomo Zappa había fundado quince años atrás en Artes y Cuyo”. 
Otro de los personajes, un pequeño gallego, compara ese espectáculo con el de su propio cumpleaños: “Ramón, sentado en el tercer peldaño de una escalera que llevaba del piso de baldosas rojas a los techos, asistió azorado al desembarco de aquellas riquezas. No recordaba haber visto, y de hecho no había visto, nada semejante en toda su corta vida. De hacía poco, del anterior 2 de noviembre, era la más lujosa de sus memorias, la del festejo de su propio cumpleaños, el sexto, en un puesto rural próximo a Durazno, en la Banda Oriental, donde amigos de Roque habían asado un costillar de ternera” (3). 
En la fonda, Manuel Londeiro -personaje de Hacer la América, de Pedro Orgambide- “pide pan y tocino. Después, una sopa con carne, porotos y papas. Se promete ir al almacén de su primo, y firmar una letra, un documento, lo que sea a cambio del dinero para los pasajes. Si comes tanto no podrás ahorrar, dice su primo, si sólo piensas en comer. El pan de Manuel Londeiro no llega a la boca. Lo coloca en un pañuelo y lo anuda. Ya tiene su cena” (4). 
Petra, una de las “ingratas” de Guadalupe Henestrosa empleada como cocinera en una pensión, no soportaba que criticaran sus comidas: “El minestrón era la principal fuente de conflictos: los italianos aseguraban que la española era incapaz de captar la naturaleza sutil de la sopa de verduras y que cortaba la zanahoria en rodajas demasiado gruesas. Petra no iba a soportar esas críticas. Ante la menor queja retiraba los platos con el gesto desairado de un artista incomprendido y los inconformes se quedaban con la cuchara suspendida en el aire y sin caldo donde sumergirla. La patrona hacía caso omiso de los desplantes de la cocinera: por su guiso de lentejas hubiera soportado cualquier humillación” (5). 
En casa de María Rosa Lojo, hija de un gallego y una madrileña, se consumían alimentos que resultaban extraños para los chicos con los que ella se relacionaba, los cuales consumían, a su vez, alimentos que rara vez se veían en casa de estos españoles: “También los sabores, los gozos de la comida, se conformaron y se acuñaron fuera de los hábitos de la cocina argentina moderna. Para mí eran absolutamente familiares los pulpos y los langostinos, los calamares, los camarones y mejillones ajenos a los hábitos de las pampas, y que más bien horrorizaban con sus valvas, sus tintas y sus viscosos tentáculos a la mayoría de mis compañeras de escuela. En cambio, durante la infancia y adolescencia consideré como elementos exóticos las pastas y la pizza –‘clásicos’ para un recetario argentino, definido por su neta hibridez ítalo-criolla-. Mi familia consintió únicamente en incorporar el asado. Otros platos locales, compartidos por ambas cocinas, provenían del más antiguo fondo hispánico colonial: el puchero (versión vernácula del ‘cocido’), las natillas, el arroz con leche aromado con canela. Mis padres se resistieron tenazmente al mate, símbolo supremo de argentinidad que también hubiera representado para ellos –creo- un supremo renunciamiento” (6). 
En la Argentina, quien quiera comer la auténtica “Torta para el Apóstol”, encontrará la receta en Viajero Celta (7). 
Manuel Corral Vide llamó Morriña a su restorán, nombre que nos habla sin duda del sentimiento que aúna a chef y comensales: “A través de Morriña (palabra entrañable para nosotros) el nombre de Galicia llega a miles de personas que, sin ser gallegas, se interiorizaron de las características de nuestra cocina, lo peculiar de nuestras tradiciones y nuestra milenaria cultura. En cuanto a los paisanos, me consta que se enorgullecen de tanta difusión” (8). El publica sus recetas en Galicia en el mundo; en una de las entregas de “Cocina gallega”, leemos: “En Buenos Aires, siempre que se podía en casa, nos agasajábamos con una buena paella en la que difícilmente faltaba el conejo (mi abuela los criaba en nuestros primeros años en la Argentina)” (9). 
Las recetas de los cocineros de los restaurantes españoles más típicos de Buenos Aires son desarrolladas por Blanca Cotta, en los quince manuales que integran el Gran Libro Clarín de la Cocina Española (10). 
En España, un gallego que retornó sin haber podido “hacer la América” encontró en los manjares argentinos un medio de vida. Lo cuenta Norma Morandini: “como la patria es la infancia, el tiempo se evoca con los sabores que se perdieron. En una pastelería de la calle Menéndez y Pelayo, cerca de la plaza Cavia, se forma una fila para comprar. Un pequeño negocio donde se pueden conseguir medialunas, tarta de acelga, yerba, vinos argentinos y esa delicia que se arma como exclusividad nuestra, los sandwiches de miga. (...) lejos de lo que podría pensarse, el negocio no pertenece a ningún argentino. Su dueño, un gallego que vivió veinte años en la Argentina, al regresar encontró la prosperidad que le fue esquiva como inmigrante. Gracias a los sabores que se trajo del Río de la Plata, su negocio crece cada día” (11).
Un riojano recuerda que “en un bar que le llamaban La Jaula a las siete de la mañana comian patata pisada con sebo”. 
Carlos Szwarcer relata que una familia española había aprendido de los turcos una receta: “Pepe cuenta que su ‘hermano trabajaba en la pollería de la calle Gurruchaga, pelaba pollos y mi mamá me mandaba a comprar allá. Los huevos rotos los vendían más baratos y yo iba con una ‘lechera’ y le decía a Gallizy - el dueño del local - ‘Hola, don Juan, dice mi mamá si me puede dar una docena de huevos rotos’. Y él me contestaba ‘Sí, claro, andá, decile al Cholo’. Y yo le decía a mi hermano, que se iba al fondo, agarraba los huevos sanos, los golpeaba y los tiraba a la lechera, pero en vez de 12 tiraba como 50 huevos y cuando salía yo le decía ‘Dice mi hermano que ya está don Juan’. ‘A ver, qué te voy a cobrar si están todos rotos’ y no me cobraba nada’. Con el rostro encendido y nostálgico por el recuerdo de esa artimaña Don Pepe continúa: ‘Y mi mamá pisaba todo, con cáscara y los colaba y hacía una masita que le enseñaron los turcos (sefaradíes), que le llamaban ‘pan esponyado’, pan de España, después con lo que le quedaba le agregaba un poco de harina y estiraba la masa con una cuchara y se hacía como un huevo frito y hacía unas masitas: ‘Mulupitas’ y llevaba la fuente a la panadería para que se la hornearan. Aprendimos de los turcos... comíamos a cuturadas’.(3). Ríe a carcajadas” (12).
La confluencia de inmigrantes de distinta procedencia y de criollos permite que confraternicen y que conozcan sus cocinas típicas. En una calle porteña vivió doña Catalina, la madre de Miriam Becker. En una sentida evocación que escribe poco después de la muerte de la rumana, comenta que la anciana “De sus vecinos -españoles, italianos, argentinos del interior-, había descubierto que el mejor arroz con pollo lo hacía doña María, la gallega, pero sin panceta; lo rico que eran el grelo, la nabiza y la achicoria como los preparaban los Brunetta –los italianos saben comer verduras-, y que las empanadas con la carne cortada a cuchillo de doña Pepa eran mejores que con la picada común” (13).

Notas
  1. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
  2. Onega, Gladys: op. cit.
  3. Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
  4. Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984, pág.20.
  5. Henestrosa, María: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.
  6. Lojo, María Rosa. “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio al margen. Noviembre de 2002.
  7. S/F: “Torta para el apóstol”, en Viajero Celta, Año I, N° 9. Buenos Aires, Julio de 1996.
  8. Corral Vide, Manuel: “Cocina gallega”, en Galicia en el mundo, Edición Mercosur. Buenos Aires, 3-9 de septiembre de 2001.
  9. Corral Vide, Manuel: “Cocina gallega”, en Galicia en el mundo, Edición Mercosur. Buenos Aires, 14-20 de febrero de 2000.
  10. Cotta, Blanca. Buenos Aires, Clarín, 2002.
  11. Morandini, Norma: “Tierra de exilio”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001.
  12. Szwarcer, Carlos: “Hechizo Sefaradí”, en SEFARaires, Nº18, Octubre de 2003.
  13. Becker, Miriam: “La última idische mame”, en La Nación Revista, 23 de marzo de 1997. 

En el Gran Buenos Aires

JB vino de un pueblo riojano que quedó bajo un pantano, “escapàndole a la posguerra, a la miseria que teníamos en aquellos pueblitos. Venir aca para mi, gracias a Dios, no fue un trauma porque tuve la suerte de venir con mi padre, mi madre, mis dos hermanos y mi abuelo. Fuimos a parar al tigre - un hermano de mi tenía una quinta alquilada alla - y empezamos a trabajar en la fruta. Ahi fuimos creciendo. Estuvimos cinco años y despues vinimos a Buenos Aires, a Barracas, compramos un negocio de lecheria, heladería. Me tocó hacer de todo, trabajar dentro de la lecheria con carro, caballo, con la leche. Y los domingos hacer una changuita donde se podia, para ir progresando”. “La sorpresa fue que cuando fuimos a la isla, venia la lancha del almacenero y comprabamos dos o tres litros de leche, cuando en España teníamos dos o tres cabritas, ordeñabamos, sacabamos un litro y lo vendíamos al otro pueblo, para poder sacar unos pesos y comprar azúcar o aceite, o la pana, que era todo estraperlo. Ahi no. Cuando mi padre se iba a Tigre con mi madre a llevar la fruta, quedabamos mi hermano y yo con mi abuelo - yo era el más grande - y comprábamos y hacíamos arroz con leche, bifes de costilla”, algo impensado en su pueblo.

En el interior

Pero no debe pensarse que todos comían bien en nuestro país. Los colonos, al principio, se alimentaron no con lo que acostumbraban en sus países de origen, sino con lo que había. 
“Entre fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, la pampa se convertiría en ‘pampa gringa’, y la influencia de la cocina italiana prevalecerá en todo el área: pastas, ensaladas crudas, aceite, vegetales y fruta. Las pastas favoritas en pueblos y colonias serán los ravioles, tallarines, ñoquis, polenta, lasagna, capellettis, agnolottis –platos de los domingos y días festivos-, todas matizadas con enormes trozos de carne estofada. El relleno de los ravioles incluía, además de la espinaca,, seso, pollo y salchicha. De la tradición hispano-criolla se mantiene el puchero, un trozo de carne vacuna hervida con el agregado de zapallo, choclo, papas, etc. Las proteínas, vitaminas e hidratos de carbonos así como las grasas se combinan en este plato apto para las tareas pesadas” (1). 
Gladys Onega, santafesina hija de un gallego y una criolla, cuenta: “Mi madre no sabía nada de la cocina gallega pero, ante nuestra insistencia, había aprendido a hacer fillohas, delgadísimos discos de harina y huevo cocinados en la sartén con una cucharadita de manteca, que comíamos espolvoreados con azúcar” (2). 
Hugo Nario describe, en un estudio sobre los picapedreros de Tandil, una de las comidas de los inmigrantes: “Algunos de los pobladores más antiguos que entrevisté, recordaban que la hora del desayuno (generalmente mate cocido con leche, galleta y queso) era anunciada por un empleado de la cantera que recorría sus inmediaciones tocando un largo cuerno. Al toque de cuerno los chicos dejaban sus juegos y se congregaban tras quien lo portaba, en una extraña procesión que se repitió diariamente mientras se mantuvo aquella relación de dependencia” (3). 
En Bahía Blanca se conservan algunas tradiciones españolas. En La pradera de los asfódelos, de Rubén Benítez, dice uno de los personajes: “Doña Lorenza la convidaba con rosquillas fritas. Unas rosquillas iguales a las que hacía mi madre en mi pueblo, en España. Doña Lorenza era de Villar del Ciervo, un pueblito vecino al nuestro. ¡Qué hermosas rosquillas! ¡Riquísimas!” (4). 
Aún hoy perviven las recetas de la abuela. En su restorán marplatense, los hermanos Morales hacen la empanada gallega tal como la hacía Manuela Eiras en Padrón, según la receta que trajeron de La Coruña hace cuarenta y tres años (5).
En Las recetas de nuestras abuelas (6), Luján Casaubon e Isabel Chiodo de Perren, “Dos fanáticas de la buena mesa rescatan recetas de los cuadernos de sus abuelas. Se trata de exquisitas preparaciones, de origen francés, italiano, español o argentino, que se saboreaban en nuestro país desde fines del 1800, y que se disfrutan todavía hoy” (7). 
Miguel Sánchez Romera, chef y neurólogo “nacido en la Córdoba argentina de padres inmigrantes españoles, y residente en Barcelona” (8), evocó en un reportaje las recetas de su madre murciana (9). 
En la Patagonia –destacan Alvarez y Pinotti- “El intercambio con los primeros europeos ha quedado registrado abundantemente, sobre todo en San Julián, en épocas tempranas, así como en Carmen de Patagones, Río Gallegos y Punta Arenas. Desde 1860 se difunde el consumo de yerba, azúcar, farináceos, tabaco, bebidas alcohólicas –con consecuencias catastróficas para el futuro de los diversos grupos-. En nuestros días se continúa denominando ‘vicios’ a los insumos traídos por los blancos” (10). 

Notas 
  1. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit. 
  2. Onega, Gladys: op. cit. 
  3. Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N° 178, Marzo de 1982. 
  4. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989. 
  5. En La Capital de Mar del Plata. 
  6. Casaubon, Luján y Chiodo de Perren, Isabel: Las recetas de nuestras abuelas. Buenos Aires, Grijalbo, 2005. 
  7. S/F: “Las recetas de nuestras abuelas, Luján Casaubon, Isabel Chiodo de Perren”, en Editorial Sudamericana: Novedades editoriales. Buenos Aires, Diciembre de 2005. 
  8. EFE: “Sánchez Romera da lecciones de Gastronomía en Japón”, en www.noticiasdenavarra.com, 11 de febrero de2003, Núm. 2407.
  9. S/F: “Encefalograma de la gastronomía”, en La Prensa, 14 de mayo de 2000. 
  10. Alvarez, Marcelo y Pinotti Luisa: op. cit. 
.....

En la pobreza o en la abundancia, los inmigrantes mantuvieron la tradición culinaria como una forma más de vincularse a la tierra añorada, de preservar su cultura, y de transmitirla de generación en generación, al tiempo que veían en la cocina nativa un medio para diferenciarse en una sociedad cosmopolita. 


Unión Regional Valenciana
Mar del Plata, 2017

X Costumbres

“La Capital Federal, en 1936, tenía el 88% de extranjeros o hijos de extranjeros –afirma la socióloga Susana Torrado. Es decir, entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX era un pedazo de Europa en la Argentina” (1). 
La actriz Rita Cortese recuerda la presencia inmigrante en la sociedad: “Cuando yo era chica, los inmigrantes europeos eran algo vivo y cercano. Tanos y gallegos, como decíamos, estaban allí, al lado nuestro, en la calle, en el barrio. Pesaba su manera de ser y de hablar, sus costumbres, comidas, espectáculos. Formaban parte de nuestra vida cotidiana” (2). 
De sus países de origen trajeron los inmigrantes sus costumbres, las que perduraron en la nueva tierra. La crianza de los hijos, la celebración de los acontecimientos familiares, diferenciaban a las colectividades y, aún hoy, se siguen observando los mismos lineamientos que hace décadas, aunque influenciados por el medio en que se desarrollan. 

Notas 
1 Roffo, Analía: “La familia argentina se diseñó contra toda presión”, en Clarín, 27 de febrero de 2000. 
2 Gaffoglio, Loreley: “Me acordé de un viejo amor”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de julio de 2002. 

La ética

La ética era un valor fundamental para los inmigrantes. Lo afirma Eduardo Mignogna, autor de La fuga: “Nuestros padres, nuestros abuelos, amaban el apellido, la ética, la responsabilidad civil de tener un trabajo y de hacerse cargo de sus hijos y dejarles un apellido. Con su muerte se pierde un sentido de la ética y el país es testigo de esto. Los nietos saben que no tienen el primer referente a quien pedirle explicaciones y aparece la plata dulce, la financiera, esos hombres con apellidos en los diarios sin que les importen las manchas en una política macabra de robos e impunidad” (1). 
Patricia Palmer, hija de un catalán y una porteña, manifiesta: “En mi casa me inculcaron valores que por un lado me salvan, pero que también me trajeron problemas: fui educada en una burbuja donde la honestidad y el honor eran la regla general, y la vida me fue enseñando duramente que eso tiene más que ver con la utopía que con la realidad” (2). 

Notas 
1 Boccanera, Jorge: “A dos puntas”, en Clarín, 26 de septiembre de 1999. 
2 Madrazo, Cecilia: “10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 13 de octubre de 2002. 

La solidaridad

La solidaridad era otro de los bienes espirituales de los inmigrantes. Ema Wolf y Guillermo Saccomanno señalan que “La inmigración, por esos años, hacinaba a un grupo humano de orígenes diversos y remotos que convivía con rencores e indiferencias pero unido por esa desgracia común de sentirse pobres y relegados en una tierra extraña” (1). 
En el Hotel de Inmigrantes - comenta el profesor Jorge Ochoa de Eguileor -, : “había inmigrantes de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana en el jardín, en los grandes jardines” (2). 
Esa unión de los primeros tiempos dio origen a asociaciones importantes, a muchas de las cuales se refiere Rosa Majián en su guía (3). Surgieron los medios de las colectividades, estudiados por la antropóloga Viviane Oteiza Gruss: “De las publicaciones periódicas publicadas en la ciudad de Buenos Aires en 1887, 82 estaban redactadas en español, 7 en italiano, 5 en francés, 4 en inglés y 4 en alemán. Es decir, estos números indican que la mencionada libertad de expresión, junto con la fuerte inmigración de aquellos años, fue el caldo de cultivo para gran cantidad de publicaciones de colectividades" (4). Una publicación tuvo que ver con el origen del Centro Gallego: “El Eco de Galicia fue fundado por José María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892. Este fue el órgano de los residentes gallegos en la Argentina desde ese momento y uno de los antecedentes de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires” (5). 
“Las sociedades de socorros mutuos (...) tuvieron un amplio desarrollo, y se extendieron a todo rincón del país donde llegaron los contingentes inmigratorios –comenta Angel Jankilevich. El censo realizado en 1904 en la Capital Federal revelaba la existencia de 97 entidades de socorros mutuos” (6). 
Para Jorge Fernández Díaz, el Centro Asturiano de Buenos Aires es “esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria”. Su padre encontraba allí la felicidad perdida: “Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos” (7).
De un gesto solidario surgió el Centro Zamorano: “En los primeros días del año 1923 fallece un sanabrés del pueblo de Murias, como no tenía recursos varios comprovincianos amigos hacen una suscripción para darle sepultura.
Surge entre ellos Santiago Alonso, Francisco Barrera, Francisco Prada, Sebastián Carbajo y otros la idea de imprimir una hoja en forma de estatuto con la denominación de Centro Noroeste Zamorano. Esta hoja fue repartida entre todos los sanabreses mas conocidos. El primero de Junio de ese año se llama a una asamblea en la casa de Francisco Barrera, en la calle 15 de Noviembre 116, a la que concurren todos los que figuraban como socios fundadores. Como el nombre de Noroeste Zamorano no es del agrado de la mayoría, se le denomina Sociedad Sanabresa de Ayuda Mutua y Recreativa, designando a Sebastián Carbajo para la redacción de nuevos estatutos. A moción del Sr. Agapito Villasante, se cobra la primera cuota social y por ser él el primero en hacerlo se le de da el Nro. 1 de socio” (8).
Un ejemplo de solidaridad dieron los españoles afincados en Azul, Provincia de Buenos Aires. En 2015, se presentó en el Teatro Cervantes de Buenos Aires el libro de Carlos Walter Filippetti, Teatro Español de Azul (9). El autor, desde 1980 forma parte del equipo gestor de la reconstrucción, puesta en valor, funcionamiento y proyección comunitaria del Teatro Español de Azul. Ha sido, hasta abril de 2014, Presidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos de Azul, entidad propietaria del Teatro Español y promotora del proyecto Azul Ciudad Cervantina de la Argentina. Integró (2007 a 2013) el Comité Directivo de Azul Ciudad Cervantina. Desde 2013 es Fundador, junto a otras personas e instituciones, de la "Fundación Teatro Español de Azul Ciudad Cervantina". El relata la historia del teatro desde su fundación, cuando los socios debatían si era mejor reunir fondos para un hospital, un panteón o un edificio de renta. Algunos apostaron a la cultura, y se embarcaron en una muy ardua empresa. Los guiaba el amor por sus orígenes y la fe en la tierra que habían elegido. Con muy curiosos recursos fueron logrando avanzar en la concreción de su sueño; por ejemplo, vendieron las butacas con la condición de que el comprador no podía retirarlas ni utilizarlas, ya que se las volverían a comprar. Vendieron y compraron abonos que se podrían utilizar trece años más tarde. De esto y mucho más fueron capaces estos idealistas. Debieron soportar la inundación, los conflictos derivados de los alquileres, los cambios de moneda, la competencia de la sala de cine… Sin embargo, salieron airosos, y su accionar se expandió como círculos en el agua, incorporando más personas y asociaciones, estrechando lazos con España y creando una relación provechosa con Japón. Todo eso cuenta Filippetti en esta magnífica obra, ilustrada por gran cantidad de fotos de todas las épocas. Con documentación, y con la visión de quien ha sido protagonista de este renacer, es que ha escrito su libro, de lectura insoslayable para los interesados en la inmigración española y su legado.
“La llegada del migrante siempre está cargada de esperanzas e incertidumbres. Y la asociación con otros connacionales es una de sus estrategias para cubrir sus necesidades culturales y recreativas –opina Lelio Mármora, Director de la Organización Internacional para las Migraciones. Así surgieron entidades que dieron a los recién llegados espacios solidarios en un medio extraño, y varias resultaron centro de excelencia para los argentinos”. El deporte tiene que ver con esta realidad: “Igual integración se dio en los clubes: a través del fútbol, los extranjeros conservaron su identidad y se sumaron a la sociedad” (10). 
“Los clubes de fútbol fundados específicamente para colectividades surgieron a mediados de los 50. El 7 de mayo de 1955 nació ACIA (sigla de la Asociación Calcio Italiano en la Argentina), actual Deportivo Italiano. Siempre con el ‘Deportivo’ por delante, en 1956 se sumó Español, en el 62 surgió Paraguayo y el último, Armenio, debutó un año después. Este póquer de colectividades fue creciendo hasta alcanzar la cúspide en la década del 80, en la que españoles, armenios e italianos llegaron a Primera División. Después, la debacle. Con escasos socios y suculentas deudas, este cuarteto pasa por una crisis tan profunda como la de la mayoría de los clubes. Lo curioso, en este caso, es que representan a colectividades tan numerosas como futboleras. Y que, sin embargo, les dan la espalda a sus orígenes. ¿Caso grave de amnesia? ¿Falta de identidad?” (11). 
Gloria Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes de esa región: “Lo que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo que tienen en común es que lejos de la tierra, “da mía terra”, como dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el corazón, van a buscarse entre ellos” (12). 
Juan José Campanella recuerda: “Aída (Bortnik) nos contaba que un tipo que ella pensaba, hasta los 11 años, que era familia de sangre en realidad era un español que habìa llegado en el barco con su abuelo” (13). 
Nacido en Berisso, Esteban Peicovich, hijo de dálmatas, recuerda la localidad como "una sociedad compuesta por treinta y siete etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso. No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad" (14).
Carlos Barberio, hijo de un italiano y una española, es un ejemplo de solidaridad: "Sufrió un accidente gravísimo cuando tenía apenas cuatro años y una mala praxis médica transformó las heridas en lesiones de por vida. A los 76 Carlos Barberio está cuadripléjico, pero lejos de vivir el tema como una tragedia lo toma como una prueba de Dios. Desde su silla de ruedas se preocupa por el prójimo antes que por él mismo" (15).

Notas 
  1. Wolf, Ema y Saccomanno, Guillermo: El folletín. Buenos Aires, CEAL, 1972. 
  2. Markic, Mario: “En el camino”, en TN, 12 de septiembre de 2002. 
  3. Majián, Rosa: Guía de las colectividades extranjeras en la República Argentina. Buenos Aires, Ediciones Culturales Buenos Aires, 1988. 
  4. Oteiza Gruss, Viviane: Una Babel de tinta, 24 de noviembre de 2002 .
  5. S/F: “José María Cao Luaces: el padre de la caricatura argentina”, en GaliciaOXE, www.galiciaoxe.org, 2002. 
  6. Jankilevich, Angel: “Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhosorgar.htm 
  7. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 
  8. https://casadecastillayleon.org.ar/historia-centro-zamorano/
  9. Carlos Walter Filippetti, Teatro Español de Azul
  10. Mármora, Lelio: “Fútbol para integrarse”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000. 
  11. S/F: “Un pedacito de la tierra natal”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
  12. Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita. 
  13. Trzenko, Natalia: “Con destinos cruzados”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de mayo de 2006. 
  14. Peicovich, Esteban: “Volver a Berisso”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de febrero de 2002. 
  15. Perpignan, Javier: “CARLOS BARBERIO ES UNO DE LOS VECINOS MAS SOLIDAROS DE VILLA PUEYRREDON El rey que no necesita corona”, en El Barrio, Buenos Aires, Diciembre de 2005. 

Hijos

La preocupación por los hijos está ligada a la inmigración. Es lógico, si pensamos que muchos de los inmigrantes no veían a sus hijos en años, como los padres de Jesús Amorín Varela: “Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina” (1).
Pensemos en las penurias que pasaron esas familias en sus países de origen, durante la travesía y hasta que lograron una mínima situación económica. 
A la Argentina –escribe Graciela Montes-, “fueron llegando los inmigrantes. Solteros y muy jòvenes, algunos casi niños, venìan a ‘hacer la Amèrica’. Provenìan de España, de Italia, de Turquìa, de Rusia, de Francia, de Polonia, de Yugoslavia, en general eran muy pobres y estaban dispuestos a trabajar duro... Algunos regresaron a sus pagos, pero la mayorìa, màs de un millòn, se quedò. Para esos inmigrantes, los hijos eran valiosos. El triunfo de esos hijos en la vida era la certificaciòn de su propio èxito” (2). 
Marcelo A. Moreno considera que “En nuestro país el amor hacia los chicos constituye una especie de culto nacional. Casi nada está tan bendecido en nuestra sociedad como hacer cosas –sacrificios incluidos- por nuestros hijos. Desde las historias de inmigración el amor a los chicos se erige en sentimiento supremo y hasta sirve no pocas veces de coartada” (3). 
Recordemos al respecto un concepto de Guillermo Jaim Etcheverry, quien afirma que, en esa clase de familia, ”los niños y los jóvenes adquieren un papel dominante. Lo hacen al convertirse en el lazo de unión que vincula a los mayores con el nuevo entorno que, a menudo, les resulta hostil”. La función de los menores es la intermediación: “Los jóvenes, que se adaptan a gran velocidad, son los encargados de traducir la nueva cultura a sus padres”. La familia así conformada, cambia su estructura original: “Cuando esa tarea de condescendiente intermediación se convierte en imprescindible, esos jóvenes terminan ejerciendo un poder real sobre sus mayores” (4). 
El amor por los niños se evidencia en el interés por hacerles pequeños regalos, por cocinar para ellos, por brindarles expresiones de cariño en una comunidad que no recurre al dinero para los placeres. En “Mi búho”, Elena Guimil recuerda la oportunidad en que su padre, “un gallego fornido” le trajo un pichón. Cuando el padre volvía de cazar –dice la hija- “yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta. Adentro había algo que se movía, algo que era para mí. Mi padre sólo la abriría después de tomar su café caliente. Únicamente él podía hacerlo. Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué” (5). 
El padre de Gladys Onega era paciente con su hija enferma: “Después de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué, otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de la guarda dulce compañía y por todos los personajes queridos y sagrados que se le ocurrían” (6). 
Al ver a su padre muerto, dice un personaje de Vázquez-Rial: “Mi padre. Aquel gigante que me tomaba de la mano y me llevaba hasta el fin del mundo. Cogido de su mano crucé el océano. Cogido de su mano vi el cortejo de un rey negro. Cogido de su mano encontré a Germán. Cogido de su mano. Cogido. ¡Dios santo! Lo pienso en su lengua” (7).
En “Halley”, Enrique Anderson Imbert relata: “Mi padre era un ingles que se habia formado solo en la Argentina y no tomaba en serio a la familia de mi madre. ‘Los Del Rio –oí una vez que Ie decia a otro ingles- se creen gran cosa porque descienden del patriciado colonial’. Supongo que se casó con mi madre porque la quiso. No sé. No tengo modo de saberlo. Mi madre murió pocos días despues de darme a luz. Lo que se es que nunca me habló de ella. De los familiares, sí. EI que no era fanatico era haragan; la que no era orgullosa era ignorante” (8).
En “Regreso”, Rubén Benítez canta a su madre española: “Nuestra madre,/ la pobre exclamaría/ Has vuelto muy cambiado/ como si fueras otro./ Jamás serás el mismo/ que se ha ido./ Naciste con silencio/ de abismo/ en tu costado/ y cuando te mecía/ velaba ya en tu piel la indiferencia./ Tu cuna ya era un barco/ de mares demorados/ y de ausencias.// Pobre madre,/ portaba en su mirada/ distante y abatida/ la luz del desencanto/ triste flor de su tierra prometida” (9).
Francisco Luis Bernárdez llora a su madre gallega: “Nuestras pequeñas bicicletas iban por aquella carretera de España./ Detrás quedaba Carballino, con sus casas envueltas por la madrugada./ Dejando mi corazón mucho más a obscuras, el amanecer despuntaba./ ¿Era posible que pudiera venir, como todos los días, la mañana?/ El silencio de mis hermanos era el eco de la soledad de sus almas./ Yo sentía sobre mis hombros algo parecido al peso de una montaña./ El paisaje abría los ojos como si no se hubiera enterado de nada./ Nunca olvidaré que en el monte de Corzos había un ruiseñor que cantaba./ Al llegar a Dacón oímos el nombre querido en la voz de la campana./ Mamá y el mundo habían muerto para siempre y sólo aquella voz los lloraba” (10).
En una entrevista realizada por Ana Da Costa en 2000, Juan Filloy evoca a sus padres. Acerca de su madre, Dominique Granje, relata: “Mi madre fue una francesa que vino en una de las promociones de inmigración del siglo pasado, en una inmigración de labriegos franceses que se afincaron en Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. Pero ella se independizó ocupándose del servicio doméstico en la Capital Federal, especialmente en el barrio de San Telmo, el barrio Sur de Buenos Aires. Mi madre era francesa, natural de Toulouse, de un pueblo que se llama Gourdan, que está cerca de la línea férrea que liga Toulouse con Lourdes. De modo que ella estaba ahí, en ese pueblo, junto a una localidad que se llama Montesquieu, un lugar famoso en la antigüedad por unas aguas termales, a las cuales asistían muchas figuras próceres de la literatura mundial. Mi madre se casó aquí, en la Argentina, con un español nativo de Galicia y formaron un hogar en el cual fuimos cuatro hermanos. Pero mi madre había tenido primero relaciones matrimoniales con un belga que la abandonó con tres hijos, los cuales fueron acogidos por mi padre. Los siete crecimos y fuimos educados aquí, en la ciudad de Córdoba. Papá y mamá se conocieron en Tandil, cerca de la Piedra Movediza, que es una figura que se hizo sumamente popular en casa, porque mi padre tuvo dos hijos en las proximidades de la Piedra Movediza. Mi madre fue una persona muy vivaz, de genio muy alegre, pero absolutamente analfabeta. Leí un artículo sobre Delich, que apareció en La Nación, en el cual confiesa que su madre fue analfabeta; bueno, yo digo lo mismo: mi mamá fue analfabeta. Nació en Francia el mismo día en que nació el Delfín, vale decir, el hijo de Napoleón III y la Reina de Francia. Por esa razón mi madre tenía derecho a una educación gratuita, tanto para la escuela primaria, como la secundaria y la superior. Pero mamá tuvo que venir al país, de modo que no aprendió jamás a leer. Era una mujer muy inteligente, con toda la inteligencia de los instintos. En el negocio de mi padre atendía una sección de la tienda en la cual ella se manejaba con total exactitud en los cálculos de los efectos que vendía. Por ejemplo, pongamos por caso que un cliente compra siete metros de satén, o de guipure, cuyo precio era $1,75; mamá no necesitaba un lápiz de ninguna especie, ella, mentalmente, en el acto, decía cuánto era. Tenía una capacidad matemática que es muy particular de muchas personas en Francia” (11).
María Nieves, bailarina de tango, “proviene de una familia humilde –ella reafirma ‘más que pobre’-. Fue criada en el barrio de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí tuvieron cinco hijos.(...) De chica la humildad familiar no la marcó. Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces me dicen, ‘sos demasiado humilde, sos una tonta’. Así me hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie’. Esa misma mamá –‘la gallega’- cuando era niña le cantaba tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna” (12).
En Correrías en Celeiros (13), José María Pérez Feijóo habla de su padre. “Novela autobiográfica, libro de memorias de una infancia transcurrida en el terruño gallego de Celeiros, que constituye el universo total en donde un niño atento, curioso y observador irá demostrando su capacidad intelectual, frente a las adversidades de la vida pueblerina. La narración realista se despliega en interesantes cuadros de costumbres que describen el humilde lar, donde bulle la vida. Un centenar de personajes atraviesan este periplo iniciático del niño amedrentado por la ausencia de su padre, que habiendo sobrellevado los avatares de la guerra civil española, se fue a Cuba sin despedirse de su mujer y de sus hijos.
La interacción con su familia, integrada por la madre, la hermana, abuelos, tíos y vecinos, le permite al protagonista ir explorando, descubriendo y conquistando su identidad en el plano de lo afectivo”.
Eladia Blázquez agradece que sus padres españoles hayan sido tan amplios de criterio, aunque su formación terminó siendo autodidacta: "En mi casa aprendí a ser libre. Mis padres eran españoles, él obrero y ella ama de casa. Podían haber sido muy cerrados pero no. Vieron pronto que tenían una hija artista, desde que me dieron el primer juguete musical: tuve mis xilofones, mis pianitos, que venían con la escala completa y afinada. Y no me obligaban a sentarme a comer si prefería encerrarme a hacer música. (...) Mis padres, dentro de sus humildes medios, me pusieron profesores de música que al poco tiempo aconsejaban: "Déjenla, déjenla cantar y tocar sola, tiene algo innato" " (14).
Eran españoles los padres de Fernando de Querejazu, quien manifiesta haber escrito en su honor El pequeño obispo, evocación de la infancia en el pueblo cordobés de Canals, fundado por un naviero valenciano (15). Y los de Raúl G. Fernández Otero, quien los evoca en el marco de un barrio porteño, allá por el 30 (16). Y los de Jorge y Aída Luz, acerca de quienes dice el hijo: “Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente” (17).
El director del programa radial "Caminando por España", Francisco Faustino Rodriguez Menèndez, nació en 1932 en Tineo. Lo entrevisté en 2008, y habló sobre sus padres: "Nací en el Barrio de la Fuente, en la Panera, todavia existe. Soy el segundo de tres, una hermana y un hermano. Mis padres asturianos hasta el infinito. No conocemos el origen. Corresponden a familias muy antiguas, pero de labranza. A los cuatro años comienza la gran contienda, la "Guerra Civil", soldados contra paisanos. Mi padre, a quien nunca le interesó la política, desaparece una noche sin dejar rastro alguno; a los cinco años mi madre recibe una carta de América, Buenos Aires. Era de él. Un amigo que residía aquí le pago el pasaje y en una noche le hizo los "tramites" del pasaporte y la documentación necesaria. La guardo en mi poder. Desde entonces la comunicación fue normal. Ya le presenté a mi familia” (18).
María Aurora Barbeito, Presidente del Instituto Argentino de Cultura Gallega, comenta acerca de sus orígenes: "Te cuento que soy hija de padre gallego (Pontevedra, As Neves) y de madre asturiana (Oviedo, Cerredo). Estuve educada en ambiente gallego-asturiano, lo que me valiò que en la escuela me llamaran la gallega; elegì este ambiente porque me siento màs cómoda y creo que soy una gallega nacida en la quinta provincia, Buenos Aires.En una oportunidad, estando en la peluquerìa Manolo y Pepe, en Talcahuano y Marcelo T. de Alvear -asturianos-, comenzamos a hablar del Puerto Pallares y comenté algunos detalles de cómo se colocaban las cadenas para llegar arriba cuando había mucha nieve. El señor me preguntò: ¿cuànto hace que vino?. No podìa creer que yo no conocìa ese lugar, porque todavía no había viajado a España. En el año 1999 realicè mi viaje tan soñado; parè unos dìas en Madrid, y luego tomé el òmnibus hacia Pontevedra y me iba dando cuenta de que yo esos lugares ya los conocía, aunque no había estado físicamente allí. La descripción del pueblo, las fuentes, las carreteras, ya las conocìa, asì como los vecinos y las casas donde habían nacido mis padres. En ambos lugares la descripción fue exacta. ¿Cómo me hicieron amar a Galicia y Asturias? Las Fiestas Patronales, La Fiesta de la Virgen de las Nieves, la procesión de San Roque, la Vìrgen del Carmen, la empanada gallega,los feisulos... Bueno,todo lo tengo en mi memoria con el mismo amor que mis padres me lo contaron" (19).
En julio de 2012 apareció Florencio. El vuelo del galleguito (20), libro de Marcelo González Táboas, editado por Tricao. En él, relata novelada la biografía de Florencio González, empresario y dirigente nacido en Belesar en 1900, fallecido en Buenos Aires en 1984.
Acerca de la obra, manifiesta el autor: "Florencio nace de la resonancia de la voz de mi padre en mi memoria, contando historias ocurridas entre el 1900 y 1984 que conforman el relato de su vida. Historias, siempre adornadas con detalles, citas textuales de dichos y diálogos, e incluso ruidosas onomatopeyas, que transmitían, en una suerte de realismo mágico, imágenes vívidas y coloridas de cada suceso. Esta narración las hilvana cronológicamente, reproduciendo las exageraciones, el lenguaje y las formas de construcción del discurso original".
Basándose en su experiencia personal, pero también en importante bibliografía, describe con emotividad la trayectoria del hombre que dejó su tierra natal en 1912, y supo abrirse camino, sobreponiéndose a los avatares de la política mundial y de la Argentina. Con entereza, enfrentó cada una de las situaciones; no lo abatió ni el encontrarse solo en Cuba siendo un adolescente, ni la clausura de su establecimiento en el cenit de su poderío empresarial. Con una visión distinta del oficio, supo renacer de sus cenizas, mostrando qué difícil fue para muchos seguir adelante en algunas décadas de la historia de nuestro país.
A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica un libro con estas palabras: “Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires”. Sobre su madre escribe: “Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro” (21).
Ana María Fanjul, Directora de Danzas del Conjunto Pelayo de Manolo del Campo, y Graciela Navarro Gomez, integrante de dicho conjunto durante años, destacan la importancia de los padres en la transmisión del acervo cultural: "En los bailes organizados en Centros Asturianos, y españoles en general, se formaron nuevas familias. Y los hijos de éstas, argentinos de nacimiento, fueron educados con sus tradiciones. Argentinos que crecieron escuchando cantar a sus padres y abuelos en reuniones familiares, y viendo bailar a los mayores al son de la gaita en las fiestas de los centros en los que participaban activamente. Esta primera generación de argentinos de familias asturianas, no solo conocieron el folklore asturiano, sino que lo practicaron desde niños. Aprendieron lo que veían hacer a sus mayores, sin conocer los motivos por los cuales éstos bailaban. Porque para ellos los motivos del baile eran distintos" (22).
Lucía y Joquín Galán, creadores del dúo Pimpinela, son hijos de un asturiano y una leonesa. "Un día, el padre de Lucía y Joaquín Galán hizo que todo su pueblo, La Bustariega (Somiedo), fuera al único bar con televisión para ver la primera actuación de sus hijos. Treinta y cinco años después, ellos, los argentinos Pimpinela, reciben el Grammy Latino a su trayectoria como una «caricia». «Está muy bien un premio a un disco, a un trabajo (...), pero a tu historia es como que encierra muchas cosas más para nosotros y también involucra al público», indica Joaquín junto a Lucía, los dos miembros del dúo que alcanzó la popularidad en Iberoamérica en la década de 1980 y al que la Academia Latina de Grabación entregará el Premio a la Excelencia Musical en noviembre. (...) Aquel día de 1984, Pimpinela presentó en España 'Olvídame y pega la vuelta', que ya había triunfado en varios países de Latinoamérica y que los lanzó a la fama al otro lado del Atlántico, empezando por La Bustariega, esa aldea de las montañas asturianas desde donde su padre había emigrado a Argentina en los años 50. Joaquín considera que ser hijo de emigrantes les hizo tener «ADN de aventureros» y que eso los llevó a insistir aún más cuando un productor español les dijo que ya «se había acabado esa época de canciones románticas». Después de eso, vendieron 30 millones de discos, según datos de la Academia Latina de Grabación, sacaron álbumes en varios idiomas y siguen en activo a día de hoy" (23).
El padre de Javier Martinez nació en San Julián de Bimenes, zona de la cuenca minera, centro de Asturias. El hijo cree recordar a La Camocha, como uno de los pozos o explotaciones mineras donde trabajó. Inmigró a Argentina en 1955. En 2017, en el Club Tinetense, Javier leyó “A Asturias y a mi Padre”, el poema que le dedica:

Asturias,con él viniste
con mi Padre que te trajo
Asturias,aquí te quedas
conmigo y con su trabajo.
El hacha de entibador
con mi Ángel se ha marchado
La lámpara de minero
me ilumina por donde ando.
Asturias,aquí te quedas
en mi alma y en la de tantos.

Notas 
  1. S/F: “Pérez Millán”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994. 
  2. Montes, Graciela: “La infancia y los responsables”, en Machado, Ana María y Montes, Graciela: Literatura infantil. Creación, censura y resistencia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 
  3. Moreno, Marcelo A.: “El país de los chicos felices”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de abril de 1997. 
  4. Jaim Etcheverry, Guillermo: “Los nuevos emigrantes”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de abril de 2002. 
  5. Guimil, Elena: “Mi búho”, en El desafío. Buenos Aires, Sudamericana, 2000. 
  6. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999. 
  7. Vázquez- Rial, Horacio: op. cit.
  8. Anderson Imbert, Enrique: “Halley”. En Narraciones completas. Buenos Aires, Corregidor, 1990.
  9. Benítez, Rubén: “Regreso”, en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 3 de septiembre de 1998. 
  10. Bernárdez, Francisco Luis: “Poema de las cuatro fechas”, en Cielo de tierra. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1948. Ilustraciones de Horacio Butler. 
  11. Da Costa, Ana: “Entrevista a Juan Filloy”, en www.bibnal.edu.ar, 2 de marzo de 2000. 
  12. Pacheco, Carlos: “María Nieves: la princesa del Plata baila hoy”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004. 
  13. Pérez Feijóo, José María: Correrías en Celeiros. Buenos Aires, Xunt.ar, 2009, Prólogo “La búsqueda del Paraíso Perdido”, por Cristina Pizarro, Buenos Aires, 2008.
  14. Madrazo, Cecilia: "Eladia Blázquez: 10 cosas que sé", en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
  15. Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1986. 
  16. Fernández Otero, Raúl G.: Ausencias, presencias y sueños. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 2000. 
  17. Guerriero, Leila: en La Nación Revista 
  18. Entrevista de MGR, 2008. https://mariagonzalezrouco.blogspot.com/2018/10/inmigracion-en-la-argentina-los.html
  19. Entrevista de MGR, 2009. https://mariagonzalezrouco.blogspot.com/2018/10/inmigracion-en-la-argentina-los.html
  20. Florencio. El vuelo del galleguito, libro de Marcelo González Táboas, editado por Tricao.
  21. Fernández Díaz, Jorge: op. cit. 
  22. Fanjul, Ana María y Navarro, Graciela: "Baille y Danza Tradicional N´Asturies" Xornaed d´Estudio 2007 - Editado por Museo del Pueblu d´Asturies - 2008.
  23. Pimpinela, desde Asturias a la cima de la música, EFE, 28 de agosto de 2019. https://www.elcomercio.es/culturas/musica/pimpinela-lucia-joaquin-galan-grammy-latino-20190828104252-nt.html

Nietos

En América, por lo general, la familia estaba integrada solamente por los padres y los hijos, ya que los demás habían quedado en la tierra de origen. Esto se evidencia en Frontera sur, novela en la que un gallego inmigrante dice a su padre que no se acostumbra a los líos de parentesco; el padre le responde: “Si vives toda tu vida en Buenos Aires, donde no hay más que hijos y padres, cuando los hay, no te acostumbrarás. Pero si un día vas a Galicia, sí” (1). Con el correr del tiempo, esa realidad irá cambiando. 
La abuela es una figura muy fuerte en la familia inmigrante. A sus abuelas españolas, inhumadas en tierra americana, canta Ricardo Adúriz: “Dulces abuelas trashumadas/ desde estos cielos/ a aquellos cementerios./ Que vuestros nombres, en medio del océano/ de sombra, sajados vivos de la noche larga,/ os devuelvan la luz de un tiempo suave/ en Freas de Eiras –tierra de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.// Vuestras son estas últimas luciérnagas,/ fragmentos puros de un espejo roto,/ donde brillan los rostros del olvido” (2). 
A su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno, en “Inicial de oro”: “Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,/ pero el primer recuerdo nítido de mi infancia/ es éste: una mañana de oro y de neblina,/ un camino muy blanco y una calesa rancia.// Luego un portal oscuro de caduca arrogancia/ y una abuelita toda temblona y pueblerina,/ que me deja en la cara una agreste fragancia/ y me dice: -¡El mi nieto, que caruca más fina!-// Y me llenó las manos de castañas y nueces,/ el alma de leyendas, el corazón de preces,/ y los labios recientes de un divino parlar.// Un parlar montañés de viejecita bruja/ que narra una conseja mientras mueve la aguja./ El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar” (3). 
En Dos orillas para una crónica (4), Cati Cobas narra la historia de sus ancestros baleares, de sus idas y venidas en la geografía y en los sentimientos, de ese no estar a gusto en ningún lado, o estar a gusto en ambos, que caracteriza a los inmigrantes de todas las latitudes. “Es la historia de la inmigración balear en la Argentina, contada por Cati Cobas, una nieta de mallorquines que pone a su pícara abuela Isabel, salinera, salerosa y narradora, como eje. Encuentros y desencuentros a ambos lados del Atlántico, donde se desparraman sus raíces. El libro fue premiado en Madrid en 2010 en el Concurso de Literatura de Inmigración de la Fundación Ramón Rubial” (5).
Guadalupe Henestrosa afirmó: “Desde hacía años venía pensando en el tema del desarraigo. Me interesaba especialmente el caso de las mujeres jóvenes, el testimonio personal, los sentimientos que se tejen en un apuesta vital tan fuerte. En parte se vincula con la experiencia de mis propias abuelas, ambas inmigrantes españolas. Una de ellas, Carmen Oliveros, cuyo nombre usé como seudónimo para el Premio, llegó a los 19 años, sola, en el año 20. Hoy suena sencillo pero en esa época cruzar el mar implicaba casi irse a otro planeta, no volver a ver a la familia, vivir a una carta por año, en un contexto de gente prácticamente analfabeta. Y tener que cargar además con la gran pregunta: irse para qué. Al sentarme a escribir, todo eso estaba sobre la mesa. (...) María Cruz, mi otra abuela, llegó a la Argentina con sus hermanas. Ese recuerdo fue el puntapié inicial.” (6). 
Otra abuela, la de Fernando de la Orden, nacida en Logroño, es homenajeada por medio de la muestra fotográfica “Pan y manteca” (7). 
En un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante: “Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar” (8). 
En diálogo con Diego Heller, un actor recuerda a su abuela andaluza: “Huérfano de padre y madre, Alberto Rodríguez Gallego y González de Mendoza –léase Alberto de Mendoza- fue criado en España. Su abuela lo recibió en Huelva a los cinco años: doña Isidra era una mujer severa, y trató de encarrilar a su nieto, ya de purrete proclive al callejeo. Lo primero que hizo fue anotarlo en la escuela de los escolapios, famosos por su mano dura. No resultó o resultó a medias, cuenta el actor. Le iba bien en literatura, pero las ciencias exactas eran para él un tormento. ‘Me mandé mil cagadas en el colegio, pero lo peor fue una vez que mi abuela me agarró in fraganti –relata nostalgioso-. Resulta que yo tenía muy malas notas en álgebra y una tarde mi abuela me obligó a estudiar la materia. Pasaban las horas y yo, con el libro abierto. Ella iba y venía, y yo seguía concentrado. Le dio por desconfiar: me agarró distraído y con el bastón tiró el libro. Cuando se cayó, vio que tenía escondida una revista pornográfica, encima una de monjas y curas... Me pegó una cachetada tan grande que me puse a llorar. Me dijo: No llore, quedan muchos años para llorar. Tenía razón... Era una gran mujer que murió durante la Guerra Civil. La tengo siempre presente, en la cabeza y en la mesita de luz. Cuando me acuesto, o cuando me subo a un avión, digo: Abuela, protegéme. Y lo hace” (9). 
Al iniciarse los actos del Centenario del Centro Soriano Numancia de Buenos Aires, “La doctora María del Pilar Berzosa Esteban, tuvo emotivas palabras recordando a quienes, a lo largo de los años, fueran directivos de la institución, desde la época de la fundación, con Mateo Maluenda, hasta los tiempos actuales, con la presidencia de José Luis García Morales y, en una etapa intermedia, a mediados del pasado siglo XX, su propio abuelo, Alfonso Esteban Hernández, también presidente” (10).
Cecilia Figaredo se refiere en un reportaje a sus familiares inmigrantes: “Figaredo es español; mi abuelo era de Oviedo y mi abuela, de Galicia. Por parte de mamá, son italianos, así que en mi casa, cada vez que nos reunimos es hablar a los gritos, todos juntos” (11). 
Carlos Alonso fue nieto de Sandalio Alonso quien vino de León en 1914.
José Alberto Marchi es nieto de inmigrantes italianos y españoles. Gutiérrez Zaldívar se refiere detalladamente al origen del artista: “Alberto Marchi, su padre, es el tercer hijo de Carmen Ferreyra, andaluza nacida en Granada, España; y de Sillo Catullo Marchi, lombardo nacido en Mántova, Italia” (12). 
Ernesto Schoo recuerda a su abuelo gallego: “En la estancia de mi abuela materna, en Pergamino, hay una vasta biblioteca, en parte heredada de su marido, mi abuelo gallego, y en parte formada por sus hijos. Allí está todavía la famosa Biblioteca de La Nación, con mis lecturas favoritas, Julio Verne y Conan Doyle (las aventuras de Sherlock Holmes, que me llenaban de terror y a las que intentaba exorcizar dibujándolas como historietas) y Alejandro Dumas y H. G. Wells. En otros estantes relucían los lomos dorados de colecciones enteras de revistas españolas, que le mandaban a mi abuelo y que él hacía encuadernar: La Ilustración Artística, el Album Salón, Blanco y Negro. De 1896, 1898 (el año de la pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba y las Filipinas), 1900, 1902...Yo leía ávidamente esos mamotretos, enterándome de las alternativas de la guerra de Cuba, o la de los boers en Sudáfrica. No había disciplina o rubro que no me interesara: los comienzos del cinematógrafo, el estreno de La Boheme de Puccini en el Liceo de Barcelona (casi todas esas revistas se editaban, lujosamente, en la capital de Cataluña), la evocación de los bailes de carnaval en el Madrid de 1850. En otra habitación, en un enorme mueble con puertas vidriadas estaba la inabarcable, interminable Enciclopedia Espasa. Por ahí descubrí también los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra (Fígaro), modelo para todo aspirante a cronista, aún hoy” (13). 
A su abuelo, enfurecido por una travesura, se refiere Gloria Pampillo: mi padre “me contó muchas veces cómo hizo estallar con un rifle de aire comprimido los sapos de cerámica que mi abuelo había hecho traer de Valencia y que tiraban agua por la boca en la fuente. Después se trepó a un pino y Severiano desde abajo le decía ‘Pancho, baja’ pero él permaneció allí, esperando que al gallego se le calmara la furia” (14). 
María Angélica Fidalgo escribió: “Tengo en un rincón de mi casa un viejo baúl de pino de oregòn,ese baúl esta lleno de inmensos recuerdos.Tiene herrajes de color negro y una larga historia,una historia de ciento veintitrés años,colmada de luchas,grandezas,alegrìas y sufrimientos,desazòn y amor. Es el baúl de mi abuelo. Allì està marcada a fuego la historia de su vida. 
A veces,en mis desveladas noches de invierno al calor de la estufa,lo contemplo con gran sentimiento y eso hace que me imagine miles de cosas que me han contado mis ancestros. 
Imagino al abuelo partiendo de su aldea natal en Carballiño provincia de Pontevedra,con casas de piedra y terrenos sembrados de huertos regados por las rias del Miño,los viñedos y las barcas de los pescadores al atardecer y èl partiendo con sus pocos efectos personales,despidièndose de sus padres y sus dos hermanas,con los ojos nublados por las làgrimas dejando atràs todo su bagaje de recuerdos:su niñez jugando en las rias,sus amigos de la infancia,su primer amor de la adolescencia… para aventurarse en este ignoto lugar de Amèrica que abrìa sus alas a los inmigrantes de todas las razas y credos. 
Me lo imagino subiendo por la escalerilla al “Reina de los Mares” con incertidumbre,buscando el camarote numero diecisiete de tercera clase. 
Algunas noches durmiendo en la larga travesía,otras desvelado contemplando desde la cubierta las estrellas titilantes,las Tres Marìas,la constelación de Orion… 
Me lo imagino llegando a esta tierra aturdido por las sirenas de los barcos que arribaban a la dàrsena norte. 
Era el año l880,por primera vez pisaba el suelo argentino. Aquì se estableciò y formò su hogar trabajando como jardinero,aquì en esta tierra recordaba siempre con su mirada turbia a sus seres amados que estaban en su lejana Galicia. 
Esta es la historia de mi abuelo,al que no tuve la suerte de conocer,tal vez por eso la fuerza de su ausencia hizo que lo quisiera mucho mas.En honor a su inolvidable,hermoso y por siempre vìvido recuerdo vaya en estas lìneas mi homenaje (15). 
El poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor del poema “Argentino hasta la muerte”, en el que se refiere a su condición de descendiente de españoles: “a buenos aires la fundaron dos veces/ a mí me fundaron dieciséis/ ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno/ yo acuso siete españoles seis criollos y tres franceses/ el partido termina así/ combinado hispanoargentino 13 franceses 3/ suerte que los franceses en principe son franceses/ si no que haría yo tan español” (16). 
Eduardo Mues recuerda: "Mi abuelo Domingo González emigró de Soto en Cameros a Santa Fe (Argentina) hacia 1883. Yo llegué en 1998. Soto en Cameros, provincia de La Rioja, Castilla La Vieja, es un pueblo edificado principalmente sobre la ladera de una montaña, donde hoy viven solamente unas 50 personas. Llegamos una fría mañana de diciembre y luego de golpear varias puertas se nos apareció el primo Eduardo, caminando con su bastón y con todo su afecto. La recepción de Eduardo y Soledad fue extraordinaria. Compartimos siete horas de charla continua aprendiendo historias y tradiciones. La despedida fue más emotiva aún que la llegada y mis pensamientos estuvieron siempre con mi abuelo, a quien no conocí" (17).
Entre los gitanos, “Los ancianos gozan de un status diferente del que la sociedad occidental otorga a los suyos. No hay gitanos en los geriátricos. Los mayores revisten, por sobre todo, sabiduría. Y tienen el rol social de hacer justicia por medio del Consejo de Ancianos de la Kris (ley gitana). Los grandes cuidan a los chicos, que al crecer cuidarán a los grandes” (18). 

Notas 
  1. Vázquez-Rial, Horacio: op. cit. 
  2. Adúriz, Ricardo: Torre del homenaje. Madrid, Ediciones Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, 1979. 
  3. Fernández Moreno, Baldomero: “Inicial de oro”, en Varios autores: Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957. 
  4. Dos orillas para una crónica 2012 Cobas Cati 96 páginas
  5. https://www.amazon.com/Dos-Orillas-para-una-Cr%C3%B3nica/dp/1537458442
  6. Garzón, Raquel: “ENTREVISTA CON MARIA G. HENESTROSA Bajo el signo del folletín”. (Foto: David Fernández), en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2002. 
  7. Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, 5 de mayo de 2002. 
  8. Madrazo, Cecilia: “Martín Seefeld: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002. 
  9. Heller, Diego: “Pobre mi nona querida”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López. 
  10. Widmann, Enrique: “El Centro Soriano Numancia de Buenos Aires inicia los actos de su Centenario”. 4 de Mayo de 2010. https://www.espanaexterior.com/noticias/el-centro-soriano-numancia-de-buenos-aires-inicia-los-actos-de-su-centenario-4/
  11. Demare, Silvina: “Cecilia Figaredo METIDA EN EL BAILE”, Fotos: Alejandra López, en Clarín Viva, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2005. 
  12. Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Marchi. Buenos Aires, Zurbarán Editores, 1995. 
  13. Schoo, Ernesto: “Mis aprendizajes Memorias”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de noviembre de 2005. Ilustración de Guillermo Roux. 
  14. Pampillo, Gloria: op. cit 
  15. Fidalgo, María Angélica: “El baúl del abuelo”, en Antología Inmigrante. Buenos Aires, 2010.
  16. Fernández Moreno, César: “Argentino hasta la muerte”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1979. (Capítulo). 
  17. Mues, Eduardo: en "Tendencias. La vuelta al origen", Buenos Aires, Clarín, 17 de octubre de 1999.
  18. Ludueña, María Eugenia: “Ser gitano”, Fotos: Martín Lucesole, en La Nación Revista, Buenos Aires, 25 de enero de 2004. 
Contar

En los recuerdos de los inmigrantes se reitera la alusión al gusto que sus mayores sentían por la narración. De estos padres que narran sus historias de la tierra natal, nacen hijos que las relatan en el seno del hogar o profesionalmente, o que las escriben en libros. La vocación se transmite; sólo cambian los medios de expresión. 
La tradición oral es cara a los hispanos. En casa de los Villafañe trabajó “una señora española”, de la que dice Javier, el titiritero: “tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles –aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: “La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos, poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora” (1). 
Rodolfo Alonso dice que nunca olvidará el “legítimo entusiasmo” con que su padre gallego les relataba “anécdotas para él imborrables de su infancia. Anécdotas que no eran sólo de hombres y de hechos, como las inefables ocurrencias de Novás, el cantero de su pueblo, cachaciento y mordaz, sino también el reiterado recuerdo de ese ruiseñor cantando en lo alto de un pino o la nutria cazada a escondidas, de noche, sobre el lomo del río” (2). 
Cuanto escuchó en su hogar sirvió a Gladys Onega para escribir Cuando el tiempo era otro, acerca de cuya génesis afirma: “Todo parte de un hecho real, pero hay ficción en cuanto hay una creación lingüística muy grande. Nunca junté papeles ni documentos, pero en mi casa todo el tiempo se estaban contando cosas. No había otra manera de conectarse con la gente de España; no los conocíamos. (...) los gallegos siempre contaban historias diferentes y muy amenas, y completamente extrañas sobre el viento, el frío, la nieve, y las contaban en todo el pueblo” (3).
Responderían al chamado antergo al que aluden Manuel Castro Cambeiro y Eliseo Mauas Pinto, en el poema “Soy el llamado ancestral”, en el que expresan: “Son a voz que pradica, incansabele/ antre os do meu pobo/ lonxe da terra,/ a qu’os exhorta/ a non anuzar de si mesmos” (4). 
Guillermo Saccomanno, nieto de una gallega, también recuerda esa afición de la anciana, a la que se sumaba la de su parienta: “A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los treinta y tres años. Cuando yo tenía siete u ocho años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar” (5). Narrador él mismo, Saccomano fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura correspondiente al año 2000 por su novela El buen dolor. 
Mi abuela gallega contaba el amargo relato de un hijo que abandonaba a su padre bajo el mismo árbol bajo el cual, décadas antes, el anciano había abandonado al suyo. También el del zapatero que tenía una herramienta tan afilada, que se cortó el delantal de cuero, el pecho y a una vieja que estaba del otro lado de la pared. 
En la película Luna de Avellaneda, dirigida por Juan José Campanella, don Aquiles, un inmigrante gallego, relata el cuento de “los tres galleguitos”, a los que se les descompone el coche en el que viajaban, y juegan un picadito a la luz de la luna. Esa circunstancia da origen al club y al nombre que lleva. Cuando la institución corre peligro, debido a las deudas, le piden al gallego que cuente su cuento, como una manera de hacerlo sentir feliz. 
“Mi abuela fue una gran narradora de cuentos, una mujer con una gracia muy especial, una castellana con el gracejo de los andaluces en su manera de narrar historias y en la que su tierra tomaba giros místicos. A mi hermana y a mí no dejaba de sorprendernos que aquella mujer hubiera sido testigo de tantas maravillas –recuerda con cariño y admiración Norma Aleandro-. Fue la persona que más influyó en mi vida. Ella me crió y me abrazó en esas noches de miedo, hasta que me quedaba dormida. Porque de chica era muy miedosa. (...) Aleandro confiesa que sigue con la tradición de narradora de cuentos, esa que la formó y que le permitió hoy vivir de lo que ama y seguir soñando” (6). 
Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como “un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro”. Se refiere asimismo a una tía: “En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos”. Esta experiencia fue también muy importante para ella: “Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas” (7). 
Narró sus desventuras una española a su hijo. Así nació el libro Mamá, escrito por Jorge Fernández Díaz: “Esta historia se convierte en libro el día que su hijo, editor y periodista, advierte un hecho estremecedor: las experiencias de su madre hacen llorar a la psicóloga que la atiende. Decide entonces entrevistar a “mamá”, la escucha durante más de cincuenta horas y luego reconstruye este relato emocionante y lúcido, que plantea el gran dilema actual, y de todos los tiempos: irse o quedarse” (8). 
Vital y positivo, como el autor, es Un cuento de gallego (9): "Con clara espontaneidad se desgranan los recuerdos del autor, que se inicia en las letras con ésta, su opera prima. Ernesto Ordoñez emprende un interesante recorrido que abarca desde su Galicia natal y sus recuerdos más lejanos, hasta los días de la actualidad.una privilegiada memoria le ha permitido conservar infinidad de detalles que contagian a su relato, un clima que va desde la suave nostalgia hasta el humor más delicado.sus ojos captaron en aquellos momentos, variados aspectos de la vida cotidiana desde ese lugar irrepetible que son los ojos de un niño. Y así, van desgranándose sus recuerdos, como en una cascada, saltando por encima del tiempo y conservándolos con la misma ternura y emoción que cuando sucedieron.un vistazo que llega hasta los días actuales.por eso, este libro encierra mucho más que una autobiografía, porque más allá de los hechos, el autor ha podido captar la resonancia que el correr de la vida tuvo en la mente de Ernesto - niño. y ha sido capaz de transmitirla con toda la calidez de su personalidad" (10).
En 2015, se publicó Este es mi pueblo, Valdemoro. "El Centro Región Leonesa fue el escenario elegido para que la soriana, Araceli Jimenez, presente su libro. La autora recorre sus recuerdos a través de la geografía y numerosas anécdotas que pintan de una manera elocuente la vida en esas frias tierras de Soria. Notablemente emocionada, dedicó particularmente a su familia el contenido de todo lo que encierran esas hojas impresas. La familia Jimenez emigró a la Argentina a finales de los años 50.
Ella escribe: "Nací en el Sanatorio San Saturio, Soria y junto con mi hermana Teresa transitamos este camino tomadas de la mano, lo mismo que con mis hermanas Esperanza, José María, Ignacia y Josefa, que nacieron en Valdemoro. Simplemente contarles mi experiencia de esos 9 años que viví en el Pueblo y los recuerdos que tengo están marcados a fuego de una infancia pura y llena de sueños. Recuerdo las puestas del sol en verano, y los prados cubiertos de flores. El agua fresca del Chorrón y la que corría por debajo del Puente de la Plaza Nueva. Los inviernos crudos que eran de temer cuando llevábamos tarugos a la escuela para calentarnos. Las Fiestas que se celebraban en las calles empedradas con nuestro Patrón San Juan Bautista. El repicar de las campanas para acudir a misa los Domingos" (11).

Notas 
  1. Medina, Pablo: “Historias de ida y vuelta”, en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990. 
  2. Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo). 
  3. Duche, Walter: “Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia”, en La Prensa, Buenos Aires, 18 de julio de 1999. 
  4. Mauas Pinto, Eliseo y Castro Cambeiro, Manuel: “Soy el llamado antiguo”, en Legado Celta. Buenos Aires, Editorial Tres + Uno, 1993. 
  5. Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999. 
  6. Scherer, Fabiana (texto); Lucesole, Martín (fotos): “Norma Aleandro Señora de la escena”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de junio de 2005. 
  7. Aubele, Luis: “A boca de jarro. Ana María Bovo. ‘El poder de los sin poder’ “, en La Nación, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002. 
  8. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. (gacetilla de prensa). 
  9. Ordoñez, Ernesto: Un cuento de gallego
  10. S/F en Ordoñez, Ernesto: Un cuento de gallego. Buenos Aires, Dunken, 2012.
  11. http://www.centronumancia.com.ar/araceli-jimenez-presento-este-es-mi-pueblo-valdemoro/
Cantar

Así como les gusta contar, a los inmigrantes también les gusta cantar. Cantan en su tierra, en el barco, y cantarán también en la tierra nueva. 
Cantaban los picapedreros en Tandil: “Siempre se cantaba en las canteras: en las fiestas, en las huelgas, en las calles, en las casas, en el trabajo, en la soledad y en la compañía” (1). 
Cantan los gitanos. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: “las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, cassettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes” (2). 
En el cantar se advierte una espontánea vocación artística, y una memoria que no quiere fenecer. 

Notas 
1 Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N° 178, Marzo de 1982. 
2 Miguelí, Perla: “Introducción”, en Miguelí, Perla y Leguizamón, Pedro: Primer cancionero gitano de la Argentina. Recopilación y notación musical. Mar del Plata, 1995. 

.....

La ética, la solidaridad, el amor por los más pequeños, el respeto por los mayores, el recuerdo de quienes quedaron en la tierra natal, el contar y el cantar, son las constantes en las costumbres inmigrantes, que aún perviven en los descendientes americanos. 


Círculo de Aragón de Buenos Aires
2019

XI Festejos

Las Fiestas patrias argentinas, las Fiestas patrias y tradicionales españolas, los onomásticos, los cumpleaños, el Año Nuevo y el Carnaval son algunas de las ocasiones en las que se evidencian las costumbres que los inmigrantes trajeron de sus tierras; son circunstancias en las que ellos y sus descendientes exteriorizan su alegría y su agradecimiento a la nación que los recibió. 
No me ocupo de los festejos religiosos, ya que reuní información sobre algunos de ellos en el capítulo VII, “Religión”. 

Fiestas tradicionales

A los inmigrantes les gusta reunirse. Se encuentran para comer, conversar, bailar y recordar la tierra que dejaron. La fiesta de Santiago Apóstol, la de Covadonga, los aniversarios de cada institución y otras son excelentes oportunidades para compartir con los paisanos. 
En el recuerdo de Gladys Onega, las romerías de Acebal “tienen el sonido de España, pero las figuras y el escenario que conservo están creados en Hollywood, tal como yo los veía en las matinés de los domingos: los zapateos y castañeteos de Agapo iniciando todas las noches la fiesta con El Gato Montés, El Relicario o cualquier otro pasodoble que bailará también a la madrugada, para dar por terminada la fiesta cuando yo esté dormida en brazos de mi tía Martina; el chanssonier de la orquesta de Buenos Aires, por el que se volvían locas las chicas del pueblo, con traje y zapatos blancos y cantando con una bocina: (...) En ese recuerdo hollywoodense no hay pataduras, sólo se ven las piernas que se entrecruzan, hienden los vestidos y se meten en el cuerpo del otro, rozándose las medias de seda con los brines y palmbeaches y sin pisarse, sin arrugarse, sin que ningún paso en falso rompa la armonía. Todos son artistas de cine, perfectos en esa magia que me hace morir de envidia, pero que me da la certeza de que algún día sería mi turno” (1). 

Notas 
1 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999. 

Fiestas patrias argentinas

Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En “El desafío” relata que, para las fiestas patrias, en Malargue se realizaba una competencia de doma. Un indio puelche desafía a un andaluz de dieciséis años: “no se sabe en qué tris fatal Miguel dio una voltereta en el aire y cayó en pie. Un silencio espeso acogió el final inesperado. El desafío había terminado. Miguel saludó al domador (cortesía indígena), reunió su caballada y a sus secuaces y desapareció. Dicen que nunca más volvió por aquellos pagos. El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos. Y cuentan todavía en los fogones malarguinos el gesto de un huaso chileno que había presenciado el desafío, rico el hombre, que había llegado con una tropill de alazanes y mulas de alzada cordillerana. Montaba un caballo de leyenda con apero chapeado en plata. Se acercó al jinete y ofreciéndole las riendas de su montado, le dijo: -Tome, joven. Este es mi regalo. El apero nada más valía un Perú” (1).’
Un acto escolar es una excelente oportunidad para destacar los méritos de una alumna asturiana. Jorge Fernández Díaz, el hijo de la inmigrante, relata que la maestra dijo: “ ‘Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad” (2).
“Aunque pocos lo saben –señala Loreley Gaffoglio-, el Día de la Bandera se instituyó en 1938, luego de dos años de intensos debates, y surgió como un acto de desagravio impulsado por jóvenes argentinos ‘afectados e indignados por frecuentes manifestaciones extranjeras’ en los tiempos de la Guerra Civil Española. (...) La historia cuenta que el 1° de mayo de 1936 las calles de Buenos Aires se poblaron de banderas de los grupos que enfrentaban a republicanos y nacionalistas en España y que tuvieron en el alzamiento de Franco en Marruecos el cruento inicio de la Guerra Civil Española. Un grupo de jóvenes argentinos, ‘afectados e indignados por frecuentes manifestaciones extranjeras portando símbolos exóticos de nuestra nacionalidad y que desfilaban impunes por las calles de Buenos Aires’, resolvió entonces donar una bandera a la Municipalidad, a manera de desagravio, para rendirle tributo el 20 de junio de 1936, en un nuevo aniversario de la muerte de Belgrano” (3).

Notas
  1. Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
  2. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
  3. Gaffoglio, Loreley: “Una historia poco conocida El Día de la Bandera nació en 1938 como un acto de desagravio”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.

Visitas reales

La protagonista de Lunas eléctricas para noches sin luna, novela de Belén Gache, relata: “Para los festejos del Centenario, nuestro país recibirá una serie de visitas de representaciones diplomáticas, económicas y culturales de países extranjeros. Se han organizado, así mismo, una serie de recepciones de gala, funciones teatrales, desfiles militares, inauguraciones de monumentos, un tedéum en la Catedral e, incluso, una serie de exposiciones internacionales que abarcarán disciplinas como la agricultura, la industria y las bellas artes y que se desarrollarán en distintos puntos de la ciudad. (...) En los alrededores de la Plaza de Mayo han colocado una serie guirnaldas de luces resaltando las líneas arquitectónicas de todos los edificios. Cerca de la Casa de Gobierno han armado un lujoso palco desde el cual la Infanta Isabel saludará al pueblo argentino”. La Infanta llega a la Argentina el 18 de mayo de 1910: “Los habitantes de Buenos Aires han salido de sus casas y se han convocado en la Plaza de Mayo. Criollos e inmigrantes, italianos y polacos, ricos y pobres se han reunido todos en este día memorable” (1). 

Notas 
1 Gache, Belén: Lunas eléctricas para noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2005. 

Aniversarios

En 1996, en el marco de las Jornadas Patrióticas Gallegas, los inmigrantes de ese origen y sus descendientes celebraron el 17° aniversario del Centro Galicia de Buenos Aires, con una Gran Romería en el “Campo Galicia”. La jornada se inició con una misa solemne y procesión, luego hubo danzas gallegas a cargo de los grupos que integran la escuela del Centro Galicia y actuación del grupo de gaitas del Centro Galicia. Más tarde se llevó a cabo el almuerzo “17 aniversario” y, finalmente, el baile con la participación de renombradas orquestas de la colectividad gallega y española (1). 

Notas 
1 S/F: “Jornadas Patrióticas Gallegas”, en Viajero Celta. Año I, N° 9. Buenos Aires, Julio de 1996. 

Cumpleaños

Uno de los gallegos de Frontera Sur, novela de Horacio Vázquez-Rial, festeja su cumpleaños. Dice la hija: “Todavía hay mucho que hacer para esta noche. Es una fiesta muy grande -explicó desde la puerta-, muy importante para nosotros. Mi padre no se lo habrá dicho, pero, amén de la Nochebuena, celebramos su cumpleaños. Y va a estar todo el mundo. Todos los hermanos, y todos los huéspedes, y todos los amigos, que alguna vez fueron huéspedes también. (...) Siempre llega gente de allá, de Galicia, y no la va a dejar en la calle, ¿no?” (1). 

Notas 
1 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona,. Ediciones B, 1998. 

Año Nuevo

Pervive en América la costumbre española de comer doce uvas al tiempo que suenan las campanas en el nuevo año. Silvia Pisani (1), quien lo intentó en Europa, señala la imposibilidad física de llevarlo a cabo. 

Notas 
1 Pisani, Silvia: en La Nación Revista. 

Carnaval

“Según una difundida leyenda -comenta Alejandro Dolina-, el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música, baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad general insiste en adjudicar la condición de carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se ve, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza” (1).
En 1871, ataca la peste. Escribe Félix Luna: “En enero ocurrieron los primeros casos, pero el carnaval se aproximaba y hasta el propio presidente se divertía jugando con agua: ¿cómo se iba a ensombrecer la alegría popular advirtiendo el peligro que se cernía sobre Buenos Aires?” (2).
En Las ingratas –novela de Guadalupe Henestrosa que mereció el Premio Clarín de Novela 2002-, el carnaval marca el inicio de la relación entre la dueña de la pensión y uno de sus huéspedes, que luego se convertiría en su marido: “Así estaban las cosas, cuando una noche de carnaval, mientras todo el mundo había ido hasta el corso de la avenida para ver pasar las carrozas, Roca prefirió quedarse en el patio fumando un cigarro y silbando bajito. Petra iba de acá para allá con un balde, regando las macetas. (...) Afuera sonaban los gritos de las comparsas, los falsos alaridos de las mascaritas, las bombas de estruendo a lo lejos; adentro, en ese mundo de macetas, baldosas y sillas de mimbre, el silencio era más fuerte. En la atmósfera verde, Petra era otra, más blanda, tierna, casi indefensa: Melchor Roca la miraba embobado, sumergido con ella en el ambiente acuático y levemente corrupto de la noche de carnaval” (3). 
En su novela Hacer la América, Pedro Orgambide evoca un carnaval de la década del 20: “Sonaban las gaitas de los gallegos. Los vascos (pantalón y camisa blanca, pañuelo al cuello, boinas, alpargatas) bailaban golpeando sus palos, combatiendo en una esgrima de pies que se lanzaban al aire y volvían en un paso de danza. Los cosacos desenvainaban sus sables, degollaban a Israel Mitzer en la puerta de la sinagoga y gritaban, sudados y coléricos, fidelidad al zar y a la zarina. Bailaban los capoeiras del Brasil y los gitanos y los muchachos de Barracas. Bailaban los hombres disfrazados de osos, de monos, de tigres, de gigantescos perros y caballos. Bailaban los hombres disfrazados de mujeres y las mujeres disfrazadas de hombre; bailaba el disfraz hermafrodita: mitad hombre, mitad mujer, mitad novio, mitad novia; danzaba el lanzador de dardos, el salvaje que besaba al explorador en la boca; bailaban los enanitos, los viejos, los enclenques. En el palco, las orquestitas de Retiro, de las viejas romerías, tocaban los tanguitos de otro tiempo, puro flautín, pura guitarra, pero ahora subía una orquesta típica nacional que dirigía el maestro Arrieta” (4). 
El protagonista de Barrio Gris, novela del inmigrante asturiano Joaquín Gómez Bas, manifiesta: “En lo que a mí respecta, el carnaval existe para recuadrar en rojo tres días del almanaque. Ahora. Antes existía también para que el pobre Cigüeña se disfrazara de oso carolina. Ni de niño compartí el disloque general. Jamás me exhibí pintarrajeado. Me mantuve siempre ajeno al entusiasta afán de convertirse en bufo gratuito para regodeo del prójimo. Repudio el vocingleo desatado, inútil y bárbaro. Me enferma. La primera vez que pretendí formar parte de la baraúnda en un bailongo de la fecha, originé descomunal batahola cuando un cocoliche de facón y talero casi me deja sordo con su carraca. Por milagro no me ojalaron el pellejo. Lo salvé entero, junto con el propósito de esquivarle el bulto en lo futuro a la jauría de carnestolendas. Definitivamente” (5).
Víctor Hugo Ghitta evoca el carnaval del Centro Lucense (6). Manuel Enrique Pereda, los de Villa Pueyrredón: “Había una vez... allá por los años 1922, una familia formada por Don Clemente Enrique Pereda, argentino, nacido en el Bajo Belgrano, y Doña Estrella Mon, española, de Galicia, con su hijo Manuel Enrique (...), que se radicaron en una pieza alquilada en la calle Argerich 4685 a un matrimonio de italianos de apellido Pettorosi que tenían tres hijos llamados Pascua, Armando y Pepa, siendo estas chicas mis primeras compañeras de juegos (...) Tengo presente a la tana Doña Emilia, de carácter fuerte y cerrado dialecto, cuando al poco tiempo de convivir en su casa, siendo carnaval, mi viejo le tiró un baldazo de agua. ¿Qué ‘rosca’ se armó! Se lo quería comer crudo” (7). 
Se disfrazaba Alberto Tarrío, hijo de inmigrantes gallegos. Cuenta su hijo Fabián: “Mi viejo sabía vivir y hacer de cada momento con los demás, un tiempo grato. Lo que me viene a la cabeza es el espíritu que tenía de buena vida. Divertido, atrevido; era de disfrazarse para los carnavales o para fin de año, y viajar disfrazado en un colectivo a los corsos de la Boca. A nosotros nos daba un poco de vergüenza, pero hoy reconozco que lo hacía porque tenía un espíritu muy lindo” (8). 
Luna de Avellaneda, película dirigida por Juan José Campanella, se abre con la evocación del carnaval de 1959 en el club -fundado por tres gallegos- que da nombre al film. A criterio de Pablo Scholz, “Los protagonistas de Campanella suelen recorrer un viaje interno. Nunca sienten que pisan en terreno firme. Román (Ricardo Darín, demostrando por enésima vez que solito es capaz de llevar adelante cualquier proyecto, si está bien escrito) se casó con la más linda del barrio (Verónica, Silvia Kutica), fue activista en la Facultad, pero se quedó. Es vocal en el Luna de Avellaneda, el club de barrio donde nació en el carnaval de 1959 —el año en que nació Campanella, otro acierto del guión, y habrá más: incluir a Alberto Castillo, ginecólogo, como quien lo haya traído al mundo—. Por ese motivo y otros más, que el espectador descubrirá si no se le nubla la vista, el club significa mucho para Román” (9). “La nostalgia -escribe Adolfo C. Martínez-, el presente enrarecido por una sociedad siempre dispuesta a agotar las posibilidades del hombre argentino y la fuerza del amor como necesidad vital de recomponer la vida y las angustias son los permanentes temas que Juan José Campanella y sus coguionista Fernando Castets y Juan Pablo Domenech presentan en la pantalla con esa pátina de calidez y de hondura dramática, en la que no están ausentes el humor y los fracasos” (10). 
Durante el Carnaval, a veces, se suscitaban peleas. Escribe Horacio Vázquez-Rial, en su novela Frontera Sur: “En los primeros años del siglo, Buenos Aires vivía sin sobresaltos. Era noticia comentada el enfrentamiento, en 1903, en los carnavales de Avellaneda, de la comparsa de ‘Los Leales’ con la de ‘Los Pampeanos’, en la que formaban José Razzano, quien con el tiempo haría dúo con Gardel, y el que muy pronto sería intendente municipal de su ciudad, don Alberto Barceló, en compañía de sus sobrinos y de su futuro secretario, Nicanor Salas Chaves” (11). 
La clase alta aborrecía esa clase de festejo. Relata María Rosa Oliver, en sus memorias: “En Europa el carnaval nos había pasado inadvertido, quizá porque cae aún en invierno, pero aquí, como broche del verano, era una fiesta. Una fiesta larga e importante que tercamente mis padres y parientes trataban de pasar por alto como, al leer los diarios, salteaban las páginas en que, con semanas de anticipación, se informaba sobre los preparativos para que llegaran a su máximo esplendor las carnestolendas o el reinado del dios Momo, nombres sugestivos que en casa nadie pronunciaba pero que en las revistas iban enmarcados entre guardas que evocaban las futuras serpentinas”. A la pequeña María Rosa le gustaban las máscaras: “Me gustaban las que iban a los bailes infantiles de disfraz organizados en el Hotel Bristol de Mar del Plata. Pero la única vez que a duras penas, y después de insistentes súplicas, nos permitieron ir a la fiesta nos la aguaron bastante porque ‘...eso de ponerse disfraz ¡qué esperanza...! Lo único que faltaría... Eso, jamás...” (12). 
Mauricio Kartun, en “El siglo disfrazado”, analiza la relación del Carnaval con la inmigración: “Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja”. Una vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo, para enviar esa imagen al país de origen: “Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?” El afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces elegidos por las madres para sus hijos: “Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De pierrot, sobre todo, hasta los años 20 en que las colectividades tomaron peso propio. De allí en más predominaron los baturros, toreros y gaiteros asturianos, las majas, las gitanas, y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, o su versión lechera con los tarros también a escala” (13). 
Se enviaban, para ocasiones especiales, postales con retratos familiares, editadas por los estudios de fotografía. “Hoy, los coleccionistas aún las encuentran circulando en mercados de Italia y España con sellos argentinos: habrían sido enviadas por familiares que emigraron al país” (14). 
“Los improvisados –comenta Andrés Carretero- preferían cubrirse con una sábana, lucir algún antifaz o pintarse la cara con corcho quemado. El disfraz más frecuente en todos los corsos fue el de Oso Carolina. También eran comunes los disfraces de Martín Fierro o Juan Moreira, los más valientes aparecían incluso montados a caballo, ganándose el aplauso del público”. Pero no todos los disfraces estaban permitidos: “Las disposiciones municipales prohibían el uso de disfraces de monja o sacerdote y aquellos trajes que parodiaran uniformes militares en vigencia o que representaran costumbres obscenas” (15). 
El disfraz de Oso Carolina que menciona Carretero tiene una historia de pobreza. Escribe Podeti: " ‘Según tengo entendido, el oso carolina era un disfraz de oso hecho con bolsas de arpillera, en algunos casos bolsas que habian sido usadas para arroz y por lo tanto conservaban el sello de 'carolina 0000' o el que correspondiera. Como ya no hay arpillera, ahora podría manguear unas bolsas de polipropileno blanco y disfrazarme de 'Oso Núcleo de alimento para aves'.’ (Fuente: El lector Javier Unamuno, que no cita fuente alguna ni nada. Probabilidades de exactitud: 85 %, porque es casi una efeméride - o como sea el singular de ‘efemérides’ - y a pesar de que parece inventado y de que empezó su alocución con ‘Según tengo entendido’, frase hecha turbia como pocas)” (16). 
Enrique Pinti enumera en una nota periodística algunos de los disfraces que se podían elegir: “Piratas, gauchos, damas antiguas, marqueses versallescos, zorros (negros y blancos), diablitos, hadas, aldeanas, lagarteranas, baturros, tiroleses y andaluces, gitanas y pajes medievales aparecían en esas páginas como un convite a la consagración y apoteosis del hermoso período anual” (17). 

Notas 
  1. Dolina, Alejandro: “El corso triste de la calle Caracas”, en El Tiempo, Azul, 23 de febrero de 2003. 
  2. Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991, p. 92. 
  3. Henestrosa, Guadalupe: Las ingratas Novela sentimental. Buenos Aires, Suma de Letras Argentina, 2005. 264 pp. 
  4. Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984, pág. 237. 
  5. Gómez Bas, Joaquín: Barrio gris. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1963. 
  6. Ghitta, Víctor Hugo: “Elegía a Paco Rabal dormido en Aguilas”, en La Nación, Buenos Aires, 2 de septiembre de 2001. 
  7. Pereda, Manuel Enrique: Nuestra querida Villa Pueyrredón. Buenos Aires, Del Carril Impresora, 1986. Citado por Eduardo Criscuolo en “Páginas para el recuerdo de Villa Pueyrredón”, El Barrio Periódico de Noticias, Año 6, N° 62, Buenos Aires, Mayo de 2004. 
  8. Piotto, Alba (Texto y producción); Rosito, Enrique y Digilio, Rubén (fotos): “Mi papá”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 20 de junio de 2004. 
  9. Scholz, Pablo O.: “CINE: CRITICA”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de mayo de 2004. 
  10. Martínez, Adolfo C.: “Un retrato costumbrista de la Argentina actual”, en La Nación, 20 de mayo de 2004. 
  11. Vázquez-Rial, Horacio:op. cit. 
  12. Oliver, María Rosa: La vida cotidiana. Buenos Aires, Sudamericana, 1969. 
  13. Kartun, Mauricio: “El siglo disfrazado”, en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000. 
  14. Muzi, Carolina: “Fina estampa”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de julio de 2002. 
  15. Carretero, Andrés: Vida cotidiana en Buenos Aires. Planeta. 
  16. Podeti: “¡MIRA VOS! Dato 69: El Oso Carolina”, en Weblog Clarín. 
  17. Pinti, Enrique: “La Argentina según Enrique Pinti. Carnavales eran los de antes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de marzo de 2005. 

.....

Con más voluntad que medios, los inmigrantes festejaron acontecimientos privados y sociales; se incorporaron a la comunidad sin olvidar por ello sus raíces y sus tradiciones. Junto a sus descendientes honran, hoy día, la tierra de sus mayores y la herencia cultural que los vincula a ella, al tiempo que testimonian su gratitud a la Argentina. 


Centro Soriano Numancia
Buenos Aires, 2019

XII Entretenimientos

No todo era trabajo para los inmigrantes y sus hijos. También tenían sus entretenimientos, a los que se dedicaban en compañía de coterráneos y argentinos, o en la soledad propicia a la lectura y a la música. 

Cine

Una abuela gallega va al cine con su nieto. Escribe Saccomanno: “En el Cine California daban El Conquistador de Mongolia, con John Wayne, una de las primeras películas en cinemascope. Al empezar la proyección, espantada, la abuela se tapó los ojos. Las hordas de mongoles galopaban sobre comarcas incendiadas. Vamos, rapaz, te urgió la abuela. Las cimitarras se alzaban en la pantalla. La abuela se agachaba en la butaca, aterrorizada, protegiéndose. Al terminar la función, todavía temblando, la abuela te dijo que no había venido al cine para sufrir. Porque la película le había resucitado aquel horror de la guerra” (1). 
Alfredo Alcón fue al cine con su abuela castellana: “una vez mi abuela me llevó al cine y descubrí que esos seres que estaban allí no eran sólo luces y sombras, porque Bette Davis en la película estaba resfriada y se sonaba la nariz. Ahí descubrí que eran personas. Y empezó a inisnuarse la idea de que por ahí podía andar mi vocación, gracias al estornudo de Bette Davis” (2). 
En Acebal se asistía asimismo a esta clase de funciones. Escribe en su autobiografía Gladys Onega: “Por aquellos años en que la gran diversión era el cine, lo que se veía en la pantalla era lo real sin ninguna discusión; sin embargo, tal vez por la desmesura con que se desplegaba ante los ojos, yo llegaba a comprender que el lujo de las películas de teléfono blanco sólo era un mecanismo que me permitía entrar y vivir en la fantasía. Pero, qué pasaba cuando veía cintas con familias, siempre norteamericanas, de padres e hijos que trabajaban e iban a la escuela como nosotros; entonces empezaba a dudar y a preguntarme si eso también no sería fantasía, porque no podía creer que esa gente con hábitos semejantes a los nuestros, viviera en casas de cine; y en cambio, si eso era real, por qué nosotros no teníamos algún sofá, alguna mesita con lámpara, alguna colcha bonita, alguna fotografía o cuadro en las paredes. Nada. Según mi madre, no había necesidad, según papá, no estábamos en condiciones de comprarlos. Lo cierto es que nunca hubo nada hermoso en la casa sino la casa misma” (3). 

Notas 
  1. Saccomanno, Guillermo: El buen dolor. Buenos Aires, Planeta, 1999. 
  2. Ventura, Any: “Alfredo Alcón. A cara limpia”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 20 de marzo de 2005. Fotos: Mauro Rizzi. 
  3. Onega, Gladys: op. cit. 

Radio

Una abuela escuchaba la radio con su nieto. En El buen dolor, leemos: “Aunque la abuela era madrugadora y de acostarse temprano, sufría de insomnio. Por la noche ella y vos, acostados en su pieza, en la oscuridad, escuchaban Radio Porteña, que transmitía desde los teatros. La obra predilecta de la abuela era La Malquerida, interpretada por Lola Membrives. Ay, esa madre, se desgarraba la Membrives en la oscuridad de la pieza. Ay, repetía la abuela. Apenas terminaba la obra, la abuela apagaba la radio. Y como no podía dormir, te contaba un cuento” (1). 
En casa de Pampillo, un 12 octubre, “Estaba puesta la radio y el locutor hablaba de la raza”.(2). 
El vestíbulo de la casa de los Onega, en Santa Fe, “era el sitio de la radio, de donde salían los despropósitos lingüísticos de Catita, la música de moda, los boletines que informaban a los hermanos Onega la cotización de la papa y lo cereales y, tal vez, los radioteatros que todavía no nos interesaban; debíamos esperar a vivir en Rosario para que intercambiáramos lavados de platos por horas de novelas” (3). 

Notas 
1 Saccomanno, Guillermo: op. cit. 
2 Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita.. 
3 Onega, Gladys: op. cit. 

Lectura

Acerca de la afición por la lectura que sentían los hermanos Onega, escribe Gladys que su hermano “odiaba Lenguaje e Idioma Nacional con la misma decisión con que amaba la lectura, contradicción anárquica que mi hermana y yo no padecimos, pues para nosotros los libros se gozaban, se estudiaban y se aprendían. A Bebo no lo tentaba la lectura silenciosa y apartada, le gustaba contar a los otros o que los otros le contaran e inventar mundos físicos, contantes y sonantes de trompadas, corridas, trepadas, huidas, escaladas, atadas, escapadas y arrastradas por el pastito, que de repente era la pradera” (1). 

Notas 
1 Onega, Gladys: op. cit. 

Música

Entre los gallegos emigrantes, la gaita era un instrumento muy difundido. El gaitero Carlos Núñez, de paso por nuestro país, dijo en un reportaje que “los mejores gaiteros no permanecieron en Galicia sino que la mayoría vino a Buenos Aires, muchas veces exiliada”. En la Argentina y en Cuba, entraron en contacto con otros ritmos, al punto que “La música gallega se benefició de estas influencias, de estas tradiciones más abiertas” (1). 
Manuel Castro escribe acerca de Manuel Dopazo: “La llegada de una compañía de zarzuela a Buenos aires que ofreciera Maruxa, requería la presencia de un gaitero. Manuel Dopazo era el elegido. Su actividad artística lo hizo llevar la gaita al Teatro Colón que es a lo máximo a lo que se puede aspirar. Fue la noche del 12 de octubre de 1930 estando presente en esa ocasión el Presidente de la República Argentina, don Hipólito Yrigoyen. (...) Además de ser un eximio ejecutante, Dopazo fabricaba gaitas, generalmente para vender y fue aquí en Buenos Aires donde aprendió a tornear. Manuel Dopazo vivió de la gaita y mantuvo una familia de once hijos. Fue el único que pudo hacer eso, otros gaiteros tenían otros trabajos. Soldaba las gaitas con plata, soplando y eso lo llevó a la tumba” (2). 
Gabriel Deus se refiere a “los grandes maestros gaiteros inmigrantes, maestros que han venido a este país con una gaita entre su equipaje. De estos maestros podemos nombrar a Cesáreo Rodríguez, a Jesús Longarela quien ha sido profesor del gaitero Alberto López, y actual integrante del grupo "Sete Netos". Entre estos maestros se encuentra también Camilo Deus quien aparte es uno de los pocos artesanos de palletas para gaitas que hay en el país. También lo tenemos a Jesús Mariño quien también es artesano de gaitas. En fín, entiendo que gracias al legado de estas personas que gracias a Dios, a pesar de los años transcurridos, siguen transmitiéndonos esa cultura interpretando en sus gaitas esas jotas y muñeiras que suenan con un aire muy distinto ya que en sus dedos, al ejecutar la gaita, demuestran en cada nota el sentimiento de un inmigrante” (3). 
José Cameán Parcero cuenta que su padre ”como buen gallego, era músico, tocaba la gaita y le enseñó a él a tocar la caja. Como esto resultó ser de su gusto tocó con Los Celtas de Vigo y con los Chavales de España. En estos conjuntos tocaba la tumbadora. Estos instrumentos todavía los conserva en su taller de autos antiguos” (4). 
A escondidas tocaba la gaita un asturiano, pues su hermano, avergonzado del origen de ambos, se lo había prohibido. El anciano ”cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas” (5). 
“ ‘Ya en los años 50 el padre Fidelius Rush y el asturiano Manolo del Campo organizaban festivales de música y baile celta, pero en el 85 se hizo el Primer Encuentro Pan Celta en el Club Fahy’, recuerda Susana Shanahan, periodista y conductora del Plum Pudding (por el budín de ciruela con whisky, plato típico irlandés), un programa de radio que gira, obviamente, alrededor de la cultura celta“ (6). 
La música acompaña, alegra los momentos tristes, y acerca a esa tierra que quizás no se volverá a ver. 

Notas 
  1. Monjeau, Federico: “Carlos Núñez. En la cresta de la ola celta”, en Clarín, Buenos Aires, 11 de mayo de 1998. 
  2. Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”, en Viajero Celta. 
  3. Deus, Gabriel: e-mails enviados a MGR en 2004. 
  4. S/F: “José Cameán Parcero”. Un vecino de Bembibre, Parroquia de Buxán”, en El Mensajero Gallego, N° 2, Abril de 1998. 
  5. Fernández Díaz, Jorge: op. cit. 
  6. Guyot, Héctor M.: “Sociedad. Irlandeses en la Argentina. Una verde pasión”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de marzo de 2005. Fotos de Daniel Pessah. 
Baile

Se bailaba durante la travesía. Bailaba la clase alta; cinco hermanas gallegas recuerdan “los oropeles del baile de primera clase que habían espiado colgadas de un ventanuco de la cubierta. En el barco, los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega” (1). Lo relata Guadalupe Henestrosa en Las ingratas, obra distinguida en 2002 con el V Premio Clarín de Novela. 
Bailaban los inmigrantes. En el barco se crean lazos que perduran en la nueva tierra; éstos se evidencian, por ejemplo, en la elección de los compañeros de baile. Lo afirma Sergio Pujol: “Uno baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco” (2). 
Victor Hugo Ghitta evoca el baile en el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda “las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas” (3). 
En Secretos de familia (4), Graciela Cabal recuerda su aprendizaje de muiñeira: “A mi amiga Rodríguez tampoco la dejan estudiar baile, pero ella igual sabe bailar la muñeira, porque la muñeira se la enseñó la madre. (La madre de Rodríguez es de un lugar donde todos saben bailar la muñeira desde que nacen, sin que nadie se la enseñe). Me da mucha vergüenza, pero igual voy y le digo a la mamá de Rodríguez si por favor, por favor, me enseña a mí a bailar la muñeira. La mamá de Rodríguez dice que ella con mucho gusto me enseñaría, pero hace tanto tiempo que no baila... ’Sea buena, mamita’, le dice Rodríguez a la madre, y la arrastra al patio. Y entonces la madre empieza a cantar bajito mmmmm mmmmm mmmmm y a dar unos pasos. Y después se ve que se anima porque se pone a cantar fuerte y se mueve rápido y hasta se saca las chancletas y el delantal, y sigue, sigue, sigue. Y justo llega el papá del trabajo y primero se asusta y pregunta qué es lo que está pasando en esa casa, y después se ríe y se pone a bailar enfrente de la madre. Y yo ya no aguanto y le digo a Rodríguez si quiere bailar, porque algo aprendí, de mirar. Y todos bailamos, cantamos y nos reímos, hasta la mamá de Rodríguez, que nunca se ríe. A la mamá de Rodríguez, cuando baila la muñeira ni se le notan los bigotes”. 
El baile ilumina los últimos momentos de una anciana inmigrante. Cuando “Doña Conce”, la gallega del cuento de Jorge Dietsch, ve que se acerca su fin, pide sus zapatos, “e incorporándose en la cama, comenzó a bailar. Bailaba para adentro, se veía en la mirada y la sonrisa, con una gracia joven y movimientos que debían ser de tal agilidad que en la habitación entró un viento fresco de montañas, con olores de campo y de menta. Tarareaba al mismo tiempo una música tan extraña y bella que quienes escuchaban, a pesar de la gravedad de las circunstancias, no pudieron evitar acompañarla con movimientos de pies. Luego, agotada de tanta danza, apoyó la cabeza en la almohada, respiró profundo varias veces, y cerró los ojos sin dejar la sonrisa, como soñando un buen sueño” (5). 
Trajeron en el barco sus danzas. Inmigrantes y quienes de ellos descienden las interpretan hoy día, al tiempo que cultivan la tradición del país que los recibió. 

Notas 
  1. Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002. 
  2. Pujol, Sergio: “El baile, una historia de sexo, violencia y tensiones sociales”, en La Capital, Mar del Plata, 13 de febrero de 2000. 
  3. Ghitta, Víctor Hugo: “Elegía a Paco Rabal dormido en Aguilas”, en La Nación, Buenos Aires, 2 de septiembre de 2001. 
  4. Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Debolsillo, 2003. 
  5. Dietsch, Jorge: “Doña Conce o la despedida”, en El Tiempo, Azul, 14 de marzo de 1999. 

Juegos

Victoriano de Miguel jugaba al truco. En un reportaje, María Esther de Miguel expresó: “Mi padre era un republicano español que a los 19 años se vino de España para no hacer la conscripción. Autodidacta, gran lector de temas de su especialidad (mecánica, física, ingeniería), preocupado por la política, canalizaba sus inquietudes en la lectura de diarios... y en las discusiones en torno a la mesa de truco los sábados y domingos” (1). 
Carlos Penelas es el autor del poema “Los trasterrados”, que dedica a sus abuelos gallegos Pedro Penelas y Tomás Abad. En él dice: “Llevaban en la sangre/ el honor, la palabra, la brisca” (2). 
En su casa, los hijos del gallego Pampillo jugaban al truco (3). 
Enrique Aramburu escribe: “Todavia recuerdo que mis mayores se reunían en la estancia Dos Hermanas de Olavarría en la década del 70 con motivo del cumpleaños de Alejandro Aramburu, continuando la tradición de Pedro Aramburu (hijo de los que llegaron en la decada de 1860 a los pagos), y jugaban al mus. Es posible que tres expresiones que allí se utilizaban puedan explicarse por la lengua vasca: "va y va" para la grande y la chica, sería bai, ba "si, pues". "Ordago" (que significa que se juega todo el partido a un lance), por hor dago "ahi esta". Y la forma de contar los puntos que se juegan en los partidos, "un amarrueco", "dos amarruecos" (los partidos comunes se jugaban a cuatro "amarruecos" y los de desempate, a ocho "amarruecos", segun relata mi padre). Si bien eran divisiones de a cinco, la similitud fonetica es demasiado grande como para resistir la tentación de vincularlos con hamarreko, "de a diez", y suponer que así como se deformó la fonética, se puede haber deformado el significado de la cantidad” (4).

Notas 
  1. Zanetti, Susana (directora): “María Esther de Miguel”, en Encuesta a la literatura argentina contemporánea. Buenos Aires, CEAL, 1982. Tomo VI de la Historia de la literatura argentina. (Capítulo) 
  2. Penelas, Carlos: “Los trasterrados”, en El mirador de Espenuca. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1995. 
  3. Pampillo, Gloria: op. cit. 
  4. Aramburu, Enrique: La lengua más antigua de Europa: el vasco en su literatura y apellidos. Buenos Aires, Biblos, 2001. 127 pp. 

Juegos infantiles

El protagonista de El pequeño obispo, de Fernando de Querejazu, "pasaba gran parte del día en su bicicleta de madera con sus amigos, compitiendo sin manos o parado sobre ella. En muchos lugares, los desniveles entre las veredas y las calles, aún sin pavimentar, eran peligrosos. Constituían trampas donde sus proezas terminaron a menudo en espectaculares caídas" (1).
La hija de Londeiro juega a las estatuas con las hijas del árabe: “se quedaba inmóvil con un pie en el aire. (...) -¡Míralas! Se creen unas reinas... pero tarde o temprano van a parir como nosotras –vaticina la Carmen y apoya su mano en el hombro de Magdalena” (2).
Mario Gurovitz jugaba con su amigo, Coria, hijo de gallegos: “Pasaron alegres horas en las que jugaron al ‘Estanciero’ después de recorrer horno y pasillos, depósitos y cuartos blanqueados de harina y haber comido facturas con café con leche”. El pequeño Gurovitz “no inventó aventuras espaciales, Héctor era más dado a los combates de indios y cowboys. No tardaron demasiado en constituir alternadamente el Llanero Solitario y Toro, Cisco Kid y Pancho, Rin Tin Tin y Rosty” (3).

Notas
1 Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, 1986.
2 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984.
3 Goldberg, Mauricio: op. cit.

Fútbol

En “Algunas historias con mujeres en los barrios de Buenos Aires allá por 1940”, Zulema Buceta recuerda a su padre gallego, hincha de fútbol: “Mi papá, este... mirá, era gallego, pero no era... en realidad no era gallego, porque se hizo ciudadano argentino, ¡eh!... Mi mamá, no le hablaras de... pero mi papá, sí... (...) Mi papá nació en el año mil ocho noventa y dos. Mi mamá, en mil ocho noventa y tres... él vino con la madre y con mi tío José (...) No sabés las cosas que hizo mi papá por Chicago... pilas de medias, de los jugadores... porque ahora son medias con los colores, de Chicago... pero esas eran blancas y las traía. No sé quién las lavaría. Mi papá las traía y me decía “ayudame a coser”. Mi papá en el galpón... que tenía un galpón ahí (señala a la finca lindera, donde Zulema vivió su niñez) y escuchaba las audiciones desde Japón, no sé de qué... y, entonces... te quiero contar todo, viste... y al final, este, algo me queda... bueno, y me decía que yo lo ayudara a coser las medias...” (1). 

Notas 
1 Buceta, Zulema: “Algunas historias con mujeres en los barrios de Buenos Aires allá por 1940”, en Bitácora global. 

Pelota

En la provincia de Buenos Aires, como en otras localidades, los descendientes de vascos juegan pelota. El Club de Pelota Chascomús es “reducto de calificados pelotaris locales, algunos de ellos de gran fama que traspusiera la frontera nacional. Su construcción, que representa a un típico caserío vasco, se debe a los numerosos descendientes de Euskadi residentes en la ciudad que amantes de su deporte favorito, no escatimaron esfuerzos para hacer realidad esta sede, hace ya setenta y seis años, en el año 1925” (1). 

Notas 
1. S/F: “Club de Pelota”, en El Fuerte, Chascomús, Año XVI, 4° Semana de Agosto de 2003. 

Pulseada

Al gallego Londeiro, personaje de Hacer la América, de Pedro Orgambide, “El albanés lo desafía a una pulseada. Uno es fuerte como un caballo, piensa Manuel, pero uno no tiene ganas de pulsear. El albanés ha puesto su dinero sobre la mesa. No, yo no juego por plata. No me importa que mis amigos piensen que el albanés es más fuerte que yo. Yo no me juego el jornal”. Sin embargo, lo hace: “Manuel Londeiro le dobla el brazo contra la mesa y caen las monedas en el suelo entre el jolgorio y el griterío de los estibadores" (1). 

Notas 
1 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984. 

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Así se entretenían los inmigrantes y sus hijos en la nueva tierra, en los momentos en que descansaban de esa dura tarea de “hacer la América”. 


Madrileñas en la Avenida de Mayo
Buenos Aires, 2009

XIII La nostalgia

Sintió nostalgia por su tierra la mayoría de los inmigrantes que llegaron a nuestro país entre 1850 y 1950. Sintieron, asimismo, nostalgia por la nueva tierra quienes, después de muchos años en la Argentina, regresaron –temporaria o definitivamente- a sus países de origen. 

La tierra natal

Más allá de los logros obtenidos en la nueva tierra, la nostalgia acompaña siempre al inmigrante. A pocos les sucede como a Nicanor Fernández Montes, quien “en verdad, nunca sintió nostalgia. No tuvo una mentalidad anclada, cristalizada en el pasado. Jamás. Siempre prefirió mirar para adelante” (1). O como a Francisco Coira, quien nació en España en 1906 y expresa: “No creo en la nostalgia...” (2). 
En el hospital del Hotel de Inmigrantes –afirma Horacio Di Stéfano-, los médicos se enfrentaban a un mal incurable: “lo irremediable era la tan común patología de los ‘enfermos de añoranza’, lejos de sus raíces, con la hermosa y triste vista al río que los envolvía desde los ventanales” (3). 
En su “Poema al emigrante universal”, Manuel Conde González refleja ese sentimiento en los versos que dicen: “Impregnado de nostalgias/ sangrando melancolías/ jamás renuncia a la tierra/ que viera la luz un día.// (...) Lleva siempre en su retina/ los cuadros de ensoñación/ con hermosas alboradas/ y bellas puestas de sol.// El camino a la escuelita/ al maestro preceptor/ la iglesia con sus campanas/ repiqueteando: din don” (4). 
La evocación de la tierra natal se asocia, generalmente, a la de la infancia, en la que quien emigró se sentía protegido, a pesar de la pobreza o las guerras que pudieran apenarle. La nostalgia por el país de origen se trasunta en relatos, canciones, comidas típicas, costumbres, tradiciones que se heredan imbuidas por ese sentimiento. 
Acerca de Ramón Gómez de la Serna, escribió Jorge Luis Borges: “La guerra civil española lo impulsó a Buenos Aires, donde moriría en 1963. Sospecho que nunca estuvo aquí; siempre llevó consigo a su Madrid, como Joyce a su Dublín” (5). 
Un vasco, personaje del dramaturgo Alberto Novión, recuerda su tierra. Dice la hija: “papá, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda” (6). 
En “Asturias”, Valentín Andrés Alvarez escribe qué sucedería si todos los asturianos nostálgicos cumplieran su deseo: “Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica” (7). 
Se titula precisamente “Nostalgia” uno de los cantos del poema “Cuando mi padre habló de su infancia”, de José González Carbalho. En ese texto enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta: “Ay, el dueño de valles/ y misteriosos bosques/ por el que andaba yo/ mi perro y mis canciones./ Mis canciones que vuelven sólo para que llore/. Mi perro ya olvidado/ de obedecer al nombre./ Yo, que perdí mis cielos, / ¡y soy tan pobre!” (8). 
Carmen, la gallega que viaja con sus hijos a la Argentina en Hacer la América, de Pedro Orgambide, expresa: “Es como si nunca hubiera tenido una casa, Manuel. Como si nunca más pudiera pisar la tierra firme y Dios nos condenara a vagar por el mundo en este barco. No pienses que estoy loca, Manuel. A otras mujeres que viajan aquí les ocurre lo mismo. Extrañan el olor de sus cocinas y el calor de sus camas. Una vieja me contó que todas las noches soñaba con su corral y sus puercos; otra, con un jardín de Andalucía. En América ¿tú sueñas con la casa, Manuel? Los hombres se ríen de esos sueños, son cosas de hembras, dicen, haremos otras casas allí, sembraremos el trigo, cuidaremos las viñas, vamos a trabajar en los aserraderos, en los muelles... Es que los hombres son más parecidos al mar, les gusta andar de un lado a otro. Algunos, sin embargo, se asoman al océano como si trataran de ver o que dejaron. Una les ve las caras de viudos de la tierra, caras de hombres como tú, Manuel, trabajadas por el sol y el granizo, por los días de labranza ¿no se extraña la tierra, Manuel? ¿el olor de la tierra?” (9). 
Seis gallegas llegan a buenos Aires; son Las ingratas, de Guadalupe Henestrosa, quien ganó el V Premio Clarín de Novela en 2002. Recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: “Esa noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas. Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre, Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro olor?” (10). 
Otros gallegos, los padres de Esther Goris, también sentían nostalgia por su tierra. Dice la hija: “De chica, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica” (11).
Antonio D’Argenio testimonia la nostalgia de su madre: “Cuando era yo un chiquillo de ocho o nueve años, mi madre, que había llegado a nuestro país en 1920 desde su Lugo natal, en Santiago de Compostela, escuchaba todas las tardes por la desaparecida Radio Prieto, una audición llamada ‘Por los caminos de España’. En esos momentos yo no entendía cómo el rostro de mi madre se cubría de lágrimas cada vez que sintonizaba aquel programa y escuchaba, por ejemplo, el sonido de una gaita” (12). 
En “Tríptico a Galicia”, Enrique Urbina García canta la nostalgia del inmigrante de esa región: “Y aquel que por Vigo, apabulló su sombra;/ en su misterio –pompas de luna- ocultará olvido/ y por las vides de Galicia como raíz sangrante/ tendrá su mente endulzando retornos válidos. (...) Todo el que con un gallego trata, alcanza/ sólo un poco lo que el corazón de ese hombre/ desparrama, porque el amor, vive en su España” (13). 
José Tomás Oneto escribe en “La ‘morriña’ de Compostela”: “aquí, en nuestro suelo, los hijos de esa Galicia emigrada, con su corazón hipotecado, seguirán escuchando las campanadas gallegas. Y no habrá ningún gallego que deje de oírlas, aunque lo crean loco. Y soñarán con su tierra lejana, con las siete estrellas que conforman la guardia de honor del Cáliz, consagrado con la Hostia, en el escudo de Galicia. (...) Y habrá quien sienta el rumor de zuecos paisanos en las rúas de Santiago, y las charlas de los viejos menestrales, y verá con nostalgia cómo se vuelve calle el camino... Entonces, entornarán los ojos húmedos con la imagen del Finisterre, esa proa de Galicia hacia el universo, verdadero trampolín de sus sueños emigrantes....” (14). 
Descendiente de un gallego y una madrileña, María Rosa Lojo nos dijo en un reportaje: “En casa se hablaba de España como del ‘paraíso perdido’, al que mis padres siempre quisieron regresar” (15). Los españoles que presenta en Canción perdida en Buenos Aires al oeste –novela premiada por el Fondo Nacional de las Artes en 1986- sufrían el desarraigo que los acompañaría hasta el final de sus días. Dice la narradora que, en su hogar argentino, “era el sol de la casa nativa que iluminaba sus rostros. Los rasgos de mi madre, silenciosos y bellos, como una estampa antigua; los ojos de mi padre, tristes de mar, empañados de tiempo recorrido. La mesa del domingo, cuando comíamos callados y mi padre, sólo mi padre recitaba, tácitamente, como para sí: ‘Donde yo me he criado...’ Y ya no escuchábamos; lo demás se perdía en la bruma nebulosa de un mito siempre repetido, desesperado y patético como una plegaria inútil. La única plegaria que papá se permitía decir” (16). 
Así soñaba el gallego en el poema de García Lorca: “¡Triste Ramón de Sismundi!/ Sinteu a muiñeira d’agoa/ mentre sete bois da lúa/ pacían na sua lembranza./ Foise para veira do río,/ veira do Río da Prata./ Sauces e cabalos múos/ creban o vidrio das ágoas./ Non atopou o xemido/ malencónico da gaita,/ non viu o imenso gaitero/ con boca frolida d’alas;/ triste Ramón de Sismundi,/ veira do Río da Prata,/ viu na tarde amortecida/ bermello muro de lama” (17). 
Es ese sentimiento el causante de que Rubén Benítez haya escrito La pradera de los asfódelos. Sobre el origen de esta obra, nos dijo el escritor: “Lo sentí como una necesidad. Tal vez por haber pertenecido a un núcleo de inmigrantes que desde la infancia me transfirieron sus vivencias y sus nostalgias por la tierra lejana. El tiempo, la muerte de casi todos ellos, incorporó a ese sentimiento la idea de caducidad que convierte a cada ser humano en un emigrante de la vida, de este escenario que también ama. Creo que ambas perspectivas se mezclan y fluyen como temas paralelos” (18). 
Acerca de la nostalgia, expresa un personaje en la novela: “En ningún lugar se está mejor que aquí, en nuestro pueblo, donde vivieron nuestros antepasados. Estamos hechos para esta tierra que es la única porción del mundo que en verdad nos pertenece y no para aquellas soledades donde el pesar y la tristeza oprimen el corazón”. En América, “durante un año trabajé muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada le debo a aquella tierra. Sólo el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a él” (19). 
La nostalgia parece ser una excusa en el cuento de Patricio Pron. Un español muere a poco de llegar a la Argentina. El hijo pregunta por qué murió. “ ‘Porque sus ojos estaban acostumbrados a mirar el cielo azul de Cataluña’ le dijo su madre, y a Juan Vera le bastó esa mentira para confirmarse, sereno, que Dios lo había olvidado” (20). 

Notas 
  1. Ceratto, Virginia: “Volver a empezar”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000. 
  2. ibídem 
  3. Di Stéfano, Horacio: en TANGOshow. 
  4. Conde González, Manuel: “Poema al emigrante universal”, leído el 17 de agosto de 2005 en “Gente de buena pasta”, programa que conduce Patricia Magariños por Radio Cultura, 97.9. 
  5. Borges, Jorge Luis: “Ramón Gómez de la Serna Prólogo a la obra de Silverio Lanza”, en Jorge Luis Borges Biblioteca personal (prólogos). Buenos Aires, Alianza Editorial, 1988. 132 pp. (Alianza Literatura). 
  6. Novión, Alberto: El vasco de Olavarría, en La Escena, N° 99. 
  7. Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Citado por Méndez Muslera, Luciano, en “Asturias en la emigración”, indianos@telepolis.com: 
  8. González Carbalho, José: “Cuando mi padre habló de su infancia”, en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletin Galego de Literatura. 
  9. Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984, pp. 102-3. 
  10. Henestrosa, María: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002. 
  11. Goris, Esther: “Galicia, tierra añorada”, en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999. 
  12. D’Argenio, Antonio: en “El regreso a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999. 
  13. Urbina García, Eugenio: “Tríptico a Galicia”, en La Capital, Mar del Plata, 28 de febrero de 1999. 
  14. Oneto, José Tomás: “La ‘morriña’ de Compostela”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de julio de 1976. 
  15. González Rouco , María: “María Rosa Lojo: la inmigración gallega”, en El Tiempo, Azul 17 de marzo de 1991. 
  16. Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1987. 
  17. García Lorca, Federico: “Cantiga do neno da tenda”, en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Buenos Aires, Corregidor, 1996. 
  18. González Rouco, María: “Rubén Benítez. El regreso a la entrañable tierra”, en El Tiempo, Azul 10 de septiembre de 1989. 
  19. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989. 
  20. Pron, Patricio: “La espera”, en De manos abiertas. Buenos Aires, Tu Llave, 1992. 

Los amores

La sintieron asimismo Manuel y María, personajes de mi cuento “Volver a Galicia”. De ellos digo: “Manuel murió, luego de una larga agonía, sin regresar a su aldea. No había consuelo para su pena. Cuando cerró los ojos, tenía en su mano el escapulario que le había dado su madre. Lo había conservado con él a lo largo de su vida. La muerte de Josefa, su mujer, fue –si se puede- más desgarradora. Había recibido poco antes una carta de sus hermanos, en la que le decían que ya estaban viejos, que si no se veían pronto, quizás ya no volvieran a verse. Misivas como ésa eran moneda corriente entre los inmigrantes de distintas nacionalidades. Los angustiaba pensar que el plazo se terminaba. Josefa no tenía dinero para viajar, tampoco sus parientes. Tenían que conformarse con las cartas que llegaban periódicamente, con las fotos que recibían en abultados sobres” (1). 
Refiriéndose a su padre gallego, escribe Gladys Onega en su autobiografía: “Ignoraba y lo ignoré por mucho tiempo cuánto había llorado desde aquel día en que se fue de junto al señor Manuel y la señora Carmen, sus padres, mis abuelos. (...) mi padre choraba por él y por sus padres que sí eran de Galicia, se habían quedado allí sin moverse, clavados en un cruceiro, secándose las lágrimas con un desmesurado pañuelo a cuadros orlado de negro quién sabe por qué luto de una muerte ya ocurrida o por el duelo de ellos mismos que morían viendo la partenza de sus hijos, debajo de un enorme paraguas también negro que los protegía de la chuvia que nunca había escampado desde el día en que mi padre dejó de ser de allá y se convirtió en extranjero aquí, en un mundo que no había visto” (2). 
Pedro Antón, vasco protagonista de una novela de Julián de Charras, añora cuanto dejó: “Veía, allá lejos, como en una neblina, las escarpadas pendientes de los Pirineos, las casetas ruinosas de los montañeses, las miserables veladas, con pan negro y escaso y luz humeante de candil de aceite; el padre, con su rostro anguloso y cetrino, en un rincón, con la barba en la mano, mirando fijamente la pared, como pensando en algo indefinido; la madre hilando, hilando en la penumbra, diestros los dedos, aunque fatigada la vista... Y él, rapaz, sin raciocinio, raídas las ropas, que remendaba la mano materna, al lado del fuego, hurgándose la nariz, recordando las consejas del oso negro, de las brujas sabáticas, del ahorcado...” (3). 

Notas 
  1. González Rouco, María: “Volver a Galicia”, en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998. 
  2. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999. 
  3. Charras, Julián de: La historia de Pedro Antón, en La novela semanal, Año VII, N° 294, Buenos Aires, 2 de julio de 1923.

Paliativos

Para conjurar la nostalgia, algunos inmigrantes traen de su tierra algo que les resulta especialmente querido. Graciela González, hija de un gallego emigrante, relata que, “en una valija, que las hijas pequeñas no podían abrir, el hombre guardaba cartas, cuadros, que todos los emigrantes traían porque no sabían si podrían volver a ver a sus familiares. Había de todo. Era su historia” (1). La íntima historia que lo acompañaba en la tierra nueva. 
En Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere que su padre “Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (2). 
En el cuento “Don Paulino”, de Marita Minellono, una española llega con un olivo que plantó en el fondo de su casa (3). 
Formar una familia en la nueva tierra puede ser otro paliativo. Lo expresa, acerca de su abuela española, el fotógrafo Fernando de la Orden, quien dice que cuando la anciana mira la fotografía de su familia: “para ella debe ser impresionante ver la foto, y saber que ella y el abuelo crearon toda esa gente, esta vida. En ese sentido, creo que no piensa en la familia que dejó en España, sino en la que está acá. Y somos todos tan unidos también por la abuela” (4). 
La amistad es uno de los paliativos para la nostalgia. En Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un gallego escribe a su amada, en 1943: “tengo pocos amigos, gentes de la aldea que me han hecho más llevadero el desarraigo y llenaron muchas veces de alegría mi corazón, ya te conté en cartas anteriores lo de Don Nicanor y doña Valentina, con Avelino siempre vamos, nos prepara el cocido, Nicanor hace el unto, las filloas, no sabe igual a lo de allí pero nos trae añoranzas de ese lugar” (5). 
Carmina, la madre de Jorge Fernández Díaz, llega a nuestro país sola, en 1947. “no había tentaciones, ni desavenencias ni educación ni esplendores peronistas ni calores humanos que lograran domesticar la nostalgia de aquella emigrante constitutiva que seguía pensando en una sola cosas: volver”. Marcial, quien luego sería su marido “permitía que, como la mar, el destino tomara decisiones en su nombre, sabiendo de antemano que es ilusoria la autodeterminación de los individuos, y se dejaba llevar así por las corrientes marinas. A ese fatalismo se debe la mansedumbre con que aceptó trasplantarse, huir frívolamente de su tierra y padecer cincuenta años de añoranzas”. Los fines de semana en el Centro Asturiano eran un eficaz paliativo para su nostalgia” (6). 

Notas 
1. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000. 
2. Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999. 
3. Minellono, Marita: “Don Paulino”, en Reunión. Buenos Aires, Corregidor, 1992. 
4. Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de mayo de 2002. 
5. Latorre, Stella Maris: Amor migrante. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2004. 
6. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 

Nostalgia argentina

Agobiados por los problemas económicos, después de cincuenta y dos años, Mimí y Jesús, dos hermanos asturianos, regresan a su tierra, donde –escribe Jorge Fernández Díaz- “canjean los pesares de la segunda morriña”. Desde allí, la mujer, nostalgiosa de la Argentina, escribe a su amiga: “Tengo setenta y dos años y no aguanto los pies fríos. Quiero estar en mi casa. (...) Si no me voy de acá me muero en pocas semanas. Me muero de pena, Carmina”. Pocos meses después, “se hizo la luz”. La mujer escribe, entonces: “El Estado español nos garantiza los remedios gratis de por vida, y cuando nos pagaron el retroactivo de un año, unas 600 mil pesetas, creímos tocar el cielo con las manos. Jesús está haciendo algunos amigos, ya no tengo los pies fríos, Carmina. Pero no podemos sacarnos de la cabeza el barrio, la calle, los sonidos. Nunca vamos a poder sacarnos de adentro ese sentimiento, nunca vamos a poder” (1). 

Notas 
1 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. 

.....

La nostalgia los embargaba. Aún así, contribuyeron al engrandecimiento de la nación que los recibió. 


Falla Valenciana El Turia
2009

XIV Volver

Gran parte de los extranjeros que se establecieron en nuestro país, sólo pensó en hacerlo por un tiempo. Pero no siempre será fácil regresar. 

Opciones

Algunos inmigrantes, que vivieron aquí durante décadas, no quieren volver a su tierra natal, ni siquiera por un tiempo –nos dijeron-, porque se sienten abandonados por ella, o porque creen que ya no encontrarán a nadie conocido allí. No quiso volver, entre otros, Francisco Coira, quien nació en España en 1906” (1). 
En La pradera de los asfódelos, dice una española que se opone a que su hijo emigre: “A América se marcha uno a morir y a olvidar. Primero se olvida a la novia, después a los hermanos, después a la madre. Nadie vuelve. Y si con la vejez alguien que hizo alguna fortuna regresa, es para mostrar sus canas y su cansancio. Se ha convertido en un extraño que envejeció lejos de su familia. Pregunta por sus amigos que ya no viven y mira su vieja casa en ruinas. Es como si volviera de una cárcel lejana donde pagó quién sabe qué delito” (2). 
Para evitar la lejanía de los seres queridos, Ana María Campoy emigró con ellos. Nada la ata a su tierra natal: “Era una estrella, cuando salí de España, pero no quise volver nunca más. Yo no tenía a nadie ahí. Mi padre me lo llevé, a mi hermana me la llevé, mi madre estaba muerta, la habían tirado a la fosa común. No quería volver” (3). 
Un gallego destacado, Arturo Cuadrado Moure, manifiesta que no desea regresar; tiene una misión que cumplir en su nueva tierra: “Volver a España, ya... ¿para qué? Aquí tengo forjado mi corazón entre amigos. Creo que la República Argentina, como el resto de América, está en un despertar, tenemos una obligación con la gente joven: ¡Cuidarlos! ¡Vigilarlos! ¡Atenderlos! Para ellos están estos corazones que llegaron del exilio español” (4). 
Otro gallego, creado por Vázquez-Rial, “sólo hablo del tema al final. Era un error, o una ilusión. No podía volver. Nadie, nunca, puede volver cuando ha dejado atrás el infortunio” (5). 
En julio de 1959, en la Argentina, Rafael Alberti se ilusionó con el regreso a su tierra. Escribió en La arboleda perdida: “no sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno” (6). Dejó la Argentina pensando en su Cádiz amada, pero debió recalar mucho tiempo en Roma. Finalmente, regresó a Puerto de Santa María. 
Los Goris, inmigrantes gallegos, volvieron a su tierra. “De chica –afirma la hija, Esther-, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica”. Ahora que sus padres regresaron, dice: “Sólo falta que vuelva yo, para estar los tres juntos, en ese suelo soñado” (7). 
Un inmigrante retorna, luego de trabajar décadas en nuestro país: “Con el guardapolvo de mozo todavía puesto, José Trillo, quien fue durante cincuenta años fue una de las ‘caras’ del Británico, contó cómo se sentía por tener que dejar el tradicional bar. ‘Estoy muy triste, pero algún día tenía que ser’, dijo. Muy emocionado, anunció que -después de haber pasado casi toda su vida en Argentina- volverá a radicarse en Galicia. ‘Me voy a España’, concluyó” (8). 
En La Coruña murió en 1979, el pintor Luis Seoane, quien, aunque nacido en Buenos Aires, vivió muchos años en España. El escribió: “Soy y seré siempre un desarraigado permanente. Lo seré aunque decida volver a mi país. Es el destino del exiliado” (9). 
Cordeiro dijo: "Soy gallego y argentino, porque yo soy de Argentina, que es el país donde vivo, pero en mis pinturas sólo puedo mostrar lo que llevo dentro, lo que no puedo cambiar, eso es imposible y por eso no puedo hacer otra pintura que no sea gallega", ha citado Vázquez de una entrevista mantenida entre (Manuel) Cordeiro y la primera delegada de la Xunta en Buenos Aires, María Xosé Porteiro, en el espacio de arte 'El viajero' " (10).
“Galicia es casi sinónimo de inmigración –escribe Solla-, porque de Galicia, por emigrar, emigraron: trabajadores, intelectuales, energía eléctrica y capitales. El gallego emigraba bajo dos signos: uno, que lo empujaba fuera de su tierra en procura de una mejor situación económica y otro que lo hacía volver. Así tenemos que, siendo el país que da mayor porcentaje de emigración, también somos, curiosamente, el que mayor índice de retornados tiene por número de emigrantes. En el fenómeno migratorio puede establecerse una correlación: padres y mujer quedaban en Galicia, hijos y marido en la emigración. Esta constante quizás sea el factor más importante que favoreció tan elevado número de retornados, además del apego que los gallegos tenemos a nuestra tierra” (11). 
Otros jamás podrán regresar, y morirán añorando el retorno. Es que, para los gallegos, morir en su tierra tiene fundamental importancia. Lo explica Emilio González López: “Sólo los que mueren en su tierra gallega alcanzan el privilegio de no dejar este mundo, de seguir viviendo en él cerca de los suyos, de su casa y de su tierra. El que tiene la dicha de morir en Galicia se queda entre deudos y amigos a los que puede ver todas las noches a su voluntad” (12). Sobre este tema escribí el cuento “Un cielo para mi abuelo”, en el que evoco los últimos días de mi abuelo coruñés (13). 
Graciela González, hija de un gallego emigrante, relata que en los años en que llegó a la Argentina su padre, “Los sueños eran pocos, pero duraban toda la vida: comprar una casita, educar a los hijos y, quién sabe, volver a la patria algún día. Papá nunca lo hizo” (14). 
No puede regresar Fermín Alvarez, mozo de la confitería La Ideal. “Su rancia estirpe gallega se ablanda un poco cuando confiesa que le gustaría volver a España, después de tantos años sin pisar la tierra que lo vio nacer. ‘Pero no hay plata: acá se gana muy poquito, apenas las propinas. Y la jubilación, para qué hablar’, cuenta. Su hija le está gestionando una jubilación en España para que su vida sea menos empinada” (15). 
Volver fue una obsesión para la madrileña de Canción perdida en Buenos Aires al oeste, novela de María Rosa Lojo. La mujer “estaba sola frente al espejo y suspiraba: ¿me reconocerán, seré todavía hermosa cuando vayamos a España?” (16). Nunca pudo volver. 
En su Cataluña quiere morir Remey Nuez Fontanals, emigrada en 1947. Ella cuenta: “yo siempre le digo a mi marido, a Bellido, que no quiero morir fuera de casa, y para mí mi casa es España. Siempre que hablamos con él le digo que no quiero morir fuera de casa, aunque siempre he estado fuera de casa... pero bueno, no quiero morirme acá, pero me parece que va a ser muy difícil”. Distinto pensaba su madre: “Mamá en cambio murió acá, contenta. Decía que amaba este país porque aquí nunca había podido tener una deuda. En España le debía a cada santo una vela, y acá a nadie, a ninguno...” (17). 
Algunos emigrantes regresan espiritualmente a su tierra natal haciendo cuantiosas donaciones, como las que menciona Roberto Arlt: “la llamada Biblioteca América, obra de un patriota gallego residente en Buenos Aires, don Gumersindo Busto, quien tuvo la feliz idea de fundar la Universidad Libre Hispano Americana” y la obra de los hermanos Juan y Jesús García Naveira, dos comerciantes ya fallecidos en el año en que se escriben las crónicas, enriquecidos en la República Argentina, cuyas donaciones “son asombrosas por la cifra en metálico que representan” (18). 
La Presidente del Centro Archipiélago Canario de Buenos Aires, Da. Liliana Acosta, recordó en agosto de 2019 a los indianos: "Como es el Día de Canarias, tenemos que hablar de Canarias, y vamos a hablar de aquella Canarias antigua que despidió siempre a sus hijos, aquellos que fueron parte de la gesta del descubrimiento de América, aquellos que después, más tarde, fundaron San Antonio de Texas, que fueron a Cuba, a Venezuela, Brasil, Uruguay a Argentina. Pero también tenemos que hablar de la Canarias de hoy, que gracias a aquellos que se fueron pero que después volvieron, aquellos indianos, que llevaron parte de su fortuna para colaborar, para hacer más grande Canarias, y aquellos que no pudieron volver, pero quizás volvieron sus hijos y se afincaron, está a la vanguardia". 

Notas 
  1. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000. 
  2. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988. 
  3. Guinzburg, Jorge: “Ana María Campoy. ‘A mí los hombres me gustan con locura’”, en Clarín Viva, 4 de agosto de 2002. 
  4. S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Buenos Aires, Año II, N° 11, 1994. 
  5. Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B. 1998. 
  6. Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1984. 
  7. Goris, Esther: “Galicia, tierra añorada”, en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999. 
  8. S/F: “Desalojaron el Bar Británico”, en Clarín, Buenos Aires, 23 de junio de 2006. 
  9. Seoane, Luis, en el video de la muestra “Luis Seoane. Pinturas, dibujos y grabados”, en el Museo de Arte Moderno, junio 2000. 
  10. S/F: "Fallece el intelectual Manuel Cordeiro a los 85 años en Buenos Aires". EUROPA PRESS, 11.05.2012. Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/1438978/0/#xtor=AD-15&xts=467263.
  11. Solla, Andrés: op. cit. 
  12. González López, Emilio: Galicia, su alma y su cultura. Ediciones Galicia. Centro Gallego de Buenos Aires, Instituto Argentino de Cultura Gallega, 1978. 
  13. González Rouco, María: “Un cielo para don Joaquín”, en Josefina en el retrato. Buenos Aires, el grillo, 1998. 
  14. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000. 
  15. Commisso, Sandra: “Un marinero que eligió ser mozo y quedarse en tierra”, en Clarín, 16 de julio de 1998. 
  16. Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987. 
  17. Ceratto, Virginia: op. cit. 
  18. Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Ameghino, 1997. 

De regreso

Para los inmigrantes que regresan temporariamente a sus países de origen, el viaje tiene distintos significados, vinculados con su pasado. 
La nostalgia impulsa a un gallego que llegó de niño. Francisco Gil nació en Vilar, Pontevedra, en 1915 y llegó a la Argentina a los cinco años. Su amigo Antonio Pérez-Prado lo definió como un “galaico-porteño” (1). Fue “un gallego que se sintió argentino y organizó durante décadas encuentros entre autores y lectores, que son el antecedente más cercano a la Feria del Libro”. La falta de medios no fue un obstáculo para que el emigrante viajara: “En 1960, Don Francisco sintió nostalgias de su tierra natal y quiso visitarla. Sus amigos se ocuparon de cumplir su deseo. Agustín Pérez Pardella, escritor y capitán de navío, lo llevó en su barco hasta Pontevedra. El dinero para la estada provino de una rifa de una obra que donó Berni” (2). 
Una promesa hace viajar a su aldea al gallego Onega. Cuenta Gladys, su hija: “Cuando mi hermana tenía dos años mi padre decidió ir a Galicia en un viaje que él había prometido a sus padres en aquel día de la partenza y que ahora cumplía, para mostrarles que había hecho la América, en la medida en que América se lo había permitido y él la había podido. Mi madre no lo acompañó porque tenía miedo de enterrarse en una aldea que para ella estaba tan llena de peligros y de misterios como para mis abuelos aldeanos el lugar remoto donde ella había nacido y adonde había ido a parar su hijo. Y más miedo le daba vivir en la casa de su suegra, mi terrible abuela Carmen. Ya conocía historias de la señora da pena que, con justicia, no la alentaban a emprender ese viaje. Allá se fue papá a hacer las mejoras en su casa natal y allá se quedó dos años que mi madre aprovechó para pasar a su hija de la cuna a la cama matrimonial. Cuando volvió, José era un desconocido que sacó a la hijita de cuatro años de esa cama para acostarse él y para engendrar otra hija. A los nueve meses nací yo” (3). 
La serie documental "Pasaje de ida" es producida y presentada por Alberto Arija, Presidente de la Casa de Palencia. “El episodio piloto cuenta la historia de Maite Michelón, presente en el estreno, que se marchó a Argentina contra su voluntad y con una historia de amor que la emigración frustró. Michelón, que en la actualidad aún reside en la capital argentina y dedicó parte de su vida a trabajar en el Consejo de Residentes Españoles en Buenos Aires, sobrevivió a la Guerra Civil en Castilla y León y después se marchó con su familia al País Vasco. Con 16 años, conoció a un futbolista del Athletic Club, José Egusquiza, que militó dos temporadas en el cuadro rojiblanco en la década de 1950, del que se enamoró; pero al poco tiempo de marcharse a Argentina acabaron la relación, ella se casó con un hombre que nunca la trató bien y al enviudar, 40 años después, regresó a buscarle a Bilbao. Lo encontró, él nunca se había casado y, aunque tampoco lo hicieron cuatro décadas más tarde, sí pudieron pasar un tiempo juntos antes de que él falleciera y ella volviera a Argentina con sus hijas” (4).
Como ella, otros emigrantes regresan a su tierra nimbados del prestigio que les da su destacada trayectoria cultural, donde muestran el fruto de su talento. En 2000, Bernaldo Souto, traductor del Martín Fierro, regresó de Galicia, donde “brindó una serie de conferencias y presentó tres libros de poesías bajo el título ‘Luz y sombras’. Pero su mayor satisfacción fue enterarse que en fecha próxima, su traducción gallega del Martín Fierro será publicada por la Xunta de Galicia, en una edición bilingüe de lujo” (5). 
En agosto de 2012, "el alcalde de Tineo, José Ramón Feito Lorences, y el presidente del Club Tinetense Residencia Asturiana de Buenos Aires, Venancio Blanco Andrés, inauguraron la calle que la sesión del pleno municipal de mayo acordó dedicar a este último en reconocimiento por su labor desde los años 80 a favor de los emigrantes asturianos más desprotegidos, ancianos y discapacitados que no disponían de atención sociosanitaria en Argentina, así como a la revitalización del Club Tinetense de Buenos Aires, fundado en 1932 y que Venancio preside desde 1985" (6). En 2009, Don Venancio Blanco fue distinguido con una de las Medallas de la Hispanidad que otorga la Federación de Sociedades Españolas de la Argentina.
En 2017, la Federación de Sociedades Castellanas y Leonesas de la Argentina festejó su 27º Aniversario, celebrando el Día de la Autonomía de Castilla y León. El Presidente de la Federación, Don Pedro Bello Díaz, compartió un acontecimiento "He tenido la inolvidable noticia de que las Cortes de Castilla y León me han acordado la Medalla de Oro 2017, que comparto con la comunidad castellana y leonesa de toda América Latina, con cada uno de ustedes. Esta sociedad se hace día a día, trabajando en conjunto y siempre creciendo. Esta Federación, conjuntamente con las dieciseis casas castellanas y leonesas, seguirá trabajando en equipo, manteniendo a Castilla y León por todo lo alto en la Argentina".
Seguidamente, se proyectó el video en el que Doña Silvia Clemente, Presidente de las Cortes de Castilla y León, entrega a Don Pedro Bello la Medalla de Oro, el más alto galardón "que concede esta Cámara a los castellanos y leoneses y, de modo particular, a los que lo son o lo han sido en los países de América, por encarnarse en estos, con mayor intensidad, las dificultades que envuelven a la emigración". La recibió en la ciudad de Valladolid el 25 de febrero pasado, en el marco del 34 Aniversario del estatuto de Autonomía. El galardonado pidió al Consejero Izquierdo Ortiz que le colocara la medalla, para que todos pudieran verla, y accedió gustoso a tomarse fotos con quienes lo deseaban (7).
Al recibir una de las Medallas de Asturias 2018, "el presidente del Centro Asturiano de Buenos Aires, Juan Manuel Posada, uno de los doce Centros Asturianos centenarios, habló en nombre de todos los galardonados. "Es muy difícil demostrar todo lo que uno siente, como verdadero emigrante, que uno tiene que dejar su patria, todos los días sueña con su Asturias querida. Posada comenzó su intervención, visiblemente emocionado, afirmando que "nuestros antepasados hicieron grandes embajadas con fueron nuestros centros asturianos, que convirtieron también en sus propias casas". Tras narrar su propia historia como emigrante, que comenzó con apenas 17 años tras titularse en la Escuela de Luces en el ámbito agrícola, "me salió un trabajo en Sevilla", contó. "Cuando le conté a mi padre que iba a Sevilla, esté se entristeció. Le pregunté el motivo de su tristeza y me dijo: tengo cinco hermanos en Argentina, si tu no vas, yo no los veré nunca. Y así fue como emigré a la Argentina", explicó. Sobre su vida como emigrante, fue definitivo al decir "fui a la Argentina, y jamás me sentí discriminado, como todos los asturianos que vivimos allí", recalcó, y añadió: "El emigrante sufre toda la vida, pero si va a un lugar donde le tratan bien, se hace más pasajero". Posada terminó su intervención, reclamando la supresión del voto rogado, que tanto daño ha hecho a los emigrantes y cuyo fracaso se ha evidenciado al descender la participación en las urnas de un 30% a apenas un 5%" (8).
El Presidente del Centro Gallego de Buenos Aires, Ramón Suárez Alvarez, "O Muxo", tiene presente a su padre al regresar a Galicia y recorrer el Camino de Santiago:
" 'Mi Camino', fue todo espiritualidad, sentí desde el mismo inicio que brotaban en mi los mejores sentimientos, que no reconocía: al automovilista prepotente que a diario conduce por Buenos Aires, al intolerante hincha de Racing de Avellaneda y del Celta de Vigo, al que pocas veces tiene tiempo para tomar un café con un amigo, al que nunca quiere ceder. Se me llenó el espíritu; con la alegría y alborozo de la juventud; con la persistente y observadora marcha del japonés Ken; con la calma y sapiencia del belga Jak, que cuando le pregunté como estaba me contestó: "de los pies mal, del cuerpo regular, pero lo importante, la cabeza muy bien"; con la fidelidad y amistad a sus dueños, de las perras Sasha y Queen; con el conocimiento que el irlandés Gerald tiene de nuestro gaitero Carlos Nuñez; con la alegría de los andaluces; con lo que hablé de nuestra historia y cultura con los jóvenes gallegos; con el burgalés hijo de un gallego que no estaba muy de acuerdo en que usemos un idioma distinto del castellano, y que entendió y aceptó mi larga disertación sobre el tema; con el compañerismo de todos; con el cariño y respeto que todos mostraron por Galicia y su gente; CON EL RECUERDO DE MI PADRE QUE NO PUDO VOLVER A LA TIERRA" (9).
En Aurelia quiere oir (10), María Rosa Iglesias describe una trayectoria sumamente interesante, más allá de lo anecdótico - que tambien tiene lo suyo -. Va mostrando cómo, de la falta de consciencia propia y de sus familiares y maestros, pasa al sufrimiento por saber que nunca será igual, y ayudada por la inefable Gloria, termina aceptándose, e iluminándose con la promesa del amor. Ese aceptarse, ese dejar de lado la amargura y los rencores, se da en un lugar emblemático, en Marrozos, donde la protagonista analiza tantos hechos que no había asumido totalmente, sabe de la culpa que agobió a su progenitora, escucha escalofriantes relatos de la guerra, se recupera a sí misma, como la pequeña que partió y como la mujer que extraña Buenos Aires. Perdona - "Ya desnuda de odio." -, y se yergue con fuerza, a partir de las cenizas, como el ave fénix.
El madrileño José Luis Alvarez Fermosel cuenta: “un día la mujer de Bonasso padre, una vasca de Bilbao, me dijo: ‘Mira, no te quedes aquí mucho tiempo porque vas a estar en dos sillas mal sentado. Yo estoy allá y a los 20 días me da la impresión de que nunca me he ido; cae la tarde y miro el reloj y digo: Ahora estaría yo en Buenos Aires tomando el té con mis amigas. Y vuelvo a Buenos Aires y pienso que podría estar allí con mis hermanas” (11).
Con su hijo famoso viaja la madre de Jorge Luz. El actor recuerda así ese momento: “Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela” (12).
En El merodeador enmascarado, Carlos Gorostiza “nos habla de su infancia en el barrio de Palermo, junto a sus padres vascos y un hermano mayor. No eran ricos pero disfrutaban de una situación que les permitió en 1926 realizar un viaje por la tierra de los ancestros” (13).
En La canción de las ciudades, de Matilde Sánchez, una hija de españoles acompaña a sus padres a visitar su tierra natal. Al regresar, la joven reflexiona:
“Después de un tiempo de descanso en Barcelona –mamá, siete días para pulir borradores, una semana de caligrafía china-, todos nos volvimos. Ante sus vecinos, ellos ponderan la acelerada modernización de España. Pero yo sabía que su patria no era ésa sino el piso de la avenida Callao, ese alto contrafrente que los abstraía de todas las vicisitudes, suspendido en regiones del recuerdo. España había dejado de pertenecerles. El origen ya era un lugar desconocido” (14).
Un matrimonio vuelve a La Rioja acompañado por su hijo, el Dr. Pedro Luis Valenciaga Moreno, Secretario General del Centro Riojano Español de Buenos Aires. El escribe:
“Gracias por permitirme contar la historia de inmigrantes riojanos que viví como descendiente de ellos.
Mis padres Pedro Valenciaga Puertas y María Isabel Moreno Valenciaga, nacieron en Viniegra de Abajo, un pueblo a 60 Km de Logroño (Capital de La Rioja), enclavado en las llamadas Siete Villas del Río Najerilla, en las sierras riojanas.
El primero en llegar a Buenos Aires fue mi padre, quien después de luchar los 3 años de Guerra Civil Española y culminando la Segunda Guerra Mundial, en el año 1945 embarcó en una travesía épica al viajar en un barco carguero, que por casualidad no fue hundido por un submarino alemán. Posteriormente llegaron sus padres Daniel y María y sus hermanos.
Ya en Buenos Aires, con familiares en la provincia de Santa Fe, trabajó en comercios hasta poder conseguir abrir su propio establecimiento comercial con su hermana “Maruca” (nombre de su local de lencería y bebes).
Por el año 1951, volvió a España y a su Viniegra de Abajo tan querida, allí fue donde convenció a la familia de mi madre para que emigraran a Argentina.
En Agosto de 1954, arribaron a Buenos Aires mi madre con sus 4 hermanos y sus padres Amado e Isabel, radicándose en la ciudad de Tandil.
En el año 1955, mis padres se casan en la Iglesia de esa ciudad bonaerense y se establecen en Capital Federal, en la vivienda del local donde estaba la tienda “Maruca”.
En esa época, toda la familia por parte de mi padre y madre ya se encuentran en Argentina, la mayoría en Capital Federal y el resto en Tandil, formando sus hogares y viviendo el resto de sus vidas en este pais.
En agosto de 1956 nazco y en enero de 1958, mi hermano José Antonio, a quienes nos educaron con principios de honradez, respeto y buenos modales, además de un preciso lenguaje castellano (que nos sirvió mucho en nuestra enseñanza escolar).
Toda su vida lucharon para mejorar y darnos la mejor educación, sin lujos y con la conciencia del esfuerzo que es necesario para lograr un futuro mejor.
Por suerte pude llevarlos en 1982 a España y su Viniegra querida, donde los recuerdos de lugares y personas conocidas fueron muy emotivos.
Mi padre fallece en 1988 a los 74 años y mi madre en 2012 a los 84 años, siendo miembro de la Comisión Directiva del Centro Riojano Español de Buenos Aires y Dama de ayuda del Hospital Español, trabajando diariamente Ad Honorem en el servicio de Oncología. Los dos disfrutaron y agradecieron a este país por haberles permitido formar una familia feliz y ver crecer a sus hijos. Con orgullo recuerdo a mis padres, tios y primos que habiendo nacido en La Rioja (España), llegaron a este país, formaron sus familias, fueron felices, siempre con el recuerdo de su Viniegra de Abajo natal pero agradeciendo a Argentina por haberlos recibido y permitido progresar. Durante sus vidas siempre estuvieron conectados con toda la colectividad riojana, participando de reuniones informales, fiestas, bailes y donde las jotas eran las canciones obligadas. De esa época de mi niñez es donde aprendí a sentir el espíritu de su tierra y amar a La Rioja, sus costumbres, paisajes y gente. Hoy tengo el orgullo de ser Secretario General del Centro Riojano Español de Buenos Aires”.

Notas
  1. Pérez-Prado, Antonio: “Recuerdos de la América pródiga”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
  2. Marabotto, Eva: “La esquina del librero, barro y pampa”, en Clarín, 5 de noviembre de 2000.
  3. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1997.
  4. https://www.finanzas.com/intereses/un-documental-recuerda-a-los-castellanoleoneses-queemigraron-a-argentina_13918966_102.html
  5. Turcatti, Esteban: “El gaucho que conquistó el mundo”, en La Capital de Mar del Plata, 5 de noviembre de 2000.
  6. S/F: Tineo inaugura una calle dedicada a Venancio Blanco Andrés, España Exterior, 21 de agosto de 2012. https://www.espanaexterior.com/noticias/tineo-inaugura-una-callededicada-a-venancio-blanco-andres-25/
  7. http://mariagonzalezrouco.blogspot.com/2017/04/27-aniversario-de-la-federacionde.html
  8. https://www.laregioninternacional.com/articulo/asturias/emigrante-sufre-toda-vida-valugar-donde-tratan-hace-mas-pasajero/20180907070658257926.html 7 septiembre 2018.
  9.  
  10. Buenos Aires, Paradiso, 2019
  11. Flores, Daniel: “A boca de jarro. José Luis Alvarez Fermosel ‘La caballerosidad no tiene que ver con la geografía’ “, en La Nación, Buenos Aires, 21 de septiembre de 2003.
  12. Guerriero, Leila: en La Nación Revista
  13. Requeni, Antonio: “El teatro, la escritura, lo vivido”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2004.
  14. Sánchez, Matilde: “Alicante, 84”, en La canción de las ciudades. Buenos Aires, Planeta,1999.
En busca de las raíces

A veces, son los descendientes los que regresan, en busca del paisaje añorado por sus mayores. Acerca de esta clase de travesía, dice Juan Bedoian: “Quizás ese viaje es como mirarse al espejo por primera vez, recuperar una parte nuestra que nunca puede desaparecer: las semillas de lo previo. Y es también el viaje más importante que uno puede hacer porque es un viaje que nos nombra, un viaje que no cesa en el tiempo ya que siempre estuvo en nuestros sueños y quedará allí para siempre, sin adioses, intocado como el relato de un viejo que cuenta cómo era su casa en su aldea de Italia, qué hacía en el campo, cuándo y con quién llegó a la Argentina. Ese viaje es una vuelta al seno materno, a un espacio casi sagrado, lleno de afectos, risas o pesares que nuestro bisabuelo le contó a nuestro abuelo y nuestro abuelo a nuestros padres y nosotros a nuestros hijos. En un país de inmigrantes que desciende de los barcos como éste, ese viaje cierra el círculo de nuestro destino: anuda los lazos familiares, sociales, geográficos, culturales y especialmente emocionales que ligan nuestra historia con la historia original. Como si fuese un hilo invisible en el que están unidos todos los mundos, los viejos relatos, los gestos ya cumplidos y todos los tiempos” (1). 
Manuel Mujica Láinez visita en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastiàn, la casa de sus mayores, en una "peregrinaciòn a las fuentes": "Con Armendàriz tornè a entrar en la iglesia. Me enseñò, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mì. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostrò junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, màs o menos, està destinada a escuela, correo, dependencias municipales y què sè yo què. Sobre la puerta sigue intacto el blasòn, como en tantas y tantas casas de Guipùzcoa" (2).
El viaje se relaciona en algunas oportunidades con la creación literaria, a la que precede o de la cual es consecuencia. 
Estar en la tierra de los mayores es un aliciente para la labor intelectual. En una conferencia dictada en 1994, afirma Aurora Alonso de Rocha que un recuerdo de 1978 le da “a la tarea de investigar, una cuota mayor de entusiasmo”. Se refiere a su viaje a Galicia: “de pronto, estuvimos en la mítica tierra. A terra, la de los cuentos mil veces recreados. (...) ¿Cómo pudieron irse? –preguntó mi hija de quince años. ¿Cómo, de un lugar mágico? Era el lugar del encantamiento, recibido en los relatos y los silencios dolidos, el lugar donde el mar era la mar y había puertos de tierra” (3). 
Volver puede ser el tema de un texto premiado. 
En el pueblo del que partieron los ancestros, se encuentran latentes las raíces. En “Temas de la patria anterior”, González Carbalho escribe: “Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo volví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior” (4). 
Adolfo Pérez Esquivel “parte para Galicia en breve a dejar él también su huella escultórica. ‘Voy a hacer un monumento a la memoria en Combarro, el pueblo donde nació mi padre, en un parque al que le van a poner mi nombre”, comentó” (5). 
Javier Villafañe “En los '80 cumplió el sueño del descendiente: ‘regresar’ a tierra de los padres. Y allí en España llevó su arte también de pueblo en pueblo” (6). 
A Eibar llegaron los hermanos Sarasqueta, a conocer a sus parientes vascos, de los que no tenían noticias desde 1902. El encuentro fue posible gracias a la Asociación para la Cooperación Mundial entre Vascos, que ayudó a localizarlos. “Regresaron la semana última, con las valijas llenas de fotografías, comidas típicas y libros sobre el lugar. ‘El primer encuentro con Pedro, primo segundo, de 65 años, fue impactante por el parecido con mi padre. Nos recibieron como una verdadera familia. Valió la pena el esfuerzo’, contó Marcelo” (7). 
Leonor Manso destaca la importancia que tuvo para ella el viajar a Segovia, tierra de su padre, “que se había ido de allí a los once años y sólo había vuelto de visita a fines de los 60“. En Carbonero El Mayor, a unos cien kilómetros de Madrid, encuentra a sus tíos y recorre todo el pueblo “lleno de Mansos”. Sobre esta experiencia afirma en 2000: “Me fui viendo y reconociendo en cada uno de ellos. También empecé a sentir cada vez más fiebre: era un golpe fuerte verme puesta frente a mis orígenes de una manera brutal” (8). 
Ana Drago Pérez viaja a Logroño, tierra de sus mayores. Así recuerda ese viaje: "Como en un sueño, me encontré parada en la puerta de la casa donde había nacido mi madre. Luego recorrí los 18 kilómetros que separaban Logroño de Ventosa con dolor, emoción, alegría y tristeza al mismo tiempo, pensando que ninguno de mis parientes había podido volver a su tierra. Mi corazón latía con fuerza cuando caminaba por la ladea, los campos y los viñedos por los que alguna vez caminaron ellos. Lloré, recé, reí y fui feliz. Había encontrado mis raíces" (9).
El viaje permite, en algunas oportunidades, vivir de cerca la dura vida que se llevaba antes de emigrar. En un reportaje, afirma Guillermo Saccomano, autor de El buen dolor: “Yo recuerdo cuando fui a España por primera vez, en el setenta y pico. En la casa de los parientes, en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba emocionado el baño: había llegado a tener sanitarios y después de trabajar en el campo, podía pegarse una ducha. Si esto era así en los años setenta, pensá lo que sería en 1910, 1920” (10). 
“Cuando finalmente llegué a Galicia –escribe Gladys Onega- sólo reconocí y sólo recuerdo el olor ácido a estiércol y la moscas ennegreciendo los cuencos, de lo que nunca me había hablado. Los trabajos eran más aliviados, las penurias menos pesadas, y las nieblas tan vagorosas y pobladas de brujas temibles como las inventadas por los hermanos Grimm, que allí se llamaban as meigas” (11). 
Sirve para comprender más a quienes emigraron. 
Esther Goris conoció Pontevedra a los veinte años. En diciembre de 1999, cuando evoca ese viaje, escribe: “Recién al disfrutar de cerca de esa belleza incomparable entendí por qué a mi padre lo ponía triste la inmensa llanura de la Argentina” (12). Otro tanto sucede a Beatriz Pérez Leiro, marplatense que en 1999 viajó a España. Ella dijo: “Desde pequeña escuchaba a mi madre hablar de un extraño camino, que siempre se llamó ‘francés’, senda única y concreta hacia un sepulcro milagroso. Su voz se apagó y puse su sueño en mi mente y en mi corazón” (13). 
Arroja luz sobre la propia existencia, a la que completa y da sentido. “Yo viajé a España –cuenta Pepe Fernández Balado- porque sentía que tenía que recuperar algo que se me escapaba, que se me había escapado en la infancia. (...) yo nací en el ’46 y en el ’50 y tantos, había un horario en el que la radio no se podía tocar: la hora de la audición española... y yo reconozco todas las canciones de esa época, como si fuera un español más. Es más, cuando viví en España, con un español, hacíamos competencias, él empezaba un pasodoble, yo lo seguía y así... y él no podía creer que yo me hubiera criado en Argentina...” (14). 
Algo así sentía la protagonista de mi cuento “Volver a Galicia”, basado en una anécdota familiar. Acerca de esta mujer, digo: “Hasta que no lograra pisar esa tierra, nada tendría valor para ella, porque le faltaba su punto de partida, el origen que la había llevado a ser quien era” (15). 
Para Vicente Muleiro, viajar al pueblo de su abuela fue muy importante: “”Lo que se veían eran unas chozas de piedra, una isla del pasado enclavada en la Galicia europeizada. Sin embargo, ese pueblo tosco por donde trajinaron los pastores que me anteceden significaba mucho para mí” (16). 
Al protagonista de la canción de Alberto Cortez lo llevó la promesa que hiciera a su abuelo: “Y el abuelo un día cuando era muy viejo/ allende Galicia/ me tomó la mano y yo me di cuenta/ que ya se moría/ Y entonces me dijo, con muy pocas fuerzas/ y con menos prisa: ‘Prométeme hijo que a la vieja aldea/ irás algún día/ Y al viento del Norte dirás que su amigo/ a una nueva tierra, le entregó la vida” (17). 
En “Al contrario de lo que dicen”, escribe Julio César Barros: “Mi abuelo era un gaita nacido en Monforte de Lemos y llegado a estas comarcas cuando tenía un poco más de 18 años. Como otros tantos millones de españoles, se abrió camino aprovechando honestamente las oportunidades que ofrecía el país, en aquellos mejores días. Se casó con una argentina, aumentó cuanto pudo la prole, compró su chalecito y se jubiló despues de haber cinchado no sé cuantos años en el Roca. Una vida tan modesta, que mal hubiera podido despertar la curiosidad de nadie. (...) Ahora, ya devenido en inmigrante yo también, comprendo su ternura” (18). 
El padre de la escritora María Rosa Lojo había plantado un castaño: “Mi padre no solamente intentó compensar con imágenes míticas la llamada ‘pérdida de los objetos tangibles’. El, que no creía en Dios, creía en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a vivir a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían (y tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero de la nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles frutales. Pero mi padre plantó, también, un joven castaño. Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero ‘árbol madre’, árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza del reencuentro. Pero los castaños no se avienen con el clima de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos, ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda. Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más esperado”. 
Cuenta la hija lo que sucedió con ese árbol, símbolo de un anhelo “Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, ‘volver’ a la tierra que yo aún no conocía y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño comenzó a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado hijo” (19). 
Ruben Servia recuerda el viaje a la tierra de sus mayores: “en 10 minutos llegamos a A Coruña... Noia... Lousame... bajé del auto... y lo que caminé desde ese auto hasta los brazos de mi tía... no puedo explicarte, no podré expresarte qué me pasaba, era como caminar volando... liviano... sin nada adentro... ahogado... alegría... La abracé, lloré como hacía mucho no lo había hecho, recordé a mi papá, a mis abuelos, estaban ahí, en medio de nosotros dos...” (20). 
En 1991, mi hermana María Inés González Rouco conoce Galicia. Y escribe: 
“No tuve la suerte de disfrutar las vivencias y recuerdos comentados por mi hermana ya que soy algunos años menor y sólo conocí a dos de mis abuelos, que fallecieron cuando yo tenía cinco y seis años, por lo tanto no recuerdo ninguno de los comentarios realizados respecto de su tierra.
Desde chiquita, siempre me intereso mucho todo lo que estuviese relacionado a Galicia, por eso mi gran cariño es por lo que mi padre me contaba, y cuenta, cosas que a su vez le transmitían sus padres. Luego también, disfrutaba mucho viendo las diapositivas de sus viajes. Fue así como, sin recordar desde cuando, fui admirando y teniendo un gran cariño por todos los gallegos. Siempre me llamó la atención que a pesar de haber tenido que soportar condiciones muy duras de vida, luego haber tenido que decidir dejar su tierra, sus cosas, su familia y tener la fuerza y entereza para emigrar y buscar una vida mejor, mantuvieran tanta alegría.
Muchos de ellos ni conocían cómo era realmente a donde iban, aunque tuvieran la propuesta de algo más próspero, siempre recordarían a Galicia. Eso fue lo que les paso a mis abuelos, uno vino a trabajar en el tranvía, ella como ama de casa y el otro en una carnicería, pero nunca olvidaron su Galicia y sus costumbres, por eso recuerdo los relatos de mi papá sobre las fogatas de San Pedro y San Pablo, las mesas interminables de gallegos para las fiestas, tratando de tapar esa tristeza del emigrante con la alegría de sus bailes, las famosas muiñeiras. Varias veces papá me llevo a los clubes gallegos a disfrutar de sus fiestas. (...) Pero la alegría hubiese sido completa si pudiese haberles contado a mis abuelos: -"Sabes, abuelo (Pedro)? Lo logré, estuve en tu aldea (Guitiriz-Pigara- Villalba- Lugo), caminando por tus calles, viendo el hórreo donde seguramente te trepabas, caminando por ese verde parque, y lo mas importante, estuve en tu casa, dormí en tu cama y a la mañana vi por la ventana el paisaje de tu Galicia tan amada. Desayune chocolate en esas tazas inmensas llamadas cuncas, y comí queso hecho con leche de vaca rubia recién ordeñada, luego cachelos y nabiza, pero aunque no te conocí personalmente, me hubiera gustado que me acompañaras".
"¡Que lindo hubiese sido que vos, abuela Carmen (San Juan de Alba - Villalba - Lugo), me pudieras mostrar donde se conocieron, por donde caminaban!, pero igual conocí tu casa; no entré por que ya los dueños no son de la familia pero te prometo que si alguna vez regreso a tu tierra tan amada, hare lo imposible para visitar tu casa, y estar en los lugares donde de chiquita seguramente jugabas (...)
Abuelo Martin (Cebreiro - O Pino - A Coruña), "¿Por qué no pudiste estar para contarme de tu vida, tu aldea, tu casa?, esa casa de dos plantas que conocí en ruinas. Cómo me hubiera gustado que vos me la mostraras! abajo guardaban los animales y arriba la vivienda. Estaba tan destruida que pude subir la escalera pero no caminar por su piso superior por temor a que se derrumbara. Trate de fijar en mi mente, cada centímetro de ella, cada lugarcito y hasta me lleve el recuerdo mas preciado, dos trozos de pizarra, guardados en una caja porque para mi, están entre mis cosas mas amadas" (21).
Y, en los tiempos que corren, significa la posibilidad de empezar de nuevo, como sucedió a Horacio Fernández, quien viaja, desengañado de la Argentina, a la tierra de la que vinieron sus padres: “Horacio vive ahora en el lugar que siempre conoció a través de relatos. Todo está igual a como le fue contado. Pero todo, también, es diferente. Por empezar, la barba ya fijó su color de nube y el pasaje no tiene fecha de regreso. Igual que hace setenta y dos años, cuando Felipa y Antonio desembarcaban en Puerto Nuevo con un par de bolsos y un papel con la dirección de unos paisanos –porque en España amenazaba el hambre-, el hijo, ahora, llegaba a Barajas –porque en la Argentina se come tierra- con un bolso y una anotación: ‘Carretera Pandorado 7, Sopeña de Carneros, Astorga’ “ (22). 
Porque, como escribe el nicaragüense Sergio Ramírez, “Ahora que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida corrupción ha traido sobre la Argentina, el rollo de la película es echado a andar, pero hacia atrás” (23). “La tierra generosa se ha vuelto marchita –escribe Héctor Gambini. Y la nueva inmigración se está volviendo. Y muchos de los hijos de la vieja inmigración también se quieren ir. A la aventura de cruzar el océano al revés que los abuelos” (24). 

Notas 
  1. Bedoian, Juan: “El viaje sentimental”, en Clarín, 17 de octubre de 1999. 
  2. Mujica Làinez, Manuel: Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. Buenos Aires, Sudamericana, 1993.
  3. Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994. 
  4. Gonzalez Carbalho, José: op. cit. 
  5. Zacharias, María Paula (texto); Roll, Mauro (fotos): “La vidriera cultural”, en La Nación Revista, 22 de agosto de 2004. 
  6. S/F: “Tristeza de pinochos”, en Microsemanario, Año 6, N° 233, 25 de marzo al 7 de abril de 1996. www.fcen.uba.ar. 
  7. Linares Calvo, Ximena: “Los hermanos que encontraron sus raíces”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre de 2002. 
  8. Ini, Luis: “Mi mejor cumpleaños”, en La Nación, 16 de abril de 2000.
  9. Drago Pérez, Ana: "Los pasos perdidos", en "Confesiones de lectores con memoria", Buenos Aires, Clarín, 27 de septiembre de 1998.
  10. Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999. 
  11. Onega, Gladys: op. cit. 
  12. Goris, Esther: op.cit. 
  13. S/F: “Gozo y sacrificio en el camino de Santiago”, en La Capital, Mar del Plata, 30 de julio de 2000. 
  14. Ceratto, Laura: op. cit. 
  15. González Rouco, María: “Volver a Galicia”, en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998. 
  16. Muleiro, Vicente: “El Mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998. 
  17. Cortez, Alberto: “El abuelo”, citado por Colegio Schönthal. 
  18. Barros, Julio César: “Al contrario de lo que dicen El abuelo de Cortez”, en La Unión Digital, Edición Número 2572, Lunes 1 de Marzo de 2004. www.launion.com.ar. 
  19. Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Revista Digital Sitio Al Margen. Noviembre de 2002. 
  20. Servia, Rubén: e-mails enviados a MGR en 2004. 
  21. Antologia Inmigrante
  22. Palomar, Jorge: “Diario del exilio”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002. 
  23. Ramírez, Sergio: “Yo quería ser argentino”, en El Tiempo, Azul, 15 de septiembre de 2002. 
  24. Gambini, Héctor: “Cuando la historia se muerde la cola”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 2002. 

.....

Sea cual fuere la motivación y los posteriores efectos en el espíritu del que lo realiza, los testimonios acerca de la vuelta a la tierra de origen o a la de los mayores se suman día a día, hablándonos de una nostalgia y de una inquietud que pervive en el tiempo. 


Centro Navarro
Buenos Aires, 2015



Comentarios

Me parece un trabajo excelente y, sobre todo, necesario, que creo que habría que ampliar.
Horacio Vázquez-Rial
España, 2004

Navegar en internet depara, a veces, sorpresas agradables. Sucedió que pude leer una monografía de la licenciada María González Rouco titulada ‘Inmigración y literatura: qué comían’ en la que la autora cita a este cocinero, notas que le realizaron y recomienda leer esta columna a los interesados en la cocina gallega. Agradezco a la periodista que reconozca nuestra labor de difusión. 
Manuel Corral Vide 
Galicia en el mundo, 2004

Vibra en el hacer y el decir de María González Rouco, la apasionada y orgullosa defensa del fenómeno de la inmigraciòn a la Argentina, que la tiene de vívido personaje central y de ilustradora con palabras preciosas y coloridas de este vital proceso de la historia argentina y desde la tierna juventud, que aún transcurre... 
Alberto Sarramone, 2015
Editorial Biblos Azul